TENDENCIAS, CONTRADICCIONES Y RETOS. DOCUMENTO DE TRABAJO SOBRE EL ENTORNO INTERNACIONAL Y NACIONAL*

Eduardo Nava Hernández

José Roa Rosas

El contexto internacional. Reestructuración capitalista, globalización y reconfiguración política en el mundo

1. El signo de nuestro tiempo es la consolidación del capitalismo en el mundo entero y su triunfo, aparentemente definitivo, como sistema económico y social universal por sobre los antiguos regímenes burocráticos de economía centralizada en la ex URSS y Europa oriental y sobre las luchas de clases en el mundo capitalista. Se trata, ante todo, de una etapa muy intensa y prolongada de reestructuración y globalización capitalistas que tienden a modificar las relaciones económicas y políticas entre las naciones y entre las clases sociales a escala mundial.

En lo económico, el mercado mundial de mercancías y de capitales crece y se liberaliza en medio de grandes contradicciones entre los centros dominantes y el mundo subdesarrollado, y entre los grandes bloques industriales y financieros que se han venido configurando durante las décadas más recientes, y que compiten entre sí por los mercados del mundo: Europa occidental, por una parte, Japón por otra, y los Estados Unidos, por la otra. Otro de los fenómenos destacados ha sido la creciente vinculación de las potencias económicas con los países en vías de modernización (particularmente el Sudeste asiático y América latina) y la incorporación de las naciones de Europa oriental, la ex URSS y China a los procesos mundiales.

2. Al interior de las economías nacionales, las relaciones entre las clases también se modifican rápidamente. Para reestructurarse, el capital necesita derrotar y liquidar las formas anteriores de organización y resistencia de los trabajadores (sindicatos, comunidades campesinas, organizaciones populares, ejidos, etc.) y echar abajo las conquistas históricas del mundo del trabajo, plasmadas en beneficios públicos (salud, educación, trabajo, salario, seguridad social, etc., vistos como derechos sociales). Los trabajadores han sufrido incrementos en la duración e intensidad de sus jornadas de trabajo, que significan mayor desgaste, sin recibir a cambio incrementos en bienestar. En general, los salarios reales han caído y las condiciones de trabajo y de seguridad social tienden a debilitarse y a ser anuladas por el capital.

3. Ese es el contenido real del liberalismo —o neoliberalismo— que se impuso a nivel mundial. En los últimos años se ha concentrado el ingreso en todos los países capitalistas y se han ampliado las diferencias entre los pobres y los ricos. Esto quiere decir que la riqueza producida por las sociedades ha ido a parar a unas pocas manos, como se puede ver claramente en México.

4. La espectacular caída de los regímenes llamados socialistas (en realidad, estatistas) en Europa del este y la URSS entre, 1989 y 1991, es otro de los elementos centrales de la coyuntura internacional. Su derrumbe fue producto de una profunda y extensa crisis económica y social que no pudo ser controlada por el sistema político de partido único de Estado, cada vez más divorciado de la sociedad. Más que un verdadero socialismo, esos países ex “comunistas” representaban el extremo del autoritarismo y la corrupción de una clase privilegiada por encima de las masas trabajadoras. Pero la creciente y brutal incoropración de sus economías al mercado mundial de mercancías y de capitales no ha significado, de ninguna manera, una mejoría para los trabajadores de esos países que atraviesan actualmente por fases más graves que nunca de empobrecimiento social.

5. Revisemos, aunque sea someramente, algunos de los aspectos más destacados de la reestructuración capitalista y la globalización mundial. La gran crisis económica de mediados de los setentas marcó el punto de inflexión hacia la reestructuración del sistema capitalista mundial. Desde los primeros años de la década de los ochenta comenzaron los procesos de recomposición del capitalismo, pero sobre bases objetivas cualitativamente diferentes a las que sustentaron las tres décadas de expansión capitalista de la segunda posguerra.

Dicha recomposición tuvo su origen en la economía de los principales países industrializados —con la incorporación de los nuevos desarrollos científicos y tecnológicos alcanzados en la microelectrónica, las telecomunicaciones, la robótica, etc., a los procesos de producción, circulación e intercambio de bienes y servicios—, pero se extendió a los demás planos de la vida social y ha tendido a incorporar a los países semiindustrializados y, en menor medida, a los países preindustiales, rearticulando al planeta en un circuito único de reproducción de las condiciones humanas de existencia. A esto es a lo que se le ha dado en llamar “globalización mundial”.

En el plano económico, el nuevo capitalismo que emerge de la globalización presenta como características fundamentales, las siguientes: 1) unificación creciente de los mercados financieros internacionales y nacionales, formando un circuito único de movilidad del capital; 2) impulso acelerado a la regionalización de la economía mundial, simultáneamente y como complemento de la globalización; 3) generalización de asociaciones y alianzas entre las corporaciones transnacionales de diferente base nacional; y 4) necesaria coordinación de las políticas económicas nacionales.

En el nivel específico de la producción, el nuevo capitalismo presenta, entre otros, los siguientes rasgos: el control computarizado y la flexibilización de los dispositivos automáticos de los procesos; la organización del trabajo con base en el autocontrol de calidad; y la descentralización espacial de los procesos, sin interrumpir los flujos de información e insumos entre los distintos segmentos del ciclo del producto.

Otros dos fenómenos acabarán de completar los procesos de la globalización, haciendo de ésta un proceso que abarcará todo el planeta. En primer lugar, el derrumbe del socialismo de Estado en la ex—URSS y Europa oriental, y su asimilación al capitalismo; y en segundo, las reestructuraciones capitalistas en los países del llamado Tercer Mundo, comandadas por el neoliberalismo.

A la fecha podemos apreciar tres resultados tangibles, aunque aún no consolidados definitivamente, de la reestructuración capitalista y la globalización mundial: primero, la sustitución de aquella vieja configuración internacional de los “Tres Mundos” por un nuevo orden unificado en torno al mercado mundial; segundo, la macrorregionalización del mundo en tres grandes áreas económicas (América del Norte, Europa Occidental y Asia Oriental); y tercero, la desaparición del segundo y tercer mundos, que ha dado lugar a una nueva polarización internacional entre países semiindustriales (con un peso creciente en la economía mundial) y países preindustriales marginados.

Los procesos de la reestructuración capitalista y de la globalización mundial son, entonces, el resultado de la operación fuerzas objetivas —destacadamente, del desarrollo de las fuerzas productivas a nivel mundial—, que no pueden revertirse sin causar mayores problemas económicos, sociales, ecológicos y culturales que los que causa el propio despliegue de tales fuerzas y los cambios que producen. Sin embargo, no puede soslayarse el hecho de que ellas han sido acompañadas de estrategias bien definidas desde las sedes privadas e institucionales del capital, particularmente del capital financiero internacional, con el concurso de los gobiernos de los países industrializados y semiindustrializados.

Durante las últimas dos décadas las empresas transnacionales tuvieron las condiciones para abrir las fronteras y destruir industrias y comercios locales en la mayoría de los países del mundo, incluido el ex bloque socialista. En el plano industrial, la estrategia de las transnacionales consistió en la mayor rentabilidad que obtenían al invertir directamente en los países en desarrollo que en producir en los países centrales y luego exportar hacia aquéllos.

El resultado ha sido el crecimiento explosivo de la industria maquiladora, forma predominante de organización las empresas transnacionales hoy en día, y que representa un enorme salto cualitativo de estas empresas en la dirección de controlar la industria a nivel mundial, pues bajo esta forma de organización no sólo se reducen los costos de transporte, sino que se obtienen ganancias adicionales con el bajo costo de la fuerza de trabajo en los países semiindustrializados; además de que pueden concentrar las ganacias de las filiales en la ampresa matriz y, con ello, crear trabajos de más alta calificación y mejor remunerados, y desarrollar los procesos

de investigación científica y tecnológica que requieren para mejorar su rentabilidad.

En el comercio y los servicios, la estrategia fueron las franquicias, lo que permitió a las empresas transnacionales extenderse por todo el planeta abriendo filiales y mantener el control de éstas desde la casa matriz, sin hacer prácticamente ninguna inversión (en este caso, quien arriesga su capital es el concesionario del país local).

Pero lo más importante de todo esto lo constituyen los cambios operados en el capital financiero internacional. En el transcurso de las últimas dos décadas, casi el 100% de los créditos que circulan a nivel mundial dejaron de financiar a la industria y el comercio, convirtiéndose en simples transacciones financieras con fines especulativos que se llevan a cabo mediante la propia banca comercial o corredurías bursátiles de prestigio internacional, es decir, verdaderos profesionales del cálculo y la especulación respaldados por sistemas de información con tecnología de punta.

En este proceso de cambio del capital financiero internacional, los organismos multilaterales como el FMI o el Banco Mundial han jugado un papel de primer orden; primero, sometiendo las políticas económicas de los diversos países en desarrollo a procesos de apertura y desregulación económicas, y, segundo, promoviendo la conexión de las economías nacionales (en principio, de una región) mediante los mercados de valores. En estas condiciones, los sistemas bancarios nacionales han tendido a abandonar sus propios proyectos (si es que llegaron a tenerlos) y a buscar solamente asociarse con los bancos extranjeros.

En el contexto de este nuevo capitalismo emergente, para los países semiindustriales que presentan bajos costos laborales y abundantes recursos naturales, como es el caso de México, las nuevas condiciones internacionales les han permitido entrar en una etapa de desarrollo intensivo y abierto, crecer a tasas incluso mayores que las de los países industrializados y fortalecer sus posiciones en el mercado mundial y el sistema internacional de Estados. Sin embargo, las nuevas formas de organización y operación del capital a nivel internacional también los han llevado a quedar mucho más expuestos a las poderosas fuerzas que operan en la economía mundial y que en cualquier momento pueden desestabilizar (y eventualmente derrumbar) cualquier economía. En este sentido, la crisis por la que atraviesa México es bastante ilustrativa de las potencialidades y contradicciones que encierran los procesos de reestructuración y globalización de la economía mundial.

6. La derrota de la ex URSS y sus aliados en Europa (el ya desaparecido Pacto de Varsovia), ha reducido el riesgo de una guerra de dimensiones mundiales, pero no ha traído la paz. Las contradicciones intercapitalistas se han transferido a escalas regionales. A pesar del fin de la guerra fría, 1992 fue, según observadores internacionales, el año con más guerras en el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Somalia, Irak, Sudáfrica, Israel, las ex repúblicas de la Federación yugoeslava, Armenia—Azerbaiján, Georgia, México, la república de Chechenia, Rusia, y ahora Perú—Ecuador, entre otras regiones y Estados del planeta, viven situaciones de guerra externa o civil, activa o latente.

La caída de los sistemas de economía planificada plantea el problema del surgimiento y lucha por el control de los mercados internos, los territorios y los recursos naturales en los países antes llamados socialistas. Los nacionalismos han resurgido con gran violencia, apoyados ideológicamente en fundamentalismos religiosos o raciales que se creían superados. La victoria del capitalismo y de las economías de mercado no ha hecho sino acrecentar las rivalidades propias del imperiaismo, que se presentan ahora bajo formas renovadamente irracionales: guerras “santas” islámicas, odios raciales, neonazismo, etc.

7. Por otra parte, la corrupción, la violencia social, la drogadicción, las mafias del narcotráfico y sus consecuencias, destruyen por dentro a las sociedades de los países más desarrollados. En Europa, los gobiernos y partidos gobernantes en España, Italia y Francia se han visto envueltos en grandes escándalos de corrupción, que en ocasiones han precipitado su caída. En Alemania, Francia, los Estados Unidos y aun en países como España resurge y se fortalece el nazismo con su carga de racismo y violencia. En los Estados Unidos las diferencias raciales se agravan; la discriminación contra mexicanos y latinoamericanos se ha hecho más evidente con la crisis actual, expresándose jurídicamente en la llamada iniciativa 187 del gobernador de California; y en el caso de los negros ha conducido a explosiones sociales, como la de Los Angeles en 1992.

8. No es, pues, la democracia lo que se ha afianzado con la actual reestructuración capitalista, sino el agudizamiento de las pugnas sociales y las tendencias autoritarias en todos los rincones del planeta. En Perú, Rusia, Guatemala, hemos presenciado violentos golpes de Estado contra los poderes legislativos para afirmar el predominio presidencial que retoma un discurso populista. En Haití, la democracia, derrotada por el militarismo, es restituida por un poder extranjero del cual queda prisionera. En otros países los gobiernos formalmente democráticos aplican sin piedad los planes de reestructuración capitalista diseñados en los centros de poder financiero, como el FMI, el Banco Mundial y el gobierno de Washington. A grandes rasgos, este es el nuevo orden que está configurando el capitalismo global, con sus contradicciones, retos y posibilidades, en el que está inscrito el México de las crisis recurrentes a fines de siglo.

Contexto nacional. Reestructuración capitalista y crisis económica, política y social en México.

8. Dentro de este panorama mundial, México se mantiene en la esfera de influencia de los Estados Unidos. La reestructuración del capitalismo mexicano durante los últimos diez o doce años ha implicado, sobre todo, una mayor integración con la economía de los Estados Unidos y Canadá, que se refleja en el surgimiento del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLC).

9. ¿Cuáles han sido, desde la perspectiva de las clases trabajadoras, los rasgos más destacados de la crisis y de la reestructuración que se ha venido instrumentando en México desde hace doce años? La llamada “crisis de caja” de 1982 y su secuela pusieron de relieve lo desastroso que fue, en términos económicos y sociales, postergar la inevitable reestructuración económica del país bajo la justificación enceguecedora de la abundancia petrolera. Evidenciaron, también, el agotamiento de una forma de conducir los destinos de México, aunque esto último estallara una década más tarde. A partir de estos dos hechos, el país se vio arrastrado por las poderosas corrientes del cambio que ya estaban operando en el concierto internacional, sin contar con las bases mínimas para acceder, con posibildades de éxito, a los procesos de reestructuración y globalización del capitalismo mundial. Esa es en resumidas cuentas la razón del enorme costo económico y social que ha tenido que pagar México en sus propósitos de modernización.

La insolvencia del país para cumplir sus compromisos con el exterior y la necesidad de recursos “frescos” para evitar el derrumbe de la planta productiva, nos colocó en manos del FMI, con quien se suscribieron acuerdos en 82, 84, 85 y 86. De este modo, la administración de la crisis se sobrellevó mediante la imposición de programas de ajuste que implicaron, entre otras cosas, un proceso acelerado de apertura externa indiscriminada, un ambicioso programa de privatización de empresas públicas, el recorte del gasto público en los rubros asistenciales y una férrea contención salarial, por lo que los mayores costos de la crisis recayeron sobre los asalariados.

El crecimiento del PIB prácticamente fue nulo durante el sexenio 1982—88; frente a una demanda de 800 mil empleos anuales la respuesta de la economía también fue nula, pues la tasa media de crecimiento anual del empleo formal apenas fue de 0.1%; la inflación llegó a niveles históricos sin precedentes, siendo la mínima en 1983 con 59.2% y la máxima en 1987 con 159.2%; el deterioro acumulado del salario real fue de 46%; y la deuda pública externa e interna alcanzó cifras estratosféricas (entre 1982 y 1988 pasó, en el primer caso, de 58 874 millones de dólares a 81 281 millones; en el segundo, de 2 768 millones de pesos a 76 881 millones). Durante este periodo México se convirtió en exportador neto de capitales, ya que el servicio de la deuda externa significó una transferencia neta anual promedio del orden del 7% del PIB, lo cual se tradujo en una excesiva carga para la economía y en el consecuente deterioro de las condiciones de vida de millones de mexicanos.

Como contrapartida, el gobierno promovió el desarrollo y fortalecimiento de los grupos de capital especulativo, al trasladar la propiedad de los intermediarios no bancarios a manos privadas, con lo que se formó el sistema de intermediación financiera bursátil (las casas de bolsa), que llegaría a tener una importancia decisiva durante el sexenio siguiente.

Todo lo anterior configuró un cuadro sexenal cuyos rasgos distintivos fueron el estancamiento productivo, la inflación y la especulación financiera, de donde surgió una nueva oligarquía económico—financiera con una extraordinaria capacidad de apropiación y asignación de la riqueza generada en el país. 

Es muy importante subrayar que desde el régimen de MMH la reestructuración económica se comenzó a instrumentar fijando como eje al sector externo, de manera que de la vinculación con el exterior a través del sector exportador se esperaba que emergiera la fuerza de arrastre para el conjunto de nuestro aparato productivo. En este sentido, la modernización salinista representó la continuidad de una estrategia de largo plazo.

Otra vez se inició el sexenio con la suscripción de un nuevo acuerdo con el FMI en mayo de 1989, esta vez por 4 135 millones de dólares para ser usados en el curso de los tres años siguientes; se profundizó la apertura comercial, principalmente con los E.U., hasta alcanzar el carácter de tratado internacional (el TLC); se continuó la privatización, que ahora incluyó activos públicos tan importantes como TELMEX y la banca; se mantuvo firme la contención salarial, “concertando” incrementos siempre por debajo del índice inflacionario; se favoreció a los grandes consorcios productivos con capacidad exportadora; y se privilegió al capital financiero—especulativo nacional y, principalmente, extranjero.

A pesar de lo lesivo que resultaba para la inmensa mayoría de los trabajadores mexicanos y sus familias, la estrategia económica de CSG fue alabada por propios y extraños, al grado de presentarla en la comunidad internacional como el ejemplo a seguir por los países en vías de desarrollo. Sin embargo, apenas algunos indicadores macroeconómicos sustentaban el éxito salinista: se redujo la inflación del 40% en 1988, al 8% en 1994; se lograron equilibrar las finanzas públicas, luego de que el déficit llegó a representar muy altos porcentajes del PIB; y, a diferencia del sexenio anterior, la producción nacional creció 3.8% en promedio entre 1989 y 1991, y 1.8% entre 1992 y 1994.

Sin embargo, este crecimiento, que se desaceleró en el segundo trienio, no se tradujo en la creación de suficientes empleos y mejoras salariales. Con base en datos de INEGI, se observa que el número de empleos formales pasó de 22.1 millones en 1988 a 23.2 millones en 1992; sin embargo, se estima que para 1993 este número se redujo a 22.9 millones y que en 1994 apenas se recuperó la cifra de 23.2 millones. O sea que en todo el sexenio sólo se crearon 1.1 millones de empleos, es decir, menos de 200 mil plazas en promedio cada año, frente a una demanda de por lo menos 1 millón de plazas anuales. Paralelamente, se estima que el salario mínimo real tuvo una pérdida acumulada en su poder adquisitivo de 22.9%, mientras que los salarios contractuales perdieron 8.9%.

La estrategia salinista estuvo marcada por contradicciones insolubles de origen, que poco a poco fueron desplegando todo su potencial de conflictividad económica y social. En este sentido, los saldos de la modernización salinista se pueden leer así: procreó 24 multimillonarios mientras generaba 40 millones de pobres; alentó la entrada masiva de capital especulativo mientras la pequeña y mediana empresas se asfixiaban por falta de financiamiento; se privilegió a la nueva oligarquía financiera de la banca y la bolsa de valores mientras se abandonaba el sector agrícola; y se pedía a la población soportar pacientemente los esfuerzos del ajuste macroeconómico mientras se beneficiaban del mismo unas cuantas familias de altos potentados. En fin, se hacían cuentas alegres mientras el país se deslizaba peligrosamente hacia la crisis cambiaria y financiera de fines de 1994.

11. Desde esta perspectiva, consideramos que el TLC responde al interés de las grandes empresas de uno y otro lado de la frontera que cuentan con capacidad para exportar en gran escala. Para México, el TLC representa, además, la posibilidad de atraer grandes inversiones de capital para reactivar y financiar su economía. La gran apuesta de los gobiernos de la última década ha consistido en transformar a nuestro país de exportador de bienes primarios (es decir, petróleo, materias primas y productos agrícolas) en exportador de bienes manufacturados o industriales, con apoyo de los grandes inversionistas y monopolios estadounidenses.

Para los capitales estadounidenses, el TLC representa la posibilidad de trasladar partes estratégicas de sus procesos productivos a México, aprovechando las ventajas que éste ofrece, como mano de obra ya capacitada para el trabajo industrial y mucho más barata que en los Estados Unidos, una infraestructura productiva y de comunicaciones también más económica, insumos y combustibles baratos y cercanía con el mercado norteamericano, en especial con sus regiones más dinámicas (California, Texas, etc.). Condiciones como estas contribuyen de manera importante a fortalecer la posición estadounidense en la competencia mundial frente a Japón y la Comunidad Europea.

12. El TLC no es, en consecuencia, un proyecto coyuntural que simplemente refleje las simpatías “proyanquis” de los gobernantes mexicanos, sino parte fundamental del nuevo proyecto histórico de la oligarquía monopólico—financiera mexicana y de su intento por transitar a una nueva fase de desarrollo del capitalismo en el país. Es decir, es una pieza maestra de la transformación estructural de la economía nacional. Esta implica superar el desarrollo orientado hacia el mercado interno y crecer “hacia afuera” —sobre todo hacia los mercados del norte— a partir de la exportación de manufacturas.

Otros componentes de esa transformación son la privatización de empresas públicas, la liberalización y desregulación de la economía por el Estado (es decir, el permitir que un mayor número de sectores estén regulados sólo por las leyes de la oferta y la demanda en el mercado), la ampliación cualitativa de los mercados financieros, la apertura externa (importaciones), y el control de la inflación a través del recorte del gasto social.

13. De este modo, al capitalismo liberal (o neoliberal) que se ha venido desarrollado en el país corresponde la dominación de un grupo cada vez más reducido de capitalistas que conforman una verdadera oligarquía: Slim, Azcárraga, Roberto Hernández, Hank, Harp Helú, Zambrano, Garza Sada y un puñado más, que han escalado las cumbres del dinero hasta colocarse entre los hombres más ricos del mundo, con fortunas de más de mil millones de dólares cada uno. Y todo ello ha ocurrido en el mismo periodo en que los salarios y el empleo han caído drásticamente para la gran mayoría de los mexicanos. No hay nada más antidemocrático que esa escandalosa concentración de riquezas en medio del empobrecimiento y la miseria de millones de trabajadores. Por ello sostenemos que la antidemocracia del régimen mexicano, que se identifica con la defensa de ese orden, es también estructural.

14. La experiencia histórica mundial demuestra que la reafirmación de la democracia formal (o electoral) es imposible sin un proceso paralelo de redistribución del ingreso hacia abajo, hacia las clases trabajadoras. La variante corporativo-clientelar-fraudulenta de la democracia política mexicana, y la subsistencia del partido de Estado, se corresponden con las formas autoritarias de gestión de la economía y el abandono del bienestar social. Tal es el contenido de la conocida tesis de Carlos Salinas, cuando sostenía que no podría darse una democratización plena del régimen mexicano hasta en tanto no estuviera consolidado —es decir, hasta que fuera irreversible— su proyecto de transformaciones económicas. La antidemocracia es, en nuestro país, la condición fundamental sobre la que se sostiene el proyecto de modernización capitalista excluyente que instrumentó Salinas y continúa Zedillo.

15. No obstante, la crisis ha irrumpido en el momento de transición hacia el nuevo gobierno y ese proyecto está lejos de haberse consolidado.

La actual catástrofe financiera ha puesto en evidencia el hecho de que la última década, la del cambio estructural con tan alto costo social para la población trabajadora, nos heredó finalmente una estructura tan quebradiza como la de la economía petrolizada y dolarizada que llevó al dramático derrumbe de inicios de los años ochenta. Lo que estrictamente está en cuestión es la organización de un proceso de acumulación que desemboca cíclica y recurrentemente en recesión, endeudamiento, devaluación e inflación. De este círculo vicioso, ni el intervencionismo estatal de ayer ni el liberalismo salvaje de hoy han podido librarse.

