LA HUELLA DEL CARDENISMO EN LA CULTURA Y LA POLÍTICA DE MICHOACÁN, 1928-1990*
Eduardo Nava Hernández
Introducción
La significación más común asociada al término cardenismo es la del periodo 1934-1940 en el que el general Lázaro Cárdenas ocupó la presidencia de la República y realizó un programa reformador sin precedentes en la historia mexicana: consolidación del presidencialismo; apoyo a la organización autónoma de los trabajadores; reforma agraria en una medida inédita; política exterior de avanzada en defensa de la autodeterminación nacional de Abisinia, Austria y Checoslovaquia, de la República Española y del derecho de asilo actualizado en los casos de León Trotski, de los republicanos españoles y de otros perseguidos por el fascismo y el nazismo; rescate de la riqueza petrolera para la nación; educación socialista extendida a los grupos populares; infraestructura y servicios a los sectores marginados y reorganización desde las bases del partido del régimen incorporando a las masas a través de sus organizaciones sociales[1].
En otros términos, el cardenismo ha sido visto también como una corriente o grupo político que, desde el ala izquierda del sistema político, impulsa y defiende el nacionalismo y el legado ideológico de la Revolución Mexicana, siempre en vinculación más o menos directa con la figura del general Cárdenas[2]. En una acepción más cercana a lo que el propio general Cárdenas hubiera aceptado como legítimo, el cardenismo ha sido visto como una expresión política de la ideología de la Revolución Mexicana[3].
Lo que tales perspectivas tienen en común es subrayar el aspecto político-estatal del cardenismo, su vinculación con la institución presidencial o el partido del régimen. Pero existe también una visión del cardenismo para la que el cardenismo expresa, ante todo, un imaginario colectivo compartido por amplios grupos sociales, que representa un haz de percepciones y sentimientos populares que van del respeto y la admiración, pasando por el orgullo nacional, a la esperanza y que contribuye a formar una determinada forma de cultura política. Para Adolfo Gilly, por ejemplo, el cardenismo es “una ideología nacional radical que, en sus sucesivas transformaciones, cubre ya más de la mitad de este siglo [veinte] y en la cual se destilaron y condensaron los diversos movimientos revolucionarios o reformadores provenientes del pueblo y los proyectos e ideas en que una parte de sus intelectuales, de la inteliguentsia, expresó esos pensamientos por todos recibidos, creados o compartidos. […] esa ideología nacional responde a un sentimiento de solidaridad y a un sentimiento de justicia. No se hizo en los libros o en la palabra escrita, se formó y se sedimentó en la historia[4].
Se trata aquí de responder a la interrogante de si, más allá de las mencionadas reformas operadas desde la esfera del poder público, el cardenismo introdujo modificaciones duraderas en los estilos de hacer y participar en la política; y la región michoacana, por tratarse de la región natal del general Cárdenas y por la vinculación particular que éste tuvo de diversas maneras en prácticamente todas las etapas de su vida con ella, se presenta para ese propósito como idónea e ineludible. La permanencia del cardenismo desborda los linderos de la biografía de un personaje o de su grupo, por más que aquél se haya constituido en la referencia central de un tiempo, de un sentir colectivo y de una forma de entender a la nación.
Veneros
Para entender esa visión del cardenismo como elemento de identificación popular y componente de la cultura regional será necesario rastrear sus orígenes en la propia historia local. Lo que hoy conocemos como cardenismo viene a sintetizar dos de las ramas actuantes dentro de la Revolución. Por una parte, una tendencia política que se inscribe dentro de una tradición de movilizaciones y luchas populares y sobre todo agrarias, que se remontan, por lo menos, al periodo del porfiriato y que se expresó en Michoacán de modo a veces acre, a veces explosivo, durante la Revolución. Por otro lado, lo que podemos denominar un jacobinismo intelectual fraguado también en la lucha contra la dictadura porfirista desde los centros urbanos y que, en ocasiones tuvo su foco en instituciones como el Colegio de San Nicolás de Hidalgo, en Morelia.
Entre otras experiencias, deben incluirse en el inventario de los combates precursores de la rebelión campesina del siglo XX, la resistencia de los pueblos y comunidades de Taretan, Huetamo y Churumuco al fraccionamiento de sus tierras en el último tercio del siglo XIX[5]. A lo largo del conflicto armado de 1910–1920, en la región de Zamora, la reactivación por el líder Miguel de la Trinidad Regalado de la antigua lucha de la comunidad de Atacheo por recuperar sus tierras durante la revolución maderista. En esa misma etapa en Jiquilpan los comuneros reclamaron la restitución de tierras ocupadas por la hacienda de Guaracha. Entre 1912 y 1919 el abogado indígena Joaquín de la Cruz, originario de Naranja, encabezó junto con otros líderes de la región de Zacapu la lucha por recuperar las tierras ocupadas por las haciendas de Cantabria, Copándaro, Tariácuri, Bellas Fuentes y Buena Vista.
En 1919 Joaquín de la Cruz fue asesinado, pero al año siguiente su sobrino Primo Tapia de la Cruz regresó de los Estados Unidos para encabezar el movimiento agrarista en la región y fundar en 1922 la Liga de Comunidades Agrarias y Sindicatos Campesinos de Michoacán, que logró una importante presencia en la región lacustre y la Meseta y logró la dotación de tierras para Naranja, Tiríndaro, Tarejero y Villa Jiménez.
El jacobinismo radical, por su parte, tuvo sus antecedentes en el siglo XIX y en especial en la etapa de la Reforma —cuya principal figura local fue sin duda Melchor Ocampo; pero también se expresó en personajes como los gobernadores Epiatacio Huerta y Justo Mendoza, y el general Vicente Riva Palacio, y resurgió con particular vigor a lo largo de la Revolución Mexicana. Entre los precursores de ésta en la región deben considerarse a personajes como Donaciano Carreón, Francisco Múgica Pérez y su hijo, el luego general Francisco J. Múgica Velázquez, y los hermanos Gildardo y Conrado Magaña, todos ellos influidos ideológicamente por el magonismo. Y en el Colegio de San Nicolás se forjó una corriente también revolucionaria representada por Isaac Arriaga, Sidronio Sánchez Pineda, Pascual Ortiz Rubio y José Valdovinos Garza, entre otros.
Sin duda la experiencia local más relevante de ese jacobinismo fue el breve gobierno de Francisco J. Múgica, entre septiembre de 1920 y marzo de 1922. Múgica entró al palacio de Gobierno llevado por guardias agraristas y amparado por el comandante de la zona militar, el joven general Lázaro Cárdenas. Enfrentó a los grupos conservadores, designó al socialista Isaac Arriaga como jefe de la Comisión Agraria que inició el reparto de tierras, y entregó armas a diversos grupos campesinos para que actuaran contra las guardias blancas de los hacendados y los bandidos que aún actuaban en la región. Promulgó la Ley del Trabajo en el Estado que reconocía el derecho de los trabajadores agrícolas a organizarse en sindicatos, establecía reglamentos para proteger a las mujeres y niños y estipulaba la naturaleza y funciones del trabajo de los medieros y peones agrícolas. Destinó la mitad del presupuesto a la instrucción popular e incrementó sensiblemente el número de escuelas, de profesores y de alumnos de educación básica.
Aunque el gobierno de Múgica se desplomó ante la embestida que contra él lanzó el presidente Obregón a lo largo de 1921 y 1922, dejó tras de sí un cúmulo de dirigentes y cuadros políticos que, junto con los de la Liga de Comunidades Agrarias, constituían ya una importante base político social, pero carente de centralización y de conducción a escala estatal. El arribo del general Cárdenas al gobierno estatal en 1928, impulsado por las fuerzas locales y con el beneplácito del presidente Calles, dio la ocasión para que las dos vertientes (derrotadas políticamente en ese momento) volvieran a expresarse en el escenario local e impulsaran el programa de reformas que, con la defenestración de Múgica y el asesinato de Primo Tapia en 1926, había quedado irresuelto.
Ligaduras
Los antecedentes del gobierno cardenista explican las favorables condiciones que hicieron posible no sólo el arribo del general Cárdenas al gobierno estatal de Michoacán en 1928 sino la facilidad con la que logró construir una fuerza social de apoyo. En enero de 1929 convocó a un congreso obrero-campesino en Pátzcuaro, en el que se fundó la Confederación Michoacana Revolucionaria del Trabajo (CRMDT). Esta organización de masas le permitiría impulsar la reforma agraria en el Estado, asignando por dotación o restitución 141 mil 663 hectáreas a 15 mil 753 campesinos de 181 poblados[6]. Estas cifras son notables ya que, si bien en la primera etapa de su gobierno Cárdenas coincidió con el gobierno de Emilio Portes Gil, que intentaba revitalizar el reparto agrario, el arribo de Pascual Ortiz Rubio al poder Ejecutivo de la República representó un retroceso para el agrarismo, pues se aplicó la política pragmática dictada por el Jefe Máximo, que veía incompatible la ampliación y profundización del reparto con la búsqueda de la productividad agrícola en el país.
La industrialización se impulsó mediante el decreto de enero de 1929 que declaraba de interés público el establecimiento de nuevas industrias y el desarrollo de las ya existentes, eximiendo hasta de un 75 % de impuestos a las nuevas empresas. En materia laboral, el gobierno cardenista fijó el domingo como día de descanso semanal obligatorio y eliminar la arbitrariedad de que fuera el patrón quien unilateralmente determinara el asueto de sus trabajadores. Los sindicatos obtuvieron la cláusula de exclusión. También se modificó el artículo 243 de la Ley para otorgar facultades ejecutivas a las Juntas de Conciliación y Arbitraje en los casos en que los patronos se negaran a acatar los laudos[7].
En el terreno educativo es acaso donde el avance de la política cardenista fue más sensible. A la educación se canalizó entre el 34 y el 40 por ciento del presupuesto estatal durante cada uno de los cuatro años de gobierno del general Cárdenas. Se elevó de 782 a 1 254 el número de escuelas públicas en todo el estado; las rurales pasaron de 175 a 452, es decir, más de la tercera parte del total. A través del decreto número 5, el gobierno estatal asumió la instrucción pública y la enseñanza normal en 1930, dejando sólo la preparatoria y profesional en manos de la Universidad Michoacana. En las poblaciones más importantes se establecieron jardines de niños, y en las empresas fabriles más grandes, haciendas y ranchos se crearon 326 escuelas “Artículo 123” para los hijos de los trabajadores. Se fundaron internados “Hijos del Ejército” en Morelia y Pátzcuaro; en esta última población se estableció también una escuela técnica industrial para indígenas, a la que se agregaron otras en Coalcomán y Paracho. La población escolar aumentó a 74 129 niños distribuidos de la manera siguiente: 39 339 en escuelas oficiales, 27 917 en escuelas rurales particulares y 6 873 en escuelas particulares urbanas[8].
Más allá del avance cuantitativo, el gobierno cardenista buscó convertir a la educación en un vehículo de transformación social. La acción educativa se orientó en lo esencial a apoyar el reparto agrario y las medidas complementarias del estado, modificando la mentalidad de la población campesina ante el cambio; pero también buscó mantenerla dentro de los límites de la reforma social planteada por el estado posrevolucionario. La expansión del sistema educativo fue acompañada con la profundización de su aspecto ideológico y la difusión de las llamadas misiones culturales, que se dirigían hacia las zonas de menor desarrollo y localidades de población indígena: Pátzcuaro, Paracho, Coalcomán, Maravatío, Parácuaro, Tlalpujahua, Zinapécuaro, Jacona, Zamora, Tacámbaro, Zitácuaro o Huetamo.
El paradigma educativo priorizó la preparación tecnológica y aplicada a la producción, así como la educación especial indígena. En 1929 se fundaron la Escuela Industrial Indigenista en Pátzcuaro y la Escuela Industrial para Mujeres en Morelia, que vino a agregarse a la Técnica Industrial Álvaro Obregón, fundada un año antes. La Central Agrícola de La Huerta, fundada por el gobierno de Calles en 1926, se transformó en Escuela Regional Campesina, orientada a impartir cursos prácticos de agricultura, ganadería, industrias y cooperativismo. Esos cursos debían ser de corta duración (dos años), con el propósito de no desarraigar a los estudiantes de sus regiones y que volvieran a éstas a aplicar sus conocimientos.
La extensión de la educación básica, secundaria y técnica se vio complementada por el apoyo del gobernador a la Universidad Michoacana, con la que estableció una relación de colaboración muy estrecha. Apoyó la formación de la primera Casa del Estudiante, el establecimiento del servicio social obligatorio para los estudiantes y, en 1932 la fundación de la Federación de Profesores del Colegio de San Nicolás de Hidalgo. La Universidad Michoacana aportó mucho del trabajo intelectual para la elaboración, durante el gobierno local cardenista, de la tesis de la enseñanza socialista, que luego sería llevada a rango constitucional. Los intelectuales universitarios se convirtieron así, junto con los militares, campesinos y maestros, en el cuarto pilar en el que se apoyó el gobierno cardenista en Michoacán y, más allá, en un eficiente equipo que continuó operando durante el período del general de Jiquilpan en la Presidencia.
Ya en la presidencia de la República, el general Cárdenas mantuvo su atención a su Estado natal. Entre 1935 y 1940 se continuó con el reparto agrario con 980 resoluciones presidenciales, que implicaron la distribución de 982 630 hectáreas para 70 254 campesinos solicitantes. El 9.8 % de las acciones agrarias realizadas en el país a lo largo del mandato cardenista tuvo lugar en Michoacán. Entre las afectaciones más importantes deben contarse las de la hacienda de Guaracha, en la Ciénaga de Chapala y de las dos haciendas más productivas y tecnificadas del Estado, las de Lombardía y Nueva Italia. En esta última se constituyó el ejido colectivo más grande del país a partir de la expropiación a la familia italiana Cusi. Tanto en Guaracha, en 1935, como en las propiedades de los italianos en julio de 1938 se dotó a los ejidatarios no sólo de las tierras sino del equipamiento completo —maquinaria, equipo, sembradíos, huertos, caballerizas, ganado— para garantizar la productividad de las empresas; a pesar de que ambos proyectos ejidales fracasaron al cabo de algunos años, fueron actos de audacia que demostraron palmariamente el compromiso del general con la radicalización del proceso agrario. A través de la expropiación y reparto de las haciendas más productivas, que hasta entonces parecían intocables, se establecía una alianza duradera entre el Estado nacional encabezado por el cardenismo y la clase campesina, la más numerosa del país. No se trataba sólo de modificar la forma de propiedad sino de fincar una nueva base de relaciones sociales en el campo, donde el papel del Estado sería determinante. La relación directa entre las masas y el estado se establecía no sólo a través de la dotación agraria sino del crédito y la asesoría a la producción, la organización corporativa de trabajadores y campesinos y la atención a los servicios públicos, particularmente la educación, que ya como gobernador el general Cárdenas había fortalecido. El ejido colectivo sería la célula de la sociedad diseñada por lo que Cárdenas y los suyos llamaban el proyecto social de la Revolución Mexicana[9].
La empresa educativa se sustentó en la ideología de la educación socialista.[10]. Desde luego, el esfuerzo gubernamental se centró en ampliar la cobertura de la educación, particularmente de la instrucción elemental[11]. Los planteles no se limitaban a impartir la alfabetización sino, de acuerdo con la tesis de la educación socialista, cumplían una diversidad de tareas que iban desde la organización y mejoramiento del proceso productivo hasta la “desfanatización”, pasando por la promoción de fiestas cívicas, campañas antialcohólicas y la difusión de expresiones varias de la doctrina socialista. Se fundaron en el Estado normales rurales —la más importante de ellas la de Tiripetío— y escuelas regionales campesinas, que vinieron a sustituir a las escuelas centrales agrícolas del periodo anterior. La tarea educativa se complementaba con la labor de misiones culturales, integradas mayormente también por profesores, que difundían las expresiones de la cultura popular, y la capacitación para el trabajo y el extensionismo rural.
Asimismo, el gobierno cardenista impulsó como ninguno otro antes, el indigenismo como un factor cultural fundamental de la nación mexicana. En el periodo 1934-1940 se inició la exploración y recuperación del centro ceremonial de Tzintzuntzan, el más importante de la cultura tarasca. Se organizó el Primer Congreso Indigenista Latinoamericano, reunido en Pátzcuaro en abril de 1940, y se impulsó, a través del Departamento de Asuntos Indígenas, dirigido por Luis Chávez Orozco, la Primera Asamblea de Filólogos y Lingüistas, de la que salió una estrategia para la alfabetización bilingüe diseñada por el filólogo estadounidense Morris Swadesh y ensayada en las comunidades de la Meseta Tarasca para ser después extendida a otras regiones indígenas del país.
La relación del general Cárdenas con la Universidad Michoacana también fue privilegiada. A diferencia de la tensa relación que existía entre el gobernante y la Universidad Nacional, mantuvo desde su época como gobernador de Michoacán, una cercanía con la institución nicolaita. De entre los universitarios nicolaitas surgieron varios de los más importantes colaboradores del general Cárdenas en el gabinete presidencial[12]. Pero sobre todo, con el apoyo del presidente de la República se dio a la Universidad Michoacana una nueva Ley Orgánica, la de marzo de 1939 (vigente hasta 1961), que perfiló a la UMSNH como una universidad socialista, acorde con el espíritu del artículo 3° constitucional[13].
La Ley Orgánica eliminó el concepto de autonomía y definió a la UMSNH como “una institución de Servicio Público, destinada a cumplir, en el campo de la educación superior, los principios que en materia educativa sustenta la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y la particular del Estado”. Establecía la paridad entre autoridades y estudiantes en el Consejo Universitario, pero dejaba sin representación a los maestros de las facultades y escuelas ante este órgano. El Consejo participaba en la elección del rector elaborando una terna de la que el Gobernador tendría que hacer la designación, y fijaba como requisito para serlo el tener, además de antecedentes y prestigio académico, una “reconocida ideología socialista”. Esta ley era, en palabras de Natalio Vázquez Pallares, la contribución de los michoacanos “a un hecho trascendental: la creación de la Universidad Socialista, como un tributo a la Revolución Social de México”.
En suma, el gobierno de la República en el periodo cardenista puso una particular atención al Estado natal del presidente y aportó a Michoacán un proyecto de desarrollo social igualitario que se manifestó en diversos niveles, pero particularmente buscando impulsar el desarrollo rural a través del colectivismo de los productores.
Identidades
Todo lo expuesto no explica suficientemente, sin embargo, la vinculación e identificación generalizada entre los sectores populares de Michoacán y el cardenismo. Para ello, el largo periodo de 30 años que siguió al término de la presidencia del general acaso haya sido más decisivo.
No se trata sólo, entonces, de la identificación por paisanaje con una figura pública nacional a la que se le reconoce el haber realizado desde la presidencia de la República una obra trascendente en materia social y política y el haber reivindicado para la nación la estratégica propiedad sobre los recursos petroleros. Después de dejar la presidencia de la República, el general Cárdenas mantuvo e incluso profundizó su relación con su Estado natal como un peculiar e insólito promotor del desarrollo local y regional, permanentemente atento a los requerimientos de las comunidades rurales y urbanas de Michoacán y de las entidades comprendidas dentro de la cuenca del río Balsas.
Después del periodo en el que ocupó la Comandancia Militar del Pacífico y la Secretaría de la Defensa, con motivo de la Guerra Mundial (entre diciembre de 1941 y agosto de 1945, en el que no dejó de ocuparse de su Estado atendiendo desastres como el terremoto de abril de 1941 y la erupción del Paricutín en 1943), el general Cárdenas fue designado por el presidente Miguel Alemán en abril de 1947 vocal ejecutivo de la Comisión del Río Tepalcatepec. Se trataba de construir a lo largo de este río un sistema de presas para riego y generación de energía eléctrica, electrificar áreas rurales, abrir carreteras, construir escuelas y hospitales, reforestar los montes, apoyar la producción ganadera, construir un puerto en la costa de Michoacán, apoyar la dotación de servicios a los poblados existentes y planificar el establecimiento de nuevos centros de población. Cárdenas se radicó en la región, dedicado de lleno a recorrerla y a planificar las obras, y ya para 1948 inauguraba en Arteaga una planta eléctrica, al tiempo que propagaba huertos, criaderos de ganado y de peces, estaciones apícolas, puentes y caminos. También promovía la edificación de escuelas rurales, pero, sobre todo, incrementaba espectacularmente el área irrigada. El nuevo auge agrícola promovió un rápido poblamiento de la región.
Como resultado de los primeros años de trabajo de la Comisión del Tepalcatepec, para entonces, la economía regional en la Tierra Caliente se había transformado radicalmente. Entre 1950 y 1970 la superficie cultivada en la región terracalenteña aumentó 2.5 veces. El algodón desplazó al maíz como cultivo principal y se triplicó el valor de la producción por hectárea. Se introdujeron también el arroz, el ajonjolí y el ganado. A partir de 1950, con la llegada del ferrocarril a la región, creció espectacularmente la producción de melones. El valor del producto agrícola en la región se multiplicó por seis a precios constantes. La Comisión del Tepalcatepec colaboró con la Comisión Federal de Electricidad en la construcción de dos grandes plantas generadoras en el río Cupatitzio–El Marqués. Mil seiscientos kilómetros de carreteras, caminos y brechas modificaron el perfil de la región, antes inhóspito y semidespoblado.
Durante el gobierno de Adolfo López Mateos la obra de Cárdenas en la región fue amplificada, al crearse la nueva comisión para la cuenca del río Balsas. La Comisión del Balsas tenía los mismos objetivos que su antecesora del Tepalcatepec, pero abarcando un área de 110 mil kilómetros cuadrados en los estados de Tlaxcala, Puebla, México, Morelos, Guerrero, Oaxaca y Michoacán. Se prosiguió la obra de electrificación con la terminación de las presas Salto Escondido, y El Cóbano, y la construcción de las de Los Olivos y Cupatitzio, pero sobre todo, dos grandes obras sobre el Balsas: las de Infiernillo y La Villita, inaugurada en 1967. Para 1970, año de la muerte del general Cárdenas, el río Balsas contaba con 18 grandes presas para el aprovechamiento agrícola y la generación de energía.
Y aun faltaba para el general ver realizada una tarea formidable como era la de promover la instalación, en la costa michoacana y justo en la desembocadura del río Balsas, de una moderna planta siderúrgica que permitiera el aprovechamiento de los inmensos yacimientos de hierro existentes en la región, y de un puerto de altura para integrar esa apartada y olvidada zona al mercado nacional e internacional. A esa tarea dedicó Cárdenas los últimos años de su vida.
Lo realizado por el general Cárdenas en las comisiones del Tepalcatepec y del Balsas no tiene precedente —ni ha tenido émulo— en la historia de México. Se trata del único personaje que, tras concluir su periodo como gobernante, asume una posición de auténtico servicio a la sociedad y, particularmente, a las clases desposeídas. El hombre que desde el poder había realizado ya una obra trascendente trabajaba ahora desde inverosímiles escenarios rurales y semirrurales para impulsar un proyecto de desarrollo regional y local fincado en las profundas tradiciones del México aldeano, pero también en una visión modernizadora sustentada en la gran empresa estatal.
Mito
“En un país religioso”, escribió Fernando Benítez, “la revolución es un mito generador de mitos”. El que Lázaro Cárdenas, como Emiliano Zapata y Francisco Villa, llegó a encarnar, fue el de la revolución misma en tanto expresión de una nación en movimiento y como actualización de un periodo de la historia en que las masas populares se sintieron capaces de forjar su propio futuro y el de la nación misma.
Pero, en estricto sentido, ningún personaje de la historia de México se asemeja a Lázaro Cárdenas; probablemente se trata del único en haber representado, en alguna medida, las tres modalidades de la legitimidad de la que habla Max Weber. Como hombre de la Revolución llegó al gobierno de Michoacán, conforme a la práctica de diversos caudillos locales de la época, en virtud de un liderazgo investido de una naturaleza carismático-revolucionaria. A lo largo de sus diez años como gobernante (cuatro como gobernador, seis como presidente, casi inmediatos) demostró singulares dotes de estadista, esto es, como representante de un poder no personal sino institucional que dio forma y vigor al entramado racional-legal del poder público y consolidó al Estado mexicano. Como gestor del desarrollo regional a lo largo de casi treinta años de trabajo acortó las distancias entre los gobernados y los gobernantes y en lo personal logró niveles de identificación y proximidad con las masas campesinas y populares que lo dotaron de una autoridad extra institucional, asimilable a la de los misioneros y evangelizadores de la Conquista, o a los caciques benefactores pertenecientes al mundo rural[14].
