MODERNIDAD Y POLÍTICA EN AMÉRICA LATINA*

Comentarios a dos ensayos de José Joaquín Brunner

Eduardo Nava Hernández

El difícil resurgimiento de América latina a la vida civil durante los últimos tres lustros, tras un extendido período en que prevaleció casi por doquier el autoritarismo de los regímenes militares, volvió a colocar en un primer plano a la política. No sólo el tema de la transición y consolidación de la democracia, sino también otros ejes conexos —hegemonía, cultura, organización, conformación de los nuevos sujetos sociales, movilización social, etcétera— captaron nuevamente el interés de partidos, grupos no gubernamentales e instituciones académicas del continente. Se reabrieron, bajo nuevas circunstancias, los balances y controversias a propósito de nuestra ubicación como sociedades finiseculares. Y dentro de esos debates, la modernización del subcontinente apareció como un imperativo en las nuevas circunstancias de globalidad económica y unipolaridad política y militar.

            Se trata, entonces, de un imperativo que no nace sólo —y quizás ni siquiera principalmente— de la propia dinámica interna o local de nuestras sociedades sino de los requerimientos impuestos por la competencia internacional y la estructura de un mercado mundial hipermonopolizado por las grandes corporaciones transnacionales. Estas nuevas condiciones imprimen, así, un nuevo carácter a una polémica que, si bien no es nueva (pues cuenta con antecedentes de hace por lo menos dos siglos, el periodo de la independencia y la constitución de los Estados nacionales en la región), resurge periódicamente con los grandes cambios epocales a escala mundial.

Modernidad y gobernabilidad

Los ensayos de José Joaquín Brunner[1] se ubican en ese marco de discusión, retomando, ahí donde quedó interrumpido y pareció inclusive cancelado, el debate acerca del carácter moderno o premoderno de las sociedades latinoamericanas. Una década o más de gobiernos militares parafascistas con sus rasgos de barbarie dejó en la intelectualidad la traumática convicción de un violento y circular retorno a la premodernidad y aun de antimodernidad como característica del ser latinoamericano. La paradoja trágica estriba en que, a su manera, las dictaduras castrenses del continente intentaron —fallidamente en la mayoría de los casos— promover un proyecto de modernización acelerada y autoritaria de sus economías nacionales mediante la reimposición del orden y la gobernabilidad y a costa del ejercicio de la política y de los derechos civiles, siempre en asociación, y con el apoyo activo del capital internacional y el gobierno estadounidense.

            En muchos sentidos, es la modernización que alcanzaron las sociedades latinoamericanas, expresada en la emergencia de nuevos sujetos y nuevas estrategias de lucha social ya en la década de los setenta, lo que explica la violencia de la reacción militarista (los casos de Chile, Uruguay y, en menor medida, la Argentina son seguramente los más significativos, pero ello es válido también en diferentes grados para otros países sometidos en ese período a las políticas de contrainsurgencia). Ella no fue, como algunos la interpretaron, un retorno al antiguo paradigma militar de la etapa oligárquica liberal que prevaleció a lo largo del siglo XIX y hasta la gran crisis de 1929, sino una expresión extrema y sanguinaria de la moderna lucha social. Acaso haya sido la forma extremadamente brutal de esos regímenes lo que opacó el contenido que se dirimía en los proyectos políticos antagónicos y generó la engañosa idea de que no sólo ellos mismos eran una expresión bárbara de la política, sino que la sociedad toda que los había engendrado adolecía del mismo mal.

               Resulta evidente —explica Brunner— que la organización del campo de las luchas hegemónicas no ha terminado por excluir en las sociedades latinoamericanas el uso frecuente de la violencia como medio de control de la población, sea que opere como instrumento de terror estatal, como recurso de movimientos sociales y políticos o, masificadamente, en situaciones de guerra o cuasiguerra civil […]