En el curso de menos de un año se volatilizó la mitad de las reservas monetarias, precisamente cuando habían alcanzado un nivel histórico de 24 mil millones de dólares. Pero no podía ser de otra manera cuando, de hecho, el déficit de la cuenta corriente (la diferencia entre los ingresos y los egresos en las operaciones económicas con el exterior) alcanzaba para 1994 los 28 mil millones de dólares. Durante varios años se concibió la idea de que ese déficit podría compensarse con capitales venidos del exterior. Y, en efecto, fluyeron al país enormes masas de capitales externos; sin embargo, la gran mayoría de éstos nunca anidaron en las escuálidas ramas de nuestra economía y se limitaron a revolotear en torno de la bolsa de valores, libando ganancias fáciles e inmediatas. La masiva salida de dólares (cerca de diez mil millones), con que los inversionistas extranjeros dieron la bienvenida a Ernesto Zedillo en diciembre pasado, fue el principio del fin.

16. La crisis nacional no es sólo económica; a partir de 1988 sabemos también de la creciente descomposición del sistema de dominación, vigente durante los últimos 65 años, en sus diversos pilares: el presidencialismo, el centralismo, el corporativismo, la ideología nacionalista y paternal—autoritaria y el partido de Estado.

Desde la sociedad mexicana vienen emergiendo reclamos diversos, genéricamente llamados democráticos, que implican la apertura y conquista de espacios sociales y políticos por las corrientes, partidos y grupos minoritarios organizados, por las regiones frente al centro, y la demanda del equilibrio de poderes y el respeto al sufragio. Esta emergencia se ha dado con la característica de no presentar, en la mayoría de los casos, referentes ideológicos claramente definidos y porque en ella convergen los más diversos intereses y reivindicaciones de carácter inmediato (económicos y asistenciales), así como de mediano y largo alcance (la lucha por el poder en sus diversos niveles). Sus protagonistas son los partidos de oposición real, las organizaciones cívicas y sociales, las ONGs, el EZLN, etc.

17. La crisis política no ha sido, sin embargo, catastrófica para el PRI y el gobierno, ni, por tanto, para el proyecto de reestructuración capitalista neoliberal. Dentro de esa crisis, el régimen ha logrado renovar eficazmente algunos de sus componentes clientelares a través de programas particulares de corte asistencial como Pronasol y Procampo, así como manejando propagandísticamente y manipulando los temores entre la población para recuperar votos y mantenerse en el poder.

El 21 de agosto de 1994 no ocurrió el solo resultado del fraude electoral, sino también el notorio viraje del país hacia la derecha y el conservadurismo; la innegable recuperación del PRI y la polarización del voto ciudadano hacia las dos grandes formaciones políticas de la burguesía: el PRI y, desde luego, el PAN. Las tres cuartas partes de los votantes, aunque no lo hayan hecho consciente de esa manera, dieron, con su voto, su respaldo a una salida por la derecha a la crisis política y social en el país. El Partido de la Revolución Democrática no sólo no alcanzó la Presidencia de la República, sino que fue desplazado, con un porcentaje de votación muy alejado de sus expectativas, a un tercer lugar por el panismo en ascenso. El Partido del Trabajo, si bien incrementó sustancialmente su presencia nacional, sufrió también en algunas de sus plazas fuertes los efectos de la polarización PRI—PAN. Implícitamente, se otorgó un voto de confianza a la propuesta de reestructuración económica del gran capital, el verdadero triunfador en ese proceso. Además de la reafirmación priista en el poder, el avance de Acción Nacional es un dato que no puede ser menospreciado para analizar la correlación de fuerzas en el país.

El fenómeno no es nuevo ni desconocido, pero no ha sido suficientemente explicado: en situaciones de crisis nacional (con un levantamiento armado indígena, el asesinato no esclarecido del candidato oficial y el notorio avance de la narcodelincuencia organizada), los ciudadanos optan no por los que en la contienda electoral aparezcan como los mejores candidatos o programas, sino por los que ofrezcan más seguridad. Después de diez años de guerra intestina en El Salvador, con un ejército popular fuertemente arraigado en diversas zonas rurales y organizaciones urbanas, el electorado se volcó en apoyo de la alternativa ultraderechista vinculada a los escuadrones de la muerte. Es también conocida la derrota electoral de los sandinistas en 1990: fue, no cabe duda, un retroceso político y social, pero también un voto contra la guerra de desgaste impuesta por los Estados Unidos durante toda una década.

Después de 12 años de reestructuración salvaje del capitalismo en México, la elección presidencial dio un espaldarazo al grupo gobernante y, al dar el segundo lugar al PAN, fortaleció su incorporación al bloque de poder, que se concretó en diciembre al integrarse inclusive al gabinete presidencial. Más que un contrapeso, dada la convergencia natural entre su proyecto y el del PRI, el PAN juega un papel complementario en el Congreso y en las posiciones de poder que ocupa.

18. No obstante, la descomposición política de la que hablamos más arriba está presente y toca tejidos profundos y vitales de la estructura del poder. 1994 fue un año particularmente significativo en la descomposición del sistema político sustentado en el partido hegemónico estatal creado por Calles y en el pacto presidencialista corporativo cardenista. El año que se inició con la insurrección indígena chiapaneca concluyó en medio de uno de los más estrepitosos derrumbes financieros y cambiarios de que se tenga memoria. En el camino, se fueron desplomando los orgullos de trece lustros de régimen posrevolucionario y de una década de transformaciones estructurales bajo la rectoría neoliberal: Chiapas dejó profundamente cuestionada la bandera de la paz social y desenmascaró el mito de la justicia social; los asesinatos de Colosio y Ruiz Massieu actualizaron el empleo de la violencia, que se suponía excluida desde la muerte de Obregón y la fundación del partido oficial, como recurso en la lucha por el poder; la persistencia de los conflictos electorales, después de tres reformas legales y múltiples pactos, muestra cotidianamente la distancia que aún nos separa de un verdadero régimen de democracia liberal—representativa como forma de convivencia social; la devaluación prenavideña, en fin, hizo añicos los logros de la efímera estabilización económica diseñada por el neoliberalismo, desmintió el engañoso discurso de la prosperidad salinista e incorporó la desconfianza como una variable rectora en los movimientos de la economía del país. Ahora, ha desembocado en el programa urgente de rescate por 50 mil millones de dólares impulsado por el presidente William Clinton, que afianzará nuestra dependencia financiera y probablemente comprometa la soberanía nacional.

19. La crisis actual señala el punto en que el PRI (y no una fuerza exterior a él) es el verdadero límite del sistema de dominación priísta. Como lo muestran los asesinatos de Colosio y de Ruiz Massieu, el partido oficial, como mecanismo de conciliación y negociación política entre los diferentes grupos que comparten el poder, ha comenzado a mostrar su acelerado desgaste. Como en el mito azteca, la serpiente que se muerde la cola marca el fin de un ciclo del poder. El viejo pacto corporativo está herido de muerte, pero no puede morir porque lo nuevo no acaba de nacer.

En los estratos profundos de los grandes reacomodos políticos está la gran paradoja de la modernización mexicana reciente: no se puede modernizar la economía ni la política sin afectar y excluir los añosos intereses corporativos que hacen la historia del partido oficial; pero para conservar el monopolio del poder, necesario al modelo oligárquico—excluyente que impulsa, el grupo modernizador no puede prescindir de los viejos mecanismos de control que ese corporativismo representa, ni ha madurado un esquema alternativo de dominación.

20. Las opciones visibles son sólo dos: o el régimen se moderniza a fondo ampliando los espacios de competencia política, renunciando al avasallamiento y a las políticas de “carro completo” y extirpando el tumor corporativo que invade todo su cuerpo, o se reproduce como hasta ahora en una prolongada agonía que lo lleve de crisis en crisis hasta su final agotamiento. No sólo los priístas, sino el país entero está pagando ya un costo demasiado elevado por el mantenimiento de este régimen.

                            México, D.F., febrero de 1995.

  • Documento de discusión para el Consejo Nacional del Partido del Trabajo

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