LOS TRABAJOS Y LOS DIAS DE LA IZQUIERDA MEXICANA*
Eduardo Nava Hernández
¿Dónde está la izquierda?
Sometida a una de las más duras pruebas de su historia, la imagen de la izquierda en México en los años recientes se asemeja a la de un Sísifo condenado perpetuamente a intentar un trabajo que nunca podrá culminar.Alentada cada vez por sus parciales triunfos, sus esfuerzos suelen quedar al final lejos de concretarse en verdaderos avances y desembocan con frecuencia en retrocesos históricos.
Los resultados de las más recientes elecciones legislativas federales y las locales efectuadas en algunas entidades, además de otros aspectos fundamentales (la recurrencia del partido oficial a las vetustas y archiconocidas prácticas fraudulentas; el retorno al no menos consabido “carro completo” que se creía apenas superado; la relegitimación consensual de la figura presidencial; los efectos que sobre la política gubernamental tendrá, por el resto del sexenio, al menos, el contar nuevamente con un Congreso dócil, totalmente controlado por el oficialismo; etcétera), obligan a actualizar, con nuevas facetas, este asunto no desconocido pero sí insuficientemente reconocido y hasta eludido dentro del debate político opositor: el de las perspectivas y viabilidad de la izquierda en el país.
El 18 de agosto es la negación de aquel célebre 6 de julio; un nuevo y sorpresivo fenómeno electoral cuyas dimensiones sólo son comparables, aunque con signo contrario, a la movilización política y social de 1988[1].
Pero, más que haber vuelto las aguas simplemente a su nivel y a su cauce anterior al 88, la elección de 1991 ha venido a inscribir a México dentro de tendencias más universales y contemporáneas a las que parecía sustraerse hace
tres años: un nuevo conservadurismo de rasgos restauradores que ha colocado a la izquierda socialista, con sus distintos matices, en una zona indeterminada del espectro político y en una cierta marginalidad.
Si algo han de decirnos los resultados de las elecciones, el retroceso es evidente. Los partidos que en 1988 formaron el Frente Democrático Nacional (PPS, PARM, PFCRN y el ahora PRD), ya disgregados, obtuvieron en 1991 una votación globalizada de 3 millones 804 mil votos[2], el 16.54 por ciento, muy inferior a los 6 millones que en aquel entonces los colocaron en condiciones de disputar seriamente la presidencia de la República y arrancar diversos triunfos de mayoría sobre el PRI, y menor globalmente que los 4 millones 71 mil votos de Acción Nacional. Una medición aproximativa de la votación más directamente identificable con la izquierda, es decir la del PRD, PPS, PRT y PT, arrojó en esta ocasión una suma de 2 millones 707 mil sufragios, el 11.78 del total. De ellos, el solo PRD aportó 1 millón 898 mil.
Aunque se trata de cifras no despreciables e inclusive altas en relación a las votaciones históricas de las izquierdas, la evaluación de sus alcances debe implicar al menos las siguientes consideraciones:
–En primer lugar, a diferencia de lo ocurrido tres años antes, la inexistencia de una estrategia de frente electoral de izquierda o centro-izquierda susceptible de contrapesar con efectividad al oficialismo[3].
–El Partido de la Revolución Democrática, el principal agrupamiento a la izquierda del PRI, no tiene una definición ideológica ni programática de carácter socialista, ni los socialistas forman dentro de él una corriente organizada. Su perfil, como se sabe, continúa dominado por el nacionalismo y la llamada ideología de la Revolución Mexicana, y su unidad interna se sostiene precariamente, amén del liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas, en torno a objetivos de corto plazo: la conquista de la democracia política, la efectividad del sufragio y la alternancia en el poder.
–Los dos partidos que en esta ocasión expresaron electoralmente a la izquierda crítica y radical, el del Trabajo y el Revolucionario de los Trabajadores, perdieron su registro al no haber alcanzado en el cómputo oficial el mínimo de 1.5 por ciento de la votación total. El PRT, que fue el único que hizo de su orientación socialista el eje de su campaña electoral, fue el menos votado de entre todos los partidos contendientes.
–No podría ser más desfavorable la integración de la próxima legislatura de la Cámara de Diputados. La reconstituida presencia de la mayoría parlamentaria priísta tendrá como principal interlocutor parlamentario al PAN, un partido que comparte en lo esencial el proyecto económico del actual gobierno. Ninguna expectativa halagüeña se presenta para los partidos de centro-izquierda o independientes en el trabajo camaral, frente a las nuevas aplanadoras simple (PRI) o compuesta (PRI+PAN).
–Pero, sobre todo, la aplastante derrota electoral del centro-izquierda se da como un retroceso enorme, a sólo tres años del más importante movimiento cívico opositor desde la Revolución, y a dos de que el PRD fuera fundado con grandes expectativas de lucha por el poder, aglutinando a varios de los más importantes destacamentos partidarios y sociales del socialismo organizado. Si, como parece, una parte considerable de los sufragios emitidos por el FDN cardenista en el 88 fueron recuperados ahora por el PRI, se refuerza la idea de que estamos ante un sorprendente caso de recuperación política electoral; de que, pese a todo, el inicialmente cuestionado gobierno de Salinas ha despertado en diversos grupos sociales expectativas de cambio que en ocasiones se concretan, y de que el PRD ha sufrido un prematuro desgaste como opción alternativa[4]. La actuación electoral de este último no puede medirse tan sólo en relación con sus anteriores participaciones en comicios locales, sino en función de los objetivos que se trazó para esta campaña[5].
En este contexto, que de ninguna manera implica, sin embargo, que el régimen ha entrado ya a una nueva etapa de estabilización duradera[6], el replanteamiento de la estrategia y de las tareas inmediatas de la izquierda aparece tanto más urgente. Como nunca antes en su historia, para las corrientes y agrupaciones de la izquierda socialista está en cuestión su existencia misma, no tanto por elementos externos (persecución y represión estatales, por ejemplo, aunque el hostigamiento ciertamente se da) como por la pérdida de identidades, certidumbres y proyectos.
La primera obligación de la izquierda democrática ante su no nueva pero sí más evidente situación, es, entonces, la reflexión y revisión cuidadosa de su papel y su actuación en el periodo reciente, la clarificación de su proyecto social y político y el diseño de una estrategia política más adecuada a los tiempos actuales.
Una crisis prolongada.
La presente situación de la izquierda socialista mexicana no es, como queda dicho, en modo alguno nueva ni, en muchos sentidos, original. Su derrota actual, puede afirmarse, fue incubada a lo largo de varios años: una derrota estratégica, encuadrada desde luego en la gran oleada derechizadora a escala internacional, el agotamiento de los procesos revolucionarios en diversas partes del mundo (Nicaragua, Cuba, Vietnam, etcétera), el retroceso de las políticas socialdemocráticas y el ascenso social del conservadurismo en la última década. Para la generalidad de la izquierda mexicana, esta crisis se ha vivido desde hace más de un sexenio como incapacidad para crecer política y programáticamente dentro del movimiento social organizado o, en su caso, para conservar las bases que construyera en la etapa anterior. Un breve recuento nos permitirá ubicar sus coordenadas.
En la segunda mitad de los setenta y los inicios de los ochenta, los socialistas mexicanos por primera vez en varias décadas vivieron un periodo de crecimiento y arraigo en diversos espacios de la política y la sociedad. En el plano electoral, el mayor avance de esa etapa fue la Reforma Política, que, pese a evidentes limitaciones, permitió el reconocimiento legal del Partido Comunista Mexicano (1979) y de su continuador el Partido Socialista Unificado de México (PSUM desde 1981), así como, posteriormente, la de los partidos Revolucionario de los Trabajadores (PRT desde 1982) y Mexicano de los Trabajadores (PMT en 1985)[7]. No sin contradicciones, la participación electoral ha sido un acicate para impulsar la unidad de diversos agrupamientos de la izquierda. El PCM formó, desde su primera participación, la Coalición de Izquierda, que luego dio origen al PSUM, en tanto que el PRT encabezó en 1982 y 1985 la Unidad Obrera, Campesina y Popular (UOCP) y en 1988 la fallida Unidad Popular.
Paralelamente, las izquierdas habían tenido logros y avances importantes en el plano social. En el terreno sindical, estos avances se habían expresado, por un lado, en el cuestionamiento al corporativismo oficial y las exigencias de democracia que dieron lugar a la Tendencia Democrática del SUTERM entre 1972 y 1975, al Movimiento Sindical Ferrocarrilero de Demetrio Vallejo y a expresiones varias de disidencia en el magisterio, trabajadores petroleros, telefonistas, nucleares, etc.[8]; por otra parte, en la organización de nuevos sectores (universitarios, nucleares) y la formación y consolidación de múltiples nuevos sindicatos y centrales independientes (Frente Auténtico del Trabajo, Unidad Obrera Independiente, etcétera).
En el campo, si bien no en todos los casos bajo influencia izquierdista, se mantuvo durante más de una década un ambiente generalizado de movilización y luchas por la tierra, por mejores precios agrícolas, por democracia municipal y por mejores salarios agrícolas[9], que en algunos casos confluyeron en la creación de nuevas organizaciones: la Coalición Obrero-Campesina-Estudiantil de Oaxaca (COCEO) y la del Istmo (COCEI), el Frente Popular de Zacatecas, el Campamento Tierra y Libertad de San Luis Potosí, el Comité de Defensa Popular (CDP) de Chihuahua, la Unión Campesina Independiente (UCI) de Puebla y Veracruz, la Unión de Comuneros Emiliano Zapata (UCEZ), de Michoacán, la Alianza Campesina Revolucionaria (ACR), etcétera. De muchas de ellas nacería en 1980 la Coordinadora Nacional Plan de Ayala como expresión frentista, mientras, por otro lado, se consolidaban la Central Independiente de Obreros y Campesinos (CIOAC), dirigida por los comunistas, y otros agrupamientos campesinos más pequeños[10].
Y en los mismos años, al calor de diversas luchas urbanas (colonos, pequeños comerciantes), se formaba la Coordinadora Nacional del Movimiento Urbano Popular (CONAMUP), la primera organización frentista de los nuevos sectores emergentes. Las Coordinadoras de masas, CNPA, CONAMUP y CNTE (Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación) significaron una novedosa modalidad de organización y la creación de espacios comunes para la discusión entre distintas corrientes de la izquierda en torno a los problemas concretos del movimiento popular.
También en esta fase se avanzó en diversos proyectos de unidad política y fusiones de la izquierda. A la formación del PSUM en 1981 le siguieron la integración del Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP) y de la Organización de Izquierda Revolucionaria-Línea de Masas, ambos con raíces maoístas, el resurgimiento de la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR) del desaparecido Genaro Vázquez, y la constitución de la Organización Punto Crítico y de la Corriente Socialista como agrupamientos políticos.
“En síntesis”, escribía Luis Hernández en 1984, “esos años fueron relativamente pródigos en la expansión y rearticulación de la izquierda y del movimiento social influido por ella”[11].
La fase descendente de la curva puede fecharse desde el sexenio de Miguel De la Madrid, particularmente desde el segundo semestre de 1983, al agotarse, con la derrota de las huelgas de junio de ese año, el ascenso de masas y las posibilidades de la lógica de movilización, presión y negociación que había permitido una acumulación de fuerzas en el campo popular y de la izquierda[12]. Una a una, las posiciones que habían sido alcanzadas por ésta comenzaron a ser neutralizadas, aisladas o desmanteladas por el efecto combinado de la crisis y la política del Estado enderezada a ese fin: el ayuntamiento popular de Juchitán a inicios de 1983, el SUTIN en julio de ese año, el sindicalismo universitario, la reestructuración político-administrativa de la Universidad de Guerrero, etcétera.
Para la izquierda electoral, que con la Reforma Política había diseñado y desarrollado una estrategia de avance en los grandes foros de opinión pública y en los espacios parlamentarios, la crisis se expresó como estancamiento y aun como retroceso en sus niveles relativos de votación y de representación dentro de la Cámara de Diputados, pese a haber realizado dos esfuerzos de fusión y reconstrucción partidaria: el PSUM en 1981 y el PMS en 1987-1988[13]. Para la izquierda llamada social, principal impulsora desde los setenta de la construcción de diversos polos de lucha de masas, la crisis se presentó como una falta de alternativas políticas para enfrentar el endurecimiento del gobierno en el sexenio 1982-1988. Su crecimiento se hizo, en general, más difícil y sinuoso, e implicó, cuando lo hubo, un mayor desgaste de sus fuerzas.
Paralelamente, una crisis subjetiva, hoy más evidente que nunca, ha atravesado a los partidos y organizaciones socialistas. Tiene que ver con la desilusión política ante la impotencia, pero también con el agotamiento de valores, mitos y simbologías antes eficaces para mantener el espíritu de grupo, la moral y la cohesión de los militantes. La década de los ochenta, era del reaganismo, el thatcherismo y la ofensiva generalizada del capital contra el trabajo, fue también la de la crisis económica y política de los países del Este, el golpe militar contra Solidaridad en Polonia, la invasión a Afganistán, el ascenso de Deng en China, el reflujo obrero mundial y el fin de los mitos y estrategias que alimentaron la conciencia de una o dos generaciones de socialistas y comunistas: la revolución cubana y la vietnamita, el 68, el foquismo y el guevarismo… La de los noventa ha sido la del derrumbe total de las economías estatizadas, la restauración del capitalismo en el Este, la derrota electoral del sandinismo y la edificación del nuevo orden unipolar propuesto por George Bush en torno a los Estados Unidos, sobre todo tras la guerra del Pérsico. La izquierda mundial, y con ella la mexicana, ha tenido que enfrentar problemas nuevos, que no se había planteado cuando su perspectiva (ideológica) era la revolución.
Todo ello fue traduciéndose en el desencanto de la militancia, el desprestigio y aun la pérdida de valores y conceptos como “revolución” y “dictadura del proletariado”, y en la permeación de las ideologías liberales y simplemente democráticas o progresistas. Así, no en pocos casos, en aras de superar el dogmatismo del comunismo oficializado, se ha venido abandonando total o parcialmente también el marxismo como instrumento de análisis, lo que por añadidura coadyuvó a desarticular la posibilidad de un pensamiento propio del socialismo.
El parteaguas del 88.
Si bien anunciada y desplegada durante varios años, la regresión actual de la izquierda mexicana aparece como una gran paradoja después de un momento como 1988, cuando, con la movilización cívica de masas, se realizó el cuestionamiento más radicalmente democrático al sistema político presidencialista y de partido oficial que las presentes generaciones hayan conocido.
El ascenso de la movilización popular y el nuevo protagonismo de masas en la coyuntura de 1988 no significaron para la izquierda, contradictoriamente, la superación de su crisis. Esa coyuntura la encontró en medio de la incertidumbre y una inconclusa redefinición.
Condicionada ancestralmente por la estructura del sistema político y el Estado a la lógica confrontación-negociación, no parecía estar preparada para una movilización popular de la magnitud de la que se presentó ni, en lo general, para la lucha cívica electoral. La izquierda social, porque había desarrollado una desconfianza instintiva y refleja hacia los procesos electorales; la izquierda electoral, porque había vivido los comicios más como un medio para ganar posiciones dentro del Estado y negociar con él demandas sectoriales que para transformarlo efectivamente. Aun el PRT jamás vio en su participación electoral más que un instrumento de denuncia y agitación, nunca de verdadera disputa por el poder.
El imprevisible auge del neocardenismo, aunado a las contradicciones internas de las diversas formaciones políticas, hizo naufragar los dos proyectos de unidad más ambiciosos desarrollados por la izquierda socialista en coyuntura electoral alguna: el PMS que unificaba al PSUM, el PMT y algunas agrupaciones más pequeñas, y la Unidad Popular, que nuclearía en un frente en torno al registro del PRT a más de treinta agrupamientos políticos y sociales, entre ellos la ACNR, y el CDP.
El PMS y su idóneo candidato presidencial, Heberto Castillo, vieron cómo su campaña se extinguía ante un opositor recién llegado, Cuauhtémoc Cárdenas, que mostraba encarnar mejor que ellos las banderas del nacionalismo y el estatismo. La izquierda social encontróse desbordada desde abajo por las masas que ahora se sentían ciudadanas y buscaban expresarse votando, no sólo denunciando y negociando reivindicaciones. La obstinación del PRT en mantener su propia campaña terminó simplemente en su conocida catástrofe electoral.
La adhesión del pueblo al neocardenismo fue espontánea, sin pasar por la mediación de los partidos y sus direcciones. Éstos, a posteriori, se sumaron a esa espontaneidad o fueron arrastrados por ella. Simultáneamente, Cuauhtémoc Cárdenas se radicalizó en su impugnación al sistema priísta y fue ocupando paulatinamente los espacios políticos patrimoniales de la izquierda: de la crítica del dedazo y la negación de la democracia interna en el PRI a la del corporativismo oficial[14], y de la lucha política a la promoción de un conjunto de demandas y reivindicaciones sociales y populares.
