La nueva y soportable levedad de nuestro sistema de partidos

Eduardo Nava Hernández

A diez años de detonada la crisis política del sistema de partido de Estado, la consolidación de un sistema estable de partidos sigue siendo uno de los aspectos aún pendientes; junto con el problema de la iniquidad en la competencia electoral —y en parte como resultado de ella—, da la impresión de ser uno de los puntos no resueltos de la prolongada transición a la democracia mexicana. Y no es, en este caso, una exclusiva responsabilidad del régimen que no acaba de morir ni de su órgano electoral y de masas.

               El problema se presenta como una gran paradoja. Cuando algunos de esos partidos aún no acaban de madurar, dan la impresión de haber sido colocados ya en una situación crítica, o de estar a punto de llegar a ella. La sociedad mexicana aún no termina de aprender a utilizar los aparatos partidarios como mecanismos normales de la lucha política y como instancias para canalizar sus inquietudes, cuando ya éstos presentan fuertes tendencias a la burocratización, o, lo que acaso sea, por prematuro, más riesgoso, a la disgregación y rompimientos.

Por una parte, el PRI no acaba de dejar de ser un apéndice del presidencialismo, ni de convertirse en un organismo útil para sus afiliados más que para los intereses del régimen (veáse, si no, la anacrónica e irritante subordinación del aparato corporativo a los designios presidenciales, en casos como la privatización de la industria eléctrica), ni tampoco de asumir procedimientos democráticos para la definición de sus dirigencias y candidaturas. Como lo presentaba el caricaturista Magú hace unos pocos días, el famoso dedo del presidente de la República parece “quitapón”: se cercena un día, se reimplanta otro. No se sabe ya dónde está el partido oficial, si más cerca de la “sana distancia” o del también proverbial “fiel de la balanza” lópezportillsta. Si ese partido no logra llevar a buen puerto su transición hacia la democracia interna ni solucionar sus problemas doctrinarios (en relación, por ejemplo, con la privatización eléctrica), los fantasmas de nuevas rupturas se harán presentes y sus días como partido de Estado podrían estar contados.

               El PRD también atraviesa por una situación delicada ante la inminente renovación de su dirigencia nacional. Por primera vez desde su nacimiento, hace diez años, no hay un candidato natural, un aspirante lo suficientemente fuerte a la presidencia nacional —como sucedió en su momento con Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo y Manuel López Obrador— como para garantizar una sucesión sin impugnaciones, ni conflictos. Ante ello, ha vuelto a imponerse la lógica de las “corrientes” (en realidad, muchas de ellas, grupos de interés y de presión interna, y no tendencias ideológicas definidas), con una agravante: las alianzas coyunturales, pragmáticas, que han desdibujado a la mayoría de ellas. Las múltiples planillas en la liza semejan licuados de estrambóticas, a veces repugnantes, combinaciones de sabores y colores. Quienquiera que gane, representará, al parecer, sólo una minoría débil frente a sus múltiples adversarios, máxime cuando las candidaturas más fuertes se establecieron sobre la base de la violación flagrante de sus propios estatutos (en un partido que declarativamente nació, entre otras cosas, para hacer respetar las reglas escritas), y hay ya denuncias de anomalías graves en el padrón de electores, prácticas corporativas y clientelistas, etcétera.

               En esa situación, al PRD no le quedará otro camino, en el corto plazo, que aferrarse nuevamente al caudillismo como su recurso casi único de unidad interna, y esperar a otros tiempos, después del año 2 000, para avanzar por una ruta de mayor institucionalidad.

               El PAN aparecía, en este panorama, como el partido más institucionalizado y con procedimientos más claros para procesar sus debates internos, sus procesos de renovación directiva y sus candidaturas. Sin embargo, como es claro, enfrenta también el dilema de estar siendo avasallado por fuerzas externas que le imponen la candidatura de un personaje con clara vocación caudillista, recursos económicos, amigos y nexos internacionales (o transnacionales). El PAN está siendo dramáticamente desbordado por una conjunción de fuerzas que, al margen de cualquier procedimiento estatutario, asumen la capacidad real de decidir la candidatura presidencial del segundo partido más importante del país. Está por verse cómo procesará el PAN su candidatura presidencial y si logrará sobreponerse a las tentaciones —y presiones— del caudillismo de derecha, ante el que la corriente histórica de Diego Fernández y el ideólogo, hoy retirado de la actividad partidaria, Carlos Castillo Peraza, sólo muy tardíamente ha empezado a reaccionar.

               Entre transiciones democráticas siempre inconclusas y no bien perfiladas, caudillismos vitalicios y nuevos caudillismos emergentes, los tres partidos más fuertes parecen destinados, en diversos grados, a vivir crisis que los transformarían profundamente, pero que sobre todo generan en todos ellos la perspectiva de inestabilidad, no sólo interna sino también para el país.

               Si hasta hace poco tiempo parecía clara la tendencia a conformarse un sistema tripartidista en México, la perspectiva de un equilibrio entre las tres más grandes formaciones políticas, PRI, PAN y PRD, cada una con alrededor del 30 por ciento de la votación, como escenario probable, obligará a tomar en cuenta a los antes menospreciados partidos “pequeños”. Éstos se perfilan más claramente como aquellos que, en momentos decisivos, podrían decidir, como aliados, una elección o una votación en los órganos legislativos.

               El precedente se ha sentado ya en la presente legislatura de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. No teniendo ninguna de las tres fuerzas principales una mayoría absoluta para ganar las votaciones, menos aún para resolver reformas constitucionales, se ha tenido que imponer la lógica de las alianzas, y cuando esto no ha funcionado, se ha producido la parálisis legislativa. El PRI necesita del PAN o del PRD (aunque este último caso no se ha dado en temas importantes) para hacer mayoría, y el PAN y PRD se necesitan recíprocamente, así como de sumar a los diputados del PT y PVEM, para ganar una votación.

               Para la próxima coyuntura del 2 000 se impone, pues, el tema de las alianzas, que ha surgido ya a debate, y en donde hasta los más débiles actores políticos cobran una nueva significación. El escenario de un sistema tripartidista puro empieza a difuminarse, y se muestra nuevamente que la pluralidad de la sociedad mexicana tiende a renovar constantemente sus expresiones, una vez debilitadas (que no eliminadas) las jaulas de hierro del partido hegemónico y el corporativismo oficial, que por demasiado tiempo la aprisionaron.

               La estabilización de un sistema de partidos representativos de esa pluralidad parece que podría demorar aún, y acaso no se dé ya. Recientemente hemos visto, en Venezuela, cómo un sistema bipartidista de los más estables y consagrados de la historia de América Latina se derrumbó en muy pocos años, dando paso a un nuevo liderazgo, caudillista y suprapartidario, que puede desembocar en cualquier parte. Son los riesgos de la democracia, y vale la pena correrlos, más que permanecer en el inmovilismo, pero hay que estar conscientes de ellos.

Morelia, Mich., 11 de marzo de 1999.


Publicado

en

,

por

Etiquetas:

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *