EL PT Y LA CALIFICACIÓN ELECTORAL

Eduardo Nava Hernández

Al haber sido el único partido de los cuatro que están representados en el Colegio Electoral que no logró consenso interno o, en su defecto, mecanismos de disciplina; por ser también la única fracción opositora que sumó algunos de sus votos a los del PRI en apoyo a un dictamen defectuoso y elaborado sin las formalidades de procedimiento que son obligadas en la práctica parlamentaria; y sobre todo porque no se tuvo la capacidad de clarificar ante la opinión pública las razones del voto en uno u otro sentido, la política parlamentaria del PT en la presente Legislatura se ha iniciado con un serio tropiezo que debe ser evaluado de manera autocrítica para evitar errores semejantes en el futuro.

     Como se sabe, por medio de reformas legales se ha eliminado de la Constitución y del Código Electoral la autocalificación del poder Legislativo, pero se ha conservado, como atribución exclusiva de la Cámara de Diputados, el erigirse en Colegio Electoral para calificar la elección de Presidente de la República. En esta ocasión se trata, junto con la glosa del VI Informe de Gobierno, del primer debate que la Cámara de diputados tiene que enfrentar, y uno de los más trascendentes. De hecho, los partidos representados en la Cámara efectúan en él, una evaluación del proceso electoral del que tanto la presidencia de la República como la composición de la propia Cámara son resultado. Por eso, en la práctica sigue siendo, en cierta medida, una autocalificación.

     Pero de los cuatro partidos representados en el órgano legislativo, el Partido del Trabajo resultó el peor ubicado. En primer término porque, a diferencia de los demás, no llegó con un criterio único sino que dividió sus votos. Mientras que el PRI votó en bloque a favor del dictamen que declara presidente electo a Ernesto Zedillo, el PAN se abstuvo y el PRD votó en contra del dictamen, algunos diputados petistas votaron a favor y otros se abstuvieron.

     Eso plantea un problema real que quedó sin solución. Frente a temas de definición crucial como este, el voto de nuestra fracción parlamentaria debe reflejar, ante todo, la valoración que el partido hace del proceso electoral o, en su caso, del dictamen presentado para su votación, no las posiciones individuales ni de las corrientes o grupos en las que se inscriban cada uno de los diputados. Y en este caso, la votación del PT evidenció ante todo una falta grave de cohesión que no debiera haberse dado.

     En las discusiones previas en las instancias del Partido prevaleció de manera muy contundente el criterio de, sin dejar de señalar las irregularidades e ilícitos que se dieron durante el proceso, reconocer el triunfo de Ernesto Zedillo en la elección presidencial, ya que las evidencias disponibles por nuestro Partido no permiten poner en cuestión el conjunto de la elección. Sería un contrasentido, por lo demás, cuestionar únicamente la elección presidencial y no las de diputados y senadores en las cuales todos los partidos han aceptado, en la práctica, las resoluciones del Tribunal Federal Electoral.

     El voto del PT en ese sentido dentro del Colegio Electoral implicaría asumir la voluntad de la mayoría de los ciudadanos que el 21 de agosto se manifestó en apoyo del candidato priísta, pero de ninguna manera un compromiso con éste o con su partido.

Explícitamente, los órganos internos del PT rechazaron siempre que este asunto fuera objeto de ningún tipo de negociación con el partido del gobierno.

     Pero había también razones para votar en contra de un dictamen que, como trascendió a la opinión pública, fue elaborado al margen de la Comisión de Gobernación, sin que se formara una subcomisión de redacción y que muy probablemente fue hecho por fuera de la propia Cámara de Diputados. El presidente de dicha Comisión y conocido mapache, Dionisio Pérez Jácome, pasó a firma exclusivamente de sus correligionarios un documento preelaborado cuyo origen nunca se esclareció. La postura del PT no debió ser, de ninguna manera, avalar lo cuestionable incluso desde el punto de vista jurídico. Consideraciones semejantes hicieron que aun el PAN, que había adelantado que no tendría objeciones al reconocimiento de Zedillo, optara en el momento de la votación por abstenerse.

     Por eso, lo lamentable es que la fracción del PT no haya sido capaz de unificar sus criterios frente a la calificación presidencial. Ante la opinión pública no queda claro cuál es el sentido del voto petista ni cuál es la evaluación que nuestro partido hace de los comicios del 21 de agosto. La explicación de ser un partido democrático que respeta las diversas posturas en su interior, mal encubre la ausencia de un juicio común y de métodos elementales de coordinación entre nuestros diputados.

     En cualquier caso, debió hacerse un esfuerzo importante, a través de documentos públicos, por explicar las razones del voto de los diputados del PT, o en su defecto, de porqué no se pudo llegar a un criterio único frente a la elección y frente al dictamen elaborado por el PRI. La ausencia de explicaciones deja el campo libre a toda suerte de interpretaciones y aun calumnias, la más común de las cuales entre nuestros críticos ha sido que el PT, como “nuevo partido paraestatal” habría negociado así su voto con los priístas.

     Cada tropiezo que cometamos en el Congreso de la Unión buscará ser capitalizado por aquellos interesados en desprestigiar la opción que el Partido del Trabajo representa y en autoproclamarse como la “única” oposición honesta en el país. Sólo de nosotros depende no dar a nuestros gratuitos impugnadores el menor motivo para ejercer su vocación. En esta ocasión, empero, son nuestros propios deslices y deficiencias en el trabajo parlamentario los que nos llevan a una política errática y de confusión.

Coyoacán, D.F., 13 de noviembre de 1994.


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