París, 1968: el espíritu y el mito

Eduardo Nava Hernández

El 13 de mayo de 1968 la huelga general estalló y las barricadas volvieron a las calles de París. Como en la hora de la Comuna. Como en 1848, en el trágico preámbulo del segundo bonapartismo. Como en las arrojadas acciones de los sans-coulottes de la gran Revolución. Era el más grave desafío enfrentado por la Quinta República, el régimen que había surgido, tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial, de la cabeza del arrogante general De Gaulle como Atenea de la de Zeus.

            El símil con sus antecedentes históricos no era sólo en la forma. Francia volvía a ser, por derecho propio, la patria de la lucha de clases y a renovar, con el viejo método, muchos años antes declarado obsoleto, de la lucha callejera, el cíclico desafío al despotismo de los poderosos. Pero esta vez tras las barricadas no estaban solamente los proletarios que habían paralizado productivamente el corazón de Francia; la verdadera novedad era la revuelta de la juventud universitaria, la rebelión intelectual a la que se habían sumado los trabajadores, enfrentando al enemigo común: el autoritarismo político, presente en la fábrica y en la calle lo mismo que en los sagrados recintos de la ciencia.

            En realidad, los obreros se habían insurreccionado siguiendo con agudo instinto las pulsaciones del movimiento estudiantil, del mismo modo que los sans-coulottes (“descalzonados”) habían emergido en 1792 al conjuro del Tercer Estado, y al igual que los comuneros habían sido convocados por la República burguesa a la defensa de París en 1871. En esta ocasión, como entonces, la clase trabajadora, al presentar sus propias demandas, se inscribía en, e impulsaba al unísono con los estudiantes, un movimiento democratizador que venía a cimbrar un sistema político antes firmemente asentado no sólo en la legalidad normal del Estado democrático, sino en la probada autoridad del caudillo.

            ¿Fue la revuelta de mayo una revolución?

            No, si se lo ve en sí mismo, como un hecho aislado que finalmente fue controlado y vio desarticularse la fórmula efímera —y quizás irrepetible— que le había dado su mayor fuerza. La conjunción de obreros y estudiantes fue rota por una mutua desconfianza: de los grandes sindicatos hacia un movimiento estudiantil que no controlaban y de los universitarios hacia los grandes aparatos burocrático-sindicales y partidarios de los trabajadores. No lo fue ni siquiera por su mayor logro político inmediato: el haber obligado a la disolución de la Asamblea Nacional, que poco después fue electoralmente recuperada por la derecha y en donde el gobierno gaullista salió fortalecido. En el ámbito universitario, sus demandas principales, la autogestión y la integración de la universidad a la población trabajadora, fueron asimiladas en breve con reformas limitadas y experimentos de educación popular (la universidad de Vincennes).

            Y es que los grandes movimientos sociales rara vez triunfan en lo inmediato. Sus alcances sólo pueden apreciarse en la perspectiva histórica, aquélla en la que cobran su verdadero sentido. Las jornadas del mayo parisino resultan ser solamente la expresión cimera y más visible de la primera oleada de movilización democratizadora del siglo (la segunda se daría en la segunda mitad de los ochenta, abarcando tanto a los regímenes militares latinoamericanos y de otras latitudes como a los sistemas perversos del Este, usurpadores y verdugos del socialismo libertario). En esa oleada se inscribieron también las masivas protestas contra la guerra de Vietnam, que entroncaron con la lucha contra la discriminación racial en los Estados Unidos, el movimiento estudiantil en Alemania del invierno de 1965; la primavera de Praga, despiadadamente aplastada en agosto por los tanques del Pacto de Varsovia. Le seguirían la movilización estudiantil mexicana de julio a octubre, también frustrada por la represión, y la primavera de Milán el año siguiente.

            Mayo es, en realidad, el espíritu vivo de los sesenta, los años que cambiaron el rostro intolerante y maniqueo del mundo de posguerra y operaron la revolución de las mentalidades en Occidente. Mayo es el ya basta de una generación para la que ese mundo gobernado por el autoritarismo anticomunista, los prejuicios raciales, la represión sexual  y los valores tradicionales empezaba a perder sentido; una generación que se atrevió a proclamar el poder de la imaginación y a cuestionar desde la inconoclasia la rigidez de ese orden impuesto. El gran cambio fue el movimiento mismo, no su victoria imposible. Por eso, 1968 se ha incorporado al mundo de los mitos, esos que desde siempre han movido las conciencias y las acciones de los hombres.

            En el actual apogeo de la ideología de la resignación totalitaria ante un orden feroz que se proclama natural y único, nada más fácil que decír, con pedantes aires de autoridad, que haber creído en nociones como “revolución”, “cambio social”, “lucha de clases”, etcétera, es simplemente un signo de idiotez. Nada más fácil que ejercer tal “crítica” desde la perspectiva arrogante de la unipolaridad. La negación de la historia es, en cambio, vulgar ignorancia, engaño mordaz o cinismo exacerbado. Los idiotas fuimos millones.

            Pertenezco a una generación que, sin haber sido protagonista de los hechos, sí presenció ese cambio revolucionario del mundo, que brotaba de los cuatro puntos cardinales. Vimos, por ejemplo, al ejército más poderoso del mundo salir desfigurado y desmoralizado de una pequeña y débil nación campesina que supo resistir como ninguna los prolongados horrores y el martirio a los que fue sometida. Vimos la culminación de las luchas anticoloniales del mundo y a una isla asediada, Cuba, definir militarmente la victoria de las fuerzas emancipadoras de un territorio, el de Angola, ubicado a miles de kilómetros. Vimos caer añejas y apuntaladas dictaduras como las de Irán, Portugal y Nicaragua y renovarse las esperanzas libertarias, que no siempre se consolidaron. Vimos desplomarse también las dictaduras de nuevo cuño en Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, ante el empuje de la democracia de masas a las que se buscaba someter. Hoy vemos la emergencia de los pueblos de Bolivia, Venezuela, Ecuador frente al imperio en defensa de su autonomía, sus recursos y sobre todo su futuro. Pero, quizás como muchos de los protagonistas, antes habíamos presenciado, no en el Tercer Mundo sino en los países más cultos y más industrializados, la imagen inolvidable y promisoria de aquellos jóvenes exaltados de Berlín, Nanterre, La Sorbona o San Francisco, y de las banderas rojas ondeando sobre las fábricas en paro de París, Turín y Milán.

            Después de ello, afortunadamente, los idiotas se multiplicaron y el mundo ya no fue el mismo.

Morelia, Michoacán, 15 de mayo de 2008.


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