Eduardo Nava Hernández
Pero, ¿qué fue a fin de cuentas el movimiento estudiantil de 1968? ¿Qué implicaciones tuvo, y qué representa como un hecho histórico ahora, a un cuarto de siglo de distancia?
“Aún es muy pronto para decirlo”, respondió en alguna ocasión Mao Tsetung cuando le preguntaron su opinión sobre la Revolución Francesa. Como en todos los grandes cataclismos sociales y revoluciones, los efectos y significados últimos del 68 quizás sólo puedan ser interpretados en el largo plazo, y a la luz de nuevos hechos sociales en los que aquellos se vayan desplegando. Una luz distinta, que no existía hace un sexenio, por ejemplo, ha iluminado los acontecimientos de ese año después de las movilizaciones civiles de 1988, que han resaltado aspectos de la insurgencia ciudadana en los que no solía repararse con anterioridad.
Veinticinco años son suficientes, sin embargo, para señalar una distancia histórica y generacional considerable. Agudos observadores de la conmemoración anual y casi ritual del 2 de octubre en Morelia destacaban una de sus paradojas: muchos de los jóvenes que participan en las marchas y mítines alusivos no saben del 68 más allá de la violenta represión armada contra una movilización estudiantil, y desconocen tanto los hechos y el contexto en que se dio ese movimiento, como sus demandas y sus resultados. 1968 parece un acontecimiento demasiado lejano para ser una vivencia personal de las actuales generaciones de jóvenes, y demasiado próximo para ser estudiado en los libros de historia.
Así, durante estos cinco lustros ha predominado en amplios sectores de la izquierda, de la oposición en general y de los jóvenes, una visión en su momento eficaz, pero también parcial y reduccionista, para la cual el 68 se condensa en una fecha: el 2 de octubre, como expresión de la cerrazón y antidemocracia criminales del régimen político mexicano. No es inusual que, en muchos de sus discursos, los oradores de esas conmemoraciones equiparen la situación actual con la de aquellos años para resaltar que el avance en materia de derechos democráticos ha sido prácticamente nulo desde entonces, y que la represión sigue siendo el recurso fundamental del sistema para su sostenimiento.
Sin embargo, la lucha de aquellos años no aparece, cinco lustros después, como estéril. Si bien de inmediato no se alcanzaron los propósitos del movimiento, debe quedar clara la aportación que éste realizó para impulsar y acelerar las transformaciones en la sociedad y en la esfera política durante los últimos años: la pluralidad; la reforma política de 1977, un clima menos opresivo hacia la disidencia y de mayores libertades ciudadanas, pero sobre todo la apertura cultural –en su sentido más amplio– conquistada desde la trama de la sociedad civil misma.
Como todo gran hecho histórico, la movilización del sesenta y ocho ha sido objeto de interpretaciones. Hoy ha quedado rebasada, en lo fundamental, la versión de la “conjura” comunista o manipulada por la CIA, que el sistema político propagó en su momento, aunque algunos ecos de ella se puedan escuchar todavía en los protagonistas oficiales de aquel entonces.
Del lado priísta, se ha intentado en los últimos años una recuperación: en lo fundamental, se dice, las demandas del movimiento han sido satisfechas por los gobiernos posteriores al de Díaz Ordaz y, más aún, la generación del 68 se encuentra ahora en el poder. Si bien ha habido avances en la tolerancia hacia el movimiento civil y un repliegue de la represión masiva, que de regla pasó a ser excepción durante los últimos veinticinco años, la última afirmación es en realidad insostenible. Las transformaciones del régimen no han tocado aún la médula del autoritarismo; el sistema de partido de Estado, el presidencialismo, el centralismo, la manipulación corporativa, el control del legislativo y el judicial por el ejecutivo, mantienen su vigencia bajo nuevas formas. La marcha y mitin del 2 de octubre último, que movilizó a miles de estudiantes, maestros y pueblo en general mostró así que, desafortunadamente, la experiencia de hace cinco lustros no puede ser todavía y meramente un frío objeto de estudio para uso de los historiadores, como lo propone Héctor Aguilar Camín (Cuadernos de Nexos 64, octubre de 1993), sino que sigue pesando sobre las cabezas de quienes fueron sus protagonistas entonces y del sistema priísta en su conjunto.
En el lado opuesto, una recuperación igualmente parcial ha tratado de asimilar la movilización estudiantil de 1968 al fenómeno, sin embargo muy distinto, del movimiento popular de 1988. Creo que son dos las principales diferencias entre ambos hechos. En 1968 se produjo un viraje ideológico más profundo que contrapuso al sistema político una nueva lógica y una nueva visión del mundo, y que dio lugar, durante, los años subsiguientes, a una radicalización más duradera e inasimilable de los movimientos de masas, e inclusive a las expresiones de lucha armada de los años setenta. El 68 mexicano se ubicó en la cresta de una movilización más universal, que abarcó también a muy diversos lugares del mundo y que tuvo efectos profundos hasta donde ahora se alcanza a ver. Por otro lado, la dirección de hace 25 años, surgida de las mismas bases del movimiento y que dio lugar a nuevas formas de organización, tuvo un carácter eminentemente autónomo y popular. Frente a ello, la movilización de 1988 aparece como una situación más transitoria y coyuntural, hasta cierto punto revertida con rapidez por el sistema, comandada por una fracción de las propia burocracia política y que no da lugar a expresiones de autonomía popular semejantes a las de los años setenta.
Pero quizás la más novedosa versión sea aquella que hoy se esfuerza por minimizar el papel de la ruptura ideológica, la radicalización el movimiento y de la izquierda dentro de él. Para Luis González de Alba, uno de sus dirigentes de aquel entonces, el 68 fue tan sólo una “fiesta” en la que participaron las masas estudiantiles debido a sus efectos liberadores en la vida cotidiana, pero no un proceso de radicalización ideológica; la participación de decenas de miles de estudiantes se explica así –exagerando–, como la de quien se juega la vida enfrentando a la fuerza pública por entrar a una tocada, a un reventón. Se menosprecia el efecto transformador que la movilización misma tiene sobre la conciencia social. ¿Puede explicarse el que los estudiantes se expusieran a la represión, como ocurría durante las jornadas de julio a diciembre del 68, tan sólo por una edípica e instintiva rebeldía contra “papá gobierno”, pero sin modificar en el curso de los acontecimientos su visión política?
Por el contrario, la experiencia de 1968 expresó, como en su momento lo percibió con toda claridad José Revueltas, la necesidad de independencia política del conjunto de la sociedad mexicana frente al estado. Produjo efectos revolucionarios sobre la vida cotidiana y la cultura, pero también en la organización estudiantil y popular, y en la práctica de la democracia. Despegados hasta sus últimas consecuencias, tales factores implicaban una verdadera revolución popular contra el agobiante y opresivo sistema político nacional. Ése es el filo revolucionario de la experiencia que la represión truncó el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas.
Que este aniversario sea la ocasión para ampliar nuestra percepción de los acontecimientos de 1968: reconocer en ellos no sólo el sacrificio irracional de la juventud insurgente en Tlaltelolco, sino la revolución desarmada que fue y que dio inicio a una ciclo de transformaciones de largo alcance e irreversibles en la sociedad, la cultura, la vida cotidiana e incluso en la política. 1968: la gran puerta por la que México inició su ingreso a la modernidad. Más que en la tragedia y en la frustración de la matanza, la sociedad mexicana debe comenzar a reconocerse en las luminosas jornadas con que los jóvenes abrieron, aunque no tuvieran una plena conciencia de ello, el futuro.
Morelia, Mich., 15-16 de octubre de 1993.

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