Desde 1988, por ello, la crisis de la izquierda asumió una nueva forma que la ubicó en la disyuntiva entre la pérdida de identidades y la fusión con el nacionalismo revolucionario, por una parte, y la marginalidad y atomización, por la otra. Hubo quienes, uniéndose al tren del neocardenismo, se ocultaron haber vivido en esa crisis. Otros pensaron poder superarla manteniendo intactos sus antiguos proyectos, como si nada hubiera pasado el 6 de julio.
Derrotado empero en su objetivo inmediato, la conquista de la Presidencia de la República, el movimiento cívico del 6 de julio no logró tampoco el gran propósito de forzar la apertura y transformación democrática del régimen, encauzándolo hacia una plena legalidad y legitimidad; en consecuencia, no se abrieron los espacios indispensables para que las corrientes y agrupamientos socialistas pudieran iniciar una nueva etapa de desarrollo y el debate de sus proyectos propios ni se ha superado la polémica, vital pero de corto plazo, a propósito de la democratización política, la efectividad del sufragio y la liquidación del régimen de partido oficial. Las importantes conquistas alcanzadas desde la izquierda en los últimos quince años (espacios político-electorales, construcción de organizaciones de masas de tendencia autónoma, generación de corrientes de opinión pública, aflojamiento de los cercos tendidos desde la derecha y el gobierno, etc.), y que fueran condiciones más que resultados del fenómeno cívico de 1988, se han resuelto en gran proporción en una propuesta democrático-electoral útil y necesaria en la coyuntura de la transición del sistema mexicano hacia un régimen de pleno derecho y de democracia representativa, pero insuficiente para perfilar un proyecto socialista. Indudablemente, el incumplimiento del programa mínimo inmediato se ha trocado, también, en un obstáculo permanente al despliegue de una nueva alternativa izquierdista.
Nacido el 6 de julio.
La izquierda socialista, dentro y fuera del PRD, está ineludiblemente comprometida a valorar críticamente la breve pero muy intensa experiencia representada por el proceso de construcción (y, hasta cierto punto, descomposición) del partido del 6 de julio. Entre sus más significativas aportaciones no puede dejar de señalarse la persistencia del PRD en la defensa de un conjunto de principios democrático-electorales, lo que no es despreciable en un país de ciudadanos permanentemente burlados, de candados políticos y de un presidencialismo exacerbado y nugatorio de la división de poderes.
Las limitaciones del perredismo se han evidenciado, en cambio, en el seno de los movimientos sociales, en la virtual carencia de una concepción y diseño de un proyecto político-social más allá de la reforma democrática del régimen vigente, y en la deficiente construcción de espacios interiores para el tratamiento de sus diferencias intergrupales. Son evidentes y ampliamente conocidas las contradicciones que enfrenta el PRD, trasladadas a sus bases sociales y a las páginas de la prensa con frecuencia en ocasiones mayor que sus propuestas en positivo hacia la sociedad.
Y es que, distando de constituirse como un agrupamiento homogéneo en torno de una sola línea ideológica y un programa socio-político, el PRD nació como una constelación de tendencias variopintas y hasta contrapuestas, provenientes de matrices históricas e ideológicas y de prácticas políticas muy diversas. Adolfo Gilly reconoce cuatro de ellas como las más importantes: a) el cardenismo; b) el nacionalismo estatal de origen priísta; c) el socialismo independiente; y d) el comunismo mexicano[15].
Para Roger Bartra, existen confundidos dentro del partido de Cuauhtémoc Cárdenas tres componentes ideológicos y culturales igualmente heterogéneos: a) el discurso programático de la Revolución Mexicana; b) una tradición estatista y no democrática asociada con la adhesión de un sector de la izquierda a los regímenes de partido único estatal en Cuba y Europa oriental; y c) la nueva cultura crítica y democrática de izquierda, que él llama reformismo radical[16].
Finalmente, en una taxonomía más práctica, Jorge Alcocer ha diferenciado dos grandes posiciones, definidas en torno a la cuestión de la transición política nacional: a) una tendencia “rupturista” que ha venido apostando a un desplazamiento del régimen mediante la denuncia ética de su carácter no democrático e ilegítimo; y b) una posición (la del propio Alcocer mientras permaneció dentro del partido) comprometida con los procedimientos constitucionales, e impulsora de una transición negociada con el propio gobierno y con otras fuerzas: lo que él bautizó como el mito versus la política[17].
Cualquiera sea la caracterización que se adopte de la patentizada heterogeneidad ideológico-política del perredismo, no es difícil percibir en dónde radican los principales ejes de articulación del PRD, centrados casi todos ellos en la confrontación inmediata con el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Dentro de la gama ideológica perredista, el discurso que ha predominado ha sido el de corto plazo: aquel que se plantea como programa mínimo o inmediato la “ruptura” o “revolución democrática”, la “restauración de la República” y el “retorno a la legitimidad”: lo que Jorge Alcocer vio como la asunción del PRD como un partido sexenal. No es gratuito, entonces, que el propio Alcocer y otros que, como él, expresaban la táctica política de la transición negociada, hoy estén fuera del Partido.
Pero las limitaciones del proceso de construcción partidaria del PRD no se manifiestan sólo ni principalmente en la multiplicidad de proyectos estratégicos que contiene, ni en la consecuente pluralidad e indefinición en torno a temas capitales que la política actual plantea (relaciones con el imperialismo y términos de la negociación, el Tratado de Libre Comercio con EU y Canadá, el reconocimiento de la Iglesia y las relaciones con el Vaticano, Pronasol etc.). Como en muchos otros partidos modernos, la integración del PRD refleja una clara tendencia al catch-all o, por lo menos, a asumir una forma frentista y pluriclasista.
Otras son las contradicciones que, dentro del partido del sol azteca, han limitado y obstaculizado el desarrollo del proyecto socialista de la izquierda. En mi opinión, tienen que ver con tres aspectos centrales:
— el tipo de partido, por su estructura interna;
— la cultura política de la que es portador, fuertemente cargada de fundamentalismos y unicismos; y
- el no haber resuelto adecuadamente en la coyuntura el problema de la relación con el gobierno de Salinas de Gortari.
Aunque desde su origen en la movilización electoral de 1988 el Partido de la Revolución Democrática emergió como un agrupamiento plural y, por consiguiente, ajeno a las rigideces doctrinarias, un hecho evidente a más de dos años de distancia es que su estructura interna no logró recoger ni el dinamismo ni la diversidad que caracterizaron a ese movimiento cívico nacional. Las razones son necesariamente múltiples, y sería erróneo reducirlas a un solo aspecto, pues es indudable que en la desarticulación del Frente Democrático Nacional y de las bases sociales que le dieron sustento influyeron factores que van desde los sectarismos ancestrales de diversos agrupamientos hasta la acción disolvente del nuevo gobierno y sus aliados por distintas vías: la negociación y cooptación, la reasunción de formas de mediatización populistas, el amedrentamiento y la represión…
No obstante, también resulta que la construcción del nuevo partido no estuvo exenta de exclusiones, de golpes bajos, pugnas y caudillismos que alejaron a importantes núcleos de simpatizantes organizados y capas dispersas. Había dos posibilidades básicas para diseñar un agrupamiento como el naciente PRD: o bien asumirlo como expresión de un gran movimiento nacional necesariamente plural en sus raíces y motivaciones, y por tanto como un organismo muy flexible de carácter frentista y movimientista, o bien optar por edificarlo como el partido de Cuauhtémoc Cárdenas, con una dirección centralizada, vertical e inclusive personificada. Al optarse por este segundo patrón, se desechó la propuesta de construir, en todo nivel, direcciones horizontales, representativas y colectivas, y se abrazaron las estructuras verticales, más propias de los agrupamientos ideológicamente uniformes o centralmente disciplinados. Si se comparan los Estatutos del PRD con los del PRI se encontrarán sorprendentes, pero no gratuitas coincidencias orgánicas.
Ha pesado también la rigidez de perspectivas con que se ha manejado –al menos hasta hace muy poco– la política perredista y seguramente sigue manejándose en amplias capas de su militancia de base. El PRD se asumió explícita o implícitamente como la expresión política única del movimiento de insurgencia cívica de 1988, pero también como el heredero de una tradición política nacionalista originada en la Revolución Mexicana y cuyas raíces son las mismas que las del corporativismo de masas priísta[18]. Esta idea es totalmente coherente con la tesis de la ruptura o revolución democrática que plantea la lucha como una contradicción entre dos polos políticos: el de la defensa del régimen vigente y el de la “real” oposición nucleada en torno al PRD; en esa medida, se ha excluido o minimizado la posibilidad de un debate plural acerca del proyecto de sociedad al que se aspira y la elaboración y difusión de un programa nacional que vaya más allá de la crítica irreductible al gobierno en turno (no, por cierto, a los anteriores a 1982) y salga al paso a la profunda crisis ideológica y moral del nacionalismo revolucionario mexicano y del socialismo tradicional. El acelerado desgaste de la opción perredista se explica, parcialmente, por su falta de respuestas más actuales a esas crisis y a la configuración de un proyecto nacional verdaderamente nuevo, que se distinga de los principales afluentes que le dieron origen. Pero también, por otro lado, por la conformación de posiciones rígidas y excluyentes que han marginado o colocado fuera a los diversos matices que no se identifican necesariamente con ellas.
Finalmente, quizás el problema más vivo de la política perredista es el de su conflictiva relación con el actual gobierno de la República, su negativa al diálogo y, derivado de ello, su propio papel en la política nacional. La intransigencia que a este respecto es política oficial del PRD ha tenido dos tipos de efectos.
Por un lado, el evidente desbordamiento de esa política por la iniciativa individual de diversos militantes y dirigentes: los casos de Marcué Pardiñas, Muñoz Ledo, Arnaldo Córdova y otros no han hecho sino mostrar sus limitaciones y la necesidad de abrir, de un modo u otro, canales directos de negociación con las más altas instancias del gobierno, incluida la Presidencia de la República.
Por otra parte, la automarginación del PRD de procesos centrales de la política nacional. Cuauhtémoc Cárdenas ha insistido en que no se trata de posar para una fotografía con el presidente Salinas, y que es necesaria una agenda previa para concertar cualquier entrevista. Pero ni él ni su partido han presionado jamás para que directamente la Presidencia respondiera a los puntos de esa agenda ni a otras legítimas demandas e inquietudes políticas del perredismo. Este vacío de interlocución ha sido ocupado, desde luego, por otros partidos y agrupamientos políticos, primordialmente el PAN, desde posiciones mucho menos progresistas que las que el PRD hubiera podido presentar al gobierno y a la sociedad entera[19]. Lo mismo ha ocurrido con las reivindicaciones sociales atendidas por el gobierno federal. El Pronasol ha sido, con deficiencias e insuficiencias innegables, casi el único camino para promover la satisfacción a demandas mínimas e inmediatas de la población; y la actitud de ambigüedad o franco rechazo que subsiste en diversos sectores de base y de dirección del PRD no ha hecho sino inmovilizarlo como promotor de esas demandas, aislándolo de los grupos sociales más amplios y dejando todo al PRI para dominar en este campo[20].
En suma, una dinámica de pugnas y exclusiones internas y las deficiencias del PRD en abanderar de cara a la nación entera las mejores causas políticas y sociales, han sido verdaderos candados para edificar en su interior desde la izquierda, o al menos prefigurar, un proyecto hegemónico y alternativo, es decir, de construcción de nuevos consensos y de una nueva capacidad de dirección social. Sin él, estarán vedados la reorganización y el desarrollo de la izquierda que, sobre todo en momentos como los actuales, se van convirtiendo en apremiante necesidad para contrapesar el predominio y agresividad de las teorías, nociones, ideologías y prácticas del neoconservadurismo.
El proyecto de la izquierda en la nueva situación.
La conformación de esa alternativa de la izquierda es tarea que desborda, empero, la labor de un solo partido u organización. Es preciso abrir al debate, antes que nada, la situación actual y alternativas de la izquierda socialista, así como sus proposiciones y proyectos.
¿Cuáles pueden ser los ejes para la reconstitución del proyecto estratégico de la izquierda en el periodo? Desde luego, son múltiples, pero creo que no pueden dejar de comprender los siguientes aspectos.
1) El deslinde y crítica teórica de las diversas formas del estatismo y el burocratismo. Se trata no sólo de revisar las vinculaciones políticas y afinidades ideológicas que, durante muchas décadas, amplios sectores de la izquierda y, señaladamente, sus agrupaciones más reconocidas, mantuvieron con los hoy extintos y desprestigiados regímenes de Europa del Este y la URSS, sino en general de rediscutir el papel que en su estrategia las izquierdas han atribuido a los procesos de estatización como alternativa al capitalismo liberal, conceptuado como “salvaje”. En este caso, tan malo puede ser el pinto como el colorado: el fracaso del socialismo real no se debió tan sólo al carácter autoritario de sus expresiones políticas (los regímenes de partido único), sino también a la decadencia social propiciada por sistemas económicos extremadamente centralizados y estatizados, excluyentes de los incentivos a la productividad propios de los mecanismos de mercado.
La experiencia mexicana muestra también que la mayor estatización no va asociada con mayor democracia, sino con más corporativismo y corrupción, y que, agotada como una fase histórica, llegó a ser uno de los factores de generación y agudización de las crisis económicas. Se han vuelto cada vez más insostenibles algunas de las viejas tesis y dogmas de la izquierda mexicana, como aquellos que atribuían al Estado de la Revolución Mexicana un carácter de por sí benefactor, sólo desvirtuado por intereses externos o personales (generalmente los del gran capital y sus agentes), o los que buscan identificar dentro de la burocracia estatal a los sectores potencialmente aliados de las posiciones progresistas y revolucionarias.
El imperativo actual es, por el contrario, pensar en transformaciones y reformas impulsadas desde una sociedad civil cada vez más organizada e independiente del aparato estatal y que, lejos de someterse a éste, lo someta a sus requerimientos[21]. Por ello, el programa político de la izquierda no puede agotarse en la democratización formal del sistema político y de sus componentes: debe buscar ante todo la ampliación de los espacios ocupados por los agrupamientos sociales de toda índole, con sus respectivas demandas y reivindicaciones, y la superación de todas las formas de burocratismo dentro de ellos.
2) La ampliación del horizonte político tradicionalmente nacionalista, perspectiva compartida por las corrientes predominantes de la izquierda y por amplios sectores de las burocracias estatales y sindicales, y que hoy se bate en retirada frente a las tendencias económicas y sociales más dinámicas. Paradójicamente, la forma que la protesta popular asumió frente a la crisis política y económica de los ochenta se tradujo en 1988 en un extemporáneo auge del nacionalismo y de la llamada ideología de la Revolución Mexicana que, luego, se constituyó en discurso hegemónico entre una izquierda en orfandad por la crisis y derrumbe de sus referentes del socialismo real en Europa del Este y el resto del mundo. La dilución acrítica de las tendencias socialistas dentro de la nueva corriente desprendida del PRI con su herencia populista, su estatismo, su nacionalismo y su visión esencialmente electoral de la lucha política, se tradujo en el regreso a una ruta ya muchas veces transitada por la izquierda mexicana. Está visto que no es al interior de estas tendencias donde se puede gestar una nueva alternativa para el socialismo mexicano.
3) La reinserción en las luchas sociales y en los movimientos de masas, condición imperativa para transformar cualquier ideario en fuerza política real. A este respecto, también la experiencia histórica ha mostrado que los mejores momentos de la política de izquierda no se han dado necesariamente cuando ésta ocupa posiciones de poder o de representación popular por la vía electoral. Y si bien es cierto que la participación en comicios es hoy día una dimensión necesaria en la lucha por el poder y por la construcción de una alternativa hegemónica, la propia realidad muestra las limitaciones del trabajo partidario centrado o canalizado exclusivamente a lo electoral.
Después de 1988, la táctica de confrontación asumida por el neocardenismo ante el gobierno salinista priorizó la disputa por espacios de poder en cada elección local, y la radicalización y denuncia en torno a la formalidad y legalidad del régimen político. Dejó así el enorme ámbito de las demandas sociales como campo casi exclusivo para la manipulación gubernamental, y relegó la construcción de verdaderas bases organizadas, más allá de las “ciudadanas”. Hoy, con notables excepciones ubicadas en la nueva izquierda impulsora de la línea de masas, no está claro quiénes son y dónde se encuentran los sujetos sociales del cambio democrático, y está en duda la capacidad de dirección de las izquierdas.
