El drama sindical

Eduardo Nava Hernández

Por casi todos fue tomada como una mala broma o como una simple “ocurrencia” atribuible a la decrepitud, que incluso hizo que los reporteros se burlaran e hicieran bromas a sus costillas. Pero la reciente declaración de Fidel Velázquez en su habitual comparecencia de los lunes acerca de que los trabajadores afiliados a la CTM podrían aportar un día de salario para el pago de la deuda externa recientemente contraída por el gobierno de la nación, más que mover a risa debiera preocuparnos, al mostrar en su dramatismo la triste situación del sector sindical cuya representación mayoritaria sigue ostentando por formulismo el señor Velázquez.

     En efecto, no pasaría la declaración de ser un mal chiste, si no se diera en circunstancias sociales que rayan en la tragedia. Hasta el presidente Zedillo ha tenido que reconocer -al menos parcialmente- que la crisis financiera cuyos costos quiere Velázquez hacer pagar a los asalariados es el resultado de una mala conducción de la política económica. Más papista que el papa, el dirigente de la más grande burocracia sindical del país no se duele de los prolongados sacrificios que han impuesto a los trabajadores los largos años de “administración de la abundancia”, primero; de “reordenación económica” y “reconversión industrial”, más tarde; de “ajuste estructural” posteriormente, y de “emergencia económica” ahora. El viejo don Fidel quiere caravanear con sombrero ajeno y presionar para que sus agremiados “aporten” a pagar una deuda que no contrajeron, que en alguna medida todos reconocen como innecesaria y que, en última instancia, ningún beneficio traerá a la economía del país y sí a quienes se enriquecieron ya con los instrumentos especulativos (Tesobonos) que generosamente el gobierno de Salinas puso a su disposición.

     Pero, realmente, la situación del sector laboral no está para chistes. El hecho incontestable es que desde 1976 el salario real, los salarios mínimos y el empleo en México no han hecho sino debilitarse y mostrar tendencias descendentes, y no  ha habido política económica desde entonces que dé prioridad al insuflarles un poco de energía. Y como si fuera esto insuficiente para mover a preocupación, el decrépito Velázquez no atina sino a tratar de mal congraciarse con el gobierno priísta que es por definición corresponsable de esa situación.

     He aquí algunos datos que, con seguridad, no aparecerán en la ocurrente conferencia de los lunes: durante los últimos seis meses (es decir, aun antes de la crisis de diciembre) han cerrado en México dos mil empresas y el padrón de afiliados al Seguro Social se vio disminuido en número de diez mil trabajadores. “El cierre sistemático de unidades fabriles a partir del último trimestre de 1994 ha sido causa del despido acumulado de un millón de trabajadores y, de continuar la tendencia, para finales del presente año la población económicamente activa sin empleo o ingreso fijo significará 30 por ciento del total (alrededor de diez millones de personas)” (El Financiero, 9 de febrero, pág. 26). La industria del vestido se ha visto afectada en los últimos tres años con el cierre de tres mil empresas y el despido de casi 13 mil trabajadores. Los ilegales paros patronales y reducción de salarios en la industria automovilística se han comenzado a generalizar en las últimas semanas bajo la complaciente mirada de las autoridades laborales, y se aplican políticas de despidos en el ya muy mermado desde el sexenio delamadridista sector público, en Pemex, en Televisa, la industria de la construcción, el sector bancario, el propio IMSS y tantas otras fuentes de empleo.

     Frente a esta situación, no hay quien hable por los sindicatos, menos aún por los trabajadores no organizados. El señor Velázquez y sus similares ocupan su tiempo en distraer a la opinión pública con “ocurrencias”, mientras el sector laboral atraviesa por una de las etapas de mayor debilidad de la historia moderna y, sin exageración, agoniza.

     El drama mayor es, desde luego, el de los trabajadores; pero no es el único. ¿No es también un signo de caducidad del sistema político todo el tener que apoyarse en un “sindicalismo” como el que el capo de los lentes obscuros representa? ¿Qué modernidad es posible imaginar con una desvaloración semejante de la fuerza de trabajo, el nervio vital de la sociedad y con “sindicatos” que en modo alguno justifican socialmente su existencia? ¿Qué sentido tiene hablar del tan en boga fortalecimiento de la sociedad civil si contemplamos impotentes -y aun indiferentes- la derrota de miles y aun millones de trabajadores carentes de toda fuerza de negociación de sus ingresos familiares y sus condiciones de trabajo?

     La verdadera sociedad civil, a pesar de la neoliberalizada idea que se nos ha hecho de ella, no es el mundo de los ciudadanos atomizados que se expresa sólo electoralmente. Más bien va asociada al desarrollo de las organizaciones que representan libre y autónomamente los intereses colectivos de los grupos (y, aunque suene anacrónico decirlo, clases) que la integran.

     En gran medida, la debilidad e inestabilidad de la transición mexicana a la democracia representativa es resultado de la fragilidad de ese tipo de organizaciones. Como lo enseñan las experiencias de las más sólidas democracias de carne y hueso, las europeas, la lucha democrática ha tenido siempre sujetos sociales bien identificados, entre los cuales han destacado los sindicatos (asociados mayoritariamente en el siglo XX a la socialdemocracia o a los partidos comunistas). No hay avance democrático posible sin la conformación de este tipo de sujetos. Mientras se mantenga vigente el actual aparato de control burocrático sindical sobre los trabajadores, que ya ha dado históricamente lo que podía dar de sí y sólo muestra su patética decadencia, no hay lugar para abrigar mucho optimismo en nuestro futuro como sociedad.

Coyoacán, D.F., 9 de febrero de 1995.


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