LA PUGNA DE LOS INTELECTUALES Y LA CRISIS DEL AUTORITARISMO

Eduardo Nava Hernández

No sin asombro, los lectores mexicanos presenciamos cómo, desde hace algunas semanas, se despliega ante nuestros ojos una más de las facetas de la profunda e irreversible crisis política, crisis de fin de régimen en la que se debate el país. Desde los inicios de año, las páginas de Proceso han dado cabida a la polémica al fin abierta entre los representantes más significativos de las corrientes y grupos que, hasta una etapa muy reciente, revistieron al régimen político, y en especial al gobierno de Carlos Salinas, con las luces de la cultura y conformaron su andamiaje intelectual.

     La pugna de los intelectuales no es sino una nítida expresión de que la crisis del salinismo en tanto expresión extrema y postrera del autoritarismo del sistema mexicano se ha extendido ya, irremediablemente, al ámbito de la cultura, las letras y las ideas. Más allá de sus muchas facetas anecdóticas, el debate que hoy envuelve a los intelectuales es revelador, sobre todo, del desgaste moral al que los excesos del presidencialismo han conducido, no sólo al aparato de poder sino a diversas capas de la vida social y cultural que se involucraron en diversas medidas con el proyecto de modernización excluyente que Salinas encabezó durante seis años.

     Iniciada con un las intervenciones de Héctor Aguilar Camín, Carlos Monsiváis y Enrique Krauze acerca de la política salinista, la polémica pronto derivó en un agrio intercambio de descalificaciones personales entre Víctor Flores Olea, quien fuera director del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) en los primeros años del gobierno de Salinas, y el director y subdirector respectivamente de la revista Vuelta, el laureado Octavio Paz y su discípulo Enrique Krauze. Lo significativo es que, con la notable y honrosa excepción de Monsiváis, quienes participan en la disputa son, nada menos, las cabezas de los dos grandes grupos intelectuales que giraron en torno del proyecto cultural de Salinas en el sexenio anterior, los grupos identificados con Nexos y Vuelta, y el funcionario encargado durante la primera etapa del salinismo, de articular ese proyecto.

     En el origen del debate, la afirmación de Aguilar Camín: “el gobierno de Salinas fue eficaz y popular; lo hundió el terrible año de 1994”, y su testimonio exculpador cuando afirmó haber visto a Salinas “absolutamente devastado. Confuso. Insomne. Adolorido al punto de la inmovilidad” tras el asesinato de  Colosio (Proceso 997). En el número siguiente, Enrique Krauze demandó del historiador revelar “la verdadera historia que nos debe y se debe a sí mismo Aguilar Camín: su historia con Salinas”.

     A continuación, Aguilar publicó un artículo que condenaba el “paroxismo (de) algunas de las tradiciones menos edificantes de la cultura política mexicana (…), los peores impulsos colectivos de ese rito tribal que consiste en la consagración y el sacrificio periódico del héroe”. La implícita defensa del salinismo encontró una respuesta eficaz en Monsiváis, que exhibió la virtual complicidad del ex director de Nexos frente a los excesos del poder y la corrupción durante el gobierno salinista. “Exculpados de antemano”, escribió, “defendidos a ultranza, Carlos Salinas o empresarios-funcionarios como Carlos Hank González, no tienen problemas. Actúan a su lado los exculpadores de oficio, los cómplices por antonomasia, que eliminan o declaran inexistentes las inculpaciones, y se burlan de los que no tienen acceso a informes confidenciales y archivos: `A ver, ¿dónde están las pruebas? Si no las enseña, mejor métase solo a la cárcel por difamador´”.

     El debate evolucionó hacia una evaluación del proceso de modernización impulsado por el salinismo y sus efectos sociales. Desde el fondo de la querella asomó la quiebra del salinismo como proyecto cultural, evidenciada en la siguiente etapa con la intervención de Octavio Paz para refutar la versión de la revista de la ruptura entre el grupo Vuelta y el Conaculta en 1992, a raíz de la celebración del Coloquio de Invierno organizado conjuntamente por éste, la UNAM y la revista Nexos.

     El entonces director del Conaculta, Víctor Flores Olea  respondió a Paz defendiendo su papel en la organización del Coloquio y señalando a Octavio Paz, Otto Granados y José Córdoba como los promotores de su destitución en ese cargo; también salió al paso del optimista balance de Aguilar, con respecto del salinismo: “No podía ser más desastroso el balance del gobierno de Carlos Salinas de Gortari (…) Se dio un tipo de `modernización´económica pero ninguna modernización política ni avance democrático. (…) esta fue una de las principales contradicciones en que incurrió el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. (…)” Y agregó: “La verdadera discusión se refiere a la manera en que el gobierno de Salinas llevó a cabo su `modernización’, a la velocidad con que se ejecutó la apertura , a la prosa `técnica´con la que se celebró el TLC (que, ahora se hace evidente, comporta subordinaciones y `desbalances´en el Tratado mismo perjudiciales a México, a su soberanía). Y, por supuesto, la discusión sobre las privatizaciones que se hicieron sin responsabilidad alguna o con obligaciones muy tenues para los adquirientes, o sobre las cuales hay sospechas de corrupción” (Proceso 1004).

     La polémica ha ventilado, a cuatro años de distancia, las relaciones de los grupos Nexos y Vuelta con la Presidencia y los grandes centros de poder: Nexos y su vinculación casi orgánica al Conaculta, su cercanía al Presidente; Paz asumiéndose como grupo de presión pugnando por la salida de Flores Olea, como campeón de la libre empresa y como socio de Emilio Azcárraga y Televisa para llevar adelante el proyecto cultural de éstos; Krauze como vocero por encargo de la los grupos más conservadores y reaccionarios de la política estadounidense, en su ataque a Carlos Fuentes por su simpatía hacia la revolución sandinista; Vuelta como receptáculo de la ideología neoliberal e instrumento de los círculos del poder económico.

     La querella quizás no ha terminado. Más allá de sus facetas anecdóticas ha traslucido ya, sin embargo, la ruptura definitiva del esfuerzo de Salinas de unificar en torno de sí a las corrientes más fuertes e influyentes del pensamiento actual mexicano y servirse de ellos para apuntalar su hegemonía. Ese proyecto ha naufragado junto con el prestigio del ex presidente artificiosamente construido durante seis años de autoritarismo y manipulación, y es una más de las caras de su ruina moral.

     Pero, acaso más importante aún, la drástica ruptura de los grupos intelectuales ha cancelado también cualquier posibilidad de reeditar ese intento. Se han replegado los pocos que aún admiten su cercanía al salinismo; se deslindan tajantemente de él muchos de cuantos sostuvieron anteriormente su proyecto; se alejan otros vergonzantemente para refugiarse en la ideología de la libre empresa y denostar al Estado con el que no tuvieron antes empacho en negociar sus proyectos culturales y personales. Nadie, al parecer, apuesta ya a la recuperación del sistema. El nuevo gobierno de Zedillo, continuador del de Salinas pero sumido en una crisis económica que no logra domar y en la impotencia política frente a los grandes problemas nacionales, no tiene ya a la mano una posibilidad semejante de incorporar las luces de la intelectualidad en apoyo de su proyecto de poder. También en este aspecto la crisis del salinismo se ha transformado en una crisis del Estado.

Coyoacán, D.F., 25 de febrero de 1996.


Publicado

en

por

Etiquetas:

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *