Reseña del libro de Fernando Pineda, En las profundidades del MAR (El oro no llegó de Moscú)
Eduardo Nava Hernández
A tres décadas de ocurridos, los acontecimientos relacionados con la llamada guerra sucia en México, comienzan a ser apenas conocidos. Para aproximarse a una apreciación objetiva de lo que constituye aún uno de los capítulos menos esclarecidos de la historia reciente de nuestro país es necesario recorrer el triple velo que lo ha ocultado y oscurecido a lo largo de todo este tiempo. Primero, el de la naturaleza clandestina de las diversas organizaciones que, autodefiniéndose como revolucionarias, declararon la guerra el Estado mexicano en las décadas de los sesenta y setenta (con algunas secuelas aún en los años ochenta), y que impidió que éstas dejaran un acervo documental suficiente para dar seguimiento a su caracterización política y a sus hechos. Segundo, el del carácter secreto ––más que ello, clandestino también–– de las acciones con que el gobierno nacional de ese entonces las combatió hasta alcanzar su virtual aniquilamiento o su neutralización como una potencial amenaza a la seguridad del Estado. Y tercero, el de la extrema ideologización con que, de uno y otro lado, se visualizó en su momento la confrontación y que llevó a unos a asumirse como alternativas legítimamente revolucionarias frente a un Estado reaccionario, opresivo y antagónico a los intereses populares, y a los otros como la personificación absoluta del poder basado en la legalidad, llamado a acabar ––de la mano de la ideología y los servicios de inteligencia de los Estados Unidos–– con la amenaza de la subversión y el comunismo en México, siempre visto como de origen exótico o extranjero.
Es el interés de la sociedad, la misma que ha impulsado el cambio político en el país, y no el del poder, el que ha venido impulsando, muy paulatinamente hasta hora, la indagación y el esclarecimiento de los acontecimientos de confrontación de los años 60 y 70, y estableciendo responsabilidades tanto en la violencia rebelde como en la brutal represión con que aquélla fue sofocada. Trabajos de investigación como La charola, de Sergio Aguayo Quezada, o los relatos novelados Guerra en el paraíso, Los expedientes secretos y Las armas del alba, de Carlos Montemayor, así como diversas pesquisas periodísticas y publicaciones como Para Romper el Silencio, del Centro de Investigaciones Históricas de los Movimientos Armados, por no mencionar los numerosos y heterogéneos rastreos publicados a propósito de la génesis y desarrollo del EZLN, han aportado los primeros elementos de esa historia aún incompleta. Entre otras cosas, son escasos aún los testimonios, públicos y ante los órganos de la justicia, de quienes fueron en uno y otro lado protagonistas de esos oscuros capítulos de la historia.
De lo que hasta ahora alcanzamos a conocer, resulta claro que ni la violencia insurgente fue en verdad revolucionaria ni la mano del Estado actuó con una inspiración auténticamente justiciera. La responsabilidad de quienes operaron los aparatos represivos es, sin embargo, mayor en la perspectiva. Tratándose del polo que concentraba una fuerza desmedidamente superior, y reclamando para sí la legitimidad del estado de derecho, los abusos de poder desplegados en secuestros, desapariciones de personas (incluso inocentes, por ser familiares de los combatientes), torturas y asesinatos aparecen como injustificables en la lógica de la legalidad que se decía defender.
En las profundidades del MAR, el libro recientemente publicado por Fernando Pineda Ochoa, constituye en varios sentidos una aportación a la historia de los grupos armados de los años setenta, particularmente del Movimiento de Acción Revolucionaria, del que fue él mismo un militante. Combina el texto las características del testimonio vivencial, el estudio histórico y la autocrítica política.
*Reseña publicada en el periódico Proyección SPUM No. 126. Morelia, Mich., marzo de 2004.

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