El poder de las ideas

Eduardo Nava Hernández

Cuando en Chiapas los gobiernos de Ernesto Zedillo y su ejecutante local Roberto Albores Guillén parecían haber avanzado en su estrategia de aislamiento, terror y aniquilamiento sobre las comunidades indígenas zapatistas; y cuando pensaban que ahí estaba la clave de la solución del problema político más incómodo y apremiante para el actual gobierno, tres comunicados y la V Declaración de la Selva  Lacandona han devuelto a su nivel real la lucha política que se libra entre aquéllos y el zapatismo insurgente.

               Clausewitz en reversa: si la guerra es la prolongación de la política por otros medios, la política es dominante sobre la guerra y determinante del resultado de la propia confrontación bélica. Ya lo demostraron Benito Juárez —el presidente perseguido que durante la ocupación francesa gobernaba, aislado, no más de 1 000 metros cuadrados a su alrededor, donde se encontraban su gabinete y su guardia personal—, el primer ministro Churchill en Londres bajo el bombardeo de la aviación nazi y el Vietcong, que ganó primero la guerra política y luego hizo huir en desbandada al ejército más poderoso del mundo. El poder de fuego puede definir el resultado de un enfrentamiento o de una batalla, pero no el de una guerra total como la que sostiene el gobierno mexicano contra los pueblos indios de Chiapas. La autoridad moral que orienta la capacidad de resistencia de la población es decisiva en las confrontaciones de largo plazo. Es ésta dirección intelectual y moral la que está intacta en el zapatismo chiapaneco y más se acrecienta cuanto más se cierra el asedio militar sobre sus bases sociales, cuanto más se las hostiga y se les amedrenta, cuanto más se busca aislarlo. La fuerza moral, la capacidad de dirección, es mucho más determinante, en última instancia, que el factor militar y la propaganda (de la que los gobiernos nazi-fascistas eran maestros) puestos en juego por una fuerza opresora. La estrategia de resistencia puesta en juego por Benito Juárez frente a los ejércitos francés, austríaco y belga, invasores del territorio nacional,  terminó venciendo a la demostrada capacidad militar de éstos en 1867, del mismo modo que los vietnamitas derrotarían, un siglo después, a la maquinaria de guerra estadounidense.

               ¿Qué, sino la derrota, le espera a una política guerrerista como la del doctor Zedillo, ante los indígenas zapatistas?

               La impunidad a los perpetradores (me niego a llamarlos “autores intelectuales”; inteligere significa saber, entender) de la masacre de Acteal y la cobertura que el discurso presidencial de Simojovel dio a la violencia criminal no son suficientes, así cobren 500 vidas más, para vencer la voluntad de los indígenas chiapanecos.


por

Etiquetas:

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *