Y… ¿DONDE ESTA EL NICOLAICISMO?REFLEXIONES EN TORNO A LA UNIVERSIDAD Y EL DEBATE POLITICO

Eduardo Nava Hernández

Pocas instituciones educativas pueden preciarse de un legado y una tradición tan identificada con el progreso social, las luchas revolucionarias y el pensamiento crítico como, a lo largo de su historia, los ha tenido la Universidad Michoacana. El término nicolaicismo llegó a designar, entre otras cosas, el espíritu abierto, crítico, liberal y democrático que en otros tiempos caracterizó a la institución, además de una actitud que el doctor Enrique Arreguín definió: “interés, conocimiento y participación, en los problemas de los seres humanos, no sólo los de nuestro propio país, sino los que afectan a todo el mundo; solidaridad y servicio para con los grupos humanos más desprotegidos, más necesitados de ayuda; lucha contra las situaciones de injusticia y explotación; participación en los esfuerzos humanos por alcanzar niveles de libertad, de bienestar, de salud, de educación y de razonable convivencia; en resumen, una actitud y acción en la vida por lo que consideramos mejor para todos; y la eliminación de posturas egoístas, personalistas y propósitos de ventajas y enriquecimiento personal”.

     Como parte de la historia nacional quedan la militancia activa de los nicolaitas en la Independencia, en la Reforma, al lado de los liberales, y en la Revolución. No es posible olvidar que fueron precisamente los nicolaitas los primeros en oponerse organizadamente en Michoacán a la dictadura de Porfirio Díaz y a su representante en el estado, Aristeo Mercado. Del Colegio de San Nicolás surgieron la candidatura del doctor Miguel Silva y su Partido Liberal en 1910, y, años más tarde, los fundadores del Partido Socialista que impulsó a Francisco J. Múgica al gobierno estatal.

     Hace tiempo me he venido preguntando qué fue de esa tradición de participación política, tan necesaria al progreso de la ciencias y las humanidades. Nuestra institución ha perdido casi por completo cualquier orientación de apertura y de crítica, y ha sido convertida en una entidad burocratizada, cuya vida interna pretende transcurrir, en una falaz interpretación de lo que la autonomía universitaria significa, al margen y en completa abstracción de los procesos sociales reales, concretos. Ese alejamiento, sólo aparente, de la vida social y política del estado y del país, no obsta para que en su interior se desarrollen y reproduzcan las diversas tendencias y grupos que en su conjunto hacen el mundo del oficialismo en Michoacán, al que pertenecen, con pocas excepciones, los integrantes –por lo demás con frecuencia carentes de verdaderos méritos académicos– de nuestra burocracia universitaria.

     Para que la Universidad cambie en consonancia con la evolución social y política del país, es necesario, entre otras cosas, recuperar esa actitud participante que otrora caracterizó a los nicolaitas. Recientemente, el Secretario General del SPUM, Salvador Pérez Díaz, planteó por primera vez esa necesidad de apertura de la Universidad al debate de los proyectos políticos que se ofrecen y en los que, en buena medida, se juega el futuro inmediato del país. La Sociedad de Ex-Alumnos Nicolaitas, por su parte, ha hecho también una convocatoria abierta para que los candidatos nos visiten y sus diversos proyectos de nación sean discutidos dentro de la Universidad. Se trata, sí, de que con libertad se expresen dentro del ámbito universitario las alternativas políticas, y en particular las que en la presente coyuntura plantean los partidos y sus candidatos a la Presidencia de la República. Lo lamentable es que tengan que ser precisamente la representación gremial y una agrupación externa a la institución los organismos que tomen este tipo de iniciativas, mientras en el resto de la comunidad parece no pasar nada.

     La apertura, por lo demás, se ha venido dando en universidades usualmente reputadas como mucho menos autónomas y más gubernamentales (vgr. la de Colima, la de Nayarit o la de Guadalajara, por no hablar de algunas instituciones privadas como el ITAM y el Tecnológico de Monterrey). Y qué decir de la invitación (luego matizada y opacada, es cierto) que el rector José Sarukhán hizo para que los candidatos presidenciales debatieran dentro de los muros de la UNAM.

     Una apertura así, con ánimo de liberalismo y con un compromiso público de la Universidad con toda la sociedad, resultaría más sana que el insostenible prejuicio de que en la Universidad no se habla de política, y menos se discuten los temas que son de interés público. Se trata de la ideología pretendidamente “academicista” que ha divorciado durante ya décadas a la institución de los grandes problemas de la nación y del estado, convirtiéndola aparentemente en torre de marfil y en realidad en coto exclusivo de las posiciones y grupos del partido de Estado.

     Sería también más saludable que el convertir a nuestra institución, como hasta ahora, en arena donde se dirimen o parecen dirimirse, no por soterrada menos beligerantemente, las pugnas interpriístas en que están en juego senadurías, diputaciones y, como una pieza más, la Rectoría. Más que en torno a proyectos, ideas, teorías, la polémica universitaria se centra ahora en algunos notables personajes del mundo político con orígenes y vínculos universitarios. La incorporación al gobierno de algunos destacados miembros de la disidencia universitaria ha contribuido también a empobrecer aún más el debate de proyectos y alternativas universitarios y a limitar el ejercicio de la crítica desde la institución, lo que en ningún sentido puede ser visto como un aporte a la generación de una nueva cultura política.

     La Universidad Michoacana, nada o muy poco tiene que ganar en esa dinámica que la aleja cada vez más de su noble y rica tradición de pensamiento libre e independiente. Es decir, del nicolaicismo… ese gran ausente.


Publicado

en

,

por

Etiquetas:

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *