Eduardo Nava Hernández
Mientras el jefe de gobierno del Distrito Federal, Cuauhtémoc Cárdenas, acude a Roma a tomarse la foto con el monarca del reino vaticano, el Partido de la Revolución Democrática es el único que, en la presente pugna electoral en Michoacán, utiliza el nombre del papa en su propaganda política. ¿Se trata de la nueva pero ya anunciada estrategia del PRD, que vela armas para la madre de todas las batallas en el año 2 000?
Tal parece que uno de los costos que la llamada modernidad y el pretendido “fin de las ideologías” están haciendo pagar a la política —antes entendida como confrontación de propuestas claras y proyectos de sociedad, y hoy sólo como disputa por posiciones entre individuos poco diferenciados ideológicamente entre sí— es la práctica del populismo más vacuo y ramplón, una de cuyas formas es precisamente la apelación, a veces directa y a veces sesgada, a valores religiosos como recurso para atraer la simpatía de los votantes.
En ese sentido, como es fácil ver a pocos años de su aplicación, la reforma salinista al artículo 130 de la Constitución mexicana ha tenido efectos en dos sentidos. Por una parte, ha incorporado de lleno a los ministros religiosos al debate político, sentando bases para que, además de jugar su papel de orientadores de la fe, se sientan (no sin incurrir en frecuentes dislates) con alta autoridad para opinar acerca de todos los temas de la política y la vida social y aun querer normar los criterios ciudadanos en aspectos que, en una bien entendida y auténtica modernidad, deben ser tratados con espíritu eminentemente laico. Pero por otro lado —lo que es más notorio— ha dado pábulo para que, con frecuencia cada vez mayor, los propios partidos busquen en la manipulación de los sentimientos religiosos más extendidos entre la población formas de acercamiento a los votantes que les permitan llegar o mantenerse en el poder del Estado.
No es un fenómeno nuevo y, desde luego, han existido en el mundo y en el propio México múltiples partidos que han hecho de la doctrina cristiana una base programática explícita, desde las democracias cristianas —con gran peso en Alemania, Italia y Chile, por mencionar sólo algunos casos— hasta las sucesivas organizaciones políticas derivadas del movimiento sinarquista mexicano. Pero esa fue siempre una bandera de una derecha tradicionalista. Lo novedoso es que ese recurso sea adoptado ahora, sin referencias doctrinarias claras, incluso por las corrientes políticas originadas en la izquierda o, como en este caso, en la matriz ideológica, tan anticlerical, de la revolución mexicana.
No es, desde luego, una tendencia exclusivamente mexicana. Queda ya para la historia, como uno de los ejemplos más grandes de transformismo político en estos tiempos, la monumental imagen religiosa que el gobierno de Fidel Castro en Cuba hizo colocar en la Plaza de la Revolución para la visita del papa a la isla, y la campaña virtualmente coactiva del Partido Comunista Cubano para que todos sus miembros y los de las organizaciones populares acudieran a la recepción y misa masiva efectuada por el pontífice en el mismo lugar. Como en los tiempos previos a la Reforma luterana, las cabezas gobernantes se inclinan hoy nuevamente ante el representante supremo de la iglesia católica. Pero no lo hacen por convicción, sino por conveniencia.
En el caso de Cuauhtémoc Cárdenas, se dirá, sólo cumplió un acto de gobierno y de diplomacia al ir a invitar a quien será un visitante distinguido cuando, a principios del próximo año, esté en la ciudad de México en una más de sus giras internacionales. Pero lo particular es que, aunque la capital de la República ha tenido en los últimos meses como huéspedes a otros jefes de Estado y de gobierno, en ningún otro caso ha tenido el gobernante de la ciudad la deferencia de acudir personalmente a hacerles una invitación previa. No se trata simplemente de un gobernante más, sino del sumo sacerdote de la religión mayoritaria entre los mexicanos.
No por más subliminal el caso de la propaganda perredista es menos criticable. El papa ha condenado declarativamente, sí, el neoliberalismo y ha dicho que es inhumano. Pero este decir no va acompañado de ninguna acción de congruencia, cuando el propio gobernante es la cabeza de un emporio, la burocracia vaticana, que es asimismo uno de los grandes poderes del mundo financiero y cuando ha sido un notable activista a favor de la caída de los antiguos regímenes de economía estatizada y de la restauración y expansión del capitalismo —es decir del neoliberalismo, su forma globalizada contemporánea— en la región de Europa oriental. Del mismo modo, ha hablado el papa de democracia siendo él mismo la expresión de una de las últimas monarquías absolutas —sin contrapesos parlamentarios ni elecciones populares—, a la que sólo se puede encontrar paralelo en el mundo actual en algunos emiratos árabes.
El papa condena el neoliberalismo, sí, como también condena el uso del condón, la despenalización del aborto y la aplicación de métodos modernos de anticoncepción. Habría que preguntar a los perredistas si también le concederían a esas opiniones papales una autoridad a la que los mexicanos deben tomar como guía u orientación.
Cuando pensábamos que involucrar la religión en actos de proselitismo era un patrimonio ideológico de los candidatos del PAN (como el fallido aspirante a la gubernatura de Chihuahua, que invocaba a Dios en todos sus actos de campaña, visitaba cuanto templo o parroquia había en sus recorridos por el estado y se hacía acompañar un día sí y otro también de sacerdotes católicos), viene el PRD a manifestar que también para él los principios del laicismo valen un cacahuate y que, faltaba más, también quiere poner de su lado a un aliado tan poderoso e influyente como el multicitado papa Wojtyla.
El principio del laicismo, antes caro a la tradición política mexicana, implica el respeto a las creencias religiosas de cada ciudadano, que quedan en el ámbito privado, deslindándolas de los asuntos públicos, de interés general. El pragmatismo populista es un recurso al que se llega por la vía de la orfandad de ideologías y de proyectos de nación, y por la conversión de la lucha política en lo que se ha dado en llamar el mercado electoral. Pero, ¿no es esta también una expresión del avasallante dominio alcanzado por el neoliberalismo?
Morelia, Mich., 21 de octubre de 1998.

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