Eduardo Nava Hernández
Una tradición metodológica que muchos frutos ha rendido en el estudio de los partidos políticos, de Weber a Duverger, ha centrado su atención en la trascendencia que para éstos tiene el momento de su fundación. Aun con el paso del tiempo, las causas de su origen y las circunstancias de su constitución continúan determinando en gran medida la naturaleza y la dinámica de los organismos políticos, por lo que resulta decisivo examinarlas con la mayor atención.
Aplicado este principio a los partidos mexicanos, resulta evidente su utilidad. ¿Qué es en esencia el PRI, a pesar de casi setenta años de mutaciones ideológicas y acomodos pragmáticos, sino el aparato concebido desde el Estado para la reproducción de una élite ya instalada en el poder? ¿Cómo desprender al PAN de su conservadurismo de estirpe católica y liberal y de su oposición a lo que representó el proyecto social cardenista contra el cual surgió?
Pero quizás el caso en que esa proposición resulta más significativa para su situación actual sea el del PRD. La coyuntura política en la que se fundó y la peculiar convergencia de fuerzas que condensó parecen haber marcado a fuego su derrotero y su destino. A ocho años de que sus dirigentes protagonizaran el movimiento opositor electoral más impetuoso que se recuerde en la historia del país y a siete de su integración formal como partido, el PRD, que representaba la esperanza del cambio y prometía ser la palanca de una gran transformación democrática, encarna sin duda la gran tragedia de la política nacional.
La importancia del Partido de la Revolución Democrática no es la que se refleja en las cifras y porcentajes de votación que es capaz de captar en los procesos electorales, sino el hecho de que, desde su fundación, ocupó el mayor espacio en el ala izquierda del espectro político y se nutrió de la militancia de prácticamente todas las corrientes con presencia y trayectoria en esa vertiente. No cabe duda de que cualquier esfuerzo que en México se plantee la reforma, reconstrucción o refundación del proyecto socialista o simplemente democrático e igualitario tiene hoy que tomar en cuenta, para bien o para mal, la experiencia del PRD.
El drama de este episodio estriba en su ahora evidente incapacidad para constituirse en alternativa de poder, su impotencia para frenar la salida por la derecha a la crisis política y de legitimidad y su creciente alejamiento de los intereses de la sociedad. A ello se suma su frágil situación interna, sometida a todas las tensiones y permanentemente bajo amenaza de ruptura o al menos de inmovilización por la luchas intestinas.
Cuando este partido atraviesa por uno de sus momentos más críticos, con una elección de presidente en donde se confrontan no diferentes líneas tácticas sino diversos proyectos de partido; cuando las deficiencias e impugnaciones han mostrado las dificultades para realizar y calificar la elección de su dirigente en el D.F.; cuando las confrontaciones internas se tornan en defecciones y cuando afloran acremente las diferencias entre los dos líderes históricos, la problemática perredista no parece tener un carácter pasajero y coyuntural sino que es válido inquirir si no están en sus orígenes las limitaciones que hoy por hoy lo ponen en riesgo como proyecto.
El PRD se constituyó como el producto inmediato y más genuino de la movilización cívica de 1988 en torno a la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas y la lucha poselectoral contra el fraude. No nació de un plan largamente madurado ni de la iniciativa de un solo grupo político, sino impulsado por la oleada de inconformidad social que estalló en el momento de la transición gubernamental entre Miguel de la Madrid y Carlos Salinas. Surgió en torno de un programa político mínimo, más que de identidades ideológicas entre sus participantes. Si hubiera que definir los factores que le dieron cohesión en esa coyuntura, habría que destacar fundamentalmente dos: la expectativa de dar continuidad al movimiento poselectoral de 1988 que por primera vez desafiaba al sistema hegemónico y parecía hacer asequible la derrota del PRI por medio de la lucha electoral, y el liderazgo social de Cuauhtémoc Cárdenas, capaz de unificar a un haz de corrientes extraordinariamente diversas entre sí.
En la fundación del PRD confluyeron al menos tres grandes vertientes históricas: el cardenismo y el nacionalismo revolucionario desprendidos del PRI, la corriente comunista y socialista afín por sus antecedentes al socialismo real y la izquierda social integrada por organizaciones de masas y por una muy heterogénea red de organismos no gubernamentales. Con menor presencia se agregaron desprendimientos del troskismo, núcleos provenientes de experiencias guerrilleras de los setenta, grupos formados en la teología de la liberación, etcétera. Esta amplia gama, impensable en otras circunstancias, fue convocada no por un determinado discurso político sino por la aparente viabilidad de impedir que el gobierno de Carlos Salinas se consolidara y por la presencia de un líder confiable como Cárdenas. El PRD se presenta, así, más que como un partido, como una alianza inestable de fuerzas unificadas en función de un objetivo de corto plazo: la conquista de la democracia política y el fin del sistema de partido de Estado.
Más allá de esa meta, las diversas tendencias no comparten una proyecto ideológico ni una visión del mundo. Para los expriístas, el PRD se constituyó como un proyecto de alianzas y expresión orgánica de la amplia base social que había sido el Frente Democrático Nacional del 88; para la izquierda comunista, ya entonces en una seria crisis ideológica, fue la alternativa que le permitió mantenerse en el movimiento tras el agotamiento de su proyecto organizativo y electoral; para la izquierda social, un espacio natural de expresión en las nuevas circunstancias de lucha ciudadana.
En la práctica, sin embargo, la dinámica y los alineamientos internos no se han dado en torno de los grandes agregados sino en función de definiciones más inmediatas: el debate real se da entre el ala dialoguista o pactista que concibe una transición a la democracia pactada entre el gobierno y las fuerzas sociales, y la fracción movimientista o rupturista, partidaria de empujar por medio de la movilización masiva una crisis política del sistema que se resuelva en un cambio de régimen. Corresponden a estas dos líneas al menos dos visiones organizativas divergentes: la de un partido institucionalizado y volcado fundamentalmente a la acumulación de fuerzas por la vía electoral, o la de un partido-movimiento con un liderazgo caudillista que se apoye en la movilización permanente.
La profundidad de las diferencias y las notorias dificultades para una unidad estratégica están mostrando en realidad una crisis del proyecto del PRD, que se deriva de haber cambiado drásticamente las circunstancias nacionales en las que surgió y de la consunción del liderazgo cuauhtemista.
La crisis del PRD se deriva, directamente, del agotamiento de los factores de su endeble unidad. Este partido no logró a la postre impedir la consolidación del gobierno salinista ni convertirse en el factor que impulsara la transición democrática a su conclusión, mucho menos hacerse del poder. Su trayectoria electoral ha mostrado una tendencia al retroceso mientras en muchos estados y a escala nacional se consolida el bipartidismo de derecha PRI-PAN.
El liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas, por su parte, tampoco ha logrado culminar sus objetivos. Desde que en julio de 1988 Cárdenas proclamó su triunfo en la elección presidencial, el movimiento que encabezaba tuvo que plantearse como meta el reconocimiento de esa victoria y la asunción del poder, y no ya una transición pactada hacia la democracia. Como Juárez frente a Maximiliano, Cárdenas calificó al gobierno de Salinas de ilegítimo; como Madero ante el de Díaz, denunció que era producto del fraude; como Carranza al enfrentar a Huerta, lo llamó usurpador. Pero Más allá de las declaraciones, no fue capaz de impedir que el gobierno salinista se consolidara con su cauda de violencia y corrupción sin límites. Pero Cárdenas se cerró también a sí mismo la otra posibilidad: la de erigirse en el líder opositor con el cual el nuevo gobierno tuviera que pactar la transición a la democracia. Su proclamación triunfal le alejó la posibilidad de una alianza con la fuerza que lo hubiera podido apoyar en esa vía: la del panismo democrático que representaba Manuel Clouthier. De ese modo, no optó ni por impedir a toda costa la asunción del “usurpador” ni por encabezar un bloque social opositor que pactara con el nuevo y cuestionado gobiernos, sino tan sólo por una vía de denuncia moral que dejaba a salvo su posición personal al negarse a “tomarse la foto” con Salinas, pero que no resolvió para la nación el problema de la transición democrática. La apuesta a una segunda vuelta electoral en 1994 (que tendría que revertir la recuperación del sistema que sorprendió a todos en 1991) carecía ya de las condiciones sociales y políticas que hubieran hecho posible el triunfo en la elección presidencial.
La derrota del cardenismo en 1988 tuvo consecuencias graves para todo el país: el asentamiento de un gobierno autocrático y de corrupción sólo benéfico para la oligarquía financiera, el bloqueo a la transición democrática durante todo el sexenio y, del lado de la oposición, casi trescientos muertos cuyos asesinatos permanecen en gran número impunes.
La emergencia del EZLN en enero de 1994 fue el otro gran desafío al proyecto cardenista y al PRD. Con un discurso político muy semejante al de éstos, se colocó sin embargo en sus antípodas al mostrarse como un movimiento eficaz, capaz de hacer las dos cosas que el cardenismo no había podido o no había querido realizar: enfrentar al gobierno salinista con las armas, pero también dialogar con él desde una posición de dignidad. El EZLN rebasó al PRD por la izquierda y aun logró confluir programáticamente con él, pero no le sumó fuerza y muy probablemente sí se la restó.
A partir de entonces, la crisis. Los triunfos electorales se alejan cada vez más y, con ellos, las posibilidades de ser la fuerza decisiva en la transición política; el sistema de partido de Estado se encuentra cuarteado, pero no demolido y hasta presenta recuperaciones parciales, y el PAN se afirma como la alternativa viable en caso de derrumbe. El liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas se encuentra más erosionado y cuestionado que nunca, encabezando la campaña de su pupilo López Obrador y promoviendo inútilmente una colecta popular para pujar por la industria petroquímica. La trágica declinación del PRD (trágica sobre todo para el país, que necesita de un polo de izquierda lo más amplio posible para contrapesar las tendencias dominantes) plantea el ocaso de los componentes que en su origen le dieron vida y una significación inobjetable en la oposición. Tendrá, si quiere trascender el presente siglo, y en bien del país, que refundar su proyecto, no volviendo hacia sus orígenes sino sobre bases menos coyunturales y caudillistas, y respondiendo más directamente a las cambiantes necesidades de la sociedad.
Coyoacán, D.F. 7 de julio de 1996

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