EL PRD FRENTE AL PROCESO DEL 94*

Eduardo Nava Hernández

Con los cambios de dirigencia y estatutarios operados en su Congreso Nacional del pasado mes de julio, el Partido de la Revolución Democrática es, de hecho, la primera formación política del país en entrar de lleno a la campaña por la Presidencia, y la más avanzada hasta ahora en el camino hacia las elecciones de 1994. En el PRI se vive una soterrada y encarnizadísima lucha a la espera del tradicional “dedazo”. El PAN pareció abrir un compás de espera en tanto se definía en el Congreso de la Unión la redacción definitiva del artículo 82, que ahora, con el polémico transitorio, ha excluido la posibilidad de la candidatura de Vicente Fox. Mientras tanto, el PRD tiene resuelta ya, sobre todo, la selección de su candidato presidencial, que desde el inicio casi nadie dudó que sería otra vez Cuauhtémoc Cárdenas; la ratificación de esa candidatura por una Convención Nacional Electoral no será, como sabemos, sino una mera formalidad.

     Falta aún, es cierto, la elaboración de una plataforma electoral y de un programa de gobierno; pero estas son cuestiones que muy poco preocupan a la mayoría de los militantes perredistas, que muy claramente priorizan la figura de su candidato y expresidente nacional como su mayor oferta a la sociedad, antes que sus planteamientos ideológicos y programáticos.

     Por otra parte, con el acuerdo tomado en el Congreso perredista de reservar la mitad de sus candidaturas para ser negociadas con sus posibles aliados, los movimientos sociales y organizaciones políticas sin registro electoral, se ha dejado sentado su esquema básico de alianzas. Siendo en lo general una política acertada, no es, dadas las condiciones reales en que se desenvuelve el PRD, un acuerdo que carezca de riesgos: bien puede propiciar tendencias centrífugas al interior del partido, alentando que los propios grupos y movimientos hoy adheridos a éste, intenten ganar esas candidaturas no a través de las instancias internas sino negociándolas desde fuera como movimientos autónomos; también puede desalentar la participación de muchos militantes que podrían no ver sentido en dedicar sus esfuerzos a la construcción del partido, si las posiciones pueden ser obtenidas desde los grupos sociales extrapartidarios.

     De cualquier manera, ese esquema de alianzas es realista, en los términos de la actual ley electoral, diseñada para impedir a toda costa las candidaturas comunes y la integración de frentes entre dos o más partidos políticos con registro. Si la oposición no hace retroceder en este punto la postura salinista –lo que se ve muy difícil, pues sobre esto parece no haber la menor intención de ceder por parte del gobierno y su partido en la actual reforma–, el 88 y su FDN no se repetirán en 1994.

     Pero los problemas reales del PRD están en su interior. Más allá de la figura de su dirigente histórico y candidato presidencial, la unidad de las corrientes que lo integran se ve sumamente frágil, como se demostró en el II Congreso y en los hechos que han seguido. La pluralidad, que el PRD ha ostentado como una de sus cartas de presentación, no ha encontrado en su estructura orgánica (por cierto, muy semejante a la del PRI, de la que parece heberse inspirado) un espacio suficiente de expresión. El hecho mismo de que fueran cuatro las candidaturas a la presidencia nacional partidaria, y sobre todo, el tono de sus campañas, poblado de denuncias, impugnaciones e inconformidades, señaló ya la irreconciliabilidad de esas corrientes.

     Durante el Congreso, Cuauhtémoc Cárdenas pareció lograr una conciliación, distribuyendo cuotas de poder en función de la fuerza que cada aspirante presentaba: la presidencia a Porfirio Muñoz Ledo, la secretaría general a Mario Saucedo, la dirección del Consejo Nacional a Heberto Castillo) pactada en una comida paralela a los trabajos del Congreso Nacional (Proceso No. , 19 de julio de 1993). No obstante, a partir de la reunión del nuevo Consejo Nacional, esa unidad se ha mostrado inestable.

     La presidencia de Porfirio Muñoz Ledo y Lazo de la Vega representa el arribo a la dirección perredista de su corriente más pragmática. Expresidente del PRI, del que, por cierto, dice no haber sido nunca miembro (Punto, 2 de agosto de 1993), Porfirio está imponiendo un verdadero viraje con respecto de la política de sus antecesores Cuauhtémoc Cárdenas y Roberto Robles Garnica. Es claro su intento de centralizar el poder interno del partido, al regatear a su opositor Heberto Castillo la presidencia del Consejo Nacional, que ya le había sido otorgada por el Congreso, y al intentar remover a la coordinadora de su fracción parlamentaria en la Cámara de Diputados, Rosa Albina Garavito, quien estuvo comprometida públicamente con la corriente de Mario Saucedo.

     Pero más sorprendente aún es la iniciativa que la mayoría (muñozledista) del Consejo Nacional perredista votó, de convocar a una Cumbre de partidos con el presidente Salinas de Gortari, para discutir la reforma electoral. ¡Qué bueno que el PRD comience a romper con el tabú de no entrevistarse con Salinas, a quien han señalado como ilegítimo, entre otras cosas! Pero no se puede dejar de señalar que este viraje no obedece a un proceso de discusión interna y desde las bases en el PRD, sino sólo a un lineamiento surgido desde su nueva presidencia nacional. Es decir, el PRD parece estar, como el PRI, muy a expensas de las decisiones de su presidente nacional, más que de las de otros órganos de dirección colectiva.

     Ni Porfirio Muñoz Ledo ni Pablo Gómez (presidente del Consejo, pero sin fuerza en él ni en el Comité Ejecutivo Nacional) parecen tener capacidad real de unificar al PRD. Heberto Castillo y sus seguidores han anunciado la formación de una nueva corriente que tendrá una importante presencia opositora al senador defeño y ex candidato presuntamente guanajuatense que hoy encabeza al PRD. Militará en ella Cristóbal Arias, dirigente perredista de Michoacán quien, como presidente estatal toma una actitud excluyente con sus opositores internos que se asemeja a la de Muñoz Ledo a escala nacional.

     La unidad del PRD, está claro, seguirá teniendo como eje a Cuauhtémoc Cárdenas durante la inminente campaña presidencial, pero será aleatoria e inestable una vez pasada esa coyuntura. Es difícil predecir sobre qué bases programáticas o ideológicas podrá el PRD mantener su unidad interna una vez pasada la lucha electoral de 1994, sobre todo si Cárdenas, no alcanzara la Presidencia.

*Artículo publicado en el diario Cambio de Michoacán, 8 de septiembre de 1993.


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