Los restos del Che. Otras muertes, otras vidas*

Eduardo Nava Hernández

El 9 de octubre de 1967, el Che Guevara fue muerto de un tiro al corazón en una escuela rural de Higueras, Bolivia, tras de ser capturado , herido, en un combate con el ejército de ese país. Su asesinato por orden de los mandos castrenses bolivianos y de los agentes de la CIA que participaban en el operativo contrainsurgente obedeció a l decisión de no sólo acabar con la guerrilla internacionalista que se había asentado en la selva de Ñacahuazú, sino de que su muerte simbolizara, como dijo Jorge Semprún, el fin de la lucha guerrillera en toda América Latina.

     El entonces presidente de Bolivia ordenó que las manos y la cabeza le fueran amputaqdas y que su cadáver fuera luego incinerado, como para que no quedara huella alguna de su existencia ni de su paso por ese país. Había que impedir, sobre todo, que sus restos se convirtieran en objeto de veneración y en símbolo popular de la lucha antimperialista en el continente. Sin poder cumplirse cabalmente la orden, los despojos del Che fueron enterrados –ahora lo sabemos– junto a los de otros de sus compañeros caídos, en la pista aérea de Vallegrande donde tenían su cuartel general los militares y agentes de la CIA.

     Como la historia lo demostró, los verdugos se habían equivocado. La muerte del Che no frenó los esfuerzos guerrilleros que proliferaron en los años siguientes a lo largo de todo el continente, y la desaparición material de sus restos no impidió que se convirtiera en un símbolo mundial de rebeldía e internacionalismo. Su legado a los pueblos del mundo no habría de ser su cadáver sino su estimulante ejemplo, su decisión, su entrega, su innegable heroismo.

     Veintiocho años después, las declaraciones de Gary Prado, el oficial boliviano que dirigió el combate en el que cayó Guevara, y del general retirado Mario Vargas que participó en el entierro de sus despojos, han traído de nuevo a la actualidad aquel episodio. El presidente boliviano, Gonzalo Sánchez de Lozada, ha ordenado al ejército localizar el sitio exacto de la inhumación y recuperar los restos de quien en vida fuera el segundo hombre de la revolución cubana y el combatiente internacionalista por excelencia.

     Pero, ¿qué harán con los despojos materiales del Che, si los encuentran? Darles “sepultura católica” fue la primera indicación de Sánchez de Lozada para quien no profesó una vida religiosa, pese a que ha llegado a ser venerado como un santo y a ser comparado con el mismo Cristo. Loego, el presidente boliviano ha hablado de entregarlos a los familiares de Guevara, que no han reclamado hasta ahora esos restos. Se han iniciado ya las peregrinaciones a Vallegrande y la demanda de que el Che quede ahí en un mausoleo. Se habla también de llevarlos a Cuba.

     Para el gobierno boliviano, exhumar al Che es romper de algún modo con su reciente historia de militarismo, que tuvo precisamente en la colaboración con la CIA y en la campaña de Ñacahuazú uno de sus episodios más dramáticos. Es dejar atrás el trauma nacional de ser la tumba del guerrillero más admirado en el contexto internacional y reconciliarse de algún modo con su significado revolucionario y popular, aunque en su momento haya sido vfisto el Che por muchos como un invasor extranjero en suelo boliviano.

     Pero la búsqueda del Che en Vallegrande coincide, no por casualidad, con un doble movimiento intelectual en torno a su figura histórica. Por una parte, se renueva el interés académico internacional por investigar su biografía y su significado, un interés que, más de un cuarto de siglo después de su muerte, busca, entre otras cosas, humanizarlo y transportarlo de la leyenda en que ha residido gran parte de este tiempo a la historia. Entender al Che es comprender, como ha dicho Jorge G. Castañeda, al “símbolo máximo que encarna (una) época”, los sesenta, como “la última coyuntura, el último momento donde parecía que se podía cambiar el mundo” (Proceso No. 988, 9 de octubre de 1995, p. 57).

     Por otra parte, hay una recuperación generacional de los jóvenes, empujada quizás por la necesidad de alternativas humanistas frente al desarrollo salvaje del capitalismo, el derrumbr del estatismo totalitario en el Este y los acontecimientos de Chiapas, entre otros factores, de la figura del Che. Éste aparece, en efecto, como portador de un proyecto social con rostro humano que se pone del lado de los más oprimidos y explotados del mundo, como la antítesis de todo burocratismo y como ejemplo de congruencia entre pensamiento y acción. El Che vuelve al camino, con su adarga al brazo, a sentir bajo sus talones el costillar de Rocinante.

     Y es ahí, en el terreno de la verdad histórica y en el de los movimientos vivos de las sociedades, y no en el del discurso oficial justificatorio de un status quo político, donde una figura como la del Che recupera su materialidad y su dimensión histórica. Cuando, en 1965, salió de Cuba no por diferencias con la revoluciópnm que él había contribuido a realizar sino en busca de extenderla hasta los confines de lo humano; cuando fue a pelear y morir en tierras en las que nunca se sintió extranjero, el Che se alejó también, sin saberlo ni pretenderlo, del sino que a esa revolución la ha correspondido desde entonces. Paradójica y trágicamente, el Che Guevara está más vivo que esa revolución que hoy se debate entre la dictadura y la decadencia social, económica y moral.

     El mayor de los riesgos es el de que los huesos del Che pudieran servir para renovar, en Cuba, la adhesión a un régimen que hoy anda por el mundo no para impulsar la revolución internacional sino para captar los ansiados dólares y que permite a cualquier extranjero, no a sus nacionales, ser dueño de cualquier cosa, desde las riquezas turísticas hasta la industria azucarera. No es la patria que soñó ni por la que luchó Guevara aquella donde, por ejemplo, los dirigentes del Partido Comunista brindan cálida hospitalidad y discreción al repudiado ex presidente mexicano Carlos salinas para que éste gaste en sus paradisiacos centros turísticos así sea una pequeñísima parte de su incalculable fortuna.

     Paradójicamente, repito, el Che se revitaliza en el mundo mientras en Cuba el abandono de sus ideales op el uso de éstos para legitimar una ideología de Estado y justificar un pragmatismo con el que aquél nunca se conformó, lo condena a una y a muchas muertes, como aquellas a las que, proféticamente, se refirió en sus versos el poeta Juan Gelman:

Soy de un país donde ahora Guevara ha de sufrir otras muertes

cada cual resolverá su muerte ahora:

el que se alegró ya es polvo miserable

y el que lloró quer reflexione

el que olvidó que olvide o que recuerde

y aquel que recordó sólo tiene derecho a recordar.

El comandante Guevara entró a la muerte por su cuenta

pero ustedes

¿qué habrán de hacer con esa muerte?

pequeños míos

¿qué?

     ¿Qué habrán de hacer, también, con esos restos, que el mundo no reclama, que no agregarán nada al juicio histórico que de él nos hagamos y que no hemos necesitado nunca para reconocer en él a una de las expresiones más perfectas de nuestra historia humana? Que habite, pues, el Che en la memoria histórica de los pueblos, a los que su pensamiento actuante y su ejemplo ayuda atrazar caminos de liberación; y dejen que sus decapitados, mutilados y calcinados restos descansen en paz.

Morelia, Mich., 1 de diciembre de 1995.

*Artículo publicado en el diario Cambio de Michoacán, 3 de diciembre de 1995.


por

Etiquetas:

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *