Eduardo Nava Hernández
La socialdemocracia es, ante todo, un fenómeno europeo. Solamente en Europa, cuna de los grandes movimientos sindicales y de los primeros grandes partidos obreros que formaron la II Internacional en la transición del siglo XIX al XX, y que es también el asiento de los principales miembros de la Internacional Socialista de la actualidad, llegó la socialdemocracia a arraigar en las masas trabajadoras, constituirse en alternativa de poder y, en ocasiones, a ejercer el gobierno. Ni en otros países desarrollados (los Estados Unidos, Japón, Canadá, etcétera) ni en las regiones atrasadas del mundo encontramos partidos socialdemócratas con implantación real, trayectoria histórica y fuerza política propia semejantes a los europeos.
El nacimiento de la socialdemocracia ocurre tras la sangrienta derrota de la Comuna de París en 1871, que cancela durante un largo período una salida revolucionaria a la lucha de clases, tanto en Francia como en el resto de Europa. Su acta de nacimiento puede fecharse en 1875, con el congreso de Gotha que da origen al Partido Socialdemócrata Alemán (PSD) en el que se fusionan las dos grandes tendencias del socialismo germano: la Asociación General de Obreros Alemanes (fundada en 1863 por Ferdinand Lassalle) y el Partido Socialdemócrata Obrero (nacido a su vez con una orientación marxista en Eisenach, en 1869, bajo la dirección de Wilhelm Liebknecht y Auguste Bebel). El programa del nuevo partido recibió las críticas teóricas de Marx y Engels, pero, como dice Angelo Panebianco, fue “una hábil mezcolanza de elementos ideológicos marxistas (impuestos por los ‘eisenachianos’) y de la visión lassalliana del socialismo. Eisenachianos y lassallianos se hallaban además equitativamente representados en los órganos de dirección del partido”. La fusión, a la vuelta de unos años, fue totalmente exitosa y el PSD se consolidó como una fuerza real entre la clase obrera alemana. En su último escrito político —la Introducción de 1895 a Las luchas de clases en Francia, de Marx—, Engels hacía el siguiente balance:
Gracias a la inteligencia con que los obreros alemanes supieron utilizar el sufragio universal, implantado en 1866, el crecimiento asombroso del partido aparece en cifras indiscutibles a los ojos del mundo entero. 1871: 102 000 votos socialdemócratas; 1874: 352 000; 1877: 493 000. Luego vino el alto reconocimiento de estos progresos por la autoridad: la ley contra los socialistas; el partido fue temporalmente destrozado y, en 1881, el número de votos descendió a 312 000. pero se sobrepuso y ahora, bajo el peso de la ley de excepción, sin prensa, sin una organización legal, sin derecho de asociación ni de reunión, fue cuando comenzó verdaderamente a difundirse con rapidez: 1884: 550 000 votos; 1887: 763 000; 1890: 1’427 000. Al llegar aquí, se paralizó la mano del Estado. Desapareció la ley contra los socialistas y el número de votos socialistas ascendió a 1’787 000, más de la cuarta parte del total de votos emitidos. (…)
El primer gran servicio que los obreros alemanes prestaron a su causa consistió en el mero hecho de su existencia como Partido Socialista que superaba a todos en fuerza, en disciplina y en rapidez de crecimiento. Pero además prestaron otro: suministraron a sus camaradas de todos los países un arma nueva, una de las más afiladas, al hacerlos ver cómo se utiliza el sufragio universal.
La década de 1880 señala el ascenso y expansión de las organizaciones socialistas que se definían como marxistas o estaban parcialmente influidas por el marxismo en Alemania y en otros países europeos: Bélgica, Dinamarca, los países escandinavos, Rusia, los Balcanes e Italia. Inglaterra y Francia marchan, en cambio, con mayor retraso. Ese crecimiento se da en el contexto de un acelerado desarrollo del capitalismo industrial y crecimiento del proletariado en el último cuarto del siglo XIX.
En sus orígenes, la socialdemocracia se define por el socialismo —y en esto se distingue, según Settembrini, del simple reformismo—, pero su táctica se ubica enteramente dentro de los marcos de la democracia formal, es decir, por la participación electoral, el fortalecimiento sindical y un programa de reformas sociales a desarrollar desde el Estado en cuanto al empleo, el salario y las condiciones de vida de la clase obrera —que es lo que la separa del anarquismo y de otras corrientes del socialismo revolucionario, a las que también combate—.