La importancia de la personalidad y la obra del general Lázaro Cárdenas, profundamente arraigada en el imaginario colectivo de la sociedad nacional y de Michoacán ha sido tal que no han faltado escritores que han hablado del mito de Cárdenas[15]. El cardenismo ha sido el fenómeno más duradero como factor de identificación política de las masas populares de Michoacán. Se extendió por al menos seis décadas en el imaginario colectivo como un recuerdo y una potencia: el recuerdo de un periodo en que se aproximaron al ideal de la justicia social prometida desde el movimiento revolucionario; y el potencial —siempre frustrado también, pero nunca renunciada— de reencauzar con la movilización pacífica y organizada que de aquella etapa aprendieron, el poder estatal para ponerlo al servicio de sus propios fines.
Cardenismo ha llegado, así, a convertirse en un complejo, difuso y multívoco término en el que se combinan la gratitud por las reivindicaciones alcanzadas, la añoranza de una etapa en que el pueblo alcanzó un particular protagonismo, la asimilación de los valores y la tradición nacionalistas y antiimperialistas que el general Cárdenas llegó por derecho propio a simbolizar, el reconocimiento de la obra nacional realizada por don Lázaro desde la Presidencia, el orgullo regionalista y cierta dosis de esperanza.
Eso significa que el cardenismo ha tenido, a lo largo de la historia local —y, en muchos aspectos, también nacional— dos sentidos. Por una parte, operó predominantemente como un revestimiento legitimador para el régimen autoritario y corporativo que sucedió al gobierno del general Cárdenas y que realineó al sistema político y a sus principales actores con la hegemonía del imperialismo estadounidense. Por otro lado, se ha conservado y sedimentado como un factor de movilización popular que, periódicamente revitalizado, ha planteado un constante desafío a ese régimen.
Al menos en cuatro ocasiones el cardenismo ha expresado su vitalidad en Michoacán bajo la forma de movilización masiva. La primera, en ocasión de la campaña presidencial de Miguel Henríquez Guzmán en 1952, cuando una parte importante de la corriente cardenista se sumó a la candidatura opositora y la abrigó con una legitimidad de la que otros aspirantes presidenciales opositores, en diferentes momentos, no dispusieron. La segunda, al inicio de los años sesenta, cuando el general Cárdenas personalmente convocó e impulsó la formación del Movimiento de Liberación Nacional, que también tuvo en su entidad natal una inusitada capacidad de convocatoria y de organización. La tercera, en los inicios de los años ochenta, cuando el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas fue postulado al gobierno del Estado. La cuarta, entre 1987 y 1990, cuando el hijo del general encabezó la ruptura de la Corriente Democrática con el PRI y se postuló a la presidencia de la República a través del Frente Democrático Nacional que dio origen al Partido de la Revolución Democrática. En las tres ocasiones afloró el robusto vínculo fincado por el general Cárdenas con los grupos populares de Michoacán, actualizándose más allá de la personalidad misma del ex presidente. Tanto en la campaña henriquista como en la coyuntura de fines de los años ochenta el mito del cardenismo abrigó a quienes de una u otra manera se presentaron como sus representantes, en un caso un militar cercano por su trayectoria política a don Lázaro, y en otro a su hijo.
En Michoacán la candidatura del ingeniero logró un contundente triunfo, que le permitió al Frente Democrático Nacional que él encabezaba conquistar las dos senadurías y casi la totalidad de las diputaciones de mayoría. Aún en las elecciones legislativas y municipales de 1989 en Michoacán, la impronta de enfrentamiento vivido durante el proceso político de 1988 estuvo presente con un peso determinante. El partido gestado durante el conflicto poselectoral de 1988, el de la Revolución Democrática tuvo su bautizo electoral y su prueba de fuego en esos comicios, en los que el gobierno federal desplegó los más diversos procedimientos de fraude para impedir que la expresión electoral del cardenismo se alzara con la victoria en el congreso michoacano y en los principales municipios de la entidad. El robo de urnas, la alteración del padrón electoral, el relleno de las ánforas y la alteración de actas fueron procedimientos corrientes para asegurar que el partido oficial se mantuviera como mayoritario en el congreso y en los ayuntamientos michoacanos[16].
Lo fundamental que el periodo 1988-1990 mostró al conjunto de la nación y al mundo fue la vigencia y capacidad de resurrección del cardenismo en Michoacán y en otras regiones del país. La convocatoria lograda por Cuauhtémoc Cárdenas en la elección presidencial de 1988 resulta inexplicable sin reconocer los antecedentes históricos que la sustentaron. Son los mismos que llevaron a la campaña de Henríquez Guzmán en 1952 a convertirse en un activo desafío al mecanismo tradicional de sucesión política, y los que animaron también al Movimiento de Liberación Nacional entre 1961 y 1964, convirtiendo a Michoacán en una de las entidades en que éste alcanzó una mayor presencia política. En los tres casos, el cardenismo aparecía como una respuesta, antes que nada, al autoritarismo del régimen político presidencial-corporativo.
Utopías
Pero es preciso retomar la pregunta inicial: ¿Contribuyó o ha contribuido el cardenismo a desarrollar una cultura democrática entre las masas populares?
Para diversos analistas, esto no ha sido así. Desde luego, desde la elección presidencial de 1940 sus opositores almazanistas acusaron al gobierno cardenista de haber operado un fraude contra el candidato del Partido Revolucionario de Unificación Nacional. En contraste, algunos testigos afirman haber escuchado al general Cárdenas, la noche de aquel 7 de julio de 1940, al irse recibiendo los primeros resultados de la elección, reconocer que tendría que entregar el gobierno al general Juan Andrew Almazán; y los investigadores contemporáneos reconocen que éste no tenía posibilidades reales de ganar la elección[17].
