Retrospectiva de la utopía michoacana*
Eduardo Nava Hernández
Es bien conocido el hecho de que el desarrollo local no es el resultado espontáneo de los movimientos del mercado, ni de la política neoliberal que en torno de éste se desarrolla; pero tampoco de la planeación macroeconómica que opera sobre los grandes agregados a escala nacional, con puntos de anclaje en lo regional. La perspectiva del desarrollo local ha venido a contraponerse desde hace algunas décadas a la concepción, que llegó a ser dominante durante medio siglo, de la planeación macroeconómica a escala nacional, y a plantear la idea de un crecimiento económico que parta del aprovechamiento racional de los recursos existentes en las localidades y atienda los requerimientos de las comunidades y mercados locales, antes que a las exigencias de la acumulación en gran escala y la expansión de los mercados.
Plausible en sus objetivos, el planteamiento general deja aún en pie el problema de si el desarrollo local o regional puede por sí mismo generar el desarrollo nacional. ¿Es éste el resultado de una suma de experiencias locales de crecimiento? ¿Sustituyen estas experiencias a la acción genérica del poder público orientada hacia determinadas metas de impacto nacional? ¿Son los esquemas de desarrollo local el embrión de un proyecto de nación o están condenados a permanecer en un ámbito muy reducido de la sociedad y de la economía, limitados por la dinámica incesante de los grandes mercados? ¿Hay elementos utópicos en el planteamiento del desarrollo local como fundamento de ese proyecto nacional?
No hay una respuesta definitiva a estas interrogaciones, particularmente en virtud de la relativa juventud de las experiencias del desarrollo local pero, sobre todo, por el hecho de que éstas distan de haberse generalizado y más bien se encuentran, hasta ahora, ubicadas en los intersticios de la dinámica general de la acumulación del capital. Su suerte se encuentra anudada, las más de las veces, a la de las pequeñas y medianas empresas, casi siempre vulnerables frente a los embates de la competencia y la merma de estímulos o apoyos fiscales o financieros.
Como no disponemos de soluciones concluyentes para las preguntas anteriormente planteadas, y si bien se cuenta con un amplio universo de ejemplos de tentativas de explotación, expansión y acumulación a escala local, pero pocos en donde éstos hayan obedecido a la acción consciente y planificada del poder estatal con un proyecto bien definido de vinculación con la sociedad nacional, es preciso rastrear en la historia las raíces de esas experiencias pioneras del desarrollo regional. Aquí se revisará, desde la perspectiva de la historia de tiempo largo la utopía del desarrollo regional en Michoacán, originada en el siglo XVI y subsistente, pese a las vicisitudes del periodo colonial, de la Independencia y del periodo del liberalismo, hasta el XX, en que resurge bajo la modalidad que le imprime el cardenismo, como expresión de un proyecto nacional específico y también de un proyecto de desarrollo regional, arrojando luz sobre la vinculación entre el proyecto de desarrollo territorial, sus condiciones materiales y culturales de realización y sus formas de relación con los agregados nacionales. De este modo hace explícitas también sus limitaciones y facetas utópicas y las vías de su peculiar permanencia hasta el presente.
En las raíces de la perseverante utopía michoacana
Aceptemos la definición de desarrollo local como “un proceso de crecimiento y cambio estructural que mediante la utilización del potencial de desarrollo existente en el territorio conduce a la mejora del bienestar de una localidad o una región” (Vázquez, 2005: 34), y el señalamiento de Muller (Cit. en Boisier, 1999) de que las sociedades tradicionales constituyen, antes que nada, una integración de diversos territorios relativamente autónomos, siendo la unidad elemental de estas sociedades la comunidad[1]. Un proyecto de desarrollo regional a partir de esas unidades implica, así, alguna forma de integración externa, que generalmente ha sido el mercado, pero que en otras situaciones se ha buscado a través de las diversas modalidades de la cooperación y la utopía de la fraternidad.
Eso es lo que ocurrió en la provincia de Michoacán hacia 1535, con la llegada del jurista Vasco de Quiroga[2], investido obispo para consolidar la obra de evangelización en la región y frenar los abusos de los conquistadores y encomenderos que habían diezmado a la población indígena. Como miembro de la Segunda Audiencia su misión era imponer la ley el orden en la Nueva España.
Benedict Warren ha establecido que por el tiempo de su arribo a América Quiroga había leído Utopía de Tomás Moro (Warren, 1977: 38-39). Al percibir la situación a la que se había reducido a los indígenas, sometidos a la esclavitud o a la encomienda, la obra habría de servirle como modelo para desarrollar en la Nueva España un experimento de sociedad para los indígenas en el que prevalecieran la justicia, la igualdad y la democracia.
Esas ideas se concretaron en los pueblos hospitales de Santa Fe, el primero de ellos fundado en 1532 al poniente de la ciudad de México. Más tarde lo consolidó mediante nuevas adquisiciones, una donación regia en 1535 y otra virreinal obtenida en 1537. El término “hospital” no designaba tan sólo el lugar donde se cuidaba y atendía a los enfermos, ni el de hospedaje para los viajeros y peregrinos. Se entendía, en un sentido más amplio, como una “institución caritativa para el refugio, mantenimiento o educación de los necesitados, ancianos, enfermos o pupilos” —es decir, para todos los pobres, en este caso los indios— y como un modelo de organización social colectivista (Warren, 1977: 6; Arreola, 1991: 38-39). La idea de hospital tenía dos orígenes: las formas organizativas comunitarias propias de las sociedades indígenas, y la influencia de los utopistas, particularmente Tomás Moro, Erasmo y Luciano. El hospital, al tiempo que recuperaba el modo de ser de la sociedad indígena, injertaba en él las ideas renacentistas europeas con las que se buscaba superar la decadencia moral, política y económica del Viejo Mundo.
La justificación del pueblo-hospital era la evangelización de los indígenas y la necesidad de congregarlos en centros de población para evitar que reincidieran en la idolatría; pero también el que estos pueblos permitían el florecimiento de las virtudes que el oidor veía en los indígenas. Santa Fe era un refugio para los desvalidos, y también un centro de atención a los enfermos; incluía un hospital de la cuna para la crianza y cuidado de los niños y un Colegio Seminario de Indios, llamado de San Nicolás, en los que se impartían el catecismo el alfabeto y las artes musicales. Pero más allá de las tareas asistenciales, había en la idea de los pueblos-hospitales un propósito: constituir a partir de ellos una nueva sociedad basada en las virtudes de los pueblos indígenas.
Desde su primera visita a Michoacán, en 1533, Quiroga se propuso extender ahí la experiencia de los pueblos-hospitales. Trató con los miembros de la nobleza tarasca, y éstos le concedieron tierras en la parte norte del lago de Pátzcuaro, donde estableció el hospital de Santa Fe de la Laguna (González, 1997: 101-103). Los pueblos-hospitales se demostraron desde entonces exitosos como un medio de reducción y evangelización de los indígenas. Pero para Quiroga, los hospitales fueron exitosos sobre todo como experimentos comunitarios que mostraban la viabilidad de la sociedad igualitaria y justa que soñaba para la América y que intentaba poner en práctica. En palabras de Vicente Riva Palacio,
vinieron a realizar el pensamiento de la fraternidad, del mutuo auxilio, de la organización del trabajo en común, del equitativo repartimiento de los frutos del trabajo, de la economía, de la educación civil y religiosa de los congregados y de sus hijos, de la extinción entre ellos del pauperismo y la mendicidad, sobre todo de la adquisición de hábitos de economía en la comunidad y en los que la formaban; de manera que allí al menos durante el tiempo de la vida de Quiroga, se realizó el ideal de la Iglesia primitiva o del sueño de algunos modernos socialistas; nadie tenía derecho a lo superfluo, pero nadie podía carecer de lo necesario (cit. en León, 1984: 123).
En 1537 Quiroga fue consagrado obispo de Michoacán. Tomó posesión de la diócesis y en 1540 la trasladó a Pátzcuaro. Ahí don Vasco fundó un colegio al que denominó de San Nicolás Obispo. En las constituciones para el gobierno del Colegio se establecía vivir en comunidad, comer en refectorio con lección espiritual y comulgar cada mes. Lo particular era que los colegiales elegían al rector, con aprobación y consentimiento del venerable deán y el cabildo de la catedral de Pátzcuaro. Después de fundado el Colegio, Quiroga dio cuenta de ello al emperador Carlos I y solicitó su patronato; éste lo concedió en Barcelona el 1 de mayo de 1543 (Moreno, 1998: 52-53, 57-58; León, 1984: 150-151; Serrano, 2001: 257, 260).
Quiroga fue durante veintiocho años obispo de Michoacán. Fue ésa la etapa más fructífera de su estancia en la Nueva España y la mayor aproximación a su idea de una nueva sociedad organizada. Distribuyó los pueblos de su obispado entre franciscanos y agustinos e impulsó con ayuda de estos misioneros la restitución de tierras a los pueblos y la fundación de congregaciones. Dispuso que en cada pueblo se estableciera un hospital —que llegaron a ser alrededor de cien— para alojar enfermos, para la asistencia de quienes los ministraban y para el Ayuntamiento de la República de los Indios (González, 1997: 244).
El proyecto de desarrollo regional de don Vasco se concretó en las congregaciones. Una vez fundadas, se ocupó de dotar a cada una de una base económica propia combinando la agricultura con las artesanías, la cría de animales domésticos y el cultivo de frutales y hortalizas en huertos familiares. Para evitar que la autosuficiencia productiva condujera al aislamiento de las comunidades, dotó a cada una de ellas de una especialidad, de tal manera que en vez de competir se complementaran y se necesitaran. Así, Tzintzuntzan se ocupó de la alfarería, Santa Clara del martillado de cobre, Capula del corte de madera, Teremendo de la talabartería, Tingüindín la panadería, Cocupao de la pintura, Paracho de la fabricación de instrumentos musicales, San Felipe de la herrería, Patamban de la fabricación de cántaros, Parangaricutiro de la confección de colchas, Santa Fe de los adobes, Peribán de los tejidos de seda, Nahuatzen de las frazadas de lana, Jiquilpan de los rebozos, Janitzio de la pesca y la hechura de redes y anzuelos, Apatzingán de la cera, Ario del añil, Nurío de los sombreros, Uruapan de las bateas y jícaras, Jarácuaro de los petates, Sevina de los fustes, y Corupo y Chocandirán de la fabricación de muebles. (Moreno, 1998: 140; León, 1984: 166; Palerm, 1972: 36-37; González, 1997: 101-103)[3].
Esa división del trabajo, establecida por Quiroga en el siglo XVI, aunque debilitada no ha desaparecido en nuestros días. La tradición indica el tipo de producción en que se especializa cada pueblo o localidad, originada aquélla en la idea de que las comunidades se complementaran, en vez de competir entre sí. Aún hoy se distingue la alfarería de Patamban de la de Ocumicho, Santa Fe de la Laguna, Tzintzuntzan o Capula, cada una con su propio e inconfundible estilo.
Quiroga se basó también en las prácticas tradicionales de las comunidades indígenas para mantener su sistema social igualitario y evitar que se acentuaran las inequidades económicas: mantener las tierras comunales, dotación obligatoria de tierras a las nuevas familias, redistribución periódica de las parcelas para ajustarlas al tamaño de las familias, omisión del trabajo asalariado y mantenimiento de la familia extensa como unidad de producción y de la asistencia mutua, etcétera (González, 1997). Quiroga no hacía sino revivir, en contra de la práctica de la encomienda, formas tradicionales de organización social que se conectaban al mismo tiempo con su idea de la utopía (Cfr. Serrano, 2001: 146). Dentro de este cuadro general se impulsó la introducción de la tecnología nueva (arados, carros, telares, tornos, instrumental metálico, plantas y animales domésticos nuevos, artesanías, etc.), que fue adoptada con gran celeridad. De esa manera la revolución tecnológica importada de Europa no vino a destruir sino a reforzar la nueva sociedad tarasca. Los lazos se estrecharon no sólo por la interdependencia económica, sino también por una serie de servicios y de instituciones a nivel regional, sostenidos por todos los pueblos: escuelas, hospitales, organización religiosa y civil, etc. (Palerm, 1972: 37-38).
Con la fuerza del obispado y con el trabajo de organización, Quiroga diseñó un sistema económico regional que buscaba una “lógica de regulación horizontal” (Boisier, 1999), pero que no obedecía al desenvolvimiento espontáneo de las comunidades, sino a una determinada idea de ordenamiento social, concebida bajo la inspiración utópica de Moro y otros pensadores renacentistas.
En las Reglas y ordenanzas para el gobierno de los hospitales de Santa Fe, Quiroga sistematizó antes de morir las normas con las cuales habrían de seguir rigiéndose sus pueblos hospitales, Es el documento que más acusa la influencia de Tomás Moro, a tal punto que varias de sus disposiciones están tomadas casi literalmente de la Utopía. Ahí estableció don Vasco que la agricultura habría de ser, desde la niñez, el oficio común a todos los habitantes del hospital, practicado durante seis horas al día. El fruto del trabajo —que sería comunitario— debía distribuirse “según que cada uno, según su calidad, y necesidad, manera, y condición lo haya menester para sí y para su familia, de manera que ninguno padezca en el Hospital necesidad”. A los niños se les debía enseñar la agricultura “a manera de regocijo, juego y pasatiempo” por una o dos horas cada vez, y las niñas debían aprender los oficios propios de las mujeres. El trabajo agrícola se complementaría con la crianza de animales, incluyendo los bueyes para el trabajo, y con el cuidado de huertas de frutales, que en cada estancia debería haber obligatoriamente[4].
En el mismo año de su fallecimiento (1565), el obispo dispuso la redacción de su testamento. Quiroga legó a sus pueblos-hospitales las tierras que ocupaban, pero prohibiendo que en el futuro fueran enajenadas y pidiendo a sus habitantes que se apegaran siempre a las normas que él había establecido para la convivencia, plasmadas en sus Reglas y ordenanzas de gobierno. Por eso, muy avanzado ya el siglo XVIII, podía Juan José Moreno comentar el éxito de la división del trabajo de las comunidades:
Este plan se ha observado por la mayor parte en toda la Provincia, que es argumento de la veneración, en que se tiene la memoria del Fundador. Allá Licurgo los hizo jurar a los Lacedemonios, que observarían sus leyes hasta que él volviese, y procuró morir en su viaje, para que las guardaran perpetuamente; mas después de todo no consiguió tanto, ni una observancia por tantos años, como acá (Moreno, 1998: 140-141).
Al Colegio de San Nicolás le dejó Quiroga sus bienes personales, y le estableció un patronazgo que incluía desde el rey de España y sus representantes hasta el cabildo de la catedral de Michoacán. A los demás pueblos de su diócesis les dejó un sistema económico basado en el mercado y el intercambio de mercancías manufacturadas, pero no en la competencia, que les permitiría funcionar con base en la cooperación y complementación entre ellos.
Puede pensarse que se trata de hechos del siglo XVI, sepultados por la historia y condenados a subsistir tan sólo en el recuerdo. El legado moral de Quiroga fue más perdurable de lo que a primera vista parece, y sus huellas se encuentran por doquier en el mundo rural de la antigua provincia de Michoacán.
En la práctica, los pueblos hospitales siguieron funcionando como entidades autónomas mucho tiempo después de la muerte de su fundador. Sujetos únicamente a la autoridad del rector y del Cabildo de Michoacán, operaban con gran independencia frente a las autoridades eclesiásticas y civiles. En lo civil, los hospitales estaban, por mercedes especiales exentos del pago de impuestos y de diezmos, y no se sujetaban a la autoridad de los ayuntamientos.
Todo ello condujo —afirma Paz Serrano (2001: 226)— a una autonomía municipal, en la tradición castellana, que, en palabras de Felipe Tena, suponía que hacia el siglo XVIII, se diera la existencia de un bloque autónomo, cuya base estaba en el pueblo y sus Autoridades indias, elegidas por sus habitantes; en el lugar intermedio el rector; y en la cúspide, el Cabildo, que a su vez tenía libertad frente al obispo y cuyas funciones eran las de dirigir, aconsejar y proteger a los pueblos en todos los litigios.
El Testamento de Quiroga habría de servir de manera particular al Cabildo michoacano para defender a los pueblos hospitales de los intentos de los virreyes de la era borbónica de sujetarlos a las autoridades civiles y hacerles pagar impuestos. Todavía en 1785, dos siglos y dos décadas después del fallecimiento de su fundador, los hospitales de Santa Fe continuaban existiendo con autarquía y funcionando sin cambios notables con respecto del momento en que fueron fundados[5].
Así, cuando Juan José Moreno escribía acerca de los pueblos hospitales (1766), se refería a ellos como algo todavía vivo, presente: “En una palabra, los hospitales son el centro de la Religión, de la policía, y de la humanidad de los Indios […]” (Moreno, 1998: 73. Cursivas mías, ENH) [6].
Un imaginario utópico, una recepción popular indiana del evangelio que las aproximaba con los cristianos primitivos y una cultura de la resistencia hicieron de las comunidades quiroguianas, ante la ofensiva liberal desplegada a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XIX, los bastiones de un mundo prometido, ajeno a las tendencias que la modernidad y el siglo XIX imponían. Luis Vázquez León (1986: 31), siguiendo a José Miranda, sostiene que la clave de la permanencia histórica de las comunidades indígenas michoacanas estriba precisamente en la defensa activa que hicieron de sus tierras, tanto por la vía legal como por medio de levantamientos violentos cuando se habían roto los equilibrios que las hacían sustentables. Algunos de ellos, como los de Coalcomán (1875), Taretan (1878), Angangueo (1882), Churumuco (1884) y Huetamo (1895) dan testimonio de la resistencia que muchas comunidades continuaban manteniendo a la usurpación y fraccionamiento.
A lo largo del siglo XIX, sin embargo, en su mayoría los pueblos y comunidades fueron despojados de sus tierras y montes, por medio de las leyes de fraccionamiento y desamortización que los gobiernos liberales expidieron. Fue durante la Revolución que nuevamente se activó la lucha por la recuperación de tierras ocupadas a las comunidades, con movimientos agraristas como el encabezado por Miguel Regalado y su Sociedad Unificadora de la Raza Indígena, o el de Joaquín de la Cruz en la Ciénaga de Zacapu, aunque poco se logró en cuanto a reorganización social y productiva de las comunidades. Después de 1920, Primo Tapia de la Cruz, originario de la comunidad de Naranja, organizó el movimiento agrario más extenso del Estado, la Liga de Comunidades, que logró la dotación para los pueblos de la Ciénaga de Zacapu; pero fue asesinado en 1926.
Cardenismo y desarrollo regional
¿Estaba extinta la utopía de la sociedad aldeana diseñada por Vasco de Quiroga en la tercera década del siglo XX, cuando llega a gobernar el Estado el joven general Lázaro Cárdenas? Es difícil que así haya sido, si se piensa que la propia Revolución Mexicana y el movimiento agrarista de los años subsiguientes reactivaron los esfuerzos de los pueblos por recuperar sus tierras y recursos naturales. Al llegar a gobernar Michoacán, el militar jiquilpense encontró una situación generalizada injusticia de social, que intentó remediar, con entre otras medidas, ejecutar el reparto, por dotación o restitución, de 141 663 hectáreas que beneficiaron a 15 753 campesinos de 181 poblados, y la anulación de los contratos de arrendamiento de los bosques de la Meseta, en beneficio de las comunidades de la zona, no por casualidad las mismas congregaciones que fundara en el siglo XVI don Vasco de Quiroga.
Como presidente de la República, el general Cárdenas completó la acción agraria que había iniciado como gobernador, El sexenio 1934-1940 suma 980 resoluciones presidenciales en Michoacán, que representan la distribución de 982 630 hectáreas a 70 254 campesinos, es decir el 9.8 % de las acciones agrarias realizadas en el país.
