Eduardo Nava Hernández
José Narro Céspedes
El derrumbe del llamado socialismo real de la URSS y Europa oriental y la desarticulación prácticamente total del sistema internacional que llegó a conformar son un hecho de alcance universal. A las asombradas generaciones actuales les ha tocado presenciar el inesperado desplome del régimen social y político construido a partir de 1917 en Rusia y que llegó a constituir un modelo alternativo seguido, reverenciado o anhelado por millones de seres humanos en todo el planeta, el dique más sólido a los horrores del holocausto nazi en la Segunda Guerra Mundial y el desafío económico, geopolítico y militar más formidable al capitalismo y el imperialismo. Cumplida la inexorable sentencia de Hegel, cuanto era sólido se ha desvanecido en el aire.
A partir de esos acontecimientos, precipitados entre 1989 y 1991, el panorama mundial no es ni podrá volver a ser el mismo. Asistimos a la enérgica y aun brutal reafirmación del capitalismo como sistema universal que, como lo escribiera Marx hace 150 años en el Manifiesto del Partido Comunista, “obliga a todas las naciones , si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción (y) se forma un mundo a su imagen y semejanza”. Y aun ahí donde la restauración no ha sido completa, la presencia del capitalismo se expresa bajo múltiples formas. Con mucho mayor eficacia que los cañones, el mercado internacional abre las fronteras, rompe el aislamiento de las islas y derriba la murallas de China. Nos adentramos en una nueva etapa de mundialización de las relaciones capitalistas a la que no escapan aquellas economías que intentaron otras vías para alcanzar su desarrollo.
Sólo ahora empezamos a atisbar teóricamente el despliegue de la nueva era, la de la llamada globalización del capitalismo que se ha abierto paso por sobre los escombros del antes firme mundo poscapitalista, al tiempo que resentimos directamente sus más lacerantes efectos: la reproducción y consagración de la desigualdad, la generalización del desempleo, la revitalización y ahondamiento de los problemas de la pobreza y la injusticia social…
Para quienes nos empeñamos en combatir al menos algunos de esos efectos y alguna vez nos hemos atrevido a pretender diseñar un orden social distinto, la tarea de interpretar esta nueva fase del capitalismo va estrecha e ineludiblemente ligada a la comprensión de lo recién ocurrido con el llamado socialismo real. En ese sentido ningún esfuerzo nos sale sobrando. En verdad, esa tarea no es tampoco prescindible para nadie que simplemente quiera ubicarse como ciudadano de la nueva realidad del mundo.
Por eso resulta del mayor interés la publicación del libro colectivo que comentamos: El derrumbe del modelo eurosoviético. Visión desde Cuba, coordinado por los profesores Román García Báez y Ramón Sánchez Noda. Es uno de los primeros esfuerzos que conocemos en México, quizás el más sistemático, por explicar, desde la perspectiva de una de las pocas naciones donde los esfuerzos de construir una alternativa general al capitalismo se conservan vigentes, los acontecimientos esteuropeos de este fin de siglo.
Este trabajo, surgido simultáneamente del debate académico y de la discusión política, se desarrolla sobre dos grandes ejes, a los que metodológicamente considera inseparables: el análisis del modelo soviético y de su caída y una visión crítica de la crisis del marxismo. Aun cuando se reconoce en el libro un trabajo no acabado ni homogéneo, que más bien es una aproximación al debate actual en la isla, tiene la virtud de proponerse explícitamente construir un enfoque alejado de los dogmatismos y apologías que aun en el pasado reciente se convirtieron en obstáculos para la comprensión del sistema madurado en la Unión Soviética y sus zonas de influencia económica y política, así como de sus contradicciones.
Se trata, pues, de un esfuerzo que no renuncia a la perspectiva del socialismo y del marxismo, y que, por el contrario, los recupera como un enfoque metodológicamente válido para entender inclusive los acontecimientos que condujeron al derrumbe de ese sistema. No deja de ser, en ese sentido, un trabajo comprometido con la izquierda y con el ideal del socialismo.
El lector encontrará en este libro colectivo elementos de autocrítica, así como un esfuerzo por distanciar la particular experiencia cubana del sistema hoy desaparecido, al que significativamente llaman eurosoviético.
Los autores no eluden analizar la actual situación de la isla, a partir del llamado “periodo especial” en que se ha sustentado su economía, al haberse demolido el sistema con el cual sostenía el 85 % de su comercio exterior. En esta nueva economía cubana se ha dado una lenta pero indudable apertura hacia los mercados occidentales y a la inversión extranjera, incluso en los sectores considerados estratégicos como la minería y la producción azucarera, además de los servicios turísticos. Se ha liberalizado parcialmente el mercado de divisas extranjeras y se han abierto los mercados de diversas mercancías seleccionadas. En este sentido, se ha establecido un delicado equilibrio entre el sector estatizado dominante y el sector externo, fuertemente influido por la inversión extranjera. Hacia dónde evolucionarán en el futuro inmediato estos nuevos equilibrios es una de las grandes preguntas de la situación cubana, pues a partir de ellos se abren posibilidades tanto de una gradual involución que conduzca a la progresiva reimplantación del capitalismo o de una reafirmación del sector controlado por el Estado, no sin enormes dificultades en medio de un mercado mundial globalizado y plenamente dominado por la lógica competitiva del capitalismo.
Los cubanos apuestan a desarrollar un trabajo ideológico que les ayude a preservar las conquistas fundamentales de su revolución: el acceso a la salud, el empleo, la educación y la soberanía nacional. El libro El derrumbe del modelo eurosoviético nos aporta elementos para evaluar las posibilidades de esas metas en el futuro inmediato, metas que sabemos mueven la voluntad de la gran mayoría de los cubanos y con las cuales nos solidarizamos sinceramente, como simpatizantes de su misma causa y como hermanos que sabemos llevar su misma sangre latinoamericana.
México, D.F., 10 de febrero de 1997

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