Eduardo Nava Hernández
El nueve de junio es hoy una conmemoración borrada del calendario oficial; una fecha perdida para la memoria cívica de la gran mayoría de los michoacanos. El nueve de junio, que en muy otros tiempos daba a nuestro pueblo ocasión para recordar el natalicio de Primo Tapia de la Cruz, es parte de una historia arrebatada, truncada: la del último episodio de la revolución popular, del agrarismo radical en Michoacán, derrotado con el cobarde asesinato de ese dirigente revolucionario en 1926.
Primo Tapia, nacido en Naranja el 9 de junio de 1885, es una figura incómoda para el historiar de nuestros gobiernos contemporáneos y de sus intelectuales. Indígena, anarcosindicalista, militante comunista, fundador de la primera Liga de Comunidades Agrarias en el estado, es con certeza el personaje que mejor enlaza, en nuestra cultura y en nuestra historia regionales, la continuidad de un movimiento popular que se remonta a la resistencia de las comunidades indígenas contra los permanentes despojos a manos de españoles, criollos, liberales, y plutócratas neoliberales, y que sin embargo apunta hacia un futuro libertario y socialista. Primo Tapia, nuestro contemporáneo, es un nombre que no puede ser fácilmente asimilado, y menos aún recuperado por la historiografía de los que han conservado el poder durante siete décadas por herencia de quien fuera el autor intelectual de su asesinato.
La muerte de Tapia a manos del ejército y por órdenes directas del presidente Calles, fue necesaria hace 67 años para apagar en Michoacán la lucha agrarista radical e independiente; el acallamiento de su historia —que no se enseña en las escuelas a los niños de Michoacán, como tampoco la de Miguel Regalado, o la de Gabriel Zamora— ha sido necesario para que se sostenga como ideología vigente el agrarismo oficial, domesticado, de las centrales adheridas al PRI. Un presidente municipal moreliano ideó, en plena conmemoración del Quinto Centenario, levantar un monumento a los conquistadores españoles; otro, ahora, ha glorificado en bronce a una raza tarasca concebida sólo abstractamente y como reliquia del pasado. Jamás podrían haber pensado en plasmar para el pueblo al símbolo de la lucha independiente de los tarascos frente a los gobiernos “revolucionarios” de Obregón y de Calles.
Pero este nueve de junio fue, para algunos, diferente. Por segundo año consecutivo, los pobladores de la colonia Primo Tapia Poniente de esta ciudad, los maestros y los niños de la escuela primaria ubicada en ese lugar, comenzaron a renovar la memoria perdida. Una emotiva ceremonia sirvió para empezar a recuperar al campesino que les diera su nombre y su ejemplo. “La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”, escribió Milan Kundera. “Mientras el poder establecido impone el olvido de ciertas cosas y la memoria de otras”, ha precisado Adolfo Gilly, “los que se sublevan contra ese poder necesitan más que nadie de la memoria de su propio pasado que el poder opresor quiere borrar”.
Es esa, acaso, la significación más profunda de esta ocasión celebratoria: Primo Tapia es recordado ahí donde tiene que serlo y por quienes deben hacerlo. No en las grandes plazas, con oradores oficiales y funcionarios de todos los poderes, sino por colonos y por dirigentes campesinos independientes como Juan Ortiz Murillo, de la Unión Nacional de Trabajadores Agrícolas, e Ignacio Garnica Márquez, de la Unión Campesina Democrática, y en una colonia popular marginada, sin servicios, en que ochocientas familias luchan cotidianamente por subsistir y derrotar a la adversidad. Como él, son humildes michoacanos que han luchado por la tierra y la han defendido a pesar de la represión y oscuras agresiones, sin resignarse a que el mercado sea el único mecanismo para suplir el elemental derecho de todos a una vivienda.
Y fue conmovedor y significativo que hayan sido los niños los que refirieran la biografía de Primo Tapia y, en cierto modo, la enseñaran a muchos de los adultos que también se congregaron precisamente para eso: para que el poder que de casi todo los ha despojado no les quite también su dignidad y su propio pasado.
Recientemente, el niño Rodrigo Maldonado Vázquez, un pequeño alumno de la escuela primaria de la Primo Tapia —una escuela “de palitos”, con techo de cartón y piso de tierra, como la describiera Margarita Blanco en un excelente reportaje”—, obtuvo el primer lugar de entre los alumnos de 6º grado de la zona escolar 105. Rodrigo trabaja por las tardes llenado bolsas en un autoservicio para complementar el gasto de su familia, y es el mejor ejemplo que podríamos referir del tesón y la voluntad de salir adelante que caracteriza a su comunidad. Es también el orgullo de sus padres y de los abnegados maestros, encabezados por la profesora Dolores Covarrubias Villafaña, que virtualmente de la nada han levantado con armonía y trabajo una escuela a la que el escepticismo le negaba el derecho a existir.
Así fuera con tan sólo este ejemplo, deberá quedar claro por qué y cómo, Primo Tapia sigue renaciendo en el pueblo michoacano y seguramente lo hará por muchos, muchos años más.
Morelia, Michoacán, 10 de junio de 1993.
*Artículo publicado en el diario Cambio de Michoacán el 12 de junio de 1993.

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