XXXII ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO DE NATALIO VÁZQUEZ PALLARES*

Eduardo Nava Hernández

La Revolución Mexicana fue no sólo un vigoroso movimiento social, y particularmente popular, que buscó cambiar desde su estructura a la sociedad mexicana. Fue también una fuente de pensamiento social que perduró o ha perdurado mucho más allá de su fase armada o de lucha por el poder estatal. Ese surtidor de pensamiento crítico, no menos pujante que la movilización social, inició aun antes que ésta, con la publicación en 1906 del Programa del Partico Liberal redactado por Ricardo Flores Magón y sus compañeros de lucha; con documentos de denuncia social como Los grandes problemas nacionales de Andrés Molina Enríquez, los escritos agraristas de Winstano Luis Orozco y, por supuesto, La sucesión presidencial, de Francisco I. Madero. Durante el desarrollo del conflicto, el Plan de Ayala zapatista, el Programa de Reformas Económico-sociales de la Soberana Convención Revolucionaria y el Congreso Constituyente de 1916-1917 le dieron su máxima expresión ideológica y jurídica al programa social de la misma Revolución.

Es esa fuerza político-ideológica lo que explica que no sólo quienes participaron directamente en la lucha revolucionaria sino aun quienes pertenecieron a las generaciones subsiguientes contaran con un faro guía para darle dirección a las luchas sociales. Una generación de intelectuales y políticos que por razones de edad no tomaron directamente las armas entre 1910 y 1920, fueron sin embargo capaces de traducir a un nuevo lenguaje y a nuevas formas institucionales las aspiraciones sociales que aquella lucha reflejaba. Correspondió primero a políticos como José Vasconcelos, Lázaro Cárdenas, Manuel Gómez Morín, Vicente Lombardo Toledano, Daniel Cosío Villegas y Narciso Bassols, entre otros, encabezar la etapa constructiva de las nuevas instituciones posrevolucionarias. Más adelante, la estafeta la tomarían quienes, nacidos durante la lucha armada o muy poco antes, tuvieron en el proceso revolucionario una poderosa fuente de pensamiento y de inspiración literaria y política: Jaime Torres Bodet, Octavio Paz, Alfonso García Robles, José Revueltas, y también Natalio Vázquez Pallares.

Como ellos, Natalio logró por méritos propios destacar en la política y en el debate ideológico. Desde muy joven, desde su etapa como estudiante, dio evidencias de una sólida formación intelectual y de una notable firmeza de carácter.

No disponemos de muchos datos que aporten luz acerca de cómo se formó la conciencia de don Natalio en sus días de infancia y primera juventud. Acunado en una familia acomodada, su hija nos dice que desde los diez años de edad, siendo monaguillo en su pueblo natal, formó un círculo de estudios para discutir si Dios existía o no, y que durante una inundación se lanzó a las aguas del río para salvar una bandera nacional que había caído a la corriente. No son elementos suficientes para interpretar el proceso de integración de un pensamiento coherente como el que siempre lo caracterizó. En ello tiene que haber influido el ambiente general de la fase posrevolucionaria, en que se debatían la reforma agraria, las relaciones entre el Estado y la Iglesia, los derechos del trabajo, la educación, la potestad de la nación sobre sus recursos naturales. El vendaval de la revolución no terminaba y, para los jóvenes impetuosos que la habían sufrido pero no protagonizado era imperioso profundizar su acción y concluir las tareas sociales que los revolucionarios se habían trazado.

Es probable que en esa formación del intelectual nicolaita haya incidido el breve pero intenso periodo de gobierno radical del general Francisco J. Múgica en Michoacán y su defenestración por la voluntad presidencial de Álvaro Obregón; y más adelante, el reencauzamiento reformador del joven gobernador Lázaro Cárdenas. Cuando éste pasó a ocupar la gubernatura michoacana, Vázquez Pallares se adentraba en la adolescencia y se disponía a estudiar el bachillerato en el Colegio de San Nicolás, forjador de hombres ilustres y de un pensamiento crítico radical. Probablemente lo más decisivo de su formación se dio sobre esos dos ejes: la experiencia local cardenista y la pertenencia a la comunidad nicolaita.