No es pequeño el desafío a enfrentar para hacer surgir del ya inminente periodo que se abre en México, un nuevo proyecto hegemónico de izquierda. Gran parte de los anteriores ha sucumbido o tiende a sucumbir no sólo bajo los escombros del Muro berlinense sino entre las ruinas de un estatismo de cuño nacional ya condenado. Y, en ausencia de esa alternativa que aún no madura, no es despreciable el riesgo de ver entronarse por toda una etapa histórica a un liberalismo sin contrapesos ni frenos capaz de imponer a las masas sus más agresivos proyectos de sociedad y de economía. Morelia, Michoacán, septiembre-octubre de 1991.
Notas
[1]. Los comicios echaron por tierra, sobre todo, las previsiones de una gran abstención, pero también los pronósticos ampliamente compartidos de que sólo en una baja afluencia a las urnas podría el PRI cimentar su recuperación electoral (véase, por ejemplo, la encuesta de la Universidad Autónoma Metropolitana publicada en La Jornada el 11 de agosto). Por otra parte, es innegable, de acuerdo con evidencias expuestas, que la elección no estuvo exenta en ninguna de sus fases (instalación de los órganos electorales, reseccionamiento y levantamiento del padrón, entrega de credenciales, campañas y jornada electoral) de irregularidades de distintos calibres que han venido siendo denunciadas y exhibidas públicamente por los partidos de oposición. Pero, el predominio de esa tónica en los discursos y balances de la oposición una vez cerrado el proceso puede constituirse también en un impedimento para el ejercicio de la autocrítica y para una correcta apreciación de los fenómenos realmente relevantes en la explicación de los resultados: la participación masiva de los ciudadanos, la recuperación electoral efectiva del partido gubernamental y el estancamiento o franco retroceso de las oposiciones, sobre todo de izquierda.
[2] Los datos corresponden a la elección de diputados, según cifras difundidas por el Instituto Federal Electoral. La Jornada, 25 de agosto de 1991, p.3. Los señalamientos y evidencias de fraude por la oposición, suficientemente mostrados en Guanajuato, por ejemplo, hacen desconfiables los resultados numéricos oficiales en sí. Sin embargo, interesan aquí las tendencias que revelan, así sea indirectamente, y no la precisión cuantitativa factual.
[3] El único acercamiento que apuntaba en ese sentido, la coalición PRD-PPS en ocho entidades, mostró rápidamente sus limitaciones en Guanajuato y San Luis Potosí. Ante el apoyo que el PRD dio a las proclamaciones de triunfo del panista Fox en Guanajuato, el PPS se deslindó de la alianza que mantenía con Porfirio Muñoz Ledo; y en San Luis, optó desde un principio por distanciarse del dirigente de la Coalición Democrática Potosina, Salvador Nava, postulando un candidato propio, para acabar apoyando públicamente al candidato oficial triunfante, Fausto Zapata. Y ello obedece a diferencias de estrategia política reales: mientras que para los perredistas ésta se centra en confrontar y debilitar al PRI y al gobierno salinista, para los pepesocialistas se trata prioritariamente de deslindarse de lo que califican como “la derecha” (el PAN).
[4]. Al lado de la recuperación electoral del PRI-gobierno y del abatimiento del abstencionismo, la consolidación del PAN como segunda fuerza, el incremento en términos absolutos de su votación, sus triunfos de mayoría en Baja California y otros estados y el que muy probablemente obtuvo en la elección de gobernador en Guanajuato, apuntan también en la misma dirección: un sector creciente del electorado expresa el viraje de la sociedad mexicana hacia posiciones más conservadoras –inclusive identificadas con el programa económico en curso desde el Estado–, si bien con un perfil democrático como el que Acción Nacional conserva a los ojos de esas capas.
[5] Unos días antes de la elección, en entrevista con Rolando Cordera frente a las cámaras de televisión, Cuauhtémoc Cárdenas llegó a afirmar que en esta elección su partido estaría en condiciones de ganar la mayoría de votos e inclusive de beneficiarse con el llamado principio de gobernabilidad para tener el control de la Cámara de Diputados (Nexos-TV, 11 de agosto de 1991). Después de los comicios, Ricardo Pascoe, Porfirio Muñoz Ledo y Arnaldo Córdova en la revista Proceso (Nº 776, 16 de septiembre de 1991) coinciden en señalar optimistamente que su partido salió “bien librado” de las elecciones. El balance presentado por el Comité Ejecutivo al Consejo Nacional del PRD fue rechazado por considerarlo demasiado poco autocrítico (La Jornada, 2 de septiembre)
[6]. Las irregularidades denunciadas en distintos lugares del pais, la movilización poselectoral en Guanajuato, San Luis Potosí y Sonora como respuesta a las prácticas fraudulentas de las que el partido oficial se sirvió una vez más para asegurar su acceso al poder y el desenlace en los dos primeros de esos estados, son el más evidente desmentido de que la transición a la democracia haya arribado felizmente a puerto. Y la recurrencia constante a tales prácticas, pese a los indicios de que se disponía previamente acerca de una recuperación del consenso por el PRI, no hace sino poner de manifiesto la obsolecencia del andamiaje sobre el que se sigue apoyando el régimen político que más se ha empeñado en modernizar a la sociedad y la economía mexicanas en por lo menos el último medio siglo.
[7] En su primera participación electoral formal, en 1979, el PCM obtuvo alrededor de 703 mil votos, más del 5 % del total, y logró ocupar 18 diputaciones en la LI legislatura. Tres años después, ya fusionado como PSUM, captó 932 mil votos, pero sólo alcanzó, por el imperfecto y amañado sistema de asignación proporcional, 17 diputados. Por su parte, el PRT participó por primera vez con registro condicionado en las elecciones de 1982 y captó 308 mil sufragios, sin alcanzar diputaciones por no haber llegado al 1.5% en la votación para diputados. En 1985, percibiendo 289 mil sufragios, ocupó 6 curules. El PMT sólo tuvo una participación electoral en cuanto tal, en 1985, recibiendo 291 mil votos y obteniendo 6 diputaciones también.
[8] Véase de Manuel Camacho, El futuro inmediato. México, Siglo Veintiuno Edits.- Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, 1980. Col. La clase obrera en la historia de México, No. 15. Pp. 64 y ss.
[9] Armando Bartra, Los herederos de Zapata. Movimientos campesinos posrevolucionarios en México. México, Eds. Era, 1985. Cap. VIII, pp. 103 y ss.
[10] Ibid., pp. 147 y ss. Rosario Robles, “Notas sobre un campesinado con cabeza”, Teoría y Política No. 3, enero-marzo de 1981, pp. 131-145. Luis Hernández, “Las coordinadoras de masas. Diez años de trincheras”, El Cotidiano No. 36, julio-agosto de 1990.
[11] “País en crisis, izquierda en crisis”. Mimeografiado.
[12] En junio de 1983 algunos sectores del sindicalismo oficial y diversos sindicatos independientes impulsaron un estallamiento masivo y simultáneo de huelgas en demanda de incrementos salariales. Ante el paulatino y nada sorpresivo retiro de los sindicatos oficialistas, tan sólo los universitarios, los de la industria nuclear y algunos otros dirigidos por corrientes de la izquierda mantuvieron una prolongada movilización de resistencia que culminó en la derrota. Como resultado de este desgaste, el nuevo gobierno de Miguel De la Madrid pudo inciciar una ofensiva cuyo punto más dramático fue la liquidación de la paraestatal Uramex y el despido de todos sus trabajadores, abatiendo así la fuerza del Sindicato de Trabajadores de la Industria Nuclear (SUTIN).
[13] Ya en 1985 la votación del PSUM descendía a 575 mil sufragios, que representaban sólo el 3.2 por ciento del total.
[14] Arturo Anguiano, “Vientos de cambio en México”. Brecha No. 5-6. México, invierno de 1988. P.11.
[15] A. Gilly, “El perfil del PRD”. Nexos No. 152, agosto de 1990, p.63.
[16] R. Bartra, “Nacionalismo, democracia y socialismo: invitación a la polémica” La Jornada Semanal. Nueva época, No. 84, 20 de enero de 1991.
[17] J. Alcocer, “PRD: la hora del Congreso”. Nexos No. 155, noviembre de 1990. Este artículo fue el que, en vísperas del Congreso Nacional y en abierta polémica con las posiciones sustentadas por Adolfo Gilly, abrió las que serían las principales líneas de discusión dentro del PRD. Como se sabe, los resultados del Congreso fueron adversos a la línea de conciliación y, poco tiempo después, el propio Alcocer renunció al Partido. Algunas semanas más tarde seguirían también ese camino Adolfo Sánchez Rebolledo, Pablo Pascual Moncayo y José Woldenberg.
[18] Esta tesis se encuentra desarrollada particularmente en el ensayo de Roger Bartra ya citado, a propósito de la actitud perredista frente al encarcelamiento de los dirigentes petroleros, a quienes se llegó a ver como defensores de los intereses nacionales frente a la política neoliberal del salinismo.
[19] A este respecto, las experiencias de Guanajuato y San Luis Potosí también han sido aleccionadoras. Vicente Fox en el Bajío y Salvador Nava en San Luis no sólo mostraron su capacidad de convocatoria y movilización a nivel local después de las elecciones del 18 de agosto, sino que orientaron en gran medida su presión no a las instancias formales de decisión, sino al centro de poder real a nivel nacional. Cuando los navistas entregaron al presidente Salinas un enorme cartapacio en que se documentaban sus señalamientos de fraude y las causas de su inconformidad, y sobre todo cuando Nava inició su marcha de protesta con vistas a llegar a la capital de la República, involucraron directamente a la Presidencia en el problema, al que formalmente es ajena, de las elecciones locales; era la única instancia de la que podría provenir una solución inmediata y radical a las cuestionadas gubernaturas. Las renuncias de los electos gobernadores priístas en ambas entidades y los consiguientes interinatos no fueron, por supuesto, una salida definitiva y enteramente satisfactoria al clamor democrático, pero sí las condiciones mínimas para hacerla posible en un plazo no muy alejado.
[20] El análisis y debate acerca de la trascendencia del Programa Nacional de Solidaridad está aún por hacerse o es extremadamente incipiente entre la izquierda. Ésta se ha limitado las más de las veces a denunciar la significación electoral del Pronasol como mecanismo para allegar votos al PRI, lo cual es cierto, o, a lo sumo, a señalar la insuficiencia de los recursos destinados al Programa para satisfacer las múltiples necesidades populares, lo cual es también cierto. Poco, en cambio, se ha explorado lo que sería la veta más progresiva de Solidaridad, que es una bandera abandonada inexplicablemente por la izquierda y retomada utilitariamente por el gobierno salinista: Pronasol ha impulsado quizás como ningún programa gubernamental anteriormente la organización comunitaria popular y, al hacer participar a los sectores organizados en la toma de decisiones y en la realización de obras y beneficios, tiende a combatir el viejo paternalismo del Estado benefactor del cual la población lo espera todo.No en balde se ha hablado inclusive del Pronasol como una forma de organización que superaría con ventajas al PRI como base de sustentación del presente rágimen y quizás por toda una etapa histórica.
[21] “La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano completamente subordinado a ella, y las formas de Estado siguen siendo hoy más o menos libres en la medida que limitan la <<libertad del estado>>”, escribía Marx en 1875 en uno de sus textos más radicalmente antiestatalistas, la Crítica del Programa de Gotha.
* Artículo inédito.

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