Eduardo Nava Hernández
El agrupamiento y centralización del movimiento campesino en Michoacán ha sido una de las mayores y más urgentes necesidades de los últimos tiempos. Se ha dado en los años recientes en el estado la paradoja de una gran movilización en las áreas rurales, que sin embargo ha sido incapaz de constituir movimientos fuertes en torno a ejes de lucha propios. Como es conocido, Michoacán ha sido uno de los escenarios de mayor enfrentamiento entre el sistema pri-gubernamental y su oposición política y dentro de esa confrontación los campesinos han sido con mayor frecuencia el sector más movilizado y también el que ha pagado las mayores cuotas de sangre.
Sin embargo, este ambiente —incluso a veces generalizado— de movilización no ha bastado para fortalecer al movimiento reivindicativo agrario ni para centralizar la acción del movimiento social. Con mucha más frecuencia se ha centrado en luchas poselectorales que en demandas de clase, pese al avanzado deterioro de la situación del campo en el estado, caracterizada por la polarización y marginación, la falta o insuficiencia de los apoyos a la producción, el caciquismo y el avance del capital privado sobre tierras comunales y ejidales.
Hasta mediados de la década de los ochenta, el movimiento campesino fue el destacamento más organizado, activo y avanzado de la lucha popular en Michoacán. Heredero de antecedentes como el agrarismo indígena de Miguel de la Trinidad Regalado durante la Revolución, de la lucha radical de Primo Tapia y su Liga de Comunidades Agrarias en los veinte, y de episodios de insurgencia como el Movimiento de Liberación Nacional a inicios de los años sesenta, alcanzó su maduración en la década de los setenta e inicios de los ochenta.
En 1979 se fundó la Unión de Comuneros “Emiliano Zapata” (UCEZ), que centralizó y canalizó las luchas de diversas comunidades de la zona lacustre, la Meseta Tarasca y el Oriente del estado y condujo luchas decisivas como las de Tarejero, Huerta de Gámbara, San Miguel de Aquila, Zirahuén y San Felipe de los Alzati. En la Tierra Caliente, por su parte, surgió la movilización de diversas organizaciones de jornaleros y uniones de ejidos.
Ese ciclo de movilizaciones comenzó a declinar hacia 1984-85, cuando la UCEZ se alejó de la Coordinadora Nacional Plan de Ayala y se fraccionó por la salida de algunos grupos y parte de sus cuadros dirigentes. A partir de entonces mermó también la capacidad de acción no sólo del sector campesino sino de otros organismos y ramificaciones que se apoyaban en la fuerza de aquella organización.
La dispersión generó un vacío que no se ha llenado hasta ahora, a pesar de la agitada dinámica política de la entidad. Del mismo modo que, tras el asesinato de Primo Tapia en 1926, el movimiento agrarista fue recuperado corporativamente por el gobierno del general Lázaro Cárdenas imponiéndole una dirección oficialista, en los años de la insurgencia neocardenista el movimiento campesino ha perdido su autonomía frente a las élites políticas. La dirección del movimiento campesino ha sido asumida en gran parte no por los cuadros de las propias organizaciones agrarias, sino por los dirigentes del PRD, provenientes mayoritariamente del PRI, y sus banderas de lucha han tenido más un carácter electoral que campesino, aunque es cierto que en ocasiones no existe una delimitación tajante entre ambos aspectos. La Unión Campesina Democrática, creada por el movimiento neocardenista, no ha sido capaz de unificarse, y existen no tres fracciones sino tres organizaciones distintas que operan con las mismas siglas y se disputan la representación del organismo en el estado.
El debilitamiento de la movilización campesina se evidenció también en la insuficiente respuesta y en la diversidad de tácticas presentadas por el movimiento ante las reformas al artículo 27 constitucional, a fines de 1991.
Sin embargo, los golpes asestados parecen estar llevando a una inconformidad creciente y a retomar la conciencia de la unidad y el reagrupamiento de las organizaciones del campo. Los días 18 y 19 de noviembre se realizó en la ciudad de Morelia, concretamente en el Aula Mater del Colegio Primitivo y Nacional de San Nicolás donde antaño se formaron Miguel Hidalgo, José María Morelos y muchos otros personajes del pensamiento social mexicano, el Foro de Análisis de la Situación Agraria y Agrícola del País, auspiciado por la Escuela de Economía de la Universidad Michoacana y por cinco organizaciones campesinas independientes: la Unión Campesina Democrática (dirigida por Ignacio Garnica), la Unión de Comuneros “Emiliano Zapata”, la Coordinadora Nacional “Plan de Ayala”, la Unión Nacional de Trabajadores Agrícolas (UNTA) y la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos (CIOAC).
La importancia del Foro radica en que por primera vez en muchos años se generó un espacio plural de discusión que permite buscar la convergencia de las diversas organizaciones campesinas, más allá de posiciones partidarias, en torno a sus grandes ejes de lucha: el rechazo a las reformas salinistas al artículo 27 constitucional y a la política de marginación, empobrecimiento y manipulación hacia el campo, la defensa de los recursos naturales, de la autoorganización campesina para la producción y comercialización, y de los derechos humanos.
Resultados concretos de este espacio fueron no sólo el cuerpo de conclusiones y resoluciones en que se concretó el consenso de los agrupamientos participantes, sino la decisión de conjuntar esfuerzos en torno a un programa común de lucha y apoyo mutuo. De esta iniciativa puede surgir, efectivamente, la reconstitución de una dirección autónoma e independiente del movimiento agrarista y una nueva fase de organización y ascenso de la lucha campesina en el estado de Michoacán. Los ejemplos de Zapata, Regalado y Primo Tapia podrán entonces volver a renacer.
Morelia, Michoacán, 26 de julio de 1993.

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