La penúltima batalla del general Múgica*

Eduardo Nava Hernández

Luchar es vivir.

Francisco J. Múgica (1909)

Durante una comida organizada en diciembre de 1951 en Ciudad Hidalgo, Michoacán, como parte de la campaña presidencial del general Miguel Henríquez Guzmán, el general de División Francisco J. Múgica Velázquez hizo público su apoyo al candidato opositor. No había sido una decisión fácil. Múgica desconfiaba de la candidatura de Henríquez y de su partido, la Federación de Partidos del Pueblo Mexicano, porque lo consideraba un proyecto personalista. Dudaba además de las cualidades de Henríquez como revolucionario y como administrador, y las diferencias ideológicas y políticas entre ellos eran muy acentuadas[1]. Sin embargo, para este momento, se había convencido ya de que el único contendiente con capacidad para vencer al candidato oficial Adolfo Ruiz Cortines y al Partido Revolucionario Institucional era el militar coahuilense.

            ¿Cómo había llegado Múgica a esa conclusión? Según la periodista Magdalena Mondragón en una investigación al respecto, y el secretario particular del general michoacano, Abel Camacho, fue el ex presidente Lázaro Cárdenas quien, desde 1950, lo fue convenciendo de que la candidatura presidencial de Henríquez era la única viable. Según su yerno José Muñoz Cota, un henriquista destacado, al general Múgica “lo trabajamos mucho”. La viuda del general, Carolina Escudero, sostiene que fue a instancias de la profesora Paz Maya de Urquiza, candidata henriquista a diputada por Ciudad Hidalgo, la que, por recomendación de “doña Amalia” [Solórzano d Cárdenas], la contactó para invitarla a participar en la organización de la recepción al candidato Henríquez en esa ciudad. Finalmente, el divisionario de Tingüindín aceptó participar[2].

            No comenzaba ahí la actividad opositora del general Múgica. Casi dos años antes, el 5 de febrero de 1950, con motivo del aniversario de la Constitución de 1917, había suspendido su retiro a la vida privada pronunciando en Zitácuaro un combativo discurso donde denunciaba las más graves desviaciones del gobierno del presidente Miguel Alemán con respecto del proyecto constitucional: el sometimiento del poder Legislativo al Ejecutivo, la anulación del federalismo, de la soberanía de los Estados y de la libertad de los municipios, y la ausencia de democracia electoral[3]. Unos meses después, el 21 de mayo, al conmemorarse el XXX aniversario de la muerte de Venustiano Carranza, volvió a hablar, esta vez ante militares de alto grado y funcionarios de primer nivel, y fustigó el alejamiento del Ejército de sus obligaciones republicanas por no oponerse abiertamente a cualquier intento de reelección —como el que ensayaba nada discretamente el presidente Alemán—. “Al terminar el encendido discurso de Múgica, y no obstante lo acerbo que había sido esa crítica expresada ante personeros del sistema político […], se oyó un atronador aplauso. A la salida del recinto, mientras algunos políticos famosos y jerarcas militares evitaban toparse con él, hubo otros, como fue el caso de Luis Cabrera, que se apresuraron a felicitar al revolucionario michoacano que volvía por sus fueros”[4].

            Para oponerse a la tentativa reeleccionista de Miguel Alemán o al continuismo que hubiera representado una candidatura como la de Fernando Casas Alemán por el partido oficial, antes de adherirse al henriquismo el general intentaría levantar un proyecto propio, el Partido Constitucionalista Mexicano, cuyo Llamado a la Nación se difundió el 30 de abril de 1950.

