Eduardo Nava Hernández
Visiones
Al iniciarse el segundo tercio del siglo XX, el general Lázaro Cárdenas del Río arribó a la presidencia de la República Mexicana y encabezó desde el gobierno un conjunto de reformas sociales y políticas que no sólo vendrían a consolidar el proyecto popular presente a lo largo de la Revolución Mexicana sino que sería identificado desde entonces con su nombre. Jiquilpense, el militar era conocido hasta ese momento por su cercanía con el ex presidente Plutarco Elías Calles, a cuyo lado había desarrollado toda su carrera militar y política, y por haber sido gobernador de Michoacán. Sólo a partir de ese momento se comienza a hablar en el escenario nacional de la existencia de una tendencia política a la que se pudiera dar el nombre de cardenismo, aunque el término ya hubiera podido emplearse con anterioridad en el Estado natal del nuevo jefe del Ejecutivo. Nadie acaso hubiera imaginado en 1934 que el concepto llegaría a adquirir una connotación tan particular como la que ha asumido desde entonces en la historia y la política mexicanas. Y pocos conocían los antecedentes de la política local que sustentaban la presencia del general antes de su asunción como presidente.
La impetuosa serie de reformas políticas y sociales que el general Cárdenas protagonizaría a lo largo de los siguientes seis años habrían de asignarle al término cardenismo un significado único en el contexto histórico de México y de América latina, que denota diversos significados, pero todos ellos identificados con una línea política de carácter popular.
El término cardenismo designa, así, al menos cuatro significados, estrechamente imbricados pero que refieren diferentes énfasis en la acción política y en la consideración histórica. Se lo entiende a) Como el periodo histórico (1934-1940) en que el general Cárdenas fue presidente de la República y promovió desde el Estado una obra transformadora de vastos alcances sociales; b) como la expresión política de la ideología de la Revolución Mexicana en su práctica particular durante el mencionado sexenio; c)como el grupo o tendencia política de los hombres cercanos al presidente Cárdenas; y d) como componente de una cultura política con la que se identifica amplios segmentos del campo popular, y que en Michoacán tiene una presencia particular. Los cuatro enfoques se hallan entrelazados de manera inseparable; pero es de la última de las visiones señaladas que nos habremos de ocupar en este ensayo, enfatizando la significación que el mismo, a partir de la historia local y nacional, tiene en la región de Michoacán como un elemento de identificación popular.
La referencia más directa y usual al cardenismo es la que lo identifica como un periodo histórico, los seis años en que el general Lázaro Cárdenas estuvo al frente del gobierno nacional. Se trata de un periodo particular porque en él se efectuaron transformaciones inéditas o se profundizaron con intensidad reformas que la Revolución había puesto en marcha de manera moderada. En esa etapa Cárdenas consolidó el presidencialismo con la expulsión de Plutarco Elías Calles, apoyó la organización amplia y autónoma de los trabajadores, intensificó la reforma agraria en una medida hasta entonces desconocida, desarrolló una política exterior de avanzada en defensa de la autodeterminación nacional de Abisinia, Austria y Checoslovaquia, de la República Española y el derecho de asilo actualizado en el caso de León Troski y de los republicanos españoles; rescató la riqueza petrolera para la nación, extendió como educación socialista la misión educativa a los grupos populares, llevó infraestructura y servicios a los sectores marginados y reorganizó desde las bases el partido del régimen incorporando a las masas a través de sus organizaciones sociales. Todo ello, al presentarse como la realización de la hasta entonces incumplida promesa de la Revolución Mexicana apareció como una política característica, virtualmente singular, irrepetida en el ulterior curso del Estado mexicano. De ese modo, identificado ya con el término, pasó a denotar, también y particularmente, una política económica orientada con sentido nacionalista y popular.
En esa medida, y en una acepción más cercana a lo que el propio general Cárdenas hubiera aceptado como legítimo, el cardenismo ha pasado a ser visto como una expresión política de la ideología de la Revolución Mexicana. Arnaldo Córdova, por ejemplo, escribe:
“De hecho, jamás dejó de existir un sector que desde los días del Congreso Constituyente mantuvo vivos los postulados de la Revolución y que en ningún momento cejó en el empeño de dirigir al régimen revolucionario hacia sus objetivos de reforma social. Al fin de los años treinta ese sector estaba a punto de convertirse en la fuerza hegemónica de la Revolución y en poco tiempo daría lugar al movimiento político más importante de la época posrevolucionaria: el cardenismo, que apareció, al principio, simplemente como una especie de conciencia crítica de la Revolución y con gran rapidez se convirtió en el elemento director de la política nacional”[1].
Y el mismo autor afirma más adelante:
“Se puede decir que el cardenismo representa, en su esencia, la reconquista de la conciencia del papel que las masas juegan en la nueva sociedad como motor del progreso. En realidad, todos los revolucionarios lo reconocieron siempre después de 1913. Pero lo notable en la experiencia del cardenismo es que a las masas ya no se las ve como una materia inerme que el dirigente político puede usar, transformar o deformar a su antojo, sino como una fuerza que tiene sus cauces naturales que, o se respetan y se toman en cuenta, o son desbordados con una potencia destructora que nadie puede ser capaz de controlar. No se trataba únicamente de satisfacer (o pregonar que se satisfacían sin hacerlo) los interese propios de las masas que resumía el programa de reformas sociales; se trataba, más bien, de acabar de constituir a esa fuerza social, organizándola bajo la égida del Estado de la Revolución. De ello dependía el futuro del propio Estado. […]
El cardenismo surge como la conjunción de toda una serie de corrientes inconformes con los mezquinos resultados que la lucha revolucionaria había dado y deseosas de liquidar rápidamente los problemas aún no resueltos y que la propia Revolución había heredado. La crisis mundial trajo como consecuencia inevitable la quiebra y el desprestigio de la política personalista que había campeado en los años veinte, mientras que el descontento de las masas trabajadoras volvió a poner a la orden del día la necesidad de dar un impulso decisivo al programa de reformas sociales de la Revolución[2].
Al cardenismo como una corriente o grupo político actuante dentro del sistema político nacional, se han referido, desde diferentes perspectivas, autores como Victoriano Anguiano —sin duda, el autor que más ha abundado sobre este enfoque— y Luis González y González[3]. El primero refiere el proceso de formación del equipo que, desde su gubernatura en Michoacán, acompañó al general Cárdenas y que luego estuvo con él, apoyándolo como el ala izquierda del Congreso de la Unión o directamente en su equipo de gobierno en la Presidencia de la República. El segundo hace abundantes referencias a los hombres que acompañaron también al general Cárdenas a lo largo de su trayectoria, unos como sus superiores en la gesta militar revolucionaria y otros como sus acompañantes en el gobierno civil, y que él llama, por la fecha en que ese grupo se incorporó a las armas o a la política, Generación de 1915.
Lo que tales perspectivas pueden tener en común es el subrayar el aspecto político–estatal del cardenismo, su vinculación con la institución presidencial o el partido del régimen. Pero existe también una visión del cardenismo, desarrollada más recientemente, para la que el cardenismo expresa, ante todo, un imaginario colectivo compartido por amplios grupos sociales y que representa un haz de percepciones y sentimientos populares que van del respeto y la admiración, pasando por el orgullo nacional, a la esperanza.
Para Adolfo Gilly, por su parte, el cardenismo es
una ideología nacional radical que, en sus sucesivas transformaciones, cubre ya más de la mitad de este siglo [veinte] y en la cual se destilaron y condensaron los diversos movimientos revolucionarios o reformadores provenientes del pueblo y los proyectos e ideas en que una parte de sus intelectuales, de la inteliguentsia, expresó esos pensamientos por todos recibidos, creados o compartidos.
Si en dos palabras se pudiera condensar su esencia, habría que decir éstas: esa ideología nacional responde a un sentimiento de solidaridad y a un sentimiento de justicia. No se hizo en los libros o en la palabra escrita, se formó y se sedimentó en la historia.[4].
En la historia, entonces, es donde habría que buscar la raíz de esa forma de nacionalismo popular que hoy conocemos como cardenismo y que ha tenido en Michoacán, por tratarse de la región natal del general Cárdenas y por la vinculación que éste tuvo en prácticamente todas las etapas de su vida con ella, un arraigo particular. La permanencia del cardenismo desborda, así, los linderos de la biografía de un personaje, por más que éste se haya constituido en la referencia central de un tiempo, de un sentir colectivo y de una forma de entender a la nación.
Veneros
Para entender esa visión del cardenismo como elemento de identificación popular y componente de la cultura regional acaso será necesario rastrear sus orígenes en la propia historia local. Lo que hoy conocemos como cardenismo viene a sintetizar dos de las ramas actuantes dentro de la Revolución. Por una parte, una tendencia política que se inscribe dentro de una tradición de movilizaciones y luchas populares y sobre todo agrarias, que se remontan, por lo menos, al periodo del porfiriato y que se expresó en Michoacán de modo a veces acre, a veces explosivo, durante la Revolución. Por otro lado, el jacobinismo de una intelectualidad fraguada también en la lucha contra la dictadura porfirista desde los centros urbanos y que, en ocasiones tuvo su foco en los centros educativos como el Colegio de San Nicolás de Hidalgo, en Morelia.
En el lado de las luchas agrarias debe incluirse con seguridad en el inventario de los combates precursores o anunciadores de la rebelión campesina del siglo XX, entre otras, la resistencia de los pueblos y comunidades de Taretan, Huetamo y Churumuco al fraccionamiento de sus tierras en el último tercio del siglo XIX[5].
A lo largo del conflicto armado de 1910–1920, las luchas agrarias brotaron con peculiar energía. En la región de Zamora, el líder Miguel de la Trinidad Regalado reactivó a partir de agosto de 1910 la antigua lucha de la comunidad de Atacheo por recuperar tierras que habían venido siendo acaparadas por la hacienda de Santiaguillo, y en 1912 fundó la Sociedad Unificadora de la Raza Indígena con representantes de una treintena de comunidades de Michoacán, Puebla, el Estado de México, Veracruz, Hidalgo y Tlaxcala, que luchó bajo la bandera del constitucionalismo aunque también tuvo acercamientos con el zapatismo. Durante la revolución maderista, en Jiquilpan los comuneros reclamaron la restitución de tierras ocupadas por la hacienda de Guaracha. Entre 1912 y 1915 el abogado indígena Joaquín de la Cruz, originario del pueblo de Naranja, encabezó junto con otros líderes de la región de Zacapu como Juan Gochi de la Cruz, Severo Espinosa, de Tiríndaro, y Juan Cruz de la Cruz, de Tarejero, la lucha por recuperar las tierras ocupadas por las haciendas de Cantabria, Copándaro, Tariácuri, Bellas Fuentes y Buena Vista.
En 1919 Joaquín de la Cruz fue asesinado, pero al año siguiente su sobrino Primo Tapia de la Cruz regresó de los Estados Unidos para encabezar el movimiento agrarista en la región y fundar en 1922 la Liga de Comunidades Agrarias y Sindicatos Campesinos del Estado de Michoacán, que logró una importante presencia en la región lacustre y la Meseta y entre 1924 y 1925 logró la dotación de tierras para Naranja, Tiríndaro, Tarejero y Villa Jiménez.
El jacobinismo radical tuvo sus antecedentes en el siglo XIX y en especial en la etapa de la Reforma —cuya principal figura local fue sin duda Melchor Ocampo, pero también se expresó en personajes como los gobernadores Epiatacio Huerta y Justo Mendoza, y el general Vicente Riva Palacio, que operó en el oriente del Estado durante la Intervención Francesa—, pero se expresó con particular vigor a lo largo de la Revolución Mexicana. Entre los precursores de ésta en la región deben considerarse a personajes como Donaciano Carreón, Francisco Múgica Pérez y su hijo, el luego general Francisco J. Múgica Velázquez, y los hermanos Gildardo y Conrado Magaña, todos ellos influidos ideológicamente por el magonismo. También fue una tendencia hecha gobierno a lo largo de los gobiernos constitucionalistas de Gertrudis García Sánchez, Alfredo Elizondo y José Rentería Luviano.
El gobernador constitucionalista Gertrudis García Sánchez creó en septiembre de 1914 —varios meses para el Decreto de Carranza del 12 de diciembre, que reconocía por primera vez la necesidad de repartir tierras— la Comisión de Administración de Fincas Rústicas y Urbanas para confiscar los bienes de los hacendados y comerciantes considerados como enemigos de la revolución, y una Comisión de Reclamaciones, con el fin de atender a las comunidades que habían sido despojadas. También decretó la abolición de las deudas de los trabajadores agrícolas o urbanos con sus patronos, fijó un jornal de 75 centavos para los trabajadores rurales y, por primera vez, reglamentó la jornada máxima en 9 horas e intentó establecer la Junta de Conciliación y Arbitraje para vigilar su cumplimiento[6]. García Sánchez tuvo una actitud de firmeza ante el clero y llevó a cabo la nacionalización del Seminario Tridentino, el Colegio Teresiano y el Colegio de San Ignacio.
Después de que Alfredo Elizondo (abril de 1915-febrero de 1917) creara la Comisión Agraria para dar cumplimiento a la ley de Venustiano carranza del 6 de enero de 1915, el breve gobierno de José Rentería Luviano, (febrero a agosto de 1917) restituyó tierras a la comunidad de Arocutín, y concedió la dotación a Teremendo y Parácuaro, elevó el salario mínimo a un peso y dictó medidas para proteger los bosques del estado.
Pero sin duda la experiencia local más relevante de ese jacobinismo fue el breve gobierno de Francisco J. Múgica, entre septiembre de 1920 y marzo de 1922. Múgica llegó al gobierno enfrentándose con los grupos conservadores que se habían organizado en torno del secretario de Comunicaciones del gobierno obregonista y ex gobernador Pascual Ortiz Rubio, que postularon al ingeniero Porfirio García de León. Entró al palacio de Gobierno, llevado por la mayoría del congreso estatal y por guardias agraristas y amparado por el comandante de la zona militar, el joven general Lázaro Cárdenas, e inició un gobierno reformador. Designó al joven ideólogo socialista Isaac Arriaga como jefe de la Comisión Agraria que inició el reparto de tierras, y entregó armas a diversos grupos campesinos para que actuaran contra las guardias blancas de los hacendados y los bandidos que aún actuaban en la región. Promulgó la Ley del Trabajo en el Estado que fijaba la jornada máxima en 8 horas, reconocía el derecho de los trabajadores agrícolas a organizarse en sindicatos, establecía reglamentos para proteger a las mujeres y niños y estipulaba la naturaleza y funciones del trabajo de los medieros y peones agrícolas.
En el aspecto educativo, destinó la mitad del presupuesto a la instrucción popular e incrementó sensiblemente el número de escuelas, de profesores y de alumnos de educación básica. Se fundaron en Morelia tres jardines de niños, se abrieron escuelas nocturnas para adultos, se distribuyeron libros en forma gratuita y se llevó la instrucción a las cárceles. Al gobierno muqiguista se debe también la fundación de la primera normal rural, ubicada en Tacámbaro, y a la que le seguirían otras en La Piedad, Uruapan, Ciudad Hidalgo y Zamora.
Aunque el gobierno de Francisco J. Múgica se desplomó ante la embestida que contra él lanzó el presidente Obregón a lo largo de 1921 y 1922, dejó tras de sí un cúmulo de dirigentes y cuadros políticos que, junto con los de la Liga de Comunidades Agrarias, constituían ya una importante base político-social, pero carente de centralización y de conducción a escala estatal. El arribo del general Cárdenas al gobierno estatal en 1928, impulsado por las fuerzas locales y con el beneplácito de su protector el presidente Calles, dio la ocasión para que las dos vertientes (derrotadas políticamente en ese momento) volvieran a expresarse en el escenario local e impulsaran el programa de reformas que, con la defenestración de Múgica en 1922 y el asesinato de Primo Tapia en 1926, había quedado irresuelto.
Ligaduras
Los antecedentes del gobierno cardenista explican las favorables condiciones que hicieron posible no sólo el arribo del general Lázaro Cárdenas al gobierno estatal de Michoacán en septiembre de 1928 (después de ser comandante militar de la Zona de la Huasteca, en Veracruz) sino la facilidad con la que logró construir una fuerza social de apoyo. Para enero de 1929 convocó a un congreso obrero-campesino y popular que se celebró en la ciudad de Pátzcuaro y en el que se fundó la Confederación Michoacana Revolucionaria del Trabajo (CRMDT). Esta organización de masas le permitiría a Cárdenas impulsar la reforma agraria en el Estado, asignando por dotación o restitución 141 mil 663 hectáreas que beneficiaron a 15 mil 753 campesinos de 181 poblados. Esa cifra superaba con más de 10 mil hectáreas a las 131 283 con que en el período de 1917 a 1928 se había dotado a 21 916 ejidatarios de 124 pueblos; y al finalizar su mandato dejaba en proceso de tramitación 152 expedientes más[7]. Estas cifras son notables ya que, si bien en la primera etapa de su gobierno Cárdenas contó con condiciones favorables por la política agraria del presidente Portes Gil, que intentaba revitalizar el reparto agrario, el arribo de Pascual Ortiz Rubio al poder Ejecutivo de la República representó un importante retroceso por el agrarismo, pues se vino a aplicar la política pragmática dictada por el Jefe Máximo Plutarco Elías Calles, que veía incompatible la ampliación y profundización del reparto con la búsqueda de la productividad agrícola en el país.
Para llevar adelante su proyecto de justicia agraria, el gobernador de Michoacán expidió la Ley Número 110 sobre Tierras Ociosas del 20 de mayo de 1930 y la Ley Número 75 sobre Expropiación por Causa de Utilidad Pública, del 28 de enero de 1932. La primera concedía a los campesinos solicitantes en condición de aparcería o arrendamiento, a elección de los vecinos del municipio, y por un período de tres años los predios incultivados. Esta Ley, que otorgaba a los ayuntamientos una amplia injerencia para tramitar y resolver las solicitudes, establecía la renta en un cinco por ciento del valor de la cosecha, como máximo, o de diez por ciento si además de la tierra el beneficiario recibía del propietario de la tierra los aperos de labranza. La Ley de Expropiaciones declaraba de utilidad pública las expropiaciones que el estado realizara, previa indemnización a los propietarios afectados, calculada con base en el valor fiscal. Esta Ley, sin embargo, fue nulificada más tarde por el gobierno federal por considerarla contraria a la Constitución de la República.
Desde 1931 Cárdenas se dotó de un instrumento para satisfacer las demandas de restitución de tierras, al aplicar el Programa de Acción y Antecedentes Históricos y Legales y la Ley Número 46. Se trataba no de repartir tierras sino de recuperar para las entidades sociales colectivas de la Meseta Tarasca los bosques cuyo usufructo habían perdido a través de contratos de arrendamiento frente a las compañías madereras desde la etapa porfirista[8]. Esta Ley anulaba los contratos que, con duración casi siempre de 100 años se habían firmado en beneficio de las empresas explotadoras. Del mismo modo, el gobernador anuló, declarándolos inconstitucionales, los contratos con las empresas eléctricas extranjeras como la Guanajuato Power and Electric y la Sociedad Moreliana de Luz y Fuerza Eléctrica Ibarrola, González y Cia.
Otro instrumento para impulsar la reforma agraria y debilitar a las haciendas fue la creación de nuevos municipios y tenencias. En sus cuatro años de gobierno se crearon los municipios de Ocampo, Churumuco, Charo, Tocumbo, Tarímbaro, Álvaro Obregón, Tzintzuntzan y Turicato, y se fundaron 16 tenencias, en su mayoría en las haciendas más importantes como Guaracha, Lombardía, Nueva Italia, Pedernales, El Chaparro, Tepenahua y Cantabria[9].
La industrialización se impulsó mediante el decreto de enero de 1929 que declaraba de interés público el establecimiento de nuevas industrias y el desarrollo de las ya existentes, eximiendo hasta de un 75 % de los impuestos a las nuevas empresas que se establecieran durante los dos primeros años de vigencia del Decreto En materia laboral, el gobierno cardenista reformó la Ley del Trabajo para fijar el domingo como día de descanso semanal obligatorio y eliminar la arbitrariedad de que fuera el patrón quien unilateralmente determinara el asueto de sus trabajadores. Los sindicatos obtuvieron la cláusula de exclusión. También se modificó el artículo 243 de la Ley para otorgar facultades ejecutivas a las Juntas de Conciliación y Arbitraje en los casos en que los patronos se negaran a acatar los laudos[10].
En el terreno educativo es acaso donde el avance de la política cardenista fue más sensible. A la educación se canalizó entre el 34 y el 40 por ciento del presupuesto estatal durante cada uno de los cuatro años de gobierno del general Cárdenas. Se elevó de 782 a 1 254 el número de escuelas públicas en todo el estado; las rurales pasaron de 175 a 452, es decir, más de la tercera parte del total. A través del decreto número 5, del 9 de octubre de 1930, el gobierno estatal asumió la instrucción pública y la enseñanza normal, dejando sólo la preparatoria y profesional en manos de la Universidad Michoacana. En las poblaciones más importantes se establecieron jardines de niños, y en las empresas fabriles más grandes, haciendas y ranchos se crearon 326 escuelas “Artículo 123” para los hijos de los trabajadores. Se fundaron internados “Hijos del Ejército” en Morelia y Pátzcuaro; en esta última población se estableció también una escuela técnica industrial para indígenas, a la que se agregaron otras en Coalcomán y Paracho. La población escolar aumentó a 74 129 niños distribuidos de la manera siguiente: 39 339 en escuelas oficiales, 27 917 en escuelas rurales particulares y 6 873 en escuelas particulares urbanas[11].
Pero, más allá del avance cuantitativo, el gobierno cardenista buscó convertir a la educación en un vehículo de transformación social. La educación se orientó en lo esencial a apoyar el reparto agrario y las medidas complementarias del estado, modificando la mentalidad de la población campesina ante el cambio; pero también buscó mantenerla dentro de los límites de la reforma social planteada por el estado posrevolucionario. La expansión del sistema educativo fue acompañada con la profundización de su aspecto ideológico y la difusión de las llamadas misiones culturales, que se dirigían hacia las zonas de menor desarrollo y localidades de población indígena: Pátzcuaro, Paracho, Coalcomán, Maravatío, Parácuaro, Tlalpujahua, Zinapécuaro, Jacona, Zamora, Tacámbaro, Zitácuaro o Huetamo.
El paradigma de la educación socialista priorizó la preparación tecnológica y aplicada a la producción, así como la educación especial indígena. En 1929 se fundaron la Escuela Industrial Indigenista en Pátzcuaro y la Escuela Industrial para Mujeres “Josefa Ortiz de Domínguez” en Morelia, que vino a agregarse a la Técnica Industrial Álvaro Obregón, fundada un año antes. La Central Agrícola de La Huerta, fundada por el gobierno de Calles en 1926, se transformó en Escuela Regional Campesina, orientada a impartir cursos prácticos de agricultura, ganadería, industrias y cooperativismo. Esos cursos debían ser de corta duración (dos años), con el propósito de no desarraigar a los estudiantes de sus regiones y que volvieran a éstas a aplicar sus conocimientos.
La extensión de la educación básica, secundaria y técnica se vio complementada por el apoyo del gobernador a la Universidad Michoacana, con la que estableció una relación de colaboración muy estrecha. Apoyó la formación de la primera Casa del Estudiante, el establecimiento del servicio social obligatorio para los estudiantes, la fundación de un instituto de investigaciones sociales que, al parecer, no legó a funcionar y, en 1932 la fundación de la Federación de Profesores del Colegio de San Nicolás de Hidalgo, como un embrión de la organización del magisterio universitario. La Universidad Michoacana aportó mucho del trabajo intelectual para la elaboración, durante el gobierno local cardenista, de la tesis de la enseñanza socialista, que luego sería llevada a rango constitucional. Los intelectuales universitarios se convirtieron así, junto con los militares, campesinos y maestros, en el cuarto pilar en el que se apoyó el gobierno cardenista en Michoacán y, más allá, en un eficiente equipo que continuó operando durante el período del general de Jiquilpan en la Presidencia.
A partir de 1933, al ser postulado el general Cárdenas al máximo cargo político del país, la identificación de los michoacanos con la figura del militar jiquilpense se profundizó. El equipo militar y civil que lo venía acompañando en su etapa como gobernante, y que había resistido la embestida anticardenista del general Benigno Serrato —sucesor del general Cárdenas, quien intentó desplazar a la CRMDT y a los cardenistas de las posiciones que éstos tenían copadas—, se sumó al gobierno federal o lo apoyó desde las cámaras del Congreso de la Unión. Pero sobre todo, se profundizó la identificación que un sector importante de las masas campesinas y trabajadoras del Estado había desarrollado con su ya para entonces ex gobernador, por lo que le otorgaron su respaldo electoral.
Ya en la presidencia de la República, el general Cárdenas mantuvo su atención a su Estado natal. Entre 1935 y 1940 se continuó con el reparto agrario con 980 resoluciones presidenciales, que implicaron la distribución de 982 630 hectáreas para 70 254 campesinos solicitantes. El 9.8 % de las acciones agrarias realizadas en el país a lo largo del mandato cardenista tuvo lugar en Michoacán. Entre las afectaciones más importantes deben contarse las de la hacienda de Guaracha, en la Ciénaga de Chapala (región vecina de Jiquilpan y tierra natal de la madre del general, doña Felícitas del Río), y de las dos haciendas más productivas y tecnificadas del Estado, las de Lombardía y Nueva Italia. En esta última se constituyó el ejido colectivo más grande del país a partir de la expropiación a la familia italiana Cusi. Tanto en Guaracha, en 1935, como en las propiedades de los italianos en julio de 1938 se dotó a los ejidatarios no sólo de las tierras sino del equipamiento completo —maquinaria, equipo, sembradíos, huertos, caballerizas y ganado, etcétera— para garantizar la productividad de las empresas; a pesar de ello, ambos proyectos ejidales fracasaron al cabo de algunos años, pero fueron actos de audacia que demostraron palmariamente el compromiso del general con la radicalización del proceso agrario. Era dar cumplimiento a la visión integral que Cárdenas apuntó en su diario en enero de 1935: “extinguir las llamadas haciendas agrícolas […] tanto para dar cumplimiento al postulado agrario como para evitar la violencia que se registra entre hacendados y campesinos solicitantes de tierras”. A través de la expropiación y reparto de las haciendas más productivas, que hasta entonces parecían intocables, se establecía una alianza duradera entre el Estado nacional encabezado por el cardenismo y la clase campesina, la más numerosa del país. No se trataba de modificar tan sólo la forma de propiedad sino de fincar una nueva base de relaciones sociales en el campo, donde el papel del Estado sería determinante. Éste entregaría la tierra a los campesinos, los organizaría en forma colectiva y canalizaría hacia ellos créditos, tecnología, obras públicas y educación. El ejido colectivo sería la célula de la sociedad diseñada por lo que Cárdenas y los suyos llamaban el proyecto social de la Revolución Mexicana; en otras palabras, lo que Adolfo Gilly ha llamado “la utopía cardenista”:
un Estado paternal y protector que controlara y desarrollara la industria y alimentara así las necesidades y el progreso de una miríada de pequeñas comunidades rurales dueñas de sus tierras y de sus destinos, nutridas por las antiguas tradiciones comunales solidarias, educadas por la escuela y el trabajo en común, hogar y sustento de un país igualitario, equilibrado, próspero y pacífico[12].
En ese proyecto, la relación directa entre las masas y el estado era fundamental. Se establecía no sólo a través de la dotación agraria sino del crédito y la asesoría a la producción, la organización corporativa de trabajadores y campesinos y la atención a los servicios públicos, particularmente la educación, que ya como gobernador el general Cárdenas había fortalecido.
Durante el periodo 1936-1938 la CRMDT fue disuelta para que sus componentes campesino, obrero y magisterial se integraran en los organismos nacionales en formación, la Confederación Nacional Campesina, la Confederación de Trabajadores de México y el Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza de la República Mexicana (STERM), respectivamente. Con ello, las masas organizadas se vincularon directamente, sin otras mediaciones, con las instancias corporativas nacionales, tributarias de la autoridad del presidente de la República.
La empresa educativa se sustentó en la ideología de la educación socialista, que tenía sus antecedentes en la gestión del general en Michoacán de 1928 a 1932, en el proceso de organización del magisterio y en su vinculación a través de la CRMDT, y que durante el gobierno local del general Cárdenas ya había sido proclamada por el secretario de Educación, Prof. Jesús Romero Flores: que todo maestro tuviera, “una ideología de acuerdo con los intereses y necesidades del campesino”[13].
Desde luego, el esfuerzo gubernamental se centró en ampliar la cobertura social de la educación, particularmente de la instrucción elemental. En 1938 existían en Michoacán 1 159 escuelas primarias, 537 de ellas de carácter federal, 540 estatales y 82 del tipo “Artículo 123” a cargo de las haciendas y ranchos. En ellas trabajaban 1 926 maestros, siendo 779 federales, 1 042 estatales y el resto empleados de las escuelas “123”. La población estudiantil ascendía a 95 563 alumnos; 41 150 de ellos estaban inscritos en escuelas federales, 49 328 en las estatales y 5 085 en las escuelas “Artículo 123”[14]. Estos planteles no se limitaban a impartir la alfabetización sino, de acuerdo con la tesis de la educación socialista, cumplían una diversidad de tareas que iban desde la organización y mejoramiento del proceso productivo hasta la “desfanatización”, pasando por la promoción de fiestas cívicas, campañas antialcohólicas y la difusión de expresiones varias de la doctrina socialista.
Durante el gobierno cardenista se fundaron en el Estado normales rurales —la más importante de ellas la de Tiripetío— y escuelas regionales campesinas, que vinieron a sustituir a las escuelas centrales agrícolas del periodo anterior. La tarea educativa se complementaba con la labor de misiones culturales, integradas mayormente también por profesores, que difundían las expresiones de la cultura popular, y la capacitación para el trabajo y el extensionismo rural.
Asimismo, el gobierno cardenista impulsó como ninguno otro antes, el indigenismo como un factor cultural fundamental de la nación mexicana. En el periodo 1934-1940 se inició la exploración y recuperación del centro ceremonial de Tzintzuntzan, el más importante de la cultura tarasca, se organizó el Primer Congreso Indigenista Latinoamericano, que se reunió en Pátzcuaro en abril de 1940, y se impulsó, a través del Departamento de Asuntos Indígenas, dirigido por Luis Chávez Orozco, la Primera Asamblea de Filólogos y Lingüistas, de la que salió una estrategia para la alfabetización bilingüe diseñada por el filólogo estadounidense Morris Swadesh y ensayada en las comunidades de la Meseta Tarasca para ser después extendida a otras regiones indígenas del país. Swadesh adaptó la grafía alfabética a la lengua purhépecha, apoyando con ello su conservación y difusión.
La relación del general Cárdenas con la Universidad Michoacana también fue privilegiada. A diferencia de la tensa relación que existía entre el gobernante y la Universidad Nacional, siempre mantuvo, desde su época como gobernador de Michoacán, una cercanía con la institución nicolaita. De entre los universitarios nicolaitas surgieron varios de los más importantes colaboradores del general Cárdenas en el gabinete presidencial: Gabino Vázquez (jefe del Departamento Agrario), Silvestre Guerrero (procurador general de la República, secretario de Gobernación y secretario de Salud y Bienestar Social) Jesús Díaz Barriga (ex rector, jefe de la Comisión de Estudios de la Presidencia) Daniel T. Rentería (tesorero general de la Nación), Gustavo Corona Figueroa (presidente de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje, a quien le correspondería emitir el fundamentalísimo laudo contra las empresas petroleras que dio lugar a la expropiación del 18 de marzo de 1938) y Enrique Arreguín Vélez (también ex rector, presidente del Consejo Nacional de Educación Superior y la Investigación Científica, subjefe de la Comisión de Estudios de la Presidencia de la República en 1937 y finalmente subsecretario de Educación Pública). En el Poder Judicial de la Federación se incorporaron dos destacados abogados e ideólogos universitarios michoacanos: Alberto Coria y Alberto Bremauntz, ambos como magistrados del Supremo Tribunal de Justicia del Distrito y Territorios Federales. Como diputados de la Legislatura del Congreso de la Unión, ambos habían elaborado una exposición de motivos para la reforma del artículo 3° constitucional, fundamentando la tesis de la educación socialista.
Pero sobre todo, con el apoyo del general Cárdenas como presidente de la República, se dio a la Universidad Michoacana una nueva Ley Orgánica, la de marzo de 1939 (vigente hasta 1961), surgida de la movilización de diversas corrientes de profesores y estudiantes y que perfiló a la UMSNH como una universidad socialista, acorde con el espíritu del artículo 3° constitucional.[15] El 4 de febrero de 1939 el gobernador Gildardo Magaña entregó simbólicamente la universidad a los estudiantes. El rector renunció y el gobernante designó como rector al joven abogado Natalio Vázquez Pallares, de sólo 26 años de edad.
La Ley Orgánica eliminó el concepto de autonomía y definió a la UMSNH como “una institución de Servicio Público, destinada a cumplir, en el campo de la educación superior, los principios que en materia educativa sustenta la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y la particular del Estado”. Establecía la paridad entre autoridades y estudiantes en el Consejo Universitario, pero dejaba sin representación a los maestros de las facultades y escuelas ante este órgano. El Consejo participaba en la elección del rector elaborando una terna de la que el Gobernador tendría que hacer la designación, y fijaba como requisito para serlo el tener, además de antecedentes y prestigio académico, una “reconocida ideología socialista”. La Ley establecía también una declaración de principios inspirada en nociones tomadas del materialismo y del positivismo y que deberían regir la vida universitaria: “a) En lo filosófico, la afirmación de a identidad esencial de los fenómenos del Universo y adopción de una filosofía basada en la Naturaleza. b) En materia social, la aceptación del principio de íntima relación entre todos los fenómenos de la vida en común y su estrecha dependencia de los modos económicos y técnicos de producción y cambio. c) En lo moral, la adopción del principio ético fundamental de que el trabajo y la riqueza deben repartirse en forma justa dentro de la sociedad, luchando por suprimir la explotación del hombre por el hombre; la solidaridad con los trabajadores para fortalecer y crear en los educandos una conciencia social en consonancia con las actuales condiciones históricas de México”; y se eliminaba la libertad de cátedra por ser contraria a la orientación educativa postulada por el Estado de la Revolución. Esta ley era, en palabras de Vázquez Pallares, la contribución de los michoacanos “a un hecho trascendental: la creación de la Universidad Socialista, como un tributo a la Revolución Social de México”. En resumen, era la antítesis de la universidad liberal preconizada en la misma época en la UNAM y posiblemente la expresión ideológicamente más pura del proyecto de la corriente cardenista para la educación superior.
La etapa de la nueva universidad socialista, que coincidió con la última etapa del gobierno cardenista, proyectó a la institución de manera importante en el plano nacional e internacional. Fue sede del VI Congreso Mexicano de Historia, organizó la celebración del IV Centenario del Colegio de San Nicolás y dio inicio a la llamada Universidad de Primavera “Vasco de Quiroga”, inaugurada el 9 de mayo de 1940 por el presidente Lázaro Cárdenas, un ciclo de conferencias a cargo de investigadores y escritores invitados del más alto nivel como los médicos Tomás G. Perrín y Salvador González, el escritor Ludwig Renn, el ex rector de la Universidad de Madrid y presidente del Consejo de Ministros del gobierno republicano español, Salvador Giral, los filósofos Adolfo Sánchez Vázquez, Juan David García Bacca y María Zambrano, el biólogo José de Buen y el químico Ramón Xirau.
En suma, el gobierno de la República en el periodo cardenista puso una particular atención al Estado natal del presidente y aportó a Michoacán un proyecto de desarrollo social igualitario que se manifestó en diversos niveles, pero particularmente, sin descuidar la atención a las clases medias y sectores urbanos, buscando impulsar el desarrollo rural a través del colectivismo de los productores, aunque no ello se lograra a la postre como lo avizorara ese proyecto.
Identidades
Todo lo expuesto no explica suficientemente, sin embargo, la vinculación e identificación generalizada entre los sectores populares de Michoacán y el cardenismo. Para ello, el largo periodo de 30 años que siguió al término de la presidencia del general acaso haya sido más decisivo.
No se trata sólo, entonces, de la identificación por paisanaje con una figura pública nacional a la que se le reconoce el haber realizado desde la presidencia de la República una obra trascendente en materia social y política y el haber reivindicado para la nación la estratégica propiedad sobre los recursos petroleros. Después de dejar la presidencia de la República, el general Cárdenas mantuvo e incluso profundizó su relación con su Estado natal como un peculiar e insólito promotor del desarrollo local y regional, permanentemente atento a los requerimientos de las comunidades rurales y urbanas de Michoacán y de las entidades comprendidas dentro de la cuenca del río Balsas.
“Estaré vinculado para siempre a este pueblo de templada voluntad, de alma fuerte y de elevado pensamiento y de recia y firme contextura histórica y geográfica y permaneceré atento a sus necesidades para ponerme a su servicio cuando sea necesario en la forma modesta y digna que corresponde a un soldado de la Revolución”, afirmó el general Cárdenas el 15 de septiembre de 1932, al dejar el cargo de gobernador. Y las tres décadas que siguieron a su periodo presidencial demostraron que se trataba de un compromiso inquebrantable.
Después del periodo en el que ocupó la Comandancia Militar del Pacífico y la Secretaría de la Defensa, con motivo de la Guerra Mundial (entre diciembre de 1941 y agosto de 1945, en el que no dejó de ocuparse de su Estado atendiendo desastres como el terremoto de abril de 1941 y la erupción del Paricutín en 1943), el general Cárdenas se dirigió al presidente Miguel Alemán en abril de 1947 para proponerle un proyecto integral de desarrollo regional basado en el aprovechamiento de las aguas del río Tepalcatepec, en la Tierra Caliente. Al ser aceptado el proyecto, fue designado vocal ejecutivo de la Comisión creada con ese fin y adscrita a la Secretaría de Recursos Hidráulicos. Se trataba de construir a lo largo del río Tepalcatepec un sistema de presas para riego y generación de energía eléctrica, electrificar áreas rurales, abrir carreteras, construir escuelas y hospitales, reforestar los montes, apoyar la producción ganadera, construir un puerto en la costa de Michoacán, apoyar la dotación de servicios a los poblados existentes y planificar el establecimiento de nuevos centros de población. Cárdenas se radicó en la región, dedicado de lleno a recorrerla y a planificar las obras, y ya para 1948 inauguraba en Arteaga una planta eléctrica, al tiempo que propagaba huertos, criaderos de ganado y de peces, estaciones apícolas, puentes y caminos. También promueve la edificación de escuelas rurales, pero, sobre todo, incrementa espectacularmente el área irrigada. El nuevo auge agrícola promovió un rápido poblamiento de la región. La insalubridad comenzó a ser vencida, abatiéndose las tasas de mortalidad, que ya para 1960 eran considerablemente más bajas, ubicándose incluso por debajo de los promedios nacionales[16]. Municipios como Apatzingán, Buena Vista, Parácuaro, Múgica (Nueva Italia) Aguililla y Tepalcatepec registraron los más altos índices de desarrollo demográfico. También se crearon nuevos centros de población, como el de Antúnez, trazado personalmente por el general Cárdenas y donde la Comisión estableció una estación agrícola experimental.
Como resultado de los primeros años de trabajo de la Comisión del Tepalcatepec, para entonces, la economía regional en la Tierra Caliente se había transformado radicalmente. Entre 1950 y 1970 la superficie cultivada en la región terracalenteña aumentó 2.5 veces. El algodón desplazó al maíz como cultivo principal y se triplicó el valor de la producción por hectárea. Se introdujeron también el arroz, el ajonjolí y el ganado. A partir de 1950, con la llegada del ferrocarril a la región, creció espectacularmente la producción de melones. El valor del producto agrícola en la región se multiplicó por seis a precios constantes.
Los otros grandes cambios promovidos por el general Cárdenas fueron la electrificación y la comunicación. La Comisión del Tepalcatepec colaboró con la Comisión Federal de Electricidad en la construcción de dos grandes plantas generadoras en el río Cupatitzio–El Marqués, las de El Cóbano y Salto Escondido. Mil seiscientos kilómetros de carreteras, caminos y brechas modificaron el perfil de la región, antes inhóspito y semidespoblado.
Durante el gobierno de Adolfo López Mateos la obra de Cárdenas en la región del Tepalcatepec fue amplificada, a partir de 1958, al crearse la nueva comisión para la cuenca del río Balsas, en la que el general sólo aceptó participar después de que también se ofrecieron cargos a otros ex presidentes de la República y sin cobrar un sueldo. La Comisión del Río Balsas tenía los mismos objetivos que su antecesora del Tepalcatepec, pero abarcando un área más amplia de 110 mil kilómetros cuadrados en los estados de Tlaxcala, Puebla, México, Morelos, Guerrero, Oaxaca y Michoacán. Se prosiguió la obra de electrificación con la terminación de las presas Salto Escondido, y El Cóbano, y la construcción de las de Los Olivos y Cupatitzio, pero sobre todo, dos grandes obras sobre el Balsas: las de Infiernillo y La Villita, inaugurada en 1967. Para 1970, año de la muerte del general Cárdenas, el río Balsas contaba con 18 grandes presas para el aprovechamiento agrícola y la generación de energía.
Cierto es que las grandes inversiones promovidas por el general para el desarrollo de la Tierra Caliente fueron aprovechadas particularmente por la agricultura capitalista privada, que sin dificultades logró sobreponerse a la ejidal, propiciando el arrendamiento parcelario, y controlar monopólicamente los canales de comercialización de los productos. Ello no elimina, sin embargo, la trascendencia de la obra cardenista en la región, donde el general intentó poner en práctica un peculiar modelo de desarrollo regional sustentado en la acción directa del Estado sobre las comunidades rurales. Y en tanto representante del Estado —que no pocas veces sobreponía su actuación a la de los gobernadores y autoridades municipales— estableció y cultivó las relaciones personales con los factores locales de poder y con la población en general, atendiendo de manera directa las necesidades materiales de las comunidades rurales y pueblos de las zonas más deprimidas de las demarcaciones bajo su administración.
Y aun faltaba para el general ver realizada una tarea formidable como era la de promover la instalación, en la costa michoacana y justo en la desembocadura del río Balsas, de una moderna planta siderúrgica que permitiera el aprovechamiento de los inmensos yacimientos de hierro existentes en la región, y de un puerto de altura para integrar esa apartada y olvidada zona al mercado nacional e internacional. A esa tarea dedicó Cárdenas los últimos años de su vida. Los yacimientos habían sido concedidos en 1943 a los ingenieros Vicente Cortés Herrera, Andrés Villafaña y Ramón P. de Negri y el general Rafael Sánchez Tapia, quienes los traspasaron a la Compañía Minas de Fierro Las Truchas, S. A., subsidiaria de la compañía transnacional Betelhem, así que el general Cárdenas tuvo que empezar por propugnar la cancelación de esas concesiones y del contrato de traspaso. En febrero de 1948 el presidente Miguel Alemán canceló la concesión y, al crearse la Comisión del Tepalcatepec, encomendó a su titular la realización de los estudios para el aprovechamiento de los criaderos, pero sin asignarle recursos económicos a ese fin. Entre 1951 y 1958 la Comisión empieza a considerar la desembocadura del Balsas como el lugar adecuado para la instalación de la siderúrgica, desechando otras propuestas como Manzanillo o Morelia. Hubo que derrotar también el proyecto de instalar la planta en Manzanillo, de un grupo privado encabezado por Miguel Alemán y Carlos Trouyet. Paralelamente, la Secretaría de Marina realizaba los estudios para construir el puerto de altura en algún punto de la costa michoacana o guerrerense, próximo a la desembocadura del Balsas. En febrero de 1957 el presidente Ruiz Cortines asumió que el proyecto se realizara definitivamente en Las Truchas, y en 1959 el nuevo presidente Adolfo López Mateos resolvió que la empresa siderúrgica se estableciera con capital estatal, sin intervención del capital privado. Cárdenas se hizo asesorar de la compañía alemana Krupp para la instalación de la planta en la costa michoacana, concibiéndola ya como un proyecto para el desarrollo económico y social de la región. Pero, finalmente, por razones políticas (el impulso del general Cárdenas al Movimiento de Liberación Nacional), el gobierno de López Mateos no asume ningún compromiso con el proyecto siderúrgico. Sería hasta el periodo presidencial de Gustavo Díaz Ordaz que se iniciara la construcción de la planta de Las Truchas, que el general Cárdenas no alcanzó a ver terminada pero que, para 1970, el año de su muerte, ya se había iniciado.
Lo realizado por el general Cárdenas en las comisiones del Tepalcatepec y del Balsas no tiene precedente —ni ha tenido émulo— en la historia de México. Se trata del único personaje que, tras concluir su periodo como gobernante, asume una posición de auténtico servicio a la sociedad y, particularmente, a las clases desposeídas. El hombre que desde el poder había realizado ya una obra trascendente —la recuperación para la nación de los recursos petroleros, la reforma agraria, la consolidación del régimen político, el impulso a la organización de la clase trabajadora y una política exterior que honraba al país en el panorama mundial— trabajaba ahora desde inverosímiles escenarios rurales y semirrurales para impulsar un proyecto de desarrollo regional y local fincado en las profundas tradiciones del México aldeano, pero también en una visión modernizadora sustentada en la gran empresa estatal.
Ningún personaje de la historia de México se asemeja a Lázaro Cárdenas por el reconocimiento popular adquirido; probablemente se trata del único en haber representado, en alguna medida, las tres modalidades de la legitimidad de la que habla Max Weber. Como personaje de la Revolución llegó al gobierno de Michoacán estableciendo un liderazgo carismático que lo ubicó —conforme a la práctica de diversos caudillos locales de la época— no sólo como un gobernador capaz sino como un verdadero dirigente social. A lo largo de sus diez años como gobernante (cuatro como gobernador, seis como presidente) demostró singulares dotes de estadista, es decir como representante no de un poder personal, sino institucional que dio forma y vigor al entramado racional-legal del poder público y consolidó al Estado mexicano. Como gestor del desarrollo regional a lo largo de casi treinta años de trabajo acortó las distancias entre los gobernados y los gobernantes y en lo personal logró niveles de identificación y proximidad con las masas campesinas y populares que lo dotaron de una autoridad extra institucional, asimilable a la de los misioneros y evangelizadores de la Conquista, o con los caciques benefactores del mundo rural[17].
Mito
La importancia de la personalidad y la obra del general Lázaro Cárdenas, profundamente arraigada en el imaginario colectivo de la sociedad nacional y de Michoacán ha sido tal que no han faltado escritores que han hablado del mito de Cárdenas[18].
El cardenismo ha sido el fenómeno más duradero como factor de identificación política de las masas populares de Michoacán. Se ha extendido por al menos siete décadas en el imaginario colectivo como un recuerdo y una potencia: el recuerdo de un periodo en que se aproximaron al ideal de la justicia social prometida desde el movimiento revolucionario de la segunda década del siglo y constantemente escamoteada por los gobiernos nacionales, conformados y encuadrados en el interés del gran capital; el potencial —siempre frustrado también, pero nunca renunciada— de reencauzar con la movilización pacífica y organizada que de aquella etapa aprendieron, el poder estatal para ponerlo al servicio de sus propios fines.
Cardenismo ha llegado, así, a convertirse en un complejo, difuso y multívoco término en el que se combinan la gratitud por las reivindicaciones alcanzadas, la añoranza de una etapa en que el pueblo alcanzó un particular protagonismo, la asimilación de los valores y la tradición nacionalistas y antiimperialistas que el general Cárdenas llegó por derecho propio a simbolizar, el reconocimiento de la obra nacional realizada por don Lázaro desde la Presidencia, el orgullo regionalista y cierta dosis de esperanza. Esta múltiple significación del cardenismo dio lugar, entonces, a un empleo polisémico, generalmente asimilado a la ideología y al discurso de la Revolución Mexicana, en la que aparecía como patrimonio del partido oficial y era uno de sus pilares fuertes de sustentación en un estado donde la religiosidad y el conservadurismo popular han tenido un papel nada despreciable.
Eso significa que el cardenismo ha tendido, a lo largo de la historia local —y, en muchos aspectos, también nacional— dos sentidos. Por una parte, operó predominantemente como un revestimiento legitimador para el régimen autoritario y corporativo que sucedió al gobierno del general Cárdenas y que realineó al sistema político y a sus principales actores con la hegemonía del imperialismo estadounidense. Por otro lado, se ha conservado y sedimentado como un factor de movilización popular que, periódicamente revitalizado, ha planteado un constante desafío a ese régimen.
Al menos en cuatro ocasiones el cardenismo ha expresado su vitalidad en Michoacán bajo la forma de movilización masiva. La primera, en ocasión de la campaña presidencial de Miguel Henríquez Guzmán en 1952, cuando una parte importante de la corriente cardenista se sumó a la candidatura opositora y la abrigó con una legitimidad de la que otros aspirantes presidenciales, en diferentes momentos, no dispusieron. La segunda, al inicio de los años sesenta, cuando el general Cárdenas personalmente convocó e impulsó la formación del Movimiento de Liberación Nacional, que también tuvo en su entidad natal una inusitada capacidad de convocatoria y de organización. La tercera, en los inicios de los años ochenta, cuando el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas fue postulado al gobierno del Estado. La cuarta, entre 1987 y 1990, cuando el hijo del general encabezó la ruptura de la Corriente Democrática con el PRI y se postuló a la presidencia de la República a través del Frente Democrático Nacional que dio origen al Partido de la Revolución Democrática. En las tres ocasiones afloró el robusto vínculo fincado por el general Cárdenas con los grupos populares de Michoacán, actualizándose más allá de la personalidad misma del ex presidente. Tanto en la campaña henriquista como en la coyuntura de fines de los años ochenta el mito del cardenismo abrigó a quienes de una u otra manera se presentaron como sus representantes, en un caso un militar cercano por su trayectoria política a don Lázaro, y en otro a su hijo.
El general Miguel Henríquez Guzmán realizó su carrera militar principalmente en cercanía con el general Lázaro Cárdenas desde aproximadamente 1929, cuando había actuado bajo sus órdenes en Michoacán y durante la rebelión escobarista. Luego sirvió al presidente en tabasco y en la batida a la rebelión de Saturnino Cedillo en San Luis Potosí. Sustituyó en 1940 a Juan Andrew Almazán como comandante en Nuevo León cuando aquél emprendió su campaña por la presidencia de la República, y durante el gobierno de Ávila Camacho asumió la comandancia en Jalisco. Con esos antecedentes, Henríquez realizó su primer intento de arribar a la primera magistratura en 1946, de la que se retiró oportunamente declinando a favor de Miguel Alemán. Fundó entonces la Federación de Partidos del Pueblo Mexicano, con la que también en 1952 emprendería su aventura en pos de la presidencia. A lo largo de ésta se rodeó de muchos de los cardenistas más destacados, que le otorgaron un amplio respaldo y le colocaron el halo de ser el auténtico heredero de la ideología de la Revolución Mexicana.
En Michoacán, el general Henríquez desarrolló una impresionante movilización y logró obtener, en la elección presidencial, un respaldo popular altísimo. Con la adhesión de un amplio número de políticos vinculados al cardenismo, incluido el general Francisco J. Múgica, la entidad fue una de las que más sufragios aportaron para que el candidato de la FPPM lograra el reconocimiento —sin precedentes para un candidato opositor— de un 15 por ciento de la votación nacional.
En realidad alejado ideológicamente del cardenismo, el general Henríquez pudo sin embargo —en función de una mera cercanía con don Lázaro en el ámbito militar y coyunturalmente en el político— aparecer como un continuador natural de la obra del divisionario de Jiquilpan. Se mantiene la incógnita de si fue éste o no quien alentó a muchos de sus amigos y ex colaboradores —incluidos el general Francisco J. Múgica y aun miembros de su propia familia— a apoyar la empresa electoral de Henríquez Guzmán, primero para frenar el intento de reelección de Miguel Alemán, y luego la imposición de Adolfo Ruiz Cortines (a quien Múgica acusó públicamente de haber colaborado en 1914 con los estadounidenses durante la ocupación del puerto de Veracruz) como candidato. En realidad, Cárdenas mantuvo siempre una actitud ambigua ante el movimiento henriquista, por el que sin duda llegó a tener simpatías pero con el que no mostró públicamente ningún compromiso.
El Movimiento de Liberación Nacional fue la segunda expresión en la que el cardenismo asumió una expresión política autónoma con respecto del partido oficial. Surgido a partir de la Conferencia Latinoamericana por la Soberanía Nacional, la Emancipación Económica y la Paz efectuada en marzo de 1961, el MLN se definía como un agrupamiento plural e independiente de los partidos políticos. En él participaban militantes del PRI y de la CNC, pero también del Partido Comunista, del PPS y de la UGOCM, intelectuales, periodistas y elementos sin filiación partidaria, agrupados por la convocatoria del general Cárdenas y por la simpatía que despertaba en el país la Revolución Cubana. Proponía un programa democrático que reclamaba la vigencia integral de la Constitución, la liberación de los presos políticos, la continuación de la reforma agraria, la democratización de los sindicatos y organizaciones campesinas, la solidaridad con Cuba y la redistribución de la riqueza nacional. En la Comisión Ejecutiva del Movimiento no figuraba el general Cárdenas, pero sí su hijo Cuauhtémoc.
En Michoacán, el MLN aglutinó a profesores y estudiantes universitarios, periodistas, militantes del PCM y, en un inicio, también del PPS; pero sobre todo a personajes políticos y gente del pueblo atraídos por la figura del general. En la región, impulsa la defensa de los bosques y, a instancias de Natalio Vázquez Pallares, uno de sus más destacados miembros, la organización de empresas resineras ejidales en diversos puntos del Estado, como una vía pare defender los bosques y revitalizar al ejido. También el MLN apoyó la huelga de los trabajadores de Celanese, en Zacapu, y la formación de colonias populares en Uruapan.
A la postre, el MLN terminaría naufragando al no poder adoptar una posición unificada frente al proceso electoral federal de 1964. Además de la rápida escisión de los militantes del PPS, algunas de sus corrientes propugnaban la integración de un gran frente electoral de izquierda; otras impulsaban el voto en blanco, ante la falta de limpieza en el proceso electoral; algunas más, con el general Cárdenas a la cabeza, terminarían por apoyar al candidato oficial Gustavo Díaz Ordaz. Pero la importancia del Movimiento estribaba en que había demostrado una vez más, como en 1952, que el cardenismo conservaba su capacidad de convocatoria popular y, al mismo tiempo, su potencialidad como una corriente autónoma frente al aparato corporativo oficial.
La tercera ocasión en que el cardenismo afirmó su vitalidad fue al despuntar en el escenario político el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. En 1974 figuró ya como precandidato al gobierno de Michoacán, pero fue derrotado por el Lic. Carlos Torres Manzo, cercano colaborador el presidente Echeverría. Desde esa coyuntura, el apellido Cárdenas (el general había fallecido en octubre de 1970) logró conformar una amplia corriente espontánea de apoyo al interior del partido oficial y fuera de él. No fue sino en 1980, que el ex subsecretario forestal en el gabinete del presidente López Portillo pudo ser postulado oficialmente y ganar con un amplio margen la elección al gobierno local.
Sin embargo, sería realmente al terminar el gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas en Michoacán cuando nuevamente aparecería el apellido del general Lázaro Cárdenas asociado a un auténtico movimiento de masas, nuevamente, como en 1952, con autonomía frente al partido oficial. A fines de 1986 Cuauhtémoc Cárdenas encabezó junto con otros destacados militantes del PRI la formación de la Corriente Democrática, que pretendía modificar, democratizándolo, el procedimiento para seleccionar al candidato presidencial de ese partido. Al ser rechazadas sus propuestas y actualizarse el método tradicional del dedazo presidencial, la Corriente Democrática, con algunas defecciones, se vio orillada a escindirse el PRI y a lanzarse a la arena conformando un frente electoral independiente que postuló a Cuauhtémoc Cárdenas a la presidencia de la República. La elección del 6 de julio de 1986 dejó tras de sí una espesa sombra de duda, ante el cúmulo de evidencias de fraude que a muchos hizo pensar que el verdadero triunfador había sido Cuauhtémoc Cárdenas y no Carlos Salinas de Gortari.
En Michoacán la candidatura del ingeniero logró un contundente triunfo, que le permitió al Frente Democrático Nacional que él encabezaba conquistar las dos senadurías y casi la totalidad de las diputaciones de mayoría. El avance electoral del cardenismo obligó al presidente Salinas a remover al gobernador michoacano, Luis Martínez Villicaña, quien se había enfrentado con particular ferocidad a la Corriente Democrática y a la coalición cardenista, y que no garantizaba la gobernabilidad de la entidad. La caída del aborrecido gobernante fue un indiscutible triunfo del movimiento opositor de Cuauhtémoc Cárdenas, que no pudo impedir, sin embargo, que se consolidara el gobierno de Salinas en el país. Aún en las elecciones legislativas y municipales de 1989 en Michoacán, la impronta de enfrentamiento vivido durante el proceso político de 1988 estuvo presente con un peso determinante. El partido gestado durante el conflicto poselectoral de 1988, el de la Revolución Democrática tuvo su bautizo electoral y su prueba de fuego en esos comicios, en los que el gobierno federal desplegó los más diversos procedimientos de fraude para impedir que la expresión electoral del cardenismo se alzara con la victoria en el congreso michoacano y en los principales municipios de la entidad. El robo de urnas, la alteración del padrón electoral, el relleno de las ánforas y la alteración de actas fueron procedimientos corrientes para asegurar que el partido oficial se mantuviera como mayoritario en el congreso y en los ayuntamientos michoacanos[19].
La elección de ayuntamientos en noviembre de 1989 desembocó, de esa manera, en una serie de conflictos poselectorales y tomas de alcaldías que se prolongaron hasta abril de 1990, cuando el presidente Salinas y el gobernador interino Genovevo Figueroa Zamudio movilizaron al ejército para desalojar a los inconformes de diversos edificios municipales —destacadamente el de Apatzingán— que éstos mantenían ocupados.
Lo fundamental que el periodo 1988-1990 mostró al conjunto de la nación y al mundo fue la vigencia y capacidad de resurrección del cardenismo en Michoacán y en otras regiones del país. La convocatoria lograda por Cuauhtémoc Cárdenas en la elección presidencial de 1988 resulta inexplicable sin reconocer los antecedentes históricos que la sustentaron. Son los mismos que llevaron a la campaña de Henríquez Guzmán en 1952 a convertirse en un activo desafío al mecanismo tradicional de sucesión política, y los que animaron también al Movimiento de Liberación Nacional entre 1961 y 1964, convirtiendo a Michoacán en una de las entidades en que éste alcanzó una mayor presencia política.
En los tres casos, el cardenismo aparecía como una respuesta, antes que nada, al autoritarismo del régimen político presidencial-corporativo. “En un país religioso”, escribió Fernando Benítez, “la revolución es un mito generador de mitos”. El que Lázaro Cárdenas, como Emiliano Zapata y Francisco Villa, llegó a encarnar, fue el de la revolución misma en tanto expresión de una nación en movimiento y como actualización de un periodo de la historia en que las masas populares se sintieron capaces de forjar su propio futuro y el de la nación misma.
Utopías
¿Por qué logró el general Cárdenas una identificación tan profunda con las masas populares de Michoacán? Es probable que hayan existido diversos factores para ello. Sin duda, la atención que el general Cárdenas puso como gobernante a los problemas de la nación; pero también y sobre todo a las necesidades de las clases populares. Desde la reforma agraria más amplia e integral hasta la expropiación del petróleo, pasando por la reivindicación de los derechos laborales, las restricciones a la acción del capital y una política exterior sustentada en principios universales y de protección a los derechos humanos, la huella dejada por el cardenismo es la de un gobierno que procuró el fortalecimiento de la nación a través del fortalecimiento de las clases y grupos mayoritarios de la nación. Pero particularmente, en Michoacán y en diversas zonas aledañas, la atención del cardenismo a la población más desprotegida y ancestralmente relegada se prolongó, como una excepción, durante las tres décadas siguientes al gobierno nacional del general Cárdenas, a través de la intervención de las comisiones del Tepalcatepec y del Balsas, en tanto en el resto del país se consolidaba un desarrollo capitalista subsumido por la dinámica del imperialismo estadounidense. Las gestiones del general Cárdenas para instalar una empresa siderúrgica de propiedad nacional en la costa de Michoacán fue el postrer intento del militar michoacano por fortalecer ese proyecto nacional e integrar a él una región apartada e históricamente desatendida, pero con potencial estratégico para la industrialización del país.
Si el cardenismo encerró un proyecto de nación y particularmente un proyecto nacional popular, sus raíces históricas más profundas han de buscarse en la experiencia de los evangelizadores de la región de Michoacán en el siglo XVI y en particular en la vida y la obra del primer obispo, Vasco de Quiroga. La actividad desplegada por el general Cárdenas durante los treinta años últimos de su vida sólo es comparable —como lo han destacado Palerm, Benítez, González y otros historiadores de su obra— con lo que esa etapa de la conquista y evangelización representó para le región[20]. No en balde, sin ser él mismo religioso, apreciaba la labor de esos primeros misioneros como humanistas protectores de los indígenas frente a conquistadores y encomenderos. Y como ellos, dedicó grandes esfuerzos a redimir a los humillados y desheredados indígenas e intentó reconstruir para esos grupos sociales débiles una vida posible, asentada en la recuperación de las virtudes reales o atribuidas al mundo indígena —la honestidad, la laboriosidad, la religiosidad y la humildad y sencillez de espíritu— y en la asimilación de la cultura occidental. Por ello la utopía quiroguiana del siglo XVI ilumina, quizá más que cualquier otro factor, la utopía cardenista con su originalidad y aparente inexplicabilidad.
Vasco de Quiroga llegó a Michoacán hacia 1533 y fue investido obispo de la provincia, conociendo ya la obra de Tomás Moro, Utopía, y con la idea de gestar en el Nuevo Mundo una sociedad igualitaria y justa inspirada en las ideas del sheriff de Londres. Con esa inspiración, Quiroga fundó en Michoacán, como antes lo había hecho en las afueras de la ciudad de México, con el poblado de santa Fe de los Altos, dos pueblos hospitales, el de Santa Fe de la Laguna (1533) y el de santa Fe del Río (1539), donde atender las necesidades de la población indígena y de los grupos más débiles —ancianos, niños, mujeres, enfermos, etcétera— y preservar aquélla contra los abusos de los conquistadores y encomenderos. La idea de hospital tenía otros dos orígenes: las formas organizativas comunitarias propias de las sociedades indígenas, y la influencia de los utopistas, particularmente Moro, Erasmo de Rotterdam y Luciano. Es decir, al tiempo que recuperaba el modo de ser de la sociedad indígena, injertaba en él las ideas renacentistas europeas con las que se buscaba superar la decadencia moral, política y económica del Viejo Mundo. También dotó a sus organismos de ordenanzas que habrían de regir la organización y el trabajo social, a partir del principio de comunidad[21]. Las ordenanzas estaban inspiradas no sólo en el utopismo de Moro sino también en la experiencia del cristianismo primitivo y el humanismo renacentista[22]
La idea utópica de Quiroga se complementaba con la de autonomía, de la cual también dotó a sus pueblos hospitales al ponerlos bajo el patronato no de la Iglesia Católica sino directamente del Rey de España y del Cabildo de Michoacán[23]. Además de los pueblos-hospitales, Quiroga trasladó de Tzintzuntzan a Pátzcuaro la sede episcopal y emprendió la creación de otras obras misionales en la región de Michoacán: el Hospital de Santa Marta —del que derivó luego todo una red de asistencia social—, un colegio para niñas indígenas y españolas y, sobre todo, el Colegio de San Nicolás Obispo, como vértice del sistema educativo, dirigido a la formación sacerdotal. Luchó por frenar los abusos de los encomenderos donde fuera posible y de prohibir la esclavitud de los indígenas. Distribuyó los pueblos de su obispado entre franciscanos y agustinos e impulsó con ayuda de estos misioneros la restitución de tierras a los pueblos y la fundación de congregaciones. Después, dispuso que en cada pueblo se estableciera un hospital de los llamados de la Concepción para alojar enfermos, que llegaron a ser alrededor de cien[24].
Quiroga estuvo veintiocho años como obispo de Michoacán. Fue la etapa más fructífera de su estancia en la Nueva España y la mayor aproximación a su idea de una nueva sociedad organizada. Durante ese periodo estableció un sistema de congregaciones agrícolas y artesanales vinculadas por el mercado, pero sujetas a una estricta división del trabajo que impedía entre ellas la competencia y las obligaba a la colaboración. Tzintzuntzan se ocupó de la alfarería, Santa Clara del martillado de cobre, Capula del corte de madera, Teremendo de la talabartería, Tingüindín la panadería, Cocupao de la pintura, Paracho de la fabricación de instrumentos musicales, San Felipe de la herrería, Patamban de la fabricación de cántaros, Parangaricutiro de la confección de colchas, Santa Fe de los adobes, Peribán de los tejidos de seda, Nahuatzen de las frazadas de lana, Jiquilpan de los rebozos, Janitzio de la pesca y la hechura de redes y anzuelos, Apatzingán de la cera, Ario del añil, Nurío de los sombreros, Uruapan de las bateas y jícaras, Jarácuaro de los petates, Sevina de los fustes, y Corupo y Chocandirán de la fabricación de muebles[25].
Quiroga se basó también en las prácticas tradicionales de las comunidades indígenas para mantener su sistema social igualitario y evitar que se acentuaran las inequidades económicas: mantener las tierras comunales, dotación obligatoria de tierras a las nuevas familias, redistribución periódica de las parcelas para ajustarlas al tamaño de las familias, omisión del trabajo asalariado y mantenimiento de la familia extensa como unidad de producción y de la asistencia mutua, etcétera. Quiroga no hacía sino revivir, en contra de la práctica de la encomienda, formas tradicionales de organización social que se conectaban al mismo tiempo con su idea de la utopía. Dentro de este cuadro general se impulsó la introducción de la tecnología nueva (arados, carros, telares, tornos, instrumental metálico, plantas y animales domésticos nuevos, artesanías, etc.), que fue adoptada con gran celeridad. De esa manera la revolución tecnológica importada de Europa no vino a destruir sino a reforzar la nueva sociedad tarasca. Los lazos se estrecharon no sólo por la interdependencia económica, sino también por una serie de servicios y de instituciones a nivel regional, sostenidos por todos los pueblos: escuelas, hospitales, organización religiosa y civil, etc.[26].
Quiroga trabajaba recorriendo constantemente su obispado, bautizando y confirmando personalmente tanto a niños como a adultos, generalmente cabalgando en una mula y acompañado sólo por un paje y, cuando más, un capellán. Sostiene su biógrafo que “fue en este ejercicio tan exacto, que aun reconociéndose agravado de enfermedades, que le acercaban a la muerte, y que le obligaron a disponer de sus cosas, emprendió visitar algunos lugares, y aun en esta ocupación le halló la muerte […]”[27].
Lo que sorprende de la experiencia quiroguiana, vista en la perspectiva histórica, es su perdurabilidad y arraigo en la sociedad local michoacana, de la que dista de ser una experiencia sólo efímera. A pesar de epidemias y de los repartimientos que enviaron a las minas a los indígenas durante el siglo XVII, la mayoría de los pueblos subsistió reeditando sus formas tradicionales de vida y las actividades económicas que Quiroga y sus sucesores les prescribieron. Aún muy avanzado el siglo XVIII, cuando Juan José Moreno escribía la biografía del obispo, podía comentar el éxito de la división del trabajo de las comunidades:
Este plan se ha observado por la mayor parte en toda la Provincia, que es argumento de la veneración, en que se tiene la memoria del Fundador. Allá Licurgo los hizo jurar a los Lacedemonios, que observarían sus leyes hasta que él volviese, y procuró morir en su viaje, para que las guardaran perpetuamente; mas después de todo no consiguió tanto, ni una observancia por tantos años, como acá[28].
En la práctica, los pueblos-hospitales siguieron funcionando como entidades autónomas mucho tiempo después de la muerte de su fundador. Sujetos únicamente a la autoridad del rector y del Cabildo de Michoacán —que era quien nombraba a aquél—, operaban con gran independencia frente a las autoridades eclesiásticas y civiles; en lo religioso, inclusive el cura rector de Santa Fe de México era designado por el Cabildo de Michoacán, invadiendo la jurisdicción de la arquidiócesis de la capital. En lo civil, los hospitales estaban, por mercedes especiales gestionadas por don