El extraño retorno del carro completo

Eduardo Nava Hernández

Dos veteranos actores que parecían alejados del público hicieron su triunfal reaparición en las elecciones del pasado domingo. Me refiero, desde luego, a la popular dama joven, favorita del público de siempre, la abstención, y al famosísimo —aunque parecía que sólo los miembros de las generaciones mayores habían presenciado sus actuaciones, por lo general en papel de villano— “carro completo”. Fueron sin duda la pareja más exitosa de los tiempos pasados, que, por razones naturales, con el tiempo había dejado el lugar a las nuevas luminarias: la democracia (estrella del espectáculo), la participación ciudadana y sus coestelares el pluralismo y el espíritu cívico.

               Ahora están de regreso, a pesar de que los nuevos argumentos en boga parecían no haber sido hechos para ellos, y no sólo para recordar nostálgicamente los tiempos pasados sino para que no olvidemos que los clásicos seguirán siendo siempre clásicos. Lo que pasa es que nadie parece explicarse cómo es que han vuelto con tal éxito.

               Y, en efecto, no parece fácil elucidar la renovada presencia de tan inesperados personajes. Hasta ahora, la actitud de los directamente afectados, los partidos de oposición, parece ser de pasmo, de parálisis,  detan sólo balbuceos de impugnación; la del beneficiario, el PRI, proclamar que sus triunfos, por menguados que hayan sido, son absolutamente legítimos; la de quienes pretendemos aportar explicaciones mínimamente coherentes de nuestra realidad política y social es la de comenzar a elaborar hipótesis sólo provisionales en tanto surgen a la luz elementos que den mayor claridad sobre lo que pasó.

               En realidad, nadie previó un escenario como el que estamos viendo, de total recuperación del PRI, que pareciera haber vuelto por sus fueros para convertirse en la aplanadora de antaño. Y nadie lo podía prever porque, a diferencia de otros procesos electorales recientes, no se hicieron o no se difundieron sondeos o encuestas serias y que abarcaran todo el estado. Las que se hicieron con rigor metodológico para Morelia apuntaron hacia un dato que fue corroborado por el resultado electoral: que habría una alta competitividad, y que la elección se resolvería por muy pocos puntos porcentuales de diferencia a favor de cualquiera de los tres principales partidos contendientes. En casos así, la victoria la dan los votantes que en las encuestas aparecen como “indecisos”; pero también hay que considerar que, como en este caso, un buen segmento de éstos finalmente decide no votar.

               Ante ello, y en vez de asumir al menos la parte de responsabilidad que les toca por no haber sabido promover la movilización de los votantes o no haber podido “hacer valer” el voto de los ciudadanos, como invariablemente lo ofrecen en sus campañas, los partidos de oposición han reaccionado por reflejo condicionado denunciando un fraude gigantesco que, en la práctica, están lejos de demostrar, al menos con las evidencias hasta ahora ofrecidas a la opinión pública.

               Da pena ajena, por ejemplo, ver al dirigente estatal del PRD explicándose su derrota por la intervención del gobernador a través de una tarjeta de propaganda —que efectivamente se distribuyó, en violación al acuerdo de civilidad firmado entre el gobierno estatal y los partidos, pero que no es contraria a la ley— donde descalificaba a los partidos de oposición identificados sólo por sus colores. El partido que en sus mensajes invocaba la autoridad papal en apoyo de sus posiciones quiere convencernos de que sólo el PRI y el gobierno de Tinoco hicieron propaganda subliminal y, peor aún, de que ésta es decisiva en los resultados de los comicios.

               Se señalan otras irregularidades, que al parecer sí se dieron también (¿y qué otra cosa esperaban de un PRI que desde la selección de su candidato a la presidencia de Morelia mostró un enternecedor apego a sus tradiciones?), pero cuya magnitud no se logra acreditar como suficiente para pedir la anulación de la elección.

               Pero, ¿cómo podemos, entonces dar cuenta de estos inesperados y extraños resultados?

               Una primera hipótesis para explicar la en apariencia sorprendente y en realidad magra recuperación priísta es que la presencia de la abstención tiende a favorecer en lo inmediato al partido oficial. En efecto, en situaciones de escasa participación, tiende a imponerse la fuerza de las inercias, donde el PRI lleva las de ganar. Como lo mostraron también algunos sondeos previos (véase el de Jaime Rivera en Cambio de Michoacán del 2 de octubre pasado), el voto duro del PRI es ligeramente superior al de sus dos grandes oponentes, aunque siempre muy menor a la masa de indecisos, los en realidad ciudadanos sin partido. El que éstos se abstengan de acudir a las urnas puede darle al oficialismo una pírrica victoria sustentada más en la pasividad que en la voluntad expresa de los electores; pero en el fondo, y si la abstención es una constante, representa un cuestionamiento sordo al sistema de partidos en su conjunto, aun a aquel que en apariencia se beneficia de ella.

               La abstinencia de los potenciales sufragantes (poco más de la mitad de ellos, en este caso) puede deberse a diversas causas. La más probable de ellas —para continuar en el terreno de las hipótesis— es que los partidos en su conjunto no logran conmover a los ciudadanos, sea porque sus mensajes no les llegan, porque sus candidatos no tienen la aceptación que dicen tener o porque de plano el votante común, sin partido, no llega a percibir o no juzga relevante la diferencia entre las opciones que se le ofrecen.

               De acuerdo con la experiencia reciente de Michoacán, este factor parece ser muy relevante. En los últimos diez años, los ciudadanos han acudido masivamente a las casillas cuando han estado en juego proyectos perfectamente diferenciados, que hacen sentir que es crucial el voto. Si la confrontación y las campañas no logran ese efecto, si la elección aparece como un acto rutinario, si los partidos se distinguen sólo por sus colores, no por sus propuestas de transformación, si los candidatos no conmueven y sólo tratan de “caer bien”, la abstención tiende a crecer verticalmente, hasta hacerse un fenómeno tan “normal” como el voto mismo.

               Creo que tiene razón el dirigente del PAN cuando afirma que la brevedad de las campañas afectó las posibilidades de la competencia electoral. La restricción de los tiempos de campaña, justificada como una supuesta economía de recursos, no es garantía de austeridad, pero sí modifica la forma de la contienda. En vez de plantearse la confrontación en el terreno del debate, de la lucha ideológica, de la reflexión, de por sí escasos, se plantea como un blitzkrieg de penetración rápida, donde predomina el impacto, el efecto publicitario. Y en ese terreno, quien tiene más recursos económicos y propagandísticos y más infraestructura lleva una ventaja indiscutible. Sobra decir a quién se favorecía en este caso.

               Sin embargo, no debe extrañar que, ante el tropiezo, los partidos opositores llamen la atención sólo sobre uno de los actores, el villano, el “carro completo”, al que explican por el fraude, la triquiñuela y la rapacería; pero se olviden de la dama que en realidad demostró contar aún con el favor del público, la abstención. Reconocer la presencia de ésta los obligaría a ejercer la autocrítica, a revisar si su propia actuación ha sido en verdad democrática y tan apegada a los intereses y sentimientos del pueblo como dicen. Los forzaría a reconocer que la ley electoral que hace más de tres años aprobaron y festejaron como el gran consenso, con todo y su cláusula de gobernabilidad, como hizo bien en recordarlo Jaime Rivera en estas páginas, no es en realidad satisfactoria.

               Quizá se esté dando ya que, como lo escribe Giovanni Sartori, “El desencanto y la desilusión pueden conducir a la apatía, al retiro de la política, a lo que en los años cincuenta se llamó ‘la despolitización’. Pero el rechazo de la política que tanto aumenta en la actualidad, no es de ninguna manera pasivo, sino activo, participante y vengativo. En tanto que el ciudadano apático hizo muy fácil la política, el ciudadano vengativo y enérgico puede hacerla muy difícil”.

Morelia, Mich., 11 de noviembre de 1998.


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