                        Desde el punto de vista de la argumentación desarrollada aquí, no cabe atribuir esos fenómenos de incompleta estructuración del campo de las luchas hegemónicas a un fenómeno de subdesarrollo político o a una específica manifestación de arcaísmo o premodernidad en la regulación de la violencia, sin embargo. Ellos tienen que ver, más bien, con la propia constitución de los núcleos institucionales de la modernidad en estas sociedades, en particular, con la desestructuración del campo estatal y de sus relaciones con la esfera económica. En otras palabras: ni el sistema de clases ha logrado ser desacoplado efectivamente de la esfera política ni esta última ha podido organizar los medios “espontáneos” de consenso y disciplinamiento que, socialmente, están en la base de los mecanismos de representación y competencia democrática. Como resultado, la sociedad es incapaz de imponer un orden sobre el uso de los medios de violencia. […] Más que un fenómeno de violencia premoderna lo que existe, por tanto, es un fenómeno de modernidad bloqueada en uno de sus polos de conformación institucional (el del control expresado hegemónicamente), en ausencia del cual el sistema de poderes fácticamente establecido en la sociedad se expresa ocasionalmente sin intermediación reguladora de ninguna especie[2]

El contenido sociológico de la modernidad

Las tesis de Brunner, aun focalizándose más en los ámbitos conexos de la sociología y de la cultura, inciden directamente en la comprensión de la dinámica política del continente latinoamericano cuando polemizan con las perspectivas que niegan radicalmente la existencia de una verdadera modernidad en la región (perspectivas que en el campo de la economía y del desarrollo encuentran su correlato en la teoría de la dependencia). En sus aspectos sociológicos, “ni la pobreza masiva, ni la exclusión social, ni la heterogeneidad cultural configuran, desde ningún punto de vista, una situación de sociedad tradicional o premoderna”[3], como lo han planteado siempre las tesis del dualismo estructural. El atraso productivo y político, empíricamente verificables, no son la evidencia de una ausencia total de modernidad, salvo bajo una determinada concepción de ésta (lo que Habermas llama el discurso filosófico de la modernidad sobre sí misma[4]), sino expresiones de la forma específica como América latina ha sido incorporada a la modernidad capitalista.

            En el campo de la cultura, Brunner rechaza la hipótesis que diagnostica como carencia de modernidad nuestros déficits filosóficos (Octavio Paz: “La gran diferencia entre Francia e Inglaterra, por un lado, y España e Hispanoamérica, por el otro, es que nosotros no tuvimos ningún Kant, Voltaire, Diderot, Hume”)[5].

            Brunner logra descubrir, siguiendo a Habermas, la estirpe hegeliana de este razonamiento. Hegel ubica el núcleo de la modernidad en el despliegue del principio de la subjetividad, que, para él, implica cuatro connotaciones: el individualismo, el derecho de crítica, la autonomía de acción y la filosofía idealista, y tres momentos constitutivos, todos ellos propios de la historia occidental: la Reforma luterana, la Ilustración y la Revolución Francesa[6]. De lo que se trata aquí es de poner a Hegel sobre sus pies y hacer aflorar la materialidad de las relaciones sociales del capitalismo al que alude en su concepción de lo moderno. Hay que partir en América latina, como lo sostiene Brunner, de analizar los medios de producción y de circulación y las condiciones específicas de recepción de la cultura occidental–capitalista. No es el subdesarrollo cultural el que condiciona la falta de modernidad social, sino, a la inversa, el retraso de una modernidad que no se asienta en la región sino hasta la década de 1950, lo que determina el carácter elitista y premoderno de sus manifestaciones culturales. No sería América latina, entonces, una región exótica, misteriosa y singularmente refractaria a los embates de la modernidad en la que se han empeñado lo mismo nuestros conquistadores que nuestros gobernantes: un Macondo ajeno e indescifrable para la racionalidad occidental.

            La alternativa de interpretación propuesta por Brunner busca dar a la noción de modernidad un contenido sociológico determinado, basado en la experiencia occidental y aplicable a la situación latinoamericana. Ubica, pues, cuatro núcleos organizacionales de la modernidad, de cuya medible extensión por el cuerpo social podría hacerse depender el verdadero acceso a lo moderno. Son éstos la escuela, la empresa, los mercados y las constelaciones que articulan las relaciones de poder, designables como hegemonías. Una sociedad es moderna si se caracteriza por articularse en torno de estos ejes o núcleos, es decir, si se define por fenómenos como el capitalismo industrial que produce para el mercado, una cultura de masas, sistemas de hegemonía mediados por el consenso y una cultura de la negociación basada en el reconocimiento de intereses corporativos y que neutraliza las expresiones de la confrontación de clases[7].

Lo político en la modernidad

Todo esto tiene que ver directamente con la constitución de los sujetos políticos en nuestras sociedades. Si Brunner tiene razón en su caracterización de nuestra modernidad, resulta pertinente confrontarla con los dos paradigmas teóricos elaborados por Claus Offe para caracterizar las etapas de la cultura política de Europa Occidental[8]. Éstos se distinguirían, ante todo, por el grado de separación entre las esferas de lo político y lo no político, lo público y lo privado. Mientras que en el paradigma tradicional (gestado en la matriz del liberalismo desde el siglo XIX, pero desplegado durante el período de la segunda posguerra) lo político aparece más nítidamente separado de la economía y de la esfera de la vida privada, en el paradigma contemporáneo la politización se desborda hacia el conjunto de la vida social bajo formas ideológicas, organizativas y de participación colectiva novedosas. Los movimientos sociales, como sujetos de esta nueva politicidad, traspasan el ámbito tradicional de la política —el de las instituciones públicas— e incursionan en el de los mercados, la familia, la moral, los derechos humanos y el conocimiento científico y tecnológico.

            En el primer paradigma, la configuración de lo político privilegia temas “como construcción de la nación, ciudadanía, participación o redistribución” y seguridad[9]. Se trata de grandes ideas que, en América Latina, se extendieron por lo menos desde la crisis de la fase oligárquico–exportadora en 1929 y emergieron con fuerza en los movimientos y gobiernos populistas de la etapa de entreguerras. No esperaron, pues, a la modernización social y económica para plantearse discursivamente aunque, en muchos casos (o incluso, para el continente visto en su conjunto), no están resueltos, sobre todo el tema de la redistribución del producto económico. Es claro también que, a este respecto, las tres últimas décadas, desde el período de las dictaduras militares hasta el reinado del neoconservadurismo civil, ha habido sensibles retrocesos no sólo en lo económico, sino también en el aspecto de los derechos ciudadanos y aun en cuanto a la viabilidad nacional de algunos países.

            Como modelo social, el paradigma liberal está sustentado, explica Offe, en la institucionalización del ámbito de la inversión privada, la complementariedad entre el “capitalismo como máquina del crecimiento” y “la organización de los trabajadores como máquina de la distribución y de seguridad social”, y un sistema de democracia representativa y plural basado en la competencia entre partidos[10]. La caracterización de Offe coincide en gran medida con la descripción de la modernidad por José Joaquín Brunner, sustentada en la escuela, los mercados la empresa y los sistemas de hegemonía. América latina sería moderna, en esta perspectiva, porque desde el ocaso de los regímenes oligárquicos el funcionamiento de las áreas de inversión y los mercados fue institucionalizado como un ámbito independiente, no sometido al arbitrio de los gobernantes. Lo sería también por el nivel de desarrollo alcanzado en sus economías por la empresa capitalista, porque en gran medida ha logrado canalizar también institucionalmente sus conflictos de clase y ha logrado construir sólida o precariamente, según el caso, sistemas de mediación del poder partidarios y de hegemonía. La situación real latinoamericana no se corresponde puntualmente con el paradigma de las naciones de Europa occidental, es cierto, pero sí lo sigue como modelo formal (otra cosa es el funcionamiento real, del Estado y el capital, por ejemplo) y en un grado suficiente de despliegue que excluye un retorno estable a otros paradigmas premodernos.

            Pero, sobre todo, América latina se ubica en la modernidad, como lo subraya Brunner, por la fuerza expansiva de ésta, irradiada desde los grandes centros de poder. Del mismo modo que el sistema de mercados se extiende con el desarrollo capitalista hasta configurar el mercado mundial, hoy sería posible apreciar una avanzada e irresistible tendencia a la mundialización de los sistemas de hegemonía, más allá de las mediaciones estatales e institucionales y vehiculizada por los medios masivos de comunicación y difusión[11].

            Esa misma tendencia por la que América latina no sólo se ubica ya en la modernidad sino también en las formas más contradictorias de ésta, la han llevado a desarrollar el paradigma de politización más contemporáneo, el que se desarrolla a partir de los años setenta y tiene como ámbito específico el de la política no institucional. Las condiciones económicas y sociales y el menor desarrollo relativo de las instituciones estatales y políticas en general, dan el contorno de una situación de mayores espacios a la política social no institucional. En nuestro continente también se desarrollan las nuevas formas de politización y nuevos movimientos sociales. La difusión tecnológica y de la comunicación, por ejemplo, han hecho crecer la preocupación social por la ecología y protección al medio ambiente; la extendida pobreza conlleva no sólo a las demandas económicas en torno a la redistribución del ingreso sino a la autoorganización productiva. El tema de los derechos humanos cobra fuerza en la etapa de los gobiernos militares y autoritarios —que, paradójicamente, surgieron con el propósito de frenar la creciente politización social—, hasta configurar una amplísima red de organizaciones y movimientos no gubernamentales. La segregación étnica y cultural tradicional genera como su antítesis moderna un movimiento panindigenista de reivindicación continental. La opresión sexual y el patriarcalismo son cuestionados (aunque aún en mucho menor medida que en los países más desarrollados) por organizaciones feministas y de reivindicación de la libre sexualidad.

            El desarrollo de estos movimientos encuadrables en el nuevo paradigma de Offe en la región vendría, pues, a reforzar la tesis de Brunner acerca del ser moderno de América latina. No deja, sin embargo de ser una modernidad contradictoria. El afán de imposición del modelo occidental, llevado hasta sus últimas consecuencias, ha conducido al intento de uniformizar los diversos sectores que conforman nuestras variopintas sociedades. En aras de una modernización a la occidental, se oprime y excluye la cultura de las etnias dominadas, que hoy se rebelan en formas explosivas cuestionando radicalmente el modelo todo de modernización en vigencia. El mismo propósito industrializante y tecnocrático ha agredido y devastado, en medida aún mayor que en los países de mayor desarrollo, a la naturaleza y a los recursos naturales. Es el ansia de acelerada acumulación de las clases dominantes y sus representantes políticos, y no el atraso productivo, lo que ha magnificado hasta niveles extremos la desigualdad social y llevado al límite la concentración de la riqueza y el empobrecimiento de las grandes masas.

            A la luz de estas nuevas experiencias de la situación latinoamericana, que plantean no tanto la superación de una situación de premodernidad sino de las expresiones de desigualdad e injusticia que caracterizan nuestro arribo a la modernidad, no es el carácter moderno o no de nuestras sociedades lo que está en cuestión, sino la permanencia de los rasgos más opresivos e inequitativos con que ésta se ha enseñoreado de nuestra realidad.


    [1] Tradicionalismo y modernidad en la cultura latinoamericana. Documento de Trabajo FLACSO – Programa Chile, Santiago, 1990 (Serie Educación y Cultura, Nº 4); “América Latina en la encrucijada de la modernidad”, en  Jesús Martín Barbero (coordinador), Memorias del VII Encuentro Latinoamericano de Facultades de Comunicación Social. “Comunicación, identidad e integración latinoamericana”. Beatriz Solís Lerce y Luis Núñez Gornés (edits.), Vol. 1, 1992, pp. 7-33.

    [2] J. J. Brunner, “América latina en la encrucijada…” Op. cit., p. 25.

    [3] Ibid. p. 27.

    [4] Jürgen Habermas, El discurso filosófico de la modernidad (Doce lecciones). Buenos Aires, Taurus Eds., 1989.

    [5] Cit. por Brunner, “Tradicionalismo y modernidad…” Op. cit., h. 6.

    [6] Jürgen Habermas, Op. Cit., pp. 28-29.

    [7] Brunner, “América latina en la encrucijada…” Op. cit., pp. 12-19.

    [8] Claus Offe, Partidos políticos y nuevos movimientos sociales. Madrid, Ed. Sistema, 1988; particularmente el cap. VII.

    [9] Ibid., p. 169.

    [10] Ibid., pp. 170-171.

    [11] J. J. Brunner, “América latina en la encrucijada…” Op. cit., p. 20.

  • Artículo publicado en la revista Realidad Económica No. 13. Morelia, Facultad de Economía “Vasco de Quiroga” de la UMSNH. Octubre de 2002.

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