Por ser el primer partido moderno de masas surgido en Europa, el Partido Socialdemócrata alemán (PSD) aparece como un modelo a seguir por los socialistas de otros países, como lo señalaba Engels, en cuanto a su existencia misma y su avance político-electoral; pero no en cuanto a sus formas organizativas. Éstas estuvieron determinadas durante un buen tiempo, por los modelos heredados de las organizaciones que le dieron origen y, a partir de las leyes antisocialistas de 1878, por las necesidades de la clandestinidad. Panebianco lo caracteriza de la siguiente manera: “una fuerte centralización y una organización disciplinada según el modelo de la ADAV” (lassallianos), “unidas a una gestión colegiada según el modelo del SDAP” (marxistas). Durante el período de represión (hasta 1890), el grupo parlamentario se convierte en el centro político del partido, por ser el único con existencia legal. Las organizaciones locales se ven forzadas a desarrollarse clandestinamente, con una débil centralización. El vínculo con la dirección nacional se establece a través de los llamados “hombres de confianza”: cuadros intermedios y canales de enlace sin los cuales el partido no hubiera sobrevivido. Son estos cuadros, unidos al gran prestigio y popularidad de Auguste Bebel y Wilhelm Liebknecht como dirigentes, los que impiden que la fracción parlamentaria asuma plenamente la dirección. En esa primera etapa de intenso crecimiento, serán frecuentes las críticas de los “hombres de confianza” hacia el desempeño de la fracción parlamentaria a la que consideran “blanda”.
Después de 1890, ya plenamente legalizado y consolidada su dirigencia marxista encabezada por Bebel y Kautsky, el PSD se reorganiza en el congreso de Erfurt depurando de su programa las posiciones lassallianas que habían tenido que aceptar durante la fusión. En ese período surgen las tres grandes tendencias que se mantendrán en el partido en lo sucesivo: un ala izquierda radical (Mehring y, más adelante, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht), un ala derecha “revisionista” (representada ideológicamente por Eduard Bernstein y por Vollmar) y el “centro” marxista de Bebel y Kautsky, que se mantiene al frente del partido a través de prácticas parlamentarias ambiguas: lo que después Luxemburgo calificaría como el pantano. Este equilibrio inestable de fuerzas se resuelve después del congreso de Jena, en 1905, a costa de derrotar al revisionismo de derecha y de operar una fuerte centralización burocrática. “En 1909 el proceso se ha completado: el PSD es una burocracia potente, autofinanciada, centralizada, con una estructura funcionarial que se extiende desde el centro a la periferia y que asegura a la coalición dominante un sólido control sobre el partido” (Panebianco).
Los sindicatos, prácticamente inexistentes en Alemania en el momento de la fusión, no jugaron un papel relevante al interior del PSD, salvo como bases de apoyo sin autonomía frente al partido. El crecimiento del sindicalismo se registra a partir de 1896, cuando el partido se ha consolidado. Sólo entonces, las dirigencias sindicales pueden competir con la burocracia partidaria desde posiciones de fuerza, aunque oponiéndose siempre a la táctica de los izquierdistas de usar la huelga general como arma revolucionaria. Finalmente, en Mannheim en 1906, se reconoce la paridad entre el partido y el sindicato, se derrota la posición kautskiana de “subordinación” sindical al partido y también se establece que la eventual huelga general tendría que ser previamente consultada con la organización sindical. Será esta coalición de la burocracia partidaria y la sindical la que subsista hasta la crisis y escisión del PSD en 1914, al estallar la Guerra Mundial y votar los diputados socialdemócratas en favor de los créditos de guerra al gobierno alemán.
En otras naciones se desarrollan modalidades diferentes de organización. El Partido Obrero Belga, por ejemplo, nace y se desarrolla como una federación de las tres clases de organización obrera: secciones socialistas propiamente dichas, secciones sindicales y cooperativas de producción y de consumo. En Inglaterra, el Partido Laborista se gesta dificultosamente a lo largo de los años ochenta. Si bien existía ahí un sindicalismo de larga tradición y considerable fuerza social (las tradeunions), la prolongada alianza de éste con el partido liberal frenó y retrasó el nacimiento de un partido propiamente socialista. Sólo a fines de los años 90, al romperse esa alianza, los sindicatos deciden crear una organización política propia. El Partido Laborista nace de la convergencia sindical con un pequeño grupo, el Partido Independiente del Trabajo, encabezado por un dirigente minero socialista de prestigio, James K. Hardie. De hecho, nace y se desarrolla —a diferencia del PSD— como brazo político de los sindicatos. Es un partido sostenido por las organizaciones sindicales, que son determinantes en la nominación de los candidatos y en la práctica parlamentaria. Además (y esta es otra diferencia con el Partido Socialdemócrata alemán) dentro del Laborismo, la izquierda socialista tiene un peso muy reducido, casi insignificante.
En 1918 se opera una reforma decisiva en el PL. Además de la afiliación colectiva a través de los sindicatos, por primera vez se abre a la afiliación individual, con lo que empieza a contar con cuadros y activistas propios, no dependientes de los sindicatos. A su vez, esto permite la autonomización del grupo parlamentario, que hasta entonces había estado sometido a las organizaciones exteriores, y se consolida como fuerza predominante dentro del Partido. No obstante, las agrupaciones gremiales siguen teniendo un peso importante en la designación de candidatos y en el financiamiento partidario.
El Partido Socialista Italiano (PSI) se funda en 1892 teniendo como base al Partido Obrero Milanés y a un gran número de pequeñas organizaciones socialistas dispersas por toda Italia. En un inicio la afiliación es colectiva, a través de estos agrupamientos, y después se hace individual. Sus características organizativas las define Panebianco como sigue:
a) Es un partido de electores, más que de afiliados (la relación es de veinte a uno, mientras que en el PSD es de cinco a uno); b) a diferencia del partido alemán o del inglés, predomina una base social campesina, y no sindical. Es un partido popular, no obrero; c) la dirección extraparlamentaria es muy débil, sin recursos para dotarse de un aparato administrativo suficiente; d) por el carácter de su base social, es regionalmente muy heterogéneo y dependiente de sus secciones locales y organizaciones de apoyo; e) su relación con los sindicatos es compleja y ambigua, de mutua independencia y de colaboración entre la dirección partidaria, la fracción parlamentaria y los líderes sindicales; f) la fracción parlamentaria predomina sobre la dirección del partido; g) las estructuras intermedias de dirección son débiles, pues se encuentran limitadas tanto por los órganos centrales como por las secciones locales, que gozan de mucha autonomía. Las secciones son el sector más radical y combativo del partido; g) el liderazgo fuerte de Filippo Turatti, con rasgos caudillistas, es esencial en la unidad del partido. En síntesis, se trata de un partido orgánicamente débil, que tiene que negociar muchos de sus apoyos.
En Francia, el nacimiento de la socialdemocracia es muy tardío como partido amplio. Sólo en 1905 se funda la llamada Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO), fusionando a las cinco corrientes principales del socialismo, entre ellos los marxistas del Partido Obrero Francés -conocidos como guesdistas por su dirigente Jules Guesde-, los moderados posibilistas, los radicales blanquistas y los Socialistas Independientes de Jean Jaurès. La presencia sindical de la nueva SFIO es extremadamente débil (los sindicatos eran predominantemente anarquistas), y su base social más importante son los campesinos atraídos por la figura de Jaurès, quien junto con Guesde se convierte en el principal dirigente partidario.
La SFIO es, como el PSI, un partido más de electores que de militantes, y además sin una base obrera sólida. Su aparato partidario es débil, casi inexistente, pues la estructura partidaria la forman las federaciones regionales. Los dirigentes internos luchan por predominar por sobre la fracción parlamentaria que apoya su autonomía frente al partido en su fuerza electoral. Panebianco caracteriza a la SFIO como “un híbrido organizativo a la mitad del camino (…) entre el `partido parlamentario de notables´ y el partido de masas `socialista’”.
¿Qué podemos concluir de esta exposición de las diversas organizaciones socialdemócratas que formaron la II Internacional? A diferencia de la III Internacional fundada por los bolcheviques en 1919 (que exigía para aceptar la afiliación de sus secciones el cumplimiento de las famosas 21 condiciones) las organizaciones socialdemócratas del siglo XIX no tuvieron un solo modelo de partido. En algunos casos, cuentan con una militancia sólida y activa -como el PSD o la fracción bolchevique nacida en 1903 del Partido Socialdemócrata Ruso- con capacidad para arraigar en los sindicatos. En otros casos, la militancia más que del partido es de los sindicatos, que usan a aquél como un instrumento político-electoral, como sucede con el laborismo británico. En casos como el del PSI y la SFIO y el PL, la estructura partidaria es débil e inorgánica, y tiende a girar en torno a la fracción parlamentaria como el sector legalmente reconocido. En algunos casos la base social es predominantemente campesina (PSI y SFIO), mientras que en el PSD, el laborismo y el bolchevismo (consideramos aquí que los bolcheviques permanecieron como una fracción dentro de la socialdemocracia hasta 1914) es obrera. El partido belga es, en realidad, una federación de organizaciones sociales y núcleos de activistas. Los partidos escandinavos tienden a imitar, aunque con mucho menos fuerza, la estructura del PSD alemán.
Esta diferenciación organizativa obedece a las distintas condiciones nacionales en que se crearon los diversos partidos socialistas del siglo XIX. La fundación de la II Internacional en 1889 no uniformizó tampoco a los socialistas europeos en una sola forma de organización, pues fue concebida como una federación no centralizada de partidos y organizaciones socialistas. En este sentido, había congruencia con la idea de Marx y Engels de permitir que fuera la propia práctica de organización del proletariado la que diera forma al partido, sin sujetarlo a esquemas ni modelos preconcebidos.
Pero, a diferencia de lo que postulaban los fundadores del marxismo, el socialismo de la II Internacional fue predominantemente un socialismo nacional, que se alejó de las posiciones internacionalistas. Como se sabe, el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 llevó a la bancarrota ideológica a la gran mayoría de estos partidos que apoyaron en los parlamentos — con las únicas excepciones de los partidos ruso y serbio— a las burguesías y gobiernos imperialistas de sus respectivos países, abandonando las posiciones de clase y aun contraviniendo las resoluciones pacifistas del Congreso de Basilea de la Internacional de 1912. En realidad, ya había antecedentes de colaboracionismo al interior de las agrupaciones socialdemócratas. Se había manifestado ya desde 1907, por ejemplo, una tendencia en la socialdemocracia que apoyaba y justificaba la política colonialista de las potencias europeas en Asia y África. En 1899 la incorporación de Milleirand, un alto dirigente del socialismo francés, al gobierno republicano de su país, desató una amplia polémica acerca del papel de oposición o colaboración de los socialdemócratas. En el PSD alemán había surgido también, desde finales del siglo, la posición revisionista de Eduard Bernstein que rechazaba la revolución y concebía el socialismo como un proceso evolutivo, partiendo de que el capitalismo no volvería a sufrir crisis graves.
La revolución rusa de 1917 produjo la escisión de todos los partidos socialdemócratas. Las alas izquierdistas se constituyeron por doquier como partidos comunistas y se constituyó una nueva Internacional con sede en Moscú y dirigida por los bolcheviques. La vieja socialdemocracia casi desapareció y terminó por perder su referente ideológico socialista, quedando reducida al simple reformismo que no cuestiona al capitalismo y que pasó desde entonces a ser su línea distintiva.
La reactivación de los partidos socialdemócratas (que pese a todo conservaron el socialismo en sus nombres) sólo se dio entre la segunda posguerra y los años setenta cuando, con la derrota de los fascismos, se convirtió en un movimiento de masas y alcanzó el poder en varios de los países del norte y centro de Europa: el Laborismo en la Gran Bretaña, el Partido Socialdemócrata (PSD) de Willy Brandt en Alemania, el Laborismo en Noruega (desde 1945 a 1973), el Partido Socialdemócrata Obrero de Olof Palme en Suecia, el de Bruno Kreiski en Austria, entre los más importantes. En ese período, los gobiernos socialdemócratas se beneficiaron de la prosperidad capitalista y pudieron construir o consolidar estados benefactores (puede verse al respecto los textos de Paramio y de Anderson) que le dieron gran legitimidad entre las masas. En 1951 fue creada en Frankfurt (Alemania) la Internacional Socialista (IS), como continuadora de la vieja II Internacional, agrupando a los más importantes partidos de esta tendencia.
A lo largo de los años ochenta, sin embargo, la socialdemocracia ha vivido importantes cambios que han llegado a modificar su perfil y su fisonomía. En la etapa de crisis del capitalismo, el programa reformista de los socialdemócratas se agotó al no poder sostener el pleno empleo y los niveles de salario y de bienestar social que caracterizaron el auge de la posguerra. Desde principios de los ochenta, los socialistas vieron retroceder drásticamente su presencia electoral y perder el poder en los países donde más se habían consolidado en la etapa de posguerra: en Inglaterra, frente a los conservadores de Margaret Thatcher; en Alemania, a manos de la Democracia Cristiana de Helmut Kohl; en Suecia, tras el asesinato de Palme, y en Austria al ganar la presidencia el ex nazi Kurt Waldheim.
No obstante, los socialdemócratas pudieron en este período obtener el poder en los países del sur de Europa donde hasta entonces su presencia había sido secundaria: en Francia, a través del Partido Socialista, refundado por François Mitterrand en 1970; en España el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Felipe González; en Grecia el PASOK de Papandreu y, por un breve tiempo, en coalición con la Democracia Cristiana, el Partido Socialista de Bettino Craxi en Italia. En Portugal, el líder socialdemócrata Mario Soares llegó a primer ministro y después a presidente de la República.
El perfil de estos gobiernos y partidos, hoy dominantes dentro de la IS, se ha alejado bastante de la línea que en otros tiempos caracterizó a la socialdemocracia. Con excepción de la temprana nacionalización de la banca operada en los primeros momentos de Mitterrand en Francia, los gobiernos socialdemócratas de los ochenta y los noventa en nada se han distinguido de los conservadores. En la política exterior, se han signado por su alineamiento militar con la política “atlántica” y anticomunista de los Estados Unidos. Recuérdese, si no, el empeño de Felipe González por incorporar a España a la OTAN, la campaña de Mitterrand por la instalación de cohetes crucero en Alemania y la participación de sus países en la Guerra del Golfo en 1991. En lo interno, todos ellos han adoptado las políticas ortodoxas de ajuste del neoliberalismo, han emprendido la privatización de empresas públicas, han debilitado la fuerza de los sindicatos (su antigua base social) y contribuido al desmantelamiento del Estado de bienestar. En todos los casos, se han comportado como promotores de los intereses del capital monopólico de sus respectivos países, enfrentando con frecuencia —sobre todo en España— la movilización y huelgas de los sindicatos en contra de sus políticas económicas y sociales.
A partir de 1976, la Internacional Socialista se trazó una estrategia de acercamiento a la América Latina que, desde entonces, le ha permitido afiliar a varios partidos de la región y mantener relaciones con otros. Pertenecen a la IS varias de las organizaciones populistas y más conservadoras del continente, como el Partido Radical de Chile, el Partido Revolucionario Dominicano, el Partido de Liberación Nacional de Costa Rica, el Partido Nacional del Pueblo de Jamaica, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) de Perú, el Partido Democrático de los Trabajadores (PDT) y el hoy gobernante Partido Socialdemócrata Brasileño (PSDB), entre otros. El caso más significativo de este tipo de partidos en nuestro continente es sobre todo, el partido Acción Democrática (AD) que llevó al poder al Carlos Andrés Pérez en Venezuela, quien, como sabemos, aplicó durante su defenestrado segundo período de gobierno (1989-1992) rebeliones populares espontáneas (el caracazo) contra su política económica, y terminó siendo destituido y encarcelado por sus altos niveles de corrupción.
Sin embargo, es notable que en los últimos años se han incorporado también a la IS algunas organizaciones y movimientos que con anterioridad mantenían posiciones radicales, o que incluso tuvieron un carácter armado. Entre ellos se cuentan el Partido Socialista chileno, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), el M-19 de Colombia y Expresión Renovadora del Pueblo (ERP, antes Ejército Revolucionario del Pueblo) de Joaquín Villalobos en El Salvador. En 1992, el PRD mexicano inició contactos formales con la Internacional Socialista, aunque no ha completado su incorporación. El PRI también ha sido invitado a los congresos de esa agrupación.
el día de hoy -afirma Jorge Castañeda- todos esos movimientos son exclusivamente electoralistas: ninguno de ellos se refiere ni siquiera en forma remota a cualquier otra vía para alcanzar el poder ni a ningún mecanismo alternativo para la transferencia del mismo. (…) la diferencia básica con otros sectores de la izquierda consiste en esto. Además, la izquierda reformista rechazó cualquier asociación con la concepción leninista vertical de partido único de gobierno o de organización política.
Aun así, ningún partido reformista latinoamericano responde enteramente al esquema socialdemócrata, con una base obrera y vinculación sólida con los sindicatos, tradición y orígenes socialistas (la excepción quizás lo fuera el PS chileno antes de 1973). Por su origen, tradición y discurso, casi todos los partidos latinoamericanos de centro-izquierda se identifican más con movimientos populistas, nacionalistas o revolucionarios que ahora han convergido en posiciones centristas, forzados por el repliegue de la izquierda mundial, la caída de los regímenes ex comunistas y el avance del neoliberalismo.
No obstante, otros partidos importantes de América latina, aun compartiendo en gran medida las posiciones reformistas o de centro-izquierda, no se encuentran dentro de la IS, como el Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil, Causa R(evolucionaria) de Venezuela y el Partido del Trabajo de México. Para éstos, el desafío es convertirse en alternativas de poder manteniendo posiciones democráticas y, al mismo tiempo, programas de transformación social que respondan con eficacia a la situación de explotación y marginación radical de las masas del continente.
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- Documento de trabajo para el Seminario de Capacitación Política “Tipo de Partido”, del Partido del Trabajo. 19995

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