Eduardo Nava Hernández
El Partido del Trabajo se fundó hace seis años como una opción política novedosa en el ámbito nacional, con tres grandes objetivos que han definido su razón de ser: 1) dar unidad y expresión político-electoral coherente a un conjunto de organizaciones sociales, casi todas de carácter regional, cuyo común denominador ideológico ha sido la llamada línea de masas; 2) constituirse como una alternativa de izquierda viable y necesaria en el espectro político nacional, ante la dilución de esa ala en el nacionalismo revolucionario de origen priísta (PRD); y 3) contribuir, junto con otras fuerzas de la oposición, al proceso general de apertura democrática y fin del régimen de partido de Estado.
Hoy, en un de contexto político más complejo, con una fuerza electoral indudable en diversas regiones pero insuficiente en lo nacional para esos objetivos, el PT se encuentra en el umbral de su encrucijada.
Dos veces, hasta ahora, el PT ha participado en elecciones nacionales. En la primera, la de 1991, a sólo unos meses de haberse constituido y registrado, no logró traspasar la barrera de votación necesaria para refrendar su registro y obtener representación cameral; pero fue un paso definitivo para trascender de la política de gestión social de las organizaciones sociales (con algunas experiencias electorales previas a escala local) a la lucha nacional. En la segunda, tras de una intensa campaña de afiliación para lograr el registro definitivo, y postulando la candidatura presidencial de Cecilia Soto, no sólo reafirmó su situación legal y obtuvo representación en la Cámara de Diputados, sino logró desarrollar una brillante campaña cuya resonancia fue muy superior a su propio resultado electoral.
Hoy, una vez instalado en el panorama político-electoral y parlamentario del país, el desafío del Partido del Trabajo tiene que ser otro: avanzar, apoyado en los votos, hacia el logro de su proyecto político y social y de las metas históricas que le dan razón de ser. Es decir, no basta ya con seguir ocupando un lugar determinado en el espectro de las fuerzas políticas del país; es necesario que el PT se perfile con toda claridad ante el conjunto de la sociedad nacional como una alternativa útil, necesaria y diferente de los demás partidos nacionales.
Frente al nuevo y decisivo proceso electoral federal y a un puñado de elecciones locales, entre ellas las muy relevantes del Distrito Federal y Nuevo León, y en medio de la lenta pero irreversible crisis del régimen político priísta y el ascenso de las fuerzas opositoras más grandes, el PT enfrentará en 1997 uno de sus más grandes desafíos: avanzar y consolidarse electoralmente o ser nulificado por el movimiento de las más grandes corrientes políticas del país. Es en esas condiciones que se incorpora a la discusión la posibilidad de una alianza con otras fuerzas, encabezadas por el PRD, como polo de centro-izquierda que enfrente con eficacia al PRI y a la derecha panista.
De ahí se deriva el laberinto del momento actual para el Partido del Trabajo: a los ojos del electorado lo prioritario no es hoy por hoy la polarización en torno a un agrupamiento con un claro perfil de izquierda y un proyecto histórico propio; no tan necesario, al menos, como el conformar grandes frentes opositores con capacidad efectiva para romper con el régimen del PRI y todo lo que éste implica de antipopular y antidemocrático. La contradicción principal no se plantea entre proyectos ideológicos y políticos contrastados; más bien cobra fuerza en la sociedad la idea de que la tarea central es hoy por hoy la convergencia de las oposiciones para derrotar al priismo, y dejar para después los deslindes programáticos, que podrán realizarse sobre un terreno más libre y menos opresivo. Objetivamente se perfila la tendencia a la polarización de los sufragios en torno de las tres opciones más competitivas, mientras que el dilema para los organismos menores es incorporarse a esa corriente o, diferenciándose, marginarse y anularse para los efectos de la política práctica.
Para un partido relativamente pequeño y joven como el PT, y en consonancia con su proyecto general, el reto de 1997 es triple:
Primero (en términos prácticos, no en orden de importancia), tiene que asegurar electoralmente su propia existencia como partido nacional y conservar o ampliar su representación en las instancias legislativas nacionales.
Pero eso no es ya suficiente. Tiene, en segundo lugar, que demostrar su utilidad al logro de las tareas nacionales, contribuyendo a la construcción de un nuevo orden político y a la democratización de la vida nacional en general.
En tercer lugar, tiene que justificar su necesidad y su propio perfil, constituyéndose como un aporte a la conformación de una nueva izquierda y un nuevo proyecto socialista, superior históricamente a los que han existido –y fracasado.
Estos tres objetivos no necesariamente y sí difícilmente parecen ser compatibles en las condiciones actuales. El primero se puede lograr a través de una política pragmática, “cachavotos” o “cachacandidatos”, que simplemente capitalice las disidencias de otros partidos y atraiga los sufragios necesarios para cumplir con las exigencias legales, aunque ello no aporte nada sólido a la política nacional. El segundo se alcanzaría a través de una política amplia de alianzas y un programa muy flexible en la que el riesgo es desdibujarse ante los ciudadanos y perder la propia razón de ser. La insistencia en la tercera opción, como queda dicho, puede conllevar a la marginación política y a la anulación virtual como alternativa real por un período más o menos prolongado.
No hay, pues, caminos pavimentados. El más viable (o menos incierto) para 1997 es para el PT el de incorporarse y contribuir activamente a la construcción de una coaliciones o frente electoral de centro-izquierda, tan amplia como sea posible, con miras a constituir una alternativa democrática que ni el PRI ni el PAN pueden ofrecer. No es otra la alternativa que puede contribuir a la consolidación electoral, la incorporación a las grandes corrientes políticas en la medida en que éstas reflejen los sentimientos de la nación, y a la construcción de la hoy muy débil alternativa de izquierda que un mejor futuro demanda. Es necesario abrirse tanto a una política de alianzas flexible como a la incorporación de candidaturas externas “ciudadanas” que muestren al PT como un partido útil para un amplio sector de la sociedad.
Al mismo tiempo, el PT tiene que empezar, en la medida de lo posible, a proyectar a sus propios cuadros dirigentes e impulsar su propio programa en el plano nacional, y no crecer sólo con base en las figuras externas. Todo eso sólo se podrá lograr combinando la política de alianzas y la postulación de candidaturas representativas del proyecto petista.
La apuesta del PT, si ha de permanecer, tiene que operar en el momento actual como un fino mecanismo de relojería, por medio de delicados equilibrios. El primer paso es comprender y asumir con objetividad la situación política nacional y el papel que hoy es posible y necesario desempeñar. Después, apostar al futuro.
Coyoacán, D.F., 30 de diciembre de 1996

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