La atención al mundo indígena fue también particularmente importante en el aspecto de la educación. Desde 1939 se puso en marcha una estrategia de alfabetización con los pueblos de la Meseta, que después habría de aplicarse en otras regiones del Estado y del país. El experimento, que empezó a operar en Paracho, estaba a cargo del prestigiado lingüista estadounidense Morris Swadesh, y se denominó oficialmente Proyecto Tarasco (Cassigoli, 1990: 611-612). Se trataba de proceder a la inversa de cómo lo habían hecho los esfuerzos educativos anteriores, alfabetizando primero en la lengua materna e introduciendo después la enseñanza del español. Con ese proyecto, tanto Cárdenas como Luis Chávez Orozco, jefe del Departamento de Asuntos Indígenas, se diferenciaban de los anteriores intentos de desindianizar u occidentalizar al indígena, y buscaban que fuera la cultura occidental la que se integrara a la estructura social y cultural de éste. Cárdenas no se engañaba: en un país como México, el ser indígena es una posición de clase; los grupos indígenas ocupan la situación más baja de la escala social, y su reivindicación no habrá de darse integrándolos a la sociedad nacional para que sean explotados de otra manera, sino fortaleciendo sus raíces y liberándolos de la explotación misma.
Pero habría de ser en los treinta años que siguieron a la presidencia del general Cárdenas en los que la utopía del desarrollo local aldeano se concretara como una estrategia impulsada planificadamente con los recursos del Estado. La experiencia de las comisiones del Tepalcatepec y del Balsas ha sido ampliamente estudiada, aunque sin que se hayan explorado suficientemente sus raíces en la historia local.
El proyecto inició cuando, en abril de 1947 el general Cárdenas presentó al presidente Miguel Alemán un “programa integral” para aprovechar en el desarrollo agrícola las aguas del río Tepalcatepec y atender las necesidades sociales de la amplia cuenca dominada por este flujo. Alemán estudió y aceptó el proyecto y nombró al general Cárdenas vocal ejecutivo de la Comisión del Tepalcatepec, adscrita a la Secretaría de Recursos Hidráulicos (Cárdenas, 1973a: 238).
La región en la que el general iba desde entonces a concentrar su actividad contaba, desde los inicios del siglo, con los sistemas de riego construidos sobre el río El Marqués, que ya habían demostrado la capacidad productiva de la tierra en la región cuando se la dotaba de agua suficiente. Había otra motivación personal para trabajar en esa región, confesada también en sus apuntes unos años después: “llevar a su término el programa ejidal de las unidades de Lombardía y Nueva Italia”, que había quedado inconcluso como sistema de riego desde su etapa como presidente y que, para estos años, estaba ya amenazado por el fracaso como proyecto ejidal colectivo.
El proyecto suponía construir a lo largo del río Tepalcatepec un sistema de presas destinadas al riego y a la generación de energía, electrificar áreas rurales, abrir carreteras, construir escuelas y hospitales, reforestar los montes, apoyar la producción ganadera, construir un puerto en la costa de Michoacán, apoyar la dotación de servicios a los poblados existentes y planificar el establecimiento de nuevos centros de población (Durán y Bustin, 1983: 192-193).
Los resultados del proyecto fueron evidentes a corto plazo. Entre 1950 y 1965 la tierra cultivada en la región había crecido en un 160 %; más espectacular aún sería el crecimiento de las superficies irrigadas: en 1947 aproximadamente 15 500 hectáreas contaban con riego en la región; la Comisión del Tepalcatepec incorporaría 94 000 más, lo que representaba un 480 % de extensión. Las obras de irrigación se construyeron en la región terracalenteña con un costo de 3 000 pesos por hectárea irrigada, a precios de 1962, mientras que el promedio nacional era de 6 250 pesos por hectárea. A pesar de ser la cuenca del Tepalcatepec en su conjunto una región agrícola cuyo rendimiento por hectárea se ubicaba aún 13 % por abajo del promedio nacional, la Tierra Caliente en lo particular se aproximó a ese promedio (Barkin y King, 1978: 133, 168; King, cit. por Barrett, 1975: 93).
De la inversión total, la región de Tierra Caliente o central recibió el 64 %, y de éste, más del 80 % se destinó a obras de irrigación. De 10 000 hectáreas irrigadas en esa zona en 1950 se pasó a 85 000 en 1970 (Durán y Bustin, 1983: 193). Como resultado del trabajo de la Comisión del Tepalcatepec, la economía regional en la Tierra Caliente se había transformado radicalmente. Entre 1950 y 1970 la superficie cultivada en la región terracalenteña aumentó 2.5 veces. Gracias al riego, se extendió en la zona el cultivo del limón, del melón y del algodón. De 60 000 árboles de limón que había en la cuenca en 1940, se pasó a 300 000 en 1950 y 600 000 en 1960. Desde esta última fecha, sin embargo, la extensión de los algodonales desplazó parcialmente la extensión dedicada a los limones. El algodón desplazó al maíz como cultivo principal y se triplicó el valor de la producción por hectárea. Se introdujeron también el arroz, el ajonjolí y el ganado. A partir de 1950, con la llegada del ferrocarril a la región, creció espectacularmente la producción de melones. Entre el 50 y el 75 % de la producción se destinaba al mercado norteamericano. El valor del producto agrícola en la región se multiplicó por seis a precios constantes. El auge de la agricultura en la región habría de ser el gran logro de la Comisión del Tepalcatepec a lo largo de su existencia. (Barrett, 1975: 100-101, 106-107, 112; Barkin y King, 1978: 168-169).
La revolución agrícola trajo consigo el cambio demográfico y urbano. La escasez de mano de obra para las labores del campo implicó la necesidad de pagar salarios considerablemente más altos que en otras zonas, especialmente en los periodos de siembra y cosecha. La Tierra Caliente se nutrió de la migración, estimada en 1960 en un 40 % de la población de 1950. La población total en la cuenca pasó de 20 561 habitantes en 1920 a 161 317 en 1970, siendo particularmente importante su crecimiento durante la década de 1950 a 1960, en que prácticamente se duplicó (de 49 459 a 94 512 habitantes). Más allá de los flujos migratorios, la tasa natural de crecimiento demográfico de la cuenca del Tepalcatepec aumentó en casi 18 % en ese periodo, como resultado tanto del incremento de los nacimientos como del abatimiento de la mortalidad. “Con excepción de la Tierra Caliente —comentan Barkin y King—, todas las partes de la Cuenca tuvieron tasas de mortalidad menores que el promedio nacional en 1950. Hacia 1960 incluso la tasa de mortalidad de la Tierra Caliente era menor que la tasa nacional” (Barkin y King, 1978: 140, 174, 206).
Paralelamente al desarrollo agrícola, la electrificación fue el otro gran cambio inducido en la región terracalenteña. La Comisión del Tepalcatepec colaboró con la Comisión Federal de Electricidad en la construcción de dos grandes plantas generadoras en el río Cupatitzio-El Marqués, las de El Cóbano y Salto Escondido, la primera con una excepcional potencialidad de generación de energía a bajos costos.
La población de la región creció rápidamente: “en 1940 tenía 46 mil habitantes; en 1950 60 mil; en 1960 120 mil y en 1970 192 mil. En 30 años la población se cuadruplicó y la tasa de mortalidad se redujo de 26 por millar en 1940 a 16 en 1950 y 11 en 1960” (González, 1997: 259). El crecimiento poblacional, esencialmente alimentado por las migraciones, fue acompañado del de los servicios: escuelas, agua potable, clínicas, teléfono, electrificación. Para 1970 “un noventa por ciento de los ranchos y rancherías tenían corriente eléctrica” (Barrett, 1975: 85). El desarrollo de Apatzingán fue uno de los primeros frutos de la labor de la Comisión del Tepalcatepec. En 1942 había llegado ya el tren; en 1952 se inauguró la carretera con la que esa población quedó comunicada con Uruapan, Morelia y otras regiones del Estado. La construcción de los sistemas de riego vino a elevar la productividad agrícola y a hacer de esa ciudad la capital de la Tierra Caliente michoacana.
Diversas vicisitudes políticas afectaron el trabajo de Cárdenas en la Comisión del Tepalcatepec durante los gobiernos de Alemán y Ruiz Cortines. Poco después de iniciado el gobierno de Adolfo López Mateos, el nuevo presidente le propuso una encomienda más amplia: integrar un proyecto para toda la cuenca del río Balsas y asumir, como lo había hecho con la del Tepalcatepec, su conducción como vocal ejecutivo. La idea de integrar una Comisión que atendiera un área mucho más vasta que la del Tepalcatepec se basaba, en la experiencia acumulada en la construcción de obras de almacenamiento de agua. Era necesario, para él, que en el diseño y construcción de una presa se tomaran en cuenta, además de estudios de geología y técnicos en general, las condiciones sociales en un sentido amplio de la zona que se iba a irrigar.
La Comisión del Río Balsas tenía los mismos objetivos que su antecesora del Tepalcatepec, pero abarcando un área más amplia que comprendía territorios pertenecientes a los estados de Tlaxcala, Puebla, México, Morelos, Guerrero, Oaxaca y Michoacán. Se trataba de una superficie de unos 110 mil kilómetros cuadrados en la zona centro y sur del territorio nacional. Dentro de esa vasta zona se buscaba en primer lugar la construcción de obras de infraestructura hidráulica para fines de desarrollo agrícola y de generación energética, pero también vías de comunicación y atención de necesidades sociales diversas, tales como servicios urbanos —agua potable, drenaje, electrificación— e inclusive problemas de salud y educativos tales como la construcción o reparación de centros de salud y escuelas.
Uno de sus biógrafos, Luis González, se refiere a las intenciones del general Cárdenas frente al escenario de atraso social y económico que caracteriza a la región del Balsas.
Lo que pretendía hacer de aquel mundo inhóspito era muy claro: integrarlo al territorio de la república, poblarlo debidamente, desinfectarlo, darle agua, barrerle espinas y piedras, cubrirlo de plantas de consumo nacional e internacional, hacerlo un pastizal de toda clase de vacunos y equinos, introducirle maquinaria de punta, obligarlo a producir riqueza y comida llenadora y sana. Quería dar a cada trabajador el vestido adecuado al horno terracalenteño, chalet rebosante de niños, puercos y gallinas, medios de transporte rápido, médico, hospitales, escuelas, educación para el trabajo, diversiones sencillas, estadios. Buscaba para todos los habitantes de aquel infierno una vida edénica, cómoda, “con el confort y sin los vicios de la ciudad, con las virtudes y sin los apuros del campo; una utopía como la puesta en marcha en el siglo XVI por Vasco de Quiroga” (González, 1996: 43).
Se extendieron por los rincones de la vasta zona a cargo de la nueva Comisión las acciones de reforestación, construcción de caminos, introducción de ganado, mejoramiento de cultivos y provisión de servicios para la población campesina. Cárdenas continuó poniendo en práctica los métodos que había ensayado con éxito en la cuenca del Tepalcatepec, visitando constantemente los pueblos de la región para supervisar directamente las obras a su cargo y atender las necesidades de la gente. Junto a su merecida fama como el estadista que se enfrentó al poder de los imperios económicos, se desarrolló el mito del patriarca benefactor, el gobernante (en cierto sentido lo seguía siendo) que, en vez de alejarse de sus gobernados se acercaba a ellos y, lo más inaudito en un país con larga tradición de tiranos y enriquecidos a costa del poder, los servía y les procuraba la justicia. En cierto modo, la acción de Cárdenas fue, durante esos años, una lucha personal del humanismo contra el abandono y el atraso.
En algunos renglones, los resultados de la Comisión del Balsas fueron particularmente exitosos, como en la multiplicación de la capacidad de generación de energía hidroeléctrica, que tuvo repercusiones positivas para el conjunto del país. La Comisión prosiguió, siempre coordinando con la CFE, la construcción de las presas generadoras de Salto Escondido y El Cóbano, ambas sobre el río Cupatitzio. La primera comprendía un sistema de canales y tuberías que recogían las aguas del río unos kilómetros abajo de la cascada la Tzaráracua para conducirlas a una caída de 473 metros que alimentaría en su primera etapa cuatro unidades hidroeléctricas, y en una segunda otras dos unidades, con lo cual se generarían en total más de ciento sesenta mil kilovatios. Ya para el 14 de agosto de 1962, al celebrarse el XXV aniversario de la fundación de la Comisión Federal de Electricidad, el presidente López Mateos inauguraba en compañía del general Cárdenas y el gobernador David Franco Rodríguez las presas Los Olivos y Cupatitzio, ejes de ese sistema hidroeléctrico construido en los ríos Tepalcatepec y Cupatitzio; y dos años después la gigantesca presa y planta hidroeléctrica de El Infiernillo, que puso al Estado en uno de los tres primeros sitios de producción de energía eléctrica dentro de la república mexicana. (González, 1997: 176; La Voz de Michoacán, 20 nov. de 1964).
Para 1970 el río Balsas contaba ya con 18 grandes presas que permitían irrigar 130 mil hectáreas, en su mayoría ejidales. No obstante, al igual que en el caso de la cuenca del Tepalcatepec, el burocratismo, el endeudamiento de los campesinos y el arrendamiento de sus parcelas ganaron la batalla a los sueños del general. La región servida por la Comisión del Balsas se convirtió en tierra de conquista para el capitalismo agrícola, que penetró adueñándose de los principales cultivos y aprovechando la infraestructura penosamente construida con recursos de la nación y de la población regional (Mastretta, 1990a: 57, 58-59). Empresas que funcionaban en Ciudad Altamirano como prestanombres del capital estadounidense controlaban ya para 1980 la mayor parte de los cultivos de exportación —melón, sandía cítricos— en la Tierra Caliente de Guerrero, al igual que otras lo hacían en Apatzingán. De las 70 mil hectáreas que potencialmente debían irrigarse en el distrito de riego 086 en 1990, no se regaban más de 55 mil, en su mayoría en beneficio no de los productores directos sino de las empresas agrícolas. En esta región, el algodón dejó de sembrarse desde 1981 y el maíz fue crecientemente desplazado, por incosteabilidad, por el cultivo del sorgo. Aun la sandía disminuyó su productividad por los bajos precios, las plagas y la reducción de los créditos aportados por el Banrural. Mientras que en el Bajío la productividad del sorgo era a fines de los años ochenta de 7 a 10 toneladas por hectárea, en Apatzingán era de 2 a 3. Y no obstante que Fernando Benítez (1980: 338-339) opina que “Cárdenas no fracasó en el Balsas ni en el Tepalcatepec.”, lo cierto es que la agricultura ejidal agonizaba en la región. El proyecto cardenista no aprovechó, finalmente, a sus destinatarios (Mastretta, 1990b: 59-60).
Los verdaderos beneficiarios del proyecto de desarrollo agrícola de la cuenca fueron los comerciantes e introductores de productos, los bancos y los propietarios de maquinaria. Los altos costos de los insumos para los nuevos cultivos de exportación por el uso de maquinarias, fertilizantes y plaguicidas, y los insuficientes apoyos crediticios provenientes del Banjidal, pronto obligaron a los ejidatarios a recurrir a los préstamos usurarios y, ulteriormente, al alquiler de las parcelas a los capitalistas, de quienes se convirtieron en asalariados. La disposición de recursos crediticios suficientes para los cultivos de exportación se convirtió en el elemento estratégico y en el mayor obstáculo para que los ejidatarios manejaran la producción y comercialización de estos productos. El arrendamiento de sus parcelas resultaba, para muchos ejidatarios, más rentable que el cultivo de productos de subsistencia. Para 1970, el 55 % de la mano de obra agrícola trabajaba de manera asalariada (Barkin y King, 1978: 198; Barkin, 1972: 173). Una estimación de Elinore Barrett calculaba para el ciclo 1964-1965 en 20 000 hectáreas la superficie ejidal arrendada, aunque en los datos oficiales sólo se reconocían 13 000 hectáreas en esa situación. Para el municipio de Francisco J. Múgica (Nueva Italia), por ejemplo, en 1965-1966, estaban alquilados el 52 % de los ejidos, el 22 % recibía crédito del Banjidal, el 14 % no recibía ningún tipo de crédito y el 12 % no se explotaba ni se alquilaba. Alrededor del 40 % de los arrendatarios cultivaba el 82 % de la tierra alquilada (Barrett, 1975: 76-77).
Por esta vía, la concentración de la propiedad o el control de los recursos tierra y agua fue, en consecuencia, en aumento, con el consiguiente cambio en los patrones de explotación y la distribución del ingreso en la región. Si bien el arrendamiento de la tierra representó para muchos ejidatarios un incremento importante en sus ingresos, los arrendatarios y no los ejidatarios fueron quienes más se beneficiaron de las obras de riego e inversiones oficiales promovidas por la Comisión. El resultado Fernando Benítez lo resume de esta manera:
Sin exageración, los antiguos llanos estériles de la Cuenca [del Tepalcatepec] se habían convertido en un edén. Las flores blancas y púrpuras del algodón, los sembrados simétricos del melón y la sandía, los espejeantes arrozales y los espesos limoneros, las espigas del ajonjolí y las milpas componían una plantación tropical de las mejores del mundo, pero como en todas las grandes plantaciones, las apariencias eran engañosas: se enriquecían los norteamericanos, las alquiladoras de tierras, los vendedores de insumos y de maquinaria, los bancos, los dueños de las despepitadoras, sin que lograra mejorar radicalmente la suerte del campesino (Benítez, 1980: 247).
Y David Barkin concluye que los alcances del proyecto se demostraron a la postre limitados:
Aunque es claro que el proyecto de desarrollo regional tuvo éxito en lograr una tasa aceptable de recuperación de la inversión pública en Tierra Caliente, sus logros en inducir un procedimiento de crecimiento regional autosostenido fueron limitados. Desde que el área cultivable de la zona se estabilizó en poco menos de 110 mil hectáreas, se ha visto poco aumento en la actividad económica; […] Tampoco parece que en la región habrá un desarrollo ulterior de nuevas industrias en un futuro no muy lejano; otras industrias que debieran establecerse encuentran que el clima caliente y la falta de fuerza de trabajo estable y capacitada son un serio obstáculo para el desarrollo posterior (Barkin, 1972: 177-178).
Utopía y proyecto nacional
Acaso en ningún periodo sea posible entender mejor que en los treinta años que sobrevivió Cárdenas a su presidencia —y sobre todo mientras fungió como vocal ejecutivo de las comisiones del Tepalcatepec y del Balsas— su verdadero proyecto de sociedad. Nunca como en esas tres décadas estuvo no se diga cercano sino verdaderamente involucrado en la vida de los grupos más deprimidos y desprotegidos de la sociedad mexicana, los campesinos y los indígenas. Y no porque con anterioridad le preocuparan menos, sino porque mucho más ahora que en sus periodos como gobernante prescindió de mediaciones institucionales para pasar a atender personalmente los problemas de esas masas de desheredados, sin dejar por ello de proyectar grandes obras de electrificación e industrialización.
Si atendemos al sentido general, a la direccionalidad de sus esfuerzos desde el gobierno y fuera de él, podríamos muy bien coincidir con Gilly o confirmar su hipótesis de que ese proyecto social se concretaba en
un país de comunidades agrarias, educación socialista, Estado industrializador apoyado por los trabajadores, capitalismo subordinado a dicho Estado. […] Su proyecto de nación, cuyos pilares son la organización corporativa de los sectores sociales, la reforma agraria ejidal y la expropiación petrolera, concibe un Estado paternal, independiente y soberano, apoyado en los campesinos y en una comunidad nacional organizada, y dueño de la renta agraria y la renta petrolera como las grandes palancas para la industrialización y la modernización del país (Gilly, 1988: 144)[7].
Ese proyecto nacional no coincide, de hecho, con el de ninguno de los gobernantes que antecedieron en el poder al general Cárdenas (Carranza, Obregón, Calles, Portes Gil) o el de quienes lo sucedieron (Ávila Camacho, Alemán, etc.). Todos ellos tuvieron en común, con diversas modulaciones, el haber buscado ante todo el desarrollo del capital privado empleando el poder del Estado y del capital público como palanca para la acumulación. Para todos ellos era claro que el sino de —y lo deseable para— las comunidades rurales era su desaparición o su subordinación al proceso de industrialización. Eran, en un sentido general, partidarios de un capitalismo liberal. Ello es lo que hace excepcional la perspectiva cardenista, ubicada en ese paréntesis de la historia del capitalismo que es el periodo de entreguerras, probablemente el único desde el mercantilismo en que fue viable pensar en un desarrollo capitalista nacional —y aun local—, y no sustentado en el mercado mundial.
La utopía cardenista tuvo vigencia y cierto grado de materialidad, durante la década en que el general Cárdenas fue gobernante, primero de Michoacán y luego del país. El fin de su mandato presidencial coincidió con el cierre de ese paréntesis histórico al estallar la Segunda Guerra Mundial, que obligaba a alineamientos y subordinaciones internacionales y marcaba la conclusión de la etapa de reajustes nacionales tras la gran desarticulación de 1929. Expulsado del poder nacional en 1940, ese proyecto utópico de nación habría de refugiarse, empero, ahí donde había nacido. Durante treinta años, el general Cárdenas trató de mantener viva en Michoacán y algunas regiones conectadas con él, su utopía. Reforma agraria, riego, electrificación, escuelas, salubridad, caminos, puentes, agua potable, eran las vías para dar existencia a su proyecto nacional-regional: integración nacional, soberanía, comunitarismo aldeano, Estado industrializador y ciudadanía. La subsistencia de la utopía no dependía, sin embargo, de la sola voluntad del ex gobernante. Las condiciones regionales eran las que la hacían posible: precaria urbanización, predominio del mundo agrario, persistencia de una profunda cultura indígena, incipiente o nula industrialización; pero también antecedentes culturales de organización comunitaria como embrión de una nueva —o diferente— sociedad.
Porque no fueron, ciertamente, los grupos gobernantes —virreyes de los Habsburgo o de los Borbón, aristócratas criollos, liberales radicales u oligarcas modernizadores— quienes determinaron la permanencia del proyecto de sociedad vinculado al nombre de Vasco de Quiroga y, en el siglo XX al de Cárdenas. De alguna manera, que sólo otros estudios más amplios y con fundamento antropológico podrían revelar, fueron las comunidades indígenas mismas los sujetos de una trama social que, in actu o como parte del imaginario colectivo, conservaron y trasladaron desde el siglo XVI hasta el XX el modelo que pretendía realizar en el Nuevo Mundo la sociedad virtuosa que el sheriff de Londres y canciller del reino de Inglaterra diseñara. Pero sólo el más sensible, el más perceptivo de los gobernantes michoacanos podía convertir esa utopía en un proyecto de gobierno que intentó serlo también de nación. Y, más allá de su amor a los indios y de su visión de una nación que los integrara como su sustancia, compartió Cárdenas con el primer obispo de Michoacán su persistencia en la entelequia social. Luchó por ella, como Quiroga, no sólo desde posiciones de poder sino también directamente al lado de los que podían realizarla, la gente sencilla, los oprimidos. Esa persistencia lo acompañó aun cuando, alejado del poder, estuvo más cerca y más dentro de la utopía: como vocal ejecutivo de las comisiones del Tepalcatepec y del Balsas. Para el pueblo pobre al que se acercó, para los campesinos de la Tierra Caliente y los indígenas de la Meseta y la región lacustre a los que se consagró, no fue un ex presidente más ni un funcionario de la racionalidad del Estado moderno, sino un misionero, un genuino redentor social[8].
Pocos lugares como Michoacán, con antecedentes que se remontan al menos al siglo de la Conquista, aportaban los elementos para dar consistencia a ese proyecto de capitalismo alternativo. Pero a la postre, la utopía se demostró inviable en el contexto de la reestructuración capitalista de la posguerra, tanto en la escala local como en la nacional. El entorno de la mundialización capitalista se impuso finalmente a la lógica horizontal de las comunidades y se convirtió en dominante, sobre todo cuando el poyo estatal, fundamental para el sostenimiento de su andamiaje, se retrajo. Por cuanto a los indicadores económicos, es indudable el éxito del proyecto para generar el crecimiento económico, pero éste no fue suficiente para impulsar un auténtico desarrollo local ni para salvar las agudas contradicciones que aún hoy caracterizan a la sociedad regional y a la nacional.
Conclusiones
La experiencia michoacana resulta, a través de los siglos, una de las que de manera más transparente y explícita exponen la faceta utópica, acaso presente en todos los proyectos de desarrollo regional y local, construidos por lo general penosamente y a contracorriente de la lógica dominante en la acumulación del capital.
A la luz de esta experiencia local, vista en perspectiva histórica, pueden percibirse sus momentos de apogeo y de ocaso; pero destaca el que aquellas etapas en que ese proyecto de desarrollo estuvo más cerca de su realización y más se aproximo a constituirse como un proyecto nacional: el periodo colonial y el periodo de entreguerras, contó con una superestructura que le dio cobertura y le dio coherencia y fortaleza interna a las comunidades de productores como sujetos de ese desarrollo. En el primer caso, el del virreinato, esa superestructura fue la diócesis creada desde el siglo XVI por don Vasco de Quiroga; en el siglo XX tal papel lo desempeñó el cardenismo.
En el sentido que aquí se ha entendido, ese proyecto de desarrollo local fracasó o se hizo inviable cuando se modificaron las condiciones externas. La imposición de un proyecto liberal de nación en el siglo XIX, orientado a desarrollar los mercados no sólo de bienes y servicios sino de tierras, dinero y fuerza de trabajo, y el realineamiento del país con las condiciones de la acumulación internacional y su lógica vertical de dominación en la segunda posguerra, aislaron los proyectos de desarrollo regional, en este caso el de Michoacán, dejándolos como procesos limitados a la propia escala local e incluso susceptibles de ser integrados (como ocurre con la Tierra Caliente) a la dinámica de acumulación mundial.
Lo anterior, en caso de aceptarse la generalización de una experiencia histórica como la que aquí se ha relatado, lleva a plantear nuevamente el énfasis que se debe poner en crear las condiciones generales —especialmente en el nivel de las superestructuras políticas— que hagan viable el desarrollo regional o local y por tanto un proyecto nacional basado en la construcción de relaciones sociales horizontales y democráticas.
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[1] También contamos con el concepto de S. Buarque del desarrollo local como un proceso endógeno que se registra en pequeñas unidades territoriales o agrupamientos humanos, capaz de promover el dinamismo económico y la mejoría de la calidad de vida de la población. Para este autor, pese a su fuerte contenido interno, el desarrollo local está inserto en una realidad más amplia y compleja, con la cual se integra y de la que recibe influencias o presiones positivas o negativas (Cit. en Boisier, 1999).
[2] Quiroga era originario de Madrigal de las Altas Torres, en el corazón de Castilla, teniéndose como fecha probable de su nacimiento el año de 1477. Se sabe que su formación era de licenciado en derecho canónico. Probablemente se desempeñó en su juventud como servidor de la diócesis de Granada. Pero con certeza se sabe que por su erudición llegó a ser miembro del cuerpo de letrados que, en el reinado de Isabel y Fernando, remplazó a la nobleza en muchas funciones de la Corte. Hacia 1525 se encontraba en la ciudad africana de Orán, desempeñándose como juez del corregidor de esa ciudad, Alonso Páez de Ribera. Su estancia en la ciudad argelina capacitó en alguna medida a Quiroga para la labor que desarrollaría posteriormente en América; se trataba de una ciudad recientemente conquistada por los españoles, donde las relaciones entre conquistados y conquistadores eran aún muy inestables. Su misión ahí consistió en investigar la actuación de un funcionario previamente enviado por el monarca español, que había ocasionado diversas quejas entre diversos grupos (Warren, 1977: 15 y ss.).También participó en la firma de un tratado de paz entre la corona española y el rey de Tremecén. En Orán, Quiroga adquirió así la experiencia de convivir con una cultura distinta de la ibérica que era la suya. Tras de su estancia en el norte de África, Quiroga regresó a España. Nuevamente en la Corte, comenzó a ser considerado para integrar junto con Sebastián Ramírez de Fuenleal, obispo de Santo Domingo, la Segunda Audiencia novohispana tras conocerse los latrocinios de Nuño de Guzmán y acompañantes. Al arribar a la Nueva España, los nuevos oidores procedieron a liberar de la esclavitud a muchos indígenas y a reivindicar a Hernán Cortés a los ojos del rey.
[3] De la Utopíade Tomás Moro: “Todos, hombres y mujeres, sin excepción, han de aprender uno de los oficios arriba señalados. […] En general, casi todos los niños son educados en la profesión de sus padres. Es algo que llevan en la misma sangre. Pero si alguien se siente atraído hacia otro oficio, es encomendado a otra familia. En tal caso, tanto su padre como el magistrado se cuidan de que sea puesto al servicio de un jefe de familia serio y honesto. Del mismo modo, si alguien especializado en un oficio quiere aprender otro, se le permite hacerlo en idénticas condiciones. Una vez conseguidos los dos, puede ejercer el que más le agrade, a condición, sin embargo, de que la ciudad no necesite más de uno de ellos” (Moro, 1997: 124-125).
[4] El énfasis de Quiroga en la actividad agrícola se corresponde exactamente con la descripción que da Moro de su sociedad utópica, incluyendo la enseñanza obligatoria a los niños de la técnica agrícola. La siembra del doble de la extensión necesaria para el sostenimiento de la comunidad también está tomada de las prescripciones del canciller (Cfr. Moro, 1997: 116-118).
[5] Su autonomía se hacía valer en toda su extensión cuando respondían al virrey Bernardo Gálvez: “[…] el Ylmo. y V. S. Dn. Vasco de Quiroga, fundador del referido pueblo y hospital, y primer dignísimo Prelado que fue de esta Diócesis, consiguió privilegio del Rey Nuestro Señor para que los indios que había congregado para mantenerlos, casarlos y catequizarlos cuando fue oidor de la Real Audiencia de México, no pagaran tributos […] En cuanto al punto que dice su Exa. de que los indios del referido pueblo de Santa Fe, no están sujetos a Corregidor o Alcaldía Mayor, parece ser cierto, pero el que no lo estén a Gobierno juzgo no serlo por ser constante estarlo inmediatamente a la superioridad de los Exmos. Señores Virreyes del Reyno” (Cit. en Serrano, 2001: 227).
[6] Moreno testimoniaba también que “en donde se ha conservado más fresca la memoria del Señor D. Vasco es en los Indios, a quienes se les asoma por el semblante, luego que oyen su nombre, el regocijo interior, y el amor cordial, que le profesan, llamándole siempre Padre Nuestro, porque este respeto, y no otro quiso tener para con ellos” (Moreno, 1998: 161). Y otro de los biógrafos del obispo, Nicolás León, escribía en 1903 en el mismo sentido: “Sabido es que entre los indígenas de la Arquidiócesis, y sobre todo entre los que ocupan las cercanías de Pátzcuaro, está vivo el recuerdo del ilustrísimo señor Quiroga, a quien dan todos el cariñoso nombre de Tata don Vasco; y que, para arrancarles ardientes manifestaciones de ternura, basta pronunciar ante ellos ese nombre legendario. […] El pueblo hospital de Santa Fe de la Laguna, así como los otros hospitales que en casi cada pueblo de indios fundó o mandó establecer, se mantienen con las ordenanzas que él les diera, y los indios cumplen con casi todos los preceptos de religión y beneficencia que en ellas se les marcan […] Los pueblos indios ejercitan todavía las industrias que el ilustrísimo señor Quiroga les señalara, sin excluir por eso alguna o algunas otras que les ayuden en la lucha por la vida (León, 1984: 236250-251).
[7] Ese mundo utópico con el que soñaban los cardenistas —de hecho un socialismo agrario sustentado en los progresos del capitalismo pero que evitara a la sociedad los males que el desarrollo de éste trae consigo— fue bien delineado por Ramón Beteta, subsecretario de Relaciones Exteriores y colaborador cercano del presidente Cárdenas: “Creemos […] que se puede intentar la industrialización de México, inteligentemente, evitando aquellos perjuicios del industrialismo, que son evitables, tales como la aglomeración urbana, la producción para la venta en vez de para el consumo, la inseguridad económica, el desperdicio, la producción de objetos mediocres y la mecanización de los trabajadores. No es éste un sueño imposible, porque los males del capitalismo no estriban en la aplicación de la maquinaria al proceso productivo, sino que se deben a una cuestión meramente legal: la propiedad sobre los implementos de producción […] hemos soñado con un México de ejidos y pequeñas comunidades industriales dotadas con los adelantos de la electricidad y de buenos sistemas sanitarios; comunidades donde la producción tenga como fin la satisfacción de las necesidades humanas; la maquinaria se emplee para liberar al hombre del trabajo rudo, y donde no siendo la producción un fin en sí mismo, jamás pueda ser ‘excesiva’” (Cit. en Hamilton, 1983: 173-174).
[8] Los momentos formadores de una nación convocan e involucran siempre utopías; y Cárdenas, gobernante o ex presidente, vinculó para siempre su nombre a ellas: la reforma agraria, la reivindicación del petróleo. El subconsciente colectivo indígena (lo que Lafaye llama la intrahistoria, el ámbito donde se edifican los mitos) vinculó su imagen a la de don Vasco asignándole el mismo título con que a éste se nombra, Tata, y lo elevó a la misma categoría mítica (Cfr. Lafaye, 1997: 85 y ss.).
*Ponencia al Segundo Coloquio Internacional sobre Desarrollo Local: Sistemas Locales. Capital Social, Redes e Innovación. México, D. F., Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, 30 de mayo-2 de junio de 2007. Publicada con el título “Desarrollo local y proyecto nacional. Retrospectiva de la utopía michoacana”en Rocío Rosales Ortega y Pablo Chauca Malásquez (Coords.), Desarrollo local: teorías, políticas y experiencias, México, D. F., UAM-Iztapalapa/UMSNH/Plaza y Valdés, S. A., 2010.

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