Por otro lado, el señalamiento más generalizado al cardenismo es el de haber construido el andamiaje corporativo del Estado mexicano integrando a las organizaciones de masas al partido oficial. La CTM, la CNC y otras agrupaciones no habrían sido sino aparatos de control sobre los obreros, los campesinos y las incipientes clases medias. Y es cierto que muy pronto, ya en 1946 al refundarse el partido oficial como PRI, esas organizaciones pasaron a constituirse en aparatos de subordinación y encuadramiento de los diversos grupos sociales. El esquema corporativo cardenista, sin embargo, conducía originalmente a y se completaba con la integración de un frente popular —el Partido de la Revolución Mexicana— dirigido a frenar la acción de las clases explotadoras y reivindicar los derechos de las clases trabajadoras. Las organizaciones de masas habrían de ser escuelas de participación política y el único canal posible en ese momento histórico para la integración de éstas a la ciudadanía.
La investigadora Olivia Gall sostiene, por su parte, que el gobierno cardenista fue democrático únicamente en la medida en que lo era le Constitución de 1917, y que más que una democracia política, contenía un proyecto de democracia social. La única forma de democracia política asequible en esa etapa de la historia era la sustentada en las formas tradicionales de las comunidades campesinas e indígenas[18].
Pero más allá de la razón que asiste a cada una de estas interpretaciones el cardenismo revistió, por las razones reseñadas más arriba, un contenido ambiguo. Por un lado, vino a dotar al régimen político de una base social organizada y corporativizada del que hasta ese momento carecía, y que se erigió en complemento de un presidencialismo consolidado y exacerbado. Diseminó con ello una cultura clientelar que ubicó a las masas campesinas y obreras en una posición de gran dependencia con respecto del poder público. Esa cultura, que todo lo espera de la acción estatal antes que del esfuerzo individual o de autoorganización colectiva, es, por cierto, muy generalizada en el caso de Michoacán; pero al mismo tiempo da lugar a formas de participación centradas en la presión y exigencia política hacia los poderes públicos.
El cardenismo original y el neocardenismo de los noventa acompañaron la formación de una ciudadanía más plena, surgida de la superación de las relaciones de dependencia personal propias del peonaje y el trabajo forzado, en aras de nuevos vínculos, más impersonales y abstractos, con el régimen político, si bien mediados por figuras como los nuevos caciques agraristas o las organizaciones de masas (CRMDT, CNC, CTM).
desde la perspectiva de la conformación de una nación moderna —escribí en otro trabajo—, la política agraria del cardenismo [no] fue en vano. Vista en su conjunto, ésta fue también una política democrática, cuyo fin último era la conformación de una nación de ciudadanos, es decir, sujetos autónomos con conciencia plena de sus derechos —y obligaciones— y de su papel en la sociedad. Por primera vez en la historia del país, esa porción mayoritaria de la población nacional (en 1930 el 66.5 por ciento era rural, con residencia en poblaciones de menos de 2 500 habitantes; en 1940 esa proporción aún era del 65 por ciento) fue vista por los grupos gobernantes como un protagonista de la nación. Era la transformación del peón acasillado (por definición sujeto a relaciones de dependencia personal), arrendatario o comunero en actor con derecho a la tierra, el agua, los servicios, la escuela y el crédito[19].
Y, como dan cuenta las experiencias de emergencia opositora —1952, 1961-1964 o 1988—, el cardenismo ha dado lugar a potentes movimientos de cuestionamiento al régimen político. A Michoacán le dio un perfil izquierdista que no sólo en esas ocasiones se ha manifestado. Si bien en las elecciones de 1994, en las que Cuauhtémoc Cárdenas compitió por segunda vez, no pudo éste superar electoralmente a su adversario priista Ernesto Zedillo en su Estado, y sólo obtuvo un 35 por ciento de la votación por más del 43 por ciento de este último, Michoacán fue en el 2000 el único Estado en que el hijo del general, compitiendo por tercera vez por la Presidencia, superó a Vicente Fox del PAN y a Francisco Labastida del PRI, con una votación de más del 37 por ciento. En las elecciones de 2006, el candidato izquierdista Andrés Manuel López Obrador superó en Michoacán por amplio margen, con más del 41 por ciento de la votación, a sus adversarios del PAN y del PRI, pese a que el primero de ellos, Felipe Calderón, es originario de Morelia.
Porque la aspiración a un régimen democrático es un componente fuertemente arraigado en la cultura política y las formas de conciencia político-social de los michoacanos desde la experiencia cardenista. Y si bien su impulso parece estarse agotando entre las nuevas generaciones, menos identificadas cada vez con esa matriz originada en la Revolución Mexicana, su aportación a la pese a todo inconclusa e insatisfactoria transición a la democracia ha quedado inscrita ya en la historia.
Morelia, Michoacán, noviembre de 2012.
[1] Véase, entre otros, Anatoli Shulgovski, México en la encrucijada de su historia. México, Ediciones de Cultura Popular, 1968; Arturo Anguiano, El Estado y la política obrera del cardenismo. México, Ediciones Era, 1975; Octavio Ianni, El Estado capitalista en la época de Cárdenas. México, Ediciones Era, 1977. Nora Hamilton, México: los límites de la autonomía del Estado. México, Ediciones Era, 1983; Jorge Basurto, Cárdenas y el poder sindical. México, Eds. Era, 1983.
[2] Entienden así el cardenismo, entre otros, Victoriano Anguiano Equihua, Lázaro Cárdenas, su feudo y la política nacional. México, D. F., Ed. Eréndira, 1951 y Luis González y González. Los artífices del cardenismo. Historia de la Revolución Mexicana, 1934–1940. Vol. 14. México, El Colegio de México, 1979.
[3] Arnaldo Córdova, por ejemplo, escribe: “De hecho, jamás dejó de existir un sector que desde los días del Congreso Constituyente mantuvo vivos los postulados de la Revolución y que en ningún momento cejó en el empeño de dirigir al régimen revolucionario hacia sus objetivos de reforma social. Al fin de los años treinta ese sector estaba a punto de convertirse en la fuerza hegemónica de la Revolución y en poco tiempo daría lugar al movimiento político más importante de la época posrevolucionaria: el cardenismo, que apareció, al principio, simplemente como una especie de conciencia crítica de la Revolución y con gran rapidez se convirtió en el elemento director de la política nacional”. Arnaldo Córdova, La política de masas del cardenismo. México, Eds. Era, 1974. Pág. 24. Y el mismo autor afirma más adelante: “Se puede decir que el cardenismo representa, en su esencia, la reconquista de la conciencia del papel que las masas juegan en la nueva sociedad como motor del progreso. En realidad, todos los revolucionarios lo reconocieron siempre después de 1913. Pero lo notable en la experiencia del cardenismo es que a las masas ya no se las ve como una materia inerme que el dirigente político puede usar, transformar o deformar a su antojo, sino como una fuerza que tiene sus cauces naturales que, o se respetan y se toman en cuenta, o son desbordados con una potencia destructora que nadie puede ser capaz de controlar. […] El cardenismo surge como la conjunción de toda una serie de corrientes inconformes con los mezquinos resultados que la lucha revolucionaria había dado y deseosas de liquidar rápidamente los problemas aún no resueltos y que la propia Revolución había heredado. Ibíd. Págs. 34-35.
[4] Adolfo Gilly: “Solidaridades” en Adolfo Gilly (Coord.): Cartas a Cuauhtémoc Cárdenas. México, Eds. Era, 1989. P. 64. Es la perspectiva de análisis que he intentado construir en anteriores trabajos. Véase Eduardo Nava Hernández, “Cultura política y política popular en Michoacán. Notas para su estudio”, Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad No. 31. Zamora, Mich., El Colegio de Michoacán, verano de 1987; “Participación y cambio en Michoacán. Notas sobre la cultura política y el sistema electoral”, en Jesús Tapia Santamaría (Coord.), Intermediación social y procesos políticos en Michoacán. Zamora, Mich., El Colegio de Michoacán, 1992; El cardenismo en Michoacán, 1910-1990, tesis de doctorado en Ciencia Política, FCPyS de la UNAM, 2004. “Desarrollo local y proyecto nacional. Retrospectiva de la utopía michoacana” en Rocío Rosales Ortega y Pablo Chauca Malázquez (Coords.), Desarrollo local: teorías, políticas y experiencias, México, D. F., UAM-Iztapalapa/UMSNH/Plaza y Valdés, S. A., 2010.
[5] Véase John M. Hart,Los anarquistas mexicanos, 1860–1900. México, SEP, 1974. (Col. Sepsetentas, 121), y Gerardo Sánchez Díaz El suroeste de Michoacán: economía y sociedad 1852–1910. Morelia, Mich., UMSNH, 1988.
[6] Sobre la acción agraria del gobernador Lázaro Cárdenas se puede consultar: L. Cárdenas, Palabras y documentos públicos. 1928–1970. México, Siglo Veintiuno Edits. Vol. 2. Informes de gobierno y mensajes presidenciales de año nuevo, 1928–1940; Heriberto Moreno García, Guaracha. Tiempos viejos, tiempos nuevos. México, Fondo Nacional para Actividades Sociales/El Colegio de Michoacán, 1980; Jesús Múgica Martínez, La Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo. Apuntes acerca de la evolución social y política en Michoacán. México, s. e., 1982. 238 pp.; Alejo Maldonado Gallardo, La lucha por la tierra en Michoacán 1928–1932. Morelia, Secretaría de Educación en el Estado de Michoacán, 1985. (Colección Cultural, 3) 101 pp.; 1993: 60; Jorge Zepeda Patterson, “Los pasos de Cárdenas. La Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo”, en 75 años de sindicalismo mexicano. México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1985. Pp. 231–262; José Rivera Castro, “Política agraria, organizaciones, luchas y resistencias campesinas entre 1920 y 1928”, en Historia de la cuestión agraria mexicana. T.4. Modernización, lucha agraria y poder político 1920–1934. México, Siglo Veintiuno Edits. 1988, Pp. 21–149; y Adalberto Oseguera Lúa, Política agraria del gobernador Lázaro Cárdenas. 1928–1932. Tesis para obtener el grado de Licenciado en Historia. Morelia, Mich., Escuela de Historia, UMSNH, 1998; Eitan Ginzberg, Lázaro Cárdenas Gobernador de Michoacán, 1928-1932. Zamora, Mich., El Colegio de Michoacán/UMSNH, 1999.
[7] Manuel Diego Hernández, La Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo. Jiquilpan de Juárez, Centro de Estudios de la Revolución Mexicana “Lázaro Cárdenas”, A. C. 1982. Pág. 43.
[8] Acerca de la política educativa en ese periodo ha de consultarse a Luis González y González, Los artífices del cardenismo. 1a. reimpresión. México, El Colegio de México, 1981. (Historia de la Revolución Mexicana, 1934–1940, No. 14); Jesús Múgica Martínez, La Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo. Apuntes acerca de la evolución social y política en Michoacán. México, s. e., 1982; Alejo Maldonado Gallardo, La lucha por la tierra en Michoacán 1928–1932. Morelia, Secretaría de Educación en el Estado de Michoacán, 1985 (Colección Cultural, 3); Alejo Maldonado, Agrarismo y poder político: 1917–1938. Cuatro ensayos sobre el problema de la tierra en Michoacán. Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Escuela de Historia. Secretaría de Difusión Cultural, 1993; Ma. Teresa Cortés Zavala, Lázaro Cárdenas y su proyecto cultural en Michoacán. 1930–1950. Morelia, Instituto de Investigaciones Históricas, UMSNH. 1995; y Manuel Diego Hernández, Op. Cit.
[9] En otras palabras, lo que Adolfo Gilly ha llamado la utopía cardenista: “un Estado paternal y protector que controlara y desarrollara la industria y alimentara así las necesidades y el progreso de una miríada de pequeñas comunidades rurales dueñas de sus tierras y de sus destinos, nutridas por las antiguas tradiciones comunales solidarias, educadas por la escuela y el trabajo en común, hogar y sustento de un país igualitario, equilibrado, próspero y pacífico Adolfo Gilly, El cardenismo, una utopía mexicana. México, Cal y Arena, 1994, Pág. 405.
[10] Ésta tenía sus antecedentes en la gestión del general en Cárdenas Michoacán, en el proceso de organización del magisterio y en su vinculación a través de la CRMDT, y ya había sido proclamado por el secretario de Educación, Prof. Jesús Romero Flores: que todo maestro tuviera, “una ideología de acuerdo con los intereses y necesidades del campesino”. Cit. en Alejo Maldonado Gallardo, La educación socialista en Michoacán. Historia de una experiencia pedagógica. Morelia, Mich., UMSNH. 1995, Pág. 86.
[11] En 1938 existían en Michoacán 1 159 escuelas primarias, 537 de ellas de carácter federal, 540 estatales y 82 del tipo “Artículo 123” a cargo de las haciendas y ranchos. La población estudiantil ascendía a 95 563 alumnos; 41 150 de ellos estaban inscritos en escuelas federales, 49 328 en las estatales y 5 085 en las escuelas “Artículo 123” Ibíd. Pág. 114.
[12] Gabino Vázquez (jefe del Departamento Agrario), Silvestre Guerrero (procurador general de la República, secretario de Gobernación y secretario de Salud y Bienestar Social) Jesús Díaz Barriga (ex rector, jefe de la Comisión de Estudios de la Presidencia) Daniel T. Rentería (tesorero general de la Nación), Gustavo Corona Figueroa (ex rector nicolaita; presidente de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje, a quien le correspondería emitir el fundamentalísimo laudo contra las empresas petroleras que dio lugar a la expropiación del 18 de marzo de 1938) y Enrique Arreguín Vélez (también ex rector, presidente del Consejo Nacional de Educación Superior y la Investigación Científica, subjefe de la Comisión de Estudios de la Presidencia de la República en 1937 y finalmente subsecretario de Educación Pública). En el Poder Judicial de la Federación se incorporaron dos destacados abogados e ideólogos universitarios michoacanos: Alberto Coria y Alberto Bremauntz, ambos como magistrados del Supremo Tribunal de Justicia del Distrito y Territorios Federales. Como diputados de la Legislatura del Congreso de la Unión, ambos habían elaborado una exposición de motivos para la reforma del artículo 3° constitucional, fundamentando la tesis de la educación socialista.
[13] La ideología que inspiraba a la reforma universitaria cardenista se expresaba en un documento emitido por la Comisión para la reforma universitaria que redactó el proyecto de Ley Orgánica: “La Universidad debe sostener una ideología determinada, en lo que concierne al aspecto filosófico, el materialismo monista y, en lo que concierne al aspecto histórico, el materialismo histórico; en el plano ético, está determinada por el principio de la solidaridad con los trabajadores y la lucha por una sociedad que no se funde en la explotación del hombre por el hombre”. Cit. en Sylvie Didou, Les intellectuels du Michoacan et les formes de l’État au Mexique: de l’assentiment a celle de la marginalisation. Thèse de doctorat. (s. l.) Maison des Sciences de l’Homme. Centre d’Etudes du Mouvement Social, 1987. Págs. 212–213. Véase también Miguel Ángel Gutiérrez López, Los límites de la autonomía. La reforma socialista en la Universidad Michoacana, 1934-1943. Zamora, El Colegio de Michoacán, 2011.
[14] Eduardo Nava Hernández, El cardenismo en Michoacán, 1910-1990. Op. Cit.
[15] La más conocida de estas versiones es la de Victoriano Anguiano Equihua, Lázaro Cárdena, su feudo y la política nacional. México, D. F., Ed. Eréndira, 1951. Anguiano atribuye al general Cárdenas una magia sobrenatural que le permitió, primero, sobrevivir en la política en medio de la vorágine del maximato; después, ascender a la presidencia de la República; y finalmente entronizarse como gran cacique de la política michoacana. En su mayotr parte, el análisis de este autor se centra en la personalidad de Cárdenas y en la acción de su grupo más inmediato de colaboradores, y no en el contexto histórico social en el que se ha desarrollado la acción del cardenismo. Puede verse también la crítica de Jesús Bravo Baquero a la visión de Anguiano: El mito de Cárdenas. Morelia, Ed. Tariácuri, 1991. En esta última obra la desmitificación del cardenismo se emplea en su acepción corriente de desengaño o revelación de una falsedad. Aquí, el término mito se aproxima más a la concepción de Sorel, como construcción mental colectiva acerca de un porvenir indeterminado en el tiempo, y que deriva su eficacia política de su capacidad para expresar “las más fuertes tendencias de un pueblo, un partido o una clase”. Los mitos, consideraba el socialista francés, se traducen en medios para actuar sobre el presente, sin que lo relevante sea su veracidad o no sino la capacidad que demuestren para movilizar a las masas. Véase Georges Sorel, Reflexiones sobre la violencia. Madrid, Alianza Editorial, 2005. Pp. 172 y ss.
[16] Véase, entre otros, Pascal Beltrán del Río, Michoacán, ni un paso atrás. La política como intransigencia. México, Libros de Proceso, 1993. 397 pp.; Jaime Hernández Díaz, Las elecciones del 2 de julio en Michoacán”. Cuadernos Políticos Nos. 57. México, jul.-sep. 1989 y 58. México, oct.-dic. 1989, además las notas periodísticas de Unomásuno, La Jornada, Proceso o La Voz de Michoacán en esas coyunturas.
[17] Ariel José Contreras, 1940: Industrialización y crisis política. Estado y sociedad civil en las elecciones presidenciales. México, Siglo Veintiuno Edits., 1977.
[18] Olivia Gall, “Cardenismo y democracia: los hombres, las ideas, las leyes, las posibilidades, los límites”, en Marcos Tonatiuh Águila M. y Alberto Enríquez Perea (Coords.), Perspectivas sobre el cardenismo. Ensayos sobre economía, trabajo, política y cultura en los años treinta. México, Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco, 1996. P. 253.
[19] Eduardo Nava Hernández “La reforma agraria y la organización campesina” en Clara García Eyluardo, Erika Pani e Ignacio Marván(Coords.) Historia crítica de las modernizaciones en México. Tomo 5. Samuel León y González (Coord.), El cardenismo, 1932-1940. México, D. F., Centro de Investigación y Docencia Económicas, A. C./ Fondo de Cultura Económica, 2010.
*Ponencia al Coloquio Movimientos Sociales en la Historia de México, organizado por la Dirección de Estudios Históricos del INAH. Tlalpan, D. F., 12-16 de noviembre de 2012.

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