            En ese documento se denunciaba:

vuelve a verificarse lenta y subrepticiamente la infiltración reaccionaria en las instituciones y la Ley Suprema sufre deformaciones en su interpretación, en su reglamentación y en su aplicación al extremo de que hay preceptos constitucionales que no funcionan o que han tomado un cauce tan extraviado y divagante que tienen desorientadas a las generaciones actuales y vuelven a engendrar la duda en la conciencia colectiva. […] el gobierno no puede ser la expresión genuina de un concepto jurídico, aun en el supuesto de que hubiera nacido del más puro sufragio universal y desarrollara sus actividades dentro de situaciones de hecho, si no tiene para la práctica de la doctrina otra cosa que el pensamiento de funcionarios vergonzantes, intimidados por la posible publicidad [de sus actos] en los periódicos; debilitados por una poderosa presión extranjera interesada y egoísta y amenazados por marejadas más o menos importantes de la opinión confesional y retardataria. De ello ha surgido una política conciliatoria, neoporfiriana, con claras tendencias a la reacción más completa: la unidad nacional[5].

            El Partido Constitucionalista Mexicano se inició, en realidad, cuando el general Múgica convocó a una serie de reuniones semanales en el Teatro Arbeu de la ciudad de México, donde participaban como oradores diferentes diputados constituyentes. El espíritu de esas conferencias era contrastar los postulados originales de la Constitución con las políticas del gobierno de Miguel Alemán. Paralelamente, se vinculaba Múgica con el empresario José R. Colín, quien financiaría la edición de un periódico en el que el general disidente pudiera expresarse con toda amplitud y libertad. La posición de Múgica en este periodo es interesante: él planteaba que el Ejército no estaba obligado a defender las instituciones que se habían traicionado a sí mismas y al pueblo, y que incluso debía llegar a tomar el poder para reencauzar la política del país. Se trataba, desde luego, de un retroceso hacia el militarismo recién superado, pero es significativa la percepción de Múgica de una ausencia de alternativas civilistas. Del mismo modo, las reuniones en el Arbeu se orientaban a la conformación del nuevo partido, encabezado por varios de los constituyentes que se mantenían en actividad política. La declaración de principios y el programa del PCM se publicarían el 19 de enero de 1952 en el periódico de Múgica y Colín, México Nuevo[6].

            El 7 de octubre de 1951 Múgica pronunció el que quizás haya sido el más importante de sus discursos en el Teatro Abreu. Denunciaba que la Constitución había sufrido múltiples reformas, muchas de ellas “torpes” y otras “criminales”; y planteaba en consecuencia como la más importante de las tareas políticas la de restaurar su vigencia. Y frente a un régimen que, al nulificar el federalismo y a los poderes Legislativo y Judicial “se constituyó en una dictadura”, no llamaba a la acción armada sino a

tolerar un gobierno, por malo que sea, pero con esta condición: que tengamos el derecho de que el día del ejercicio de la función cívica podamos ir con tranquilidad, con entusiasmo y con respeto de parte de las autoridades, a votar para destruir el mal gobierno.

            En esa alocución, además de refrendar sus críticas a la política alemanista, arremetía contra el ex secretario de Gobernación, ungido ya como candidato del PRI a la presidencia:

            El señor [Adolfo] Ruiz Cortines no puede ser atacado hoy por mí, porque lo ataqué en el año de 1914, cuando en un oficio fulminante lo ponía yo fuera de la comunidad de patriotismo mexicano por haberles servido a los americanos. Y yo, naturalmente, no tengo madera de rectificador. […] No sé rectificar el cumplimiento de mi deber, y no es un cargo que vengo a hacerle hoy al señor don Adolfo Ruiz Cortines; es un cargo que le hice muchos años atrás […][7].

            La denuncia contra el candidato oficial por su colaboración con los invasores de Veracruz en 1914, fue la que más suscitó la respuesta del grupo en el poder. El general Múgica adjuntó entonces una fotocopia de la lista de raya donde, con claridad, aparecía el nombre de Adolfo Ruiz Cortines como un asalariado de los estadounidenses. Los alemanistas desplegaron su táctica. Los principales diarios, como Excelsior y El Universal se negaron a publicar, ni como inserciones pagadas, las pruebas que exhibía el general Múgica. Algunos gobernadores difundieron la versión de que el Adolfo Ruiz Cortines que aparecía en la documentación presentada era un homónimo del candidato oficial, que por ese entonces ya no estaba en el puerto de Veracruz sino en la ciudad de México; y el ayuntamiento de Veracruz organizó un “cabildo abierto” con testigos escogidos y aleccionados para exculpar al abanderado priista[8].

            El Partido Constitucionalista efectuó su primera Convención del 4 al 6 de enero de 1952 en la ciudad de Querétaro. En él participaba, además de Francisco J. Múgica, un grupo de constituyentes entre los que se contaban Ignacio Ramos Praslow, Porfirio del Castillo y Amílcar Vidal. El nuevo partido se planteaba “restaurar la vigencia de la Constitución de 1917 en su texto primitivo, salvo aquellas reformas que significan un positivo progreso o que complementen el texto original”, así como liquidar “totalmente el régimen dictatorial a fin de que sea un hecho la división de poderes de la unión, la autonomía de los estados y la libertad municipal”. También proclamaba la necesidad de un sistema de partidos abierto al libre juego de éstos y de eliminar el “falsamente llamado criterio revolucionario […] con el que los gobiernos han venido calificando a través de sus parciales las elecciones de senadores, diputados, gobernadores y regidores municipales”. El pueblo mexicano, decía el Partido Constitucionalista, no reconoce los derechos adquiridos en contra del interés nacional, como las grandes superficies beneficiadas con obras de irrigación que están en poder de unos cuantos terratenientes, sobre todo en los estados de Sonora y Sinaloa. La riqueza “concentrada en pocas manos presenta un espejismo de progreso”[9].

            Con los antecedentes de enfrentamiento radical de Múgica y sus compañeros con el gobierno federal, la Secretaría de Gobernación le negó al PCM el registro como partido político, impidiéndole así postular candidatos a las elecciones de julio de ese año. De esa manera, no les quedó otro camino que el acercamiento al candidato que presentaba más posibilidades de derrotar al ungido por el dedo presidencial de Alemán.

             La FPPM postuló a Francisco J. Múgica y a José Raymundo Cárdenas del Río al Senado, llevando como suplentes al profesor Roberto Reyes Pérez y al líder indígena Ernesto Prado Lázaro. La esposa de Múgica, Carolina Escudero, fue registrada como candidata a diputada por el distrito de Pátzcuaro. Al torrente henriquista en Michoacán se sumaron también nada menos que Antonio Mayés Navarro, hasta entonces presidente del Partido Popular en el Estado, y muchos de los antiguos dirigentes de la Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo del general Cárdenas, como la maestra Paz Maya de Urquiza, militantes o ex militantes del Partido Comunista como Refugio Cuca García y líderes sociales como Juan Tavera Castro y Manuel Chávez Campos[10].

            El 2 de diciembre la comitiva presidencial del general Miguel Henríquez Guzmán llegó a Michoacán. Unos días antes, el 18 de noviembre, los henriquistas habían dado forma al Partido del Pueblo Michoacano y constituido con los contingentes de la Organización Nacional Única del Magisterio Michoacano Henriquista, la Federación Campesina Michoacana, el Comité Estatal Estudiantil, la Organización Femenil Michoacana y otros grupos. La víspera de la llegada del general Henríquez, sus partidarios concentraron en Morelia a dos mil delegados campesinos de las diversas regiones del Estado y celebraron la asamblea fundacional de la Federación Campesina de Michoacán, con la asistencia de César Martino, secretario general de la Unión de Federaciones Campesinas de México, y otros dirigentes como Enrique Ramírez, Ernesto Soto Reyes y el profesor Luis Chávez Orozco. La asamblea eligió al ex senador J. Trinidad García como secretario general y acordó separarse de la CNC y de la Liga de Comunidades Agrarias del estado, así como sostener la candidatura del general Henríquez. Más tarde, se celebró también una Convención Política Magisterial presidida por Chávez Orozco, presidente de la Organización Nacional Única del Magisterio Henriquista[11].

            El arribo de Henríquez a Morelia adquirió dimensiones de apoteosis. Su presencia congregó a campesinos de las regiones del estado, mineros de Tlalpujahua y Angangueo, maestros, ligas femeniles y delegaciones de casi todos los municipios. Una hora y media demoró en arribar la marcha desde los arcos del acueducto hasta el centro de la ciudad, en medio de una multitud que los henriquistas estimaron en ochenta mil personas y que, aun si no llegó a esa cifra, es indudablemente uno de los mítines políticos más grandes de la época. La de Morelia fue “la recepción más impresionante de toda la campaña”. Por la noche, los universitarios abrieron el Colegio de San Nicolás y organizaron una recepción a Henríquez donde participaron entre otros oradores el licenciado Luis Sánchez Pontón y Ernesto Soto Reyes. En su discurso, el primero convocó a los nicolaitas: “hagan lo que nosotros (los revolucionarios) hicimos en 1910”; el segundo llamó a Henríquez “un digno sucesor del general Lázaro Cárdenas”[12]. Unos meses después, cuando Ruiz Cortines llegó a Morelia, los propios estudiantes universitarios ocuparon el Colegio de San Nicolás para evitar que ingresara al recinto[13].

            El apoyo popular logrado por Henríquez en el estado natal de Morelos es indiscutible. La gira prosiguió durante la primera quincena de diciembre por Ciudad Hidalgo —donde se incorporó el general Francisco J. Múgica—, Puruándiro, Pátzcuaro (donde el presidente municipal y los miembros del Cabildo se declararon henriquistas), Zamora, Jiquilpan, Paracho, Uruapan, Apatzingán, Parácuaro, Huetamo, Zitácuaro y otras poblaciones del estado. Antes de abandonar Michoacán, fue recibido en la escuela de La Huerta, donde el director, ingeniero Albarrán, declaró que los estudiantes de la institución eran “sin reservas, henriquistas” y le entregó al general llaves simbólicas del plantel[14].

            Cuando, en cambio se anunció la visita del candidato oficialista a Michoacán, el general Múgica dirigió una carta al gobernador de Michoacán Dámaso Cárdenas para advertirle que

Está circulando la especie muy válida de que el partido oficial denominado PRI con el apoyo de su gobierno está preparando una exhibición de ochenta mil personas, con el propósito de recibir al candidato de la imposición y producir la apariencia de que es altamente popular en esta entidad. […] hay el  propósito de traer dicha gente de los estado limítrofes con el nuestro, valiéndose de la tolerancia que el tránsito de las carreteras tiene muy parcialmente reservado para el partido oficial y los grandes recursos económicos de las tesorerías federales y estatales de que dispone el Sr. Ruiz Cortines […] Falsear deliberadamente la opinión pública de un estado es faltar a los más elementales deberes que un gobernante popular, como lo fue usted en su periodo electoral, tiene con su pueblo. Valerse de material humano perteneciente a otras entidades federativas y transportarlo ex profeso para nulificar el criterio ciudadano […] es una aberración que los intereses políticos no disciernen y que seguramente la calificarán con dureza de llegar a acontecer[15].

            Y en un discurso pronunciado en el club recreativo de Morelia, lanzó fuertes críticas a quienes se habían enriquecido sin mesura al amparo de concesiones administrativas y al gobernador Dámaso Cárdenas porque recibiría a Ruiz Cortines, volviendo a acusar a éste de traidor por su colaboración con los invasores estadounidenses en el puerto de Veracruz en 1914. El Comité Ejecutivo del PRI en el estado respondió violentamente contra Múgica calificando sus expresiones como un “viraje senil hacia lo cómico”[16].

            Y ya en vísperas de la elección presidencial, el general Múgica, José Raymundo Cárdenas y los candidatos suplentes al Senado dirigieron al pueblo de Michoacán un manifiesto en el que manifestaban su compromiso político de “lograr la restauración completa de la Constitución original de 1917, respetando sólo aquellas reformas verdaderamente progresistas”[17].

            Al llegar el día de la elección, el 7 de julio, el país amaneció en virtual estado de sitio. Al día siguiente de ésta, cuando el Partido Constitucionalista Mexicano llamó a un mitin para celebrar la “victoria” de Henríquez, los asistentes fueron dispersados con bombas lacrimógenas, cargas de caballería y disparos de pistola en el centro de la ciudad de México, con saldo de seis muertos, 39 heridos y más de quinientos detenidos, entre ellos los dirigentes del Partido, Ignacio Ramos Praslow, Abel Camacho, Juan Martínez Barranco y Miguel Mendoza López. Otros henriquistas, Ernesto Soto Reyes, Vicente Estrada Cajigal, José Muñoz Cota y César Martino, fueron aprehendidos después por negarse a declarar. El general Cándido Aguilar, fundador del Partido de la Revolución, fue apresado por incitación a la rebelión. Francisco J. Múgica tuvo que salir de la ciudad de México escondido en la cajuela de un automóvil para refugiarse en Michoacán, ante la verosímil versión de que la Dirección Federal de Seguridad tenía órdenes de asesinarlo[18].

            Al calificarse la elección, el 13 de agosto, el dictamen del Congreso arrojó cifras contundentes: 2 713 419 votos para Ruiz Cortines; 579 745 para Henríquez Guzmán; 285 555 para Efraín González Luna y 72 482 para Vicente Lombardo Toledano[19]. A Henríquez se le había reconocido más del 15 por ciento de la votación, mucho más que a Juan Andrew Almazán dos sexenios antes; pero en cambio, la acción contra sus seguidores habría de ser igualmente drástica y radical. Ya antes de la votación, habían muerto 22 militantes de la FPPM. Al hermano del general Henríquez se le embargó parte de sus empresas acusándolo de no pagar impuestos. Al general Francisco J. Múgica le retiraron más tarde su pensión del ejército y tuvo que sobrevivir muy precariamente de sus ingresos en la finca La Tzípekua, así como vender la casa que poseía en Morelia [20]. No faltaron entre los henriquistas quienes sugirieran, ante el fraude y la represión, preparar la insurrección; Henríquez se limitó, ante todo ello, a proclamar que llegaría “hasta donde el pueblo quisiera”, pero en la práctica no hizo nada para impedir el desmembramiento paulatino pero fatal de su movimiento. Si bien la FPPM nunca convalidó el resultado de la elección y el general Henríquez repitió una y otra vez que respondería con la movilización al fraude, lo cierto es que no contaba con una estrategia para enfrentar al aparato de la imposición. Como una muestra de la creciente impotencia y el debilitamiento de la FPPM, ésta resolvió retirarse de los trabajos de la Comisión Federal Electoral, pero no fue obedecida; varios candidatos a diputados aceptaron continuar en las sesiones de la CFE a cambio de que se les reconocieran sus pretendidos triunfos. Surgieron rumores de que la FPPM convocaría a instalar un Congreso independiente en la ciudad de Apatzingán; pero fueron rápidamente atajados por el comandante de la Zona Militar de Michoacán, quien declaró que los henriquistas no podrían instalarse en el Estado por ningún motivo. El propio Henríquez consideró inútil una medida como esa, pero no presentó ninguna alternativa eficaz para enfrentar el fraude. El triunfo de Ruiz Cortines, mientras tanto, se consolidaba[21].

            La campaña henriquista fue una de las últimas actividades políticas del general Múgica. Desde 1953 habría de librar su última batalla, a la postre perdida: su salud se vio seriamente minada por el cáncer que lo debilitaba día a día. Su posición crítica, empero, se mantuvo hasta el fin de sus días. En su último discurso, pronunciado el 5 de febrero de ese año para conmemorar la Constitución de 1917, denunciaba un sinnúmero de desviaciones de los gobiernos más recientes con respecto de la Ley Suprema:

Ochenta y tres reformas se han hecho a al Constitución vigente para […] subvertir impunemente el sistema gubernamental convirtiendo el poder en instrumento de medro personal y de medio eficaz para mantener un sistema opresivo en contra de la Nación. Consecuencia de este hecho es la concentración del mando en manos de una oligarquía fuertemente unida por espurios intereses y que consolida su obra de usurpación nulificando la bienhechora influencia de la prensa, a quienes [sic] ha dado sinecuras y prebendas abundantes […] la soberanía de los Estados es cada día más restringida; el uso del sufragio es de la jurisdicción exclusiva del poder central quienes [sic] cínicamente nombran gobernadores de las entidades federativas; se abroga [sic] el poder de designar a su gusto jueces y magistrados del Poder Judicial; reparte los puestos diplomáticos y los cargos del ejército de la Nación sin otras miras que satisfacer las demandas de los círculos favoritos y de influencias poderosas que se ejercen sin responsabilidad […] Gran desazón causa en la República el trastabillante cumplimiento del artículo 27 del Código de Querétaro, pues […] se interpone la política conciliatoria que no sólo suaviza, sino que nulifica el imperativo de los salvadores preceptos y atenúa el fervor revolucionario, restaurando la propiedad privada del clero, despojando [a] las escuelas oficiales de los edificios que ocupan para devolverlos a las instituciones religiosas, disimulando la restauración del latifundio con distintos y fútiles pretextos de incapacidad campesina y mientras el ejido se debate en serias dificultades internas, ajenas a la voluntad de los labriegos, la gran propiedad surgida del magno esfuerzo de la irrigación es adjudicada injustamente a gentes que nadan en la prosperidad y en la molicie[22].

            Unas semanas después de esta denuncia, el 12 de abril, el general Múgica falleció. En su sepelio, la valla, formada por henriquistas, abucheó al general Lázaro Cárdenas a su llegada, y algunos de los oradores también lo criticaron[23]. No le habían perdonado aún el que no hubiera apoyado abiertamente, como Múgica, al movimiento henriquista. La gesta que Múgica y sus seguidores protagonizaran habría de quedar, sin embargo, como una de las páginas más brillantes de la historia de la lucha por la democracia.


[1] Elisa Servín, Ruptura y oposición. El movimiento henriquista, 1945–1954. México, Cal y Arena, 2001. Págs. 214–215 n 84; Javier Moctezuma Barragán, “Introducción: Un día en la vida de Francisco J. Múgica. Relato biográfico”, Francisco J. Múgica. Un romántico rebelde. México, Fondo de Cultura Económica, 2001. Pág. 73

[2] Elisa Servín, Loc. Cit.; Guadalupe García Torres, Carolina Escudero Luján una mujer en la historia de México. Testimonio oral. Morelia, Michoacán, Instituto Michoacano de Cultura/Centro de Estudios de la Revolución Mexicana “Lázaro Cárdenas”, A. C., 1992. Págs. 210–211.

[3] Héctor Cevallos Garibay, Francisco J. Múgica. Crónica política de un rebelde. México, D. F., Ediciones Coyoacán, 2002. Pág. 274.

[4] Loc. Cit.

[5] En Javier Moctezuma Barragán (comp.), Francisco J. Múgica un romántico rebelde. Op. Cit. Docto. 232, págs.  566–567.

[6]  Janitzio Múgica Rodríguez, “Últimas actividades del general Francisco J. Múgica”. VII Jornadas de Historia de Occidente. Francisco J. Múgica. Jiquilpan, Mich., Centro de Estudios de la Revolución Mexicana “Lázaro Cárdenas” A. C., 1985. Págs. 257-258. Una anotación de Múgica en 1951, probablemente destinada a un discurso, recoge el estado de ánimo que lo impulsaba a acometer su nueva empresa política: “Aquí estamos ante la agresión oficial. Habrá exponentes mientras haya ciudadanos con algo de dignidad y aunque sea una pequeña dosis de amor a la patria. ¡Ave Fénix, oh, pueblo! A la defensa política de las instituciones se le llama delito de disolución social; al desacato constitucional se le llama ‘labor de estadistas’; a la imposición descarada ‘función democrática’; a la rebelión pública contra el artículo 130, 3º y 5º de la Constitución se le llama Congreso Misional; aplaude a sus actores aunque sean extranjeros haciendo política en tierra ajena y se les alienta en su labor de subversión, de franca violación de la ley y se les protege a cambio de alabanzas vergonzosas y de criminal consigna de sumisión popular”. Francisco J. Múgica, Estos mis apuntes. Prólogo, edición y notas de Anna Ribera Carbó. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Col. Memorias Mexicanas), 1997. Pág. 187.

[7]  En Javier Moctezuma Barragán (comp.), Op. Cit. Docto. 234, págs.  583–584.

[8] Héctor Ceballos Garibay, Op. Cit. Págs. 277–278. Para este autor, el colaboracionismo de Ruiz Cortines ha quedado demostrado como una verdad histórica a través de otras pruebas, como los testimonios de otros testigos no amañados como Juan Manuel Cabrera —quien conocía a la familia de Ruiz Cortines en Veracruz desde 1902— y Carlos Vilchis y Luis Villalpando, que declararon que Ruiz Cortines no había llegado a la ciudad de México en el periodo de la ocupación yanqui en Veracruz; pero sobre todo, las tardías confesiones del cacique potosino Gonzalo N. Santos en sus Memorias, quien relata ahí su participación en las acciones oficiales para borrar el sombrío pasado del candidato oficial.

[9] Cit. en Janitzio Múgica Rodríguez, Op. Cit., pags. 259–260.

[10] Verónica Oikión, “La oposición henriquista en Michoacán, 1950–1954”. Tzintzún. Revista de Estudios Históricos. No. 29. Morelia, Mich., México, Instituto de Investigaciones Históricas, UMSNH. Ene.–Jun. de 1999, Pág. 97.

[11] La Voz de Michoacán, 1º dic. de 1951; El Universal, 2 dic. 51; Enrique Quiles Ponce, Henríquez y Cárdenas ¡Presentes! Hechos y realidades en la campaña henriquista. México, Costa–Amic Edits., 1980, Pág. 146

               [12] El Universal, 3  de diciembre de 1951. Carlos Martínez Assad, El henriquismo, una piedra en el camino. México, Martín Casillas Edits. (Colección Memoria y olvido: Imágenes de México) Pág.  35. Enrique Quiles Ponce,  Op Cit. Pág. 148; El Universal, 4 de diciembre de 1951.

[13] Adolfo Mejía González, La huelga del 56. Vivencias nicolaitas de lucha y amor. Morelia, UMSNH. Págs. 36–37.

[14] El Universal, 16 dic. 51; Enrique Quiles, Op. Cit.; G. García Torres, Op. Cit., págs. 210-212.

[15] En Javier Moctezuma Barragán, Op. Cit. Documento 238, págs. 590–591.

[16] Desplegado en La Voz de Michoacán, 2 de marzo de 1952

[17] En Javier Moctezuma Barragán, Op. Cit. Documento 243, págs. 595–599.

[18] Héctor Ceballos G., Op. Cit., pág. 284; Janitzio Múgica Rodríguez, Op. Cit., pág. 261.

[19] Octavio Rodríguez Araujo, “La disidencia política organizada del henriquismo y la imposición del Ruiz Cortines”, en Carlos Martínez Assad (Coord.), La sucesión presidencial en México, 1928–1988. 2ª. ed., corregida y aumentada; México, Ed. Nueva Imagen. Pág. 162, cuadro

[20] Daniel Cosío Villegas, La sucesión presidencial. México, Ed. Joaquín Mortiz. Págs. 134-135; Carlos Martínez A., Op. Cit., págs. 58-61; Enrique Quiles P., Op. Cit., págs272–274; Guadalupe García T., Op. Cit., Pág. 38;  Elisa Servín, “Crónica de una disidencia: Miguel Henríquez Guzmán, 1952”. Historias No. 22. México, Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Abril–septiembre de 1989, pág. 138.

[21] Elisa Servín, “Crónica de una…” Op. Cit., Pág. 155; Héctor Ceballos G., Op. Cit., págs. 284–285.

[22] En Francisco J. Múgica, Compromiso histórico con la Revolución Mexicana. Prólogo y selección de textos: Lic. Guillermo Pérez Velasco. s. l., Gobierno del Estado de Michoacán/Liga de Economistas Revolucionarios de la República Mexicana, A. C./Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1985, págs. 261–262.

[23]  Guadalupe García T., Op. Cit., pág. 232; Héctor Ceballos G., Op. Cit., págs. 293–294.

*Artículo publicado en el periódico Proyección SPUM. No. 127. Morelia, Mich., abril de 2004.


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