Sus estudios como jurista, en la Universidad Michoacana y en la de Guadalajara, deben haber completado esa formación intelectual en la que el Derecho no habría de ser sino un instrumento para la reivindicación de los débiles de la sociedad, de los postergados que ni con la revolución misma habían encontrado satisfechas sus aspiraciones mínimas de alcanzar una vida mejor y más digna. No dudó Vázquez Pallares en encuadrarse dentro de la corriente más radical del pensamiento de la Revolución Mexicana, como lo muestra el haber fundado, en la Universidad de Guadalajara, el Frente de Estudiantes Socialistas de Occidente, FESO, y luego la Federación de Estudiantes Socialistas de México. Correspondía esta denominación al espíritu y a la letra del artículo 3º constitucional, reformado en 1934 para definir el proceso educativo precisamente así, como socialista.

De regreso a Morelia, obtuvo el título de licenciado en febrero de 1938, y casi un año después fue designado por el gobernador Gildardo Magaña rector de la Universidad Michoacana, como un reconocimiento al hecho de ser uno de los principales impulsores, junto con los maestros Jesús Díaz Barriga y Enrique Arreguín, de la reforma universitaria a la que él, ya instalado en la rectoría, convirtió en una nueva Ley Orgánica para la institución. Esa ley recoge en su exposición de motivos no sólo el ideario de la reforma socialista al artículo 3º, sino también los principios del socialismo de Marx y Engels, y plantea que “la cultura no es una finalidad en sí misma, sino un instrumento al servicio de la colectividad y en especial de la clase trabajadora”. En consecuencia, buscó dar al gobierno universitario una estructura democrática en la que participaran de manera paritaria, por una parte, los profesores y autoridades, y los estudiantes por la otra. Llama la atención en nuestros días que en esa norma se estableciera entre los requisitos para ser rector o director de una escuela o facultad, además de los convencionales de contar con título universitario y otros, el sustentar “una reconocida ideología socialista”. Esta ley era, en palabras de Vázquez Pallares, la contribución de los michoacanos “a un hecho trascendental: la creación de la Universidad Socialista, como un tributo a la Revolución Social de México”.

Como rector fundó también, en 1940, la Universidad de Primavera “Vasco de Quiroga” que proyecto a la universidad michoacana como uno de los centros de difusión del pensamiento avanzado no sólo a escala nacional sino internacional.

Después de una breve estancia al frente de la universidad, Vázquez Pallares inició una intensa carrera como político y servidor público: procurador de Justicia del Estado entre 1940 y 1943, y abogado de Pemex en Coatzacoalcos, Veracruz; y luego como legislador, posición que le dio notoriedad fuera de Michoacán: diputado en la XLI Legislatura del Congreso de la Unión entre 1949 y 1952, y como senador de la República de 1958 a 1964. En el ínterin, sirvió al gobierno de Dámaso Cárdenas del Río en Michoacán como jefe del Departamento de Profesiones del Estado y como consultor jurídico. Fue también secretario particular de Javier Rojo Gómez en la Confederación Nacional Campesina y, durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, embajador de México en la República de Yugoslavia y director gerente el Banco Nacional de Crédito Agrícola. En la década de los setenta fue sucesivamente consejero del Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización, oficial mayor de la CNC, subdirector general del Fondo Nacional de Fomento Ejidal, coordinador del Cuerpo Consultivo agrario de la Secretaría de la Reforma Agraria, asesor de la Comisión Coordinadora para el Desarrollo Agropecuario del Distrito Federal y director del Centro de Estudios Históricos del Agrarismo en México.

Pero esa amplia trayectoria dentro de los gobiernos estatal de Michoacán y federal no debe hacernos olvidar su permanente presencia en las filas del cardenismo. Particularmente, fue un militante declarado y entusiasta de la Conferencia Latinoamericana por la Soberanía Nacional, la Emancipación Económica y la Paz impulsada por el general Cárdenas y por otros destacados luchadores e intelectuales nuestramericanos, y que dio origen en México al Movimiento de Liberación Nacional.

Esa militancia por convicción le costó a Vázquez Pallares y a muchos cardenistas que veían en él a un digno representante el que el presidente López Mateos le cerrara el camino a su precandidatura en pos de ocupar el gobierno de Michoacán en 1962, y prefiriera romper la cadena de gobernantes de origen cardenista en el Estado designando como candidato oficial a alguien por completo ajeno a esta corriente, el licenciado Agustín Arriaga Rivera.

De su etapa como diputado federal hay que rescatar particularmente uno de los aspectos de mayor vigencia en su pensamiento: la denuncia que desde la tribuna y desde una serie de artículos periodísticos publicados en 1952 del intento del gobierno de Miguel Alemán de abrir el sector petrolero al capital extranjero a través de los llamados contratos de riesgo, que el coalcomanense veía como abiertamente inconstitucionales.

Hoy, el gobierno de la República insiste en que la modernización del sector energético, y particularmente de la industria petrolera supone necesariamente la apertura a la inversión privada, seguramente mediante alguna figura jurídica de asociación, y que Pemex, la empresa petrolera nacional, no se privatizará, que seguirá siendo patrimonio de los mexicanos. Pero el dilema actual no es que se pongan en venta los activos de Pemex: bombas, ductos, depósitos de combustibles, transportes, etcétera (algunos de ellos incluso obsoletos), sino de que la asociación abra el sector a la inversión extranjera. Lo que está en riesgo de extranjerización no es Pemex, sino el petróleo mexicano, la industria petrolera. En 1952, Vázquez Pallares tenía esto perfectamente claro cuando escribía: “El propósito evidente de Petróleos Mexicanos de enajenar nuestra riqueza petrolera, entregándola paulatinamente en manos extranjeras se revela, sin lugar a dudas, en el trato que da a compañías mexicanas perforadoras, a las que sí se hace cumplir con la Ley pagándoles por metro perforado o por pozo terminado, en tanto que a las compañías norteamericanas se les entregan estructuras perfectamente localizadas y probadas, se les paga con petróleo el capital invertido y se les regala el quince por ciento de la producción total del pozo por un periodo de 25 años. […] La producción total de petróleo extraído por los contratistas norteamericanos, hasta la fecha, ha quedado en manos de éstos. Ni un barril ha recibido Petróleos Mexicanos”[1].

La crítica pública de la inconstitucionalidad y ausencia de patriotismo de la principal empresa pública del país, que provenía nada menos que del presidente de la Comisión de Petróleo de la Cámara de Diputados y que se acompañó de una denuncia ante la Procuraduría General de la República, surtió el efecto de frenar los contratos de riesgo, de los que no se volvió afirmar ni uno más. Se acortó el plazo de su vigencia y no sólo no fueron renovados, sino que se introdujo una modificación al artículo 27 constitucional prohibiendo expresamente su existencia[2]. Hoy es posible también, conforme al ejemplo que Vázquez Pallares dejó, que la acción ciudadana y la opinión pública frenen el intento de desnacionalizar la industria petrolera, en el que diversas empresas estadounidenses, británicas y españolas tienen un particular interés.

No debería dudarse que, de vivir en nuestros días, Natalio se pondría abiertamente en oposición a ese proyecto, ni que celebraría y apoyaría activamente, en congruencia con las posiciones antiimperialistas que siempre manifestó, particularmente como presidente del Movimiento Mexicano por la Paz, las políticas de nacionalización de los recursos naturales en diversas naciones de Nuestra América, como Venezuela, Bolivia y Ecuador.

La obra política toda de Natalio Vázquez Pallares muestra una particular congruencia, que obedece a su inscripción dentro de un proyecto de nación claramente definido. Muchos lo han llamado nacionalismo revolucionario. El general Cárdenas prefería denominarlo “el proyecto social de la Revolución Mexicana”, del que, sin vacilación, él mismo llegó a convertirse en el máximo exponente. Fue un proyecto nunca cabalmente realizado a pesar de encontrarse enraizado en las diversas luchas sostenidas a lo largo de varios siglos por las masas populares de México, pero que tuvo su momento de mayor vigencia durante el periodo presidencial del propio Cárdenas, el periodo en que Vázquez Pallares ingresó de lleno a la política, primero local de Michoacán y ulteriormente nacional.

El cardenismo concibió y puso fugazmente en práctica un desarrollo nacional, inspirado en la Constitución de 1917, sobre la base de la autonomía económica, el rescate y reivindicación de sus recursos naturales para la Nación, la extensión de la educación a las masas trabajadoras, la reivindicación de la tierra para sus legítimos y ancestrales propietarios, que la trabajan como decía Zapata, “con sus propias manos”; la acción justiciera del Estado como representante de las mayorías trabajadoras y garante de sus derechos, y un papel activo de la nación en la construcción de un orden nuevo en las relaciones internacionales.

No entro aquí a discutir la naturaleza política del socialismo denotado en el proyecto social de la Revolución Mexicana, que en distintos momentos Cárdenas, Alvarado, Múgica, Jara y otros ideólogos subrayaron. Tampoco puedo extenderme aquí a propósito de los vínculos que para Vázquez Pallares eran evidentes, entre ese proyecto nacional y el pensamiento universal del marxismo. Hay que “nacionalizar el marxismo”, señalaba, lo que para él significaba “sumergirnos en la historia y geografía mexicanas; recobrar la tradición de lucha de las masas populares y de sus grandes conductores; aprender de sus gestas victoriosas como de sus derrotas”[3]

Destacaré tan sólo que ese proyecto nacional era heredero de las contiendas comunales contra la privatización de la tierra; de las huelgas de mineros y trabajadores fabriles que dieron raigambre y un perfil propio al proletariado mexicano; de las luchas contra las intervenciones extranjeras en el siglo XIX y durante la Revolución. Más allá, era descendiente de la utopía fundada en el siglo XVI en Michoacán por el obispo Vasco de Quiroga, que el cardenismo asumió como inspiración social y raíz profunda para un proyecto autónomo de nación.

La impronta que ese programa de lucha social dejó en varios de los mejores exponentes de su generación parece haber sido una marca a fuego en la piel de quienes vivieron esa etapa como días de vértigo y de tempestad. Pero las condiciones que habían hecho posible el florecimiento del cardenismo desaparecieron con el nuevo orden mundial de la posguerra, dominado por la reafirmación de la hegemonía de los Estados Unidos y la guerra fría. La internacionalización del capital recuperó los bríos que había perdido entre la Gran Crisis y la Segunda Guerra Mundial, y se impuso por doquier como proyecto único y excluyente, con la complacencia de burguesías criollas y gobiernos cipayos. Nunca más un proyecto auténticamente nacional volvería a desplegarse en México, aunque por varias décadas aquél, el cardenismo, siguió presente y batiéndose en defensa de sus principios fundamentales. Ahí estuvo siempre Natalio Vázquez Pallares, uno entre varios de los destellos —ciertamente, de los más brillantes— con que ese proyecto se resistía a desaparecer ante el empuje del imperialismo rampante.

Hoy, 26 de marzo, la nación conmemorará el centenario del Plan de Guadalupe expedido en Coahuila por Venustiano Carranza y un puñado de sus colaboradores, casi todos jóvenes, entre los que se encontraban Jacinto B. Treviño, Lucio Blanco Cesáreo Castro y el michoacano Francisco J. Múgica. Vale la pena recordar que fue ésa la primera respuesta organizada al cuartelazo orquestado desde la embajada estadounidense y la Secretaría de Guerra a cargo de Victoriano Huerta, que derrocó al gobierno del presidente Francisco I. Madero. Un poco después, desde el lado popular, esa respuesta se concretaría en la formación de la División del Norte, cuyo centenario también nos preparamos a celebrar. Pero vale la pena también recordar que ese mismo año había nacido en Coalcomán, Michoacán, Natalio Vázquez Pallares, que hizo de la Revolución Mexicana su guía a lo largo de toda su vida, y cuyo fallecimiento se dio, por mera casualidad, pero dándonos ocasión para evocarlo en su contexto, en la misma fecha del Plan de Guadalupe.

 Natalio murió, pese a su larga trayectoria en el servicio público, sin haber acumulado riquezas y en una situación personal y familiar más bien modesta. Ni el poder, ni el dinero ni la religión; eran otros sus valores y otras sus utopías. La vida de Natalio Vázquez Pallares y su pensamiento siguen y seguirán siendo ejemplares para las nuevas generaciones. Fue la suya una de esas trayectorias que se anclan y se resumen en los tres elementos que, como decía Wilhelm Reich, estando en el origen de nuestra existencia, son también los que debieran gobernarla: el amor, el trabajo y el conocimiento.

Morelia, Michoacán, 26 de marzo de 2013.


[1] Natalio Vázquez Pallares, En defensa de nuestro petróleo. Artículos periodísticos de 1952 denunciando una conducta antimexicana. Segunda edición. Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 1994. Págs. 25, 28. (La primera edición apareció en 1979 publicada por la Editorial Solidaridad.)

[2] Antonio Gershenson, “Prólogo” a Ibidem.

[3] Citado en Verónica Oikión: “1962, una campaña fallida”. Mario Alberto Nájera Espinoza, Verónica Oikión Solano y Gerardo Sánchez Díaz (Edits.), La Nación dueña de su destino. Vida y Obra de Natalio Vázquez Pallares. Guadalajara, Jal., Universidad de Guadalajara/El Colegio de Michoacán/Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2007. P. 73.

*Discurso en la ceremonia conmemorativa del fallecimiento de Natalio Vázquez Pallares.


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