Eduardo Nava Hernández
El destape de Luis Donaldo Colosio Murrieta como (pre)candidato del PRI a la presidencia de la República da inicio, finalmente, a la verdadera contienda política y permite avizorar, en concreto, el escenario en que ésta se va a desarrollar. Aunque estaban definidos ya los principales candidatos de la oposición a ese mismo cargo: Cuauhtémoc Càrdenas, Diego Fernández de Cevallos y Cecilia Soto González, sus campañas carecían hasta este momento de la necesaria interlocución representada por el abanderado oficial, portador del proyecto de continuación del gobierno salinista.
“Si no hubo reelección habrá maximato”, parece decirnos Salinas con la designación de Colosio, el más gris y dependiente de los que se mencionaban como aspirantes a la postulación del PRI. La biografía política del sonorense da cuenta de un hombre cuyo ascenso y entronización es obra de una sola voluntad: la de su amigo el Presidente de la República. A fin de no dejar dudas, se ha seleccionado como delfín a quien más fielmente garantiza no sólo la continuidad del proyecto económico y social (Solidaridad), y una transición política tersa, sin sobresaltos ni rupturas.
Los antecedentes de Colosio, el primer candidato priísta desde Gustavo Díaz Ordaz en haber ocupado previamente cargos de elección popular (diputado y senador), así como la presidencia nacional del partido oficial, son, no lo olvidemos, la prenda que el salinismo ofrece a los sectores y a la casta tradicional priísta, para exorcisar las amenazas de tensiones y desgajamientos internos que el PRI hoy no puede darse el lujo de vivir. Colosio será presentado en lo sucesivo (y lo ha sido ya, en más de una ocasión) no sólo como el candidato de la unidad, sino como un puente entre los llamados “políticos” y los “técnicos”: las dos caras del sistema de dominación priísta.
La reciente ratificación del Tratado de Libre Comercio y la reiteración, inalterada e incuestionada, del ritual del “destape” como punto culminante del poder presidencial, dan cuenta de lo que a veces no se quiere reconocer: a pesar de zozobras y dificultades, Salinas ha logrado en lo fundamental llevar a puerto su proyecto estratégico, tras del cual ha producido un realineamiento de fuerzas que bien puede ser visto, en términos de Gramsci, como un verdadero nuevo “bloque histórico”. De lograr, como parece probable, el triunfo electoral de Luis Donaldo Colosio en agosto de 1994 frente a una oposición desunida, asistiremos a la consolidación del proyecto hegemónico del gran capital nacional e imperialista, la tecnoburocracia política y sus aliados estratégicos, el clero y el PAN.
¿Qué significación se puede dar, entonces, a la contienda presidencial en curso? La respuesta, es obvio, resulta distinta para cada uno de los actores hasta ahora presentes en el escenario político. Para el PRI, encabezado por Salinas-Colosio, la elección del 94 deberá ser la ratificación de su proyecto oligárquico de dominación, firmemente consolidado ya en el nivel de las alianzas políticas, en el TLC y en las transformaciones constitucionales operadas en el presente sexenio, pero que necesita aún pasar la prueba de las urnas, la sanción ciudadana que, así sea en apariencia, presente las grandes transformaciones neoliberales como producto del consenso social.
Para el PAN y su abanderado Fernández de Cevallos, neta expresión del llamado “gradualismo” y la concertación con el gobierno salinista, resulta claro que no está en juego una verdadera disputa por la presidencia, sino la consolidación de los espacios ya ganados dentro de la actual alianza en el poder y de un esquema bipartidista que requiere derrotar, ante todo, a las opciones de centro-izquierda e izquierda, en espera, quizás para el año 2000, de una verdadera alternancia en el gobierno de la República. El PAN aspira, en el mejor de los casos, a que en la coyuntura de 1994 sean pactadas las nuevas reglas del juego que preparen el terreno para la maduración del nuevo milenio blanquiazul.
Para el Partido del Trabajo y Cecilia Soto, su candidata, 1994 implica el gran reto de demostrarse ante el conjunto de la sociedad nacional como una verdadera alternativa emergente, frente al árido panorama de los partidos tradicionales, y hacer de la política no un asunto de las élites que hasta ahora la han practicado, sino de los grandes grupos de la sociedad. 1994 debe ser una coyuntura para abrir una política de masas como alternativa de transformación social desde abajo, desde la sociedad misma, y para contribuir a la transición a la democracia reompiendo los esquemas bipartidistas o tripartidistas en que se la quiere encerrar, dando paso a un real pluralismo.
Cuauhtémoc Cárdenas, el PRD y muchos de sus aliados ven en las elecciones de 1994 (en coincidencia aquí con el salinismo) un verdadero ejercicio plebiscitario en que se confrontarán tan sólo dos proyectos, y la ocasión de una muy improbable ruptura del sistema como producto de haber llegado a una situación límite. Planteada en esa lógica la confrontación, la derrota de Cárdenas frente al PRI, por los mecanismos y motivos que fueren —posibilidad que nunca puede ser descartada— podría interpretarse, correlativamente, como un verdadero respaldo social al salino-colosismo; tal es la perspectiva a la que Cárdenas apuesta y que al sistema actual conviene también interpretar.
Morelia, Michoacán, 29 de noviembe de 1993.
*Artículo publicado en el diario Cambio de Michoacán, 30 de noviembre de 1993.

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