La OMC y el jefe que no quería vender*

Eduardo Nava Hernández

En 1855, el presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, ofreció a los indios Duwamish comprarles sus tierras, ubicadas en la costa oeste, en lo que actualmente es el estado de Washington. El líder de la tribu, el jefe Noah Seattle, le respondió con una carta que ha trascendido como testimonio de la cultura indígena y de la identidad de su mundo con la naturaleza. En ella escribía:

[…] ¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea es extraña para mi pueblo. Si hasta ahora no somos dueños de la frescura del aire o del resplandor del agua, ¿cómo nos lo pueden ustedes comprar? […]Cada parte de esta tierra es sagrada para mi gente. Cada brillante espina de pino, cada orilla arenosa, cada rincón del oscuro bosque, cada claro y zumbador insecto, es sagrado en la memoria y experiencia de mi gente.

Nosotros sabemos que el hombre blanco no entiende nuestras costumbres. Para él, una porción de tierra es lo mismo que otra, porque él es un extraño que viene en la noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemigo, y cuando él la ha conquistado sigue adelante. Él deja las tumbas de sus padres atrás, y no le importa. Así, las tumbas de sus padres y los derechos de nacimiento de sus hijos son olvidados. Su apetito devorará la tierra y dejará detrás un desierto.

[…] Si yo decido aceptar, pondré una condición: el hombre blanco deberá tratar a las bestias de esta tierra como hermanos. Yo soy un salvaje y no entiendo ningún otro camino. He visto miles de búfalos pudriéndose en las praderas, abandonados por el hombre blanco que pasaba en el tren y los mataba por deporte. Yo soy un salvaje y no entiendo cómo el ferrocarril puede ser más importante que los búfalos que nosotros matamos sólo para sobrevivir. ¿Qué será del hombre sin los animales? Si todos los animales desaparecieran, el hombre moriría de una gran soledad espiritual, porque cualquier cosa que le pase a los animales también le pasa al hombre. […] Todo lo que hiere a la tierra, herirá también a los hijos de la tierra.

Finalmente, los Duwamish se vieron obligados a ceder su territorio de dos millones de acres a cambio de 150 mil dólares, y a confinarse en una reservación donde poco a poco la tribu se fue extinguiendo. En sus antiguas tierras emergieron las ciudades de los blancos invadiendo los cementerios, bosques, ríos y lugares sagrados, y el recuerdo del jefe Seattle sólo quedó en el nombre de una de ellas. Su carta, sin embargo, ha sido recuperada contemporáneamente por los ambientalistas para evidenciar la irracional explotación de la naturaleza por la llamada civilización occidental. Hoy podemos leerla con otro sentido: el documento es un cuestionamiento a la mercantilización promovida por el capitalismo, que convierte en objeto de tráfico hasta los elementos naturales, modifica las relaciones entre los seres humanos sometiéndolas al imperio del valor y disuelve las dos comunidades que el jefe Seattle bien conocía y hacían su visión del mundo: la de los propios seres humanos entre sí y la de los grupos sociales con la naturaleza.

            Ciento cuarenta y cuatro años después de la disputa por las tierras Duwamish, la Organización Mundial de Comercio (fundada en 1995 con 134 países miembros para sustituir al antiguo Acuerdo General de Aranceles y Comercio, GATT), escogió por una paradójica coincidencia la ciudad de Seattle, Washington, para efectuar su primera ronda —llamada pretensiosamente del milenio— en busca de negociar acuerdos de mayor amplitud en la apertura comercial que los alcanzados en la llamada Ronda Uruguay (1986-1994). En Seattle se habría de definir a fines de noviembre de 1999 la agenda de negociaciones al interior de la OMC para los próximos cuatro años, sobre la base de un amplio conjunto de propuestas, en busca de acuerdos aplicables a partir del 2003 o el 2004.

            En esa negociación, Seattle se planteó en realidad como un campo de batalla entre los más ricos. Las grandes disputas dividen a los más importantes exportadores: subsidios agrícolas, protección laboral y medio ambiente se consideraban de antemano los temas más difíciles en la mesa de negociación. Los Estados Unidos, encabezando a un bloque de dieciocho naciones (Australia, Canadá y Argentina, entre otras, con altas exportaciones de alimentos) reclama a la Unión Europea, Japón y Corea del Sur la eliminación de subsidios a los productores agrícolas, mientras estos últimos países acusan a los primeros de aplicar también subsidios encubiertos a sus exportaciones. La disputa se centra igualmente en los aranceles a los productos agrícolas: mientras que en Europa promedian más del 50 %, en los Estados Unidos llegan sólo, se dice, al 8 %[1]

Por otra parte, los Estados Unidos, respondiendo a presiones internas, están de acuerdo en incluir la protección ambiental y garantías a los derechos de los trabajadores, mientras que otras naciones —especialmente del tercer mundo— no aceptan homologar sus condiciones de producción en esas materias, pues perderían competitividad en los mercados internacionales, además de que temen que dichos temas se transformen en la práctica en barreras proteccionistas de las naciones más industrializadas[2].

            En realidad, estas polémicas representan sólo la punta del témpano de la disputa por el comercio internacional. “Entre corchetes” (es decir, sin acuerdos dentro de la OMC) se encuentran más de 150 propuestas que comprenden puntos como “aranceles, antidumping, subvenciones, salvaguardas, medidas en materia de inversiones, facilitación de comercio, comercio electrónico, competencia, pesca, transparencia en la contratación pública, asistencia técnica, creación de capacidad y otros aspectos del desarrollo, así como propiedad intelectual, entre otros”, que tendrían que ser agendados, ordenados y priorizados en Seattle para su ulterior discusión a partir del 2 000[3].

Otras contradicciones anunciaban atravesar la reunión de la OMC. Así, mientras se preparaban los grandes ejes del debate “del milenio” entre las naciones más industrializadas, los 40 países más atrasados del mundo, que representan en conjunto sólo el 0.5 % del comercio mundial, ven cómo, bajo el imperio del libre comercio, se amplía la brecha con respecto de los gigantes productivos y comerciales y tan sólo reclaman más oportunidades para exportar. Sin competitividad, infraestructura productiva ni de comunicaciones, ni capacidad de compra en el mercado mundial, esas naciones pobres están condenadas para el siglo veintiuno al estancamiento, la dependencia, el endeudamiento y la miseria. “El mundo está polarizado en función de la pobreza y de las oportunidades, como una vez estuvo polarizado por la Guerra Fría”, recordó Mike Moore, y la Ronda del Milenio sería el escenario para el choque de esas contradicciones[4].

            Sin embargo, la verdadera batalla de la reunión de Seattle no habría de darse en las salas de recepción ni en los auditorios. Los delegados no sabían que, por fuera de la asamblea, nuevos protagonistas irrumpirían, inocultables y contundentes, en la dinámica de la sesión.

            Desde antes del inicio de la “ronda del milenio” la ciudad recibió, además de los delegados nacionales y representantes de las grandes empresas transnacionales, a cientos, miles de activistas de las más diversas causas sociales y de organizaciones no gubernamentales. A Seattle llegaron ambientalistas que protestan contra la destrucción de la naturaleza por la expansión irracional del capital, lo mismo que trabajadores sindicalizados de la siderurgia, 50 mil trabajadores portuarios y los legendarios teamsters del poderoso sindicato del transporte, organizaciones de consumidores y defensores de los derechos humanos. También granjeros movilizados contra los monopolios de la producción agrícola y estudiantes protestando contra la explotación de los trabajadores del tercer mundo. El sentido general de la protesta fue, sin embargo, uno solo: el rechazo de un sinnúmero de grupos organizados de la sociedad estadounidense y de otras partes del planeta a los grandes consorcios que manejan el comercio internacional y a los gobiernos que han cedido el poder a esas empresas[5].

            ¿A qué se debe este rechazo generalizado? La liberalización comercial y el dominio de las firmas transnacionales amenazan o han arrollado, dentro de los propios países industrializados, a las fuentes de trabajo, a las pequeñas unidades de producción y a las condiciones ambientales. “Existe una conciencia generalizada de que se le ha quitado el poder al pueblo”, declaró Jim Hightower, ex comisionado de Agricultura de Texas hoy opositor a las reglas que rigen el comercio mundial. “En verdad, esto se trata de la soberanía, sobre si nosotros, el pueblo, vamos a tener la autoridad o si vamos a ceder esa autoridad a las empresas globales”[6].

Una aparente paradoja contenía la protesta contra el libre comercio: incluir prioritariamente en el debate de la OMC los temas de la protección al ambiente y de los derechos de los trabajadores, como buscan los activistas de Seattle, afectaría principalmente a los países en desarrollo, con menor participación en el comercio mundial y menores posibilidades de competir en los mercados. En realidad, no obstante, el comercio mundial se ha estructurado ya como un mercado de empresas, no de naciones. Las ventajas que hoy representa la falta de regulaciones en el tercer mundo benefician principalmente a los consorcios gigantes, que toman esos países como base de exportación mientras, para doblegar sus demandas, amenazan a los trabajadores de las metrópolis con trasladar sus fábricas. Si bien son las naciones en desarrollo las que resentirían en lo inmediato la reducción de sus exportaciones, la persistencia indefinida de ventajas comparativas en materia ambiental o laboral tiende también a ampliar la brecha entre esos países y las naciones industrializadas; los obreros de aquéllas no pueden aceptar que su mano de obra más barata y desorganizada sea el instrumento blandido por las transnacionales para obtener mayores ganancias tanto en el centro como en la periferia.

Ante la fuerza de las protestas, el director general de la OMC, Mike Moore, reconoció que éstas no carecen de razón. “Si la gente, especialmente los jóvenes, dicen que el desempleo es alto, es cierto; si los sindicatos quieren mejores salarios y condiciones para los trabajadores, están en su derecho; si los ecologistas dicen que el crecimiento debe ser sustentable y no destruir el balance ecológico del planeta, tienen razón; y cuando los países en desarrollo dicen que ellos no tienen acceso a mercados ni justicia económica, también están absolutamente en lo correcto”, si bien señaló que la disyuntiva no está en aceptar o rechazar la globalización, sino en “si se deja que en la globalización se imponga la ley de la selva de los poderosos o se logra un sistema de acuerdos y reglas internacionales y ratificados por gobiernos soberanos.”[7].

El 30 de noviembre, al inaugurarse la conferencia, miles de manifestantes se movilizaron en torno, al Paramount Theater, sede de la reunión, a fin de impedir el acceso de los delegados. Al anochecer, los enfrentamientos con la policía se tornaron violentos. Las autoridades declararon el estado de emergencia y el toque de queda. Durante los dos días siguientes, en Seattle, las balas de goma, los gases lacrimógenos y los toletes de la policía asumieron la defensa del libre comercio y el restablecimiento de la tranquilidad de sus adalides provenientes de 134 países[8].

            El presidente William Clinton llegó, así, a la inauguración de la conferencia mundial de la OMC en una ciudad sitiada y bajo estado de sitio: sitiada por las decenas de miles de manifestantes y ocupada por la policía y la Guardia Nacional, que por primera vez, hasta donde se recuerda, actuó en Seattle. Las fuerzas del orden realizaron detenciones masivas e infiltraron las manifestaciones para identificar y arrestar a los líderes de la protesta. Para el 1 de diciembre, las autoridades informaban que ya no había cupo en las prisiones para más detenidos[9].

El 3 de diciembre, se clausuró la conferencia de la OMC sin haber podido llegar a acuerdos, sin declaración final y en medio de lo que el presidente Clinton consideró una inesperada derrota que atribuyó a la cerrazón de los países europeos. Kobsak Chutkul, director general de Economía de Tailandia, se explicó en cambio el fracaso por que Estados Unidos “no proporcionó suficiente liderazgo, (y) en parte también fue por cuestiones de tiempo y por manifestaciones”, mientras que Mark Ritchie, director de un Instituto de Políticas Agrarias de los Estados Unidos, declaró que era el principio de una nueva era. “Nunca más será excluido el sur o los ciudadanos de las decisiones mundiales”[10].

Seattle reactualiza la lucha social en las postrimerías del siglo y del milenio, cuando, con el derrumbe de la “cortina de hierro” se había decretado el fin de la historia. La protesta radical logra desplazar el protagonismo excluyente de los monopolios transnacionales y posicionar nuevamente a las masas en el escenario. Quienes protestaron en las calles contra la dictadura de las grandes firmas sobre el comercio representan no a una minoría que en nombre de una ideología determinada resiste al inapelable curso de la globalización, sino a los millones de trabajadores que en los países centrales ven amenazadas sus fuentes de empleo y sus conquistas por el desplazamiento de la industrialización al tercer mundo; a los trabajadores migrantes y débiles, explotados en los mismos países metropolitanos por debajo de esas conquistas; a los pequeños agricultores del mundo entero, que enfrentan el desafío de la apropiación por las firmas alimentarias transnacionales de los cultivos transgénicos; a los pueblos indígenas del mundo entero, inmolados ayer y hoy en aras del desarrollo capitalista; a los obreros que en Asia, América Latina y África subsidian, con su mano de obra barata, la competitividad del gran capital en la despiadada lucha por el mercado mundial implícita en la consigna del “libre comercio”. Representan, como lo describió Luis Hernández Navarro, una “nueva ciudadanía internacional”[11], producida por la propia globalización y única alternativa posible frente a ella.

La OMC ha sufrido, por ahora, una derrota. En el corazón mismo del capital, su fracaso emblematiza cómo la ideología neoliberal y la bandera librecambista sin trabas ni regulaciones han abierto nuevas contradicciones, que permanecen y seguirán manifestándose, continua o intermitentemente, pacífica o eruptivamente, por un largo periodo. La historia aún no está escrita en definitiva, y, a partir de ahora, con la revuelta se han hecho presentes para permanecer, las expresiones múltiples de la resistencia de los oprimidos, explotados y desplazados del mundo. Muchos, muchos años antes de nacer, la globalizada OMC —parece hoy—, había caído bajo la advertencia que el jefe Seattle lanzó en 1855 y que ahora se cierne sobre ella como una maldición:

Cuando el último piel roja haya desaparecido de la tierra y su memoria sea solamente la sombra de una nube cruzando la pradera, estas costas y estas praderas aún contendrán los espíritus de mi gente; porque ellos aman esta tierra como el recién nacido ama el latido del corazón de su madre. […] Una cosa sabemos: nuestro Dios es el mismo Dios de ustedes, esta tierra es preciosa para él. Y el hombre blanco no puede estar excluido de un destino común.

Morelia, Mich., diciembre de 1999.


[1] Felipe Gazcón, El Financiero, 22 de noviembre de 1999.

[2] Ibidem.; “Dividida la OMC; riesgos para la apertura comercial”. El Financiero, 30 de noviembre de 1999.

[3] “Dividida la OMC”. Loc. Cit.

[4] El Financiero, 18 de noviembre de 1999.

[5] Jim Cason y David Brooks, “Une la ronda a grupos que se oponen a sumisión de gobiernos”, La Jornada, 30 de noviembre de 1999.

[6] Ibidem.

[7] Rosa Elvira Vargas y Roberto González Amador, “Rechaza Moore que la OMC sea supranacional”. La Jornada, 30 de noviembre de 1999. Rosa Elvira Vargas y Roberto González Amador, “Las protestas protagonizan el inicio de la Ronda del Milenio”. La Jornada. 1 diciembre de 1999.

[8] Rosa Elvira Vargas y Roberto González Amador, “Persiste el rechazo a asuntos laborales y ecológicos”. La Jornada, 3 de diciembre de 1999.

[9]Jim Cason y David Brooks, “Entre las libertades, EU prefiere la de comercio a la de expresión”. La Jornada. 2 de diciembre de 1999.

[10] Rosa Elvira Vargas, Roberto González, enviados, y David Brooks y Jim Cason, corresponsales, “Fracasó la reunión de la OMC; no hubo declaración final del encuentro”. La Jornada. 4 de diciembre de 1999.

[11] “El carnaval contra el capital” La Jornada, 7 de diciembre de 1999.

*Artículo publicado en la revista en Realidad Económica No. 7. Morelia, Escuela de Economía de la UMSNH, noviembre-diciembre de 1999. Pp. 6-8.


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