AGUASCALIENTES: PROMESAS Y OMISIONES*

Eduardo Nava Hernández

Es demasiado pronto aún para hacer un balance definitivo de los resultados y alcances de la Convención Nacional Democrática recientemente efectuada en San Cristóbal Las Casas y en el territorio zapatista en Chiapas, cuyas conclusiones y acuerdos, además, sólo se han conocido parcialmente. Pero es preciso reconocer en ella, desde ya, un hecho sin precedentes y, sobre todo, un esfuerzo invaluable en favor de la paz en Chiapas y en el resto del país, lo que no es poca cosa y constituye, seguramente su mérito mayor.

     La Convención mostró con éxito el poder de convocatoria del Ejército Zapatista y sus aliados civiles y el nivel de legitimidad y reconocimiento que aquél ha alcanzado en la sociedad. El que un grupo armado haya establecido esta forma de diálogo, tan distinta de la negociación con un gobierno formalmente instaurado, para diseñar un esquema de pacificación, es algo inédito en América Latina y probablemente en el resto del mundo. En este sentido, la realización misma de la CND y el número de asistentes a ella, provenientes de una amplísima gama de organismos y corrientes ideológicas y de prácticamente todas las entidades del país, representa un logro indiscutible. Uno de los objetivos no declarados pero evidentes de la asamblea, el romper definitivamente el aislamiento del EZLN, se consiguió al parecer plenamente.

     Asimismo, que el EZLN como cuerpo armado haya aceptado —y promovido— como una de las resoluciones más importantes de la Convención subordinar su acción militar a las orientaciones de los organismos civiles carece también de precedentes y es uno de los rasgos más alentadores de la Convención en tanto reunión por la paz.

     Pero, por otro lado, es necesario no dejar de señalar que la propia Convención, debido en parte, sin duda, pero sólo en parte, al breve tiempo en que se organizó y a las difíciles condiciones materiales en que se efectuó (sobre todo en su sesión en la selva) mostró también importantes limitaciones. La representación de los grupos sociales y políticos asistentes fue dispareja y desequilibrada (para decirlo en términos familiares, hubo agandalle); no hubo oportunidad de elegir democráticamente las mesas de debates, y, sobre todo, en los acuerdos no se recogieron ni se consideraron muchas de las propuestas y aportaciones de los delegados asistentes.

     Quienes se sintieron triunfadores en ella, han empezado a festinar la Convención como una derrota para los grupos guerristas y violentos y de la ultra en general; incluyen dentro de ésta a todos los que llevaran posiciones a la izquierda de las corrientes predominantes. En realidad, desde la Convocatoria y los primeros comunicados del EZLN acerca de la Convención, se había anunciado la exclusión de aquellos que optaran por la vía armada, los cuales, de hecho, jugaron en ella un papel muy marginal.

     Pero el problema de fondo en la opción electoral por la que se resolvió en definitiva la Convención no es tanto el arrinconamiento de los minúsculos grupos partidarios de la vía armada, sino la ausencia de un verdadero proyecto de transición basado en los once puntos con que originalmente se levantó en armas el Ejército Zapatista y que son también banderas del conjunto del movimiento social independiente: techo, tierra, trabajo, alimentación, salud, educación, independencia, justicia, libertad, democracia y paz.

     Los acuerdos finales de Aguascalientes —previamente preparados por los organizadores de la CND—, se limitaron en este aspecto a enfatizar la lucha político-electoral, llamando a votar el 21 de agosto contra el partido de Estado y contra el PAN, y a favor de aquel candidato que se comprometa o asuma los resultados de la propia CND. Asimismo, se resolvió con gran vaguedad realizar acciones pacíficas de resistencia civil contra el fraude electoral después del 21 de agosto y convocar a una segunda sesión de la Convención para analizar los resultados de los comicios. Por más rica que haya sido la crítica del régimen antidemocrático actual, en última instancia, la amplia temática del llamado gobierno de transición —la más debatida en San Cristóbal y Aguascalientes— se sintetizó en un llamamiento a que “el candidato vencedor (¿también Zedillo o Fernández de Cevallos?) asuma y acate los resolutivos de la CND, principalmente el de convocar a la integración de un Congreso Constituyente” (ver La Jornada, 10 de agosto, pág. 19).

     En suma, el alcance de los acuerdos políticos de la CND no va más allá del 21 de agosto o de la coyuntura inmediata poselectoral. Políticamente, estuvo ausente un proyecto de transición sustentado en convertir a las organizaciones sociales en protagonistas del cambio (la Convención es para los sin partido, había dicho en algún momento Marcos), y no en los partidos. Es increíble, por ejemplo, que entre los acuerdos de la CND no se haya incluido el apoyo explícito al movimiento campesino e indígena de Chiapas organizado en el CEOIC, que se encuentra actualmente sometido a fuertes tensiones y enfrentado con los ganaderos y latifundistas de la región.

     La apuesta toda de la Convención, en cambio, se puso al triunfo de un impreciso candidato capaz de asumir sus resolutivos (aunque ninguno se haya comprometido explícitamente con ellos) o a la movilización cívica contra el fraude que, de por sí, en su caso, harán los partidos políticos.

     El Aguascalientes de 1994, se ha dicho también, fue un pacto para lograr el cambio de régimen político entre el zapatismo (o neozapatismo) y el movimiento cívico maderista que representaría la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas (Julio Moguel, “El pacto de Aguascalientes“, La Jornada, 13 de agosto). Pero la asistencia a la Convención de Chiapas fue, indudablemente, mucho más amplia que la corriente perredista o cardenista, y ese pacto podría revertirse en contra del esfuerzo más importante de unificación de las izquierdas mexicanas si, de alguna manera, llega a implicar la subordinación de la CND a la dinámica partidaria de lucha por el poder. Y no porque ésta sea ilegítima, sino porque debe tener su propio cauce y no interferir con un esfuerzo amplio de unificación y frente amplio social en que están participando organizaciones de diversa filiación partidaria y sin partido, ONGs e intelectuales no necesariamente comprometidos con una candidatura.

     Al propio Ejército Zapatista, que se ha declarado como un mero componente más de la Convención, así como a todo el espectro de fuerzas autónomas que participaron en la CND, no les conviene en modo alguno aparecer como brazo armado o político del movimiento cardenista ni sujetar su programa —que es una verdadera bandera de lucha social— al resultado de la elección. El zapatismo original fue en su inicio, en 1910, una base de apoyo regional del movimiento liberal encabezado por Madero, con el cual rompió para constituirse luego en una fuerza autónoma y nacional con su propio programa de reivindicación social frente a todas las fracciones de la burguesía y sus sucesivas expresiones políticas en el gobierno de la nación. No podría el nuevo zapatismo chiapaneco, habiendo nacido como un movimiento independiente capaz de constituirse en polo de atracción de un amplio sector de las clases populares, recorrer el camino inverso, subordinando su proyecto social a otras fuerzas; ni siquiera a la fracción democratizadora de la burocracia política nacional que representan Cárdenas y el PRD.

     La Convención de Aguascalientes, Chiapas, ha sido, por lo pronto, un hecho indudablemente histórico, un monumental, noble y paradójico testimonio de las necesidades y aspiraciones de unificación y autonomía del movimiento social mexicano, y un aporte real a la paz y la democratización. Pero ha de verse, apenas, como el inicio de un camino de encuentros y posibles desencuentros que hay que recorrer hasta el final, porque no todo está resuelto. Al movimiento chiapaneco le cabe el mérito indiscutible de haber abierto ese camino, haber reinstalado a las clases populares como protagonistas del proceso social y dotarlas de un escenario para el debate y la unidad. La nave va, y su cargamento es demasiado importante y trascendente para las izquierdas como para permitir que naufrague. Hay que hacerla llegar a buen puerto.

Morelia, Mich., 14 de agosto de 1994.

*Artículo publicado en el diario Cambio de Michoacán, 23 de agosto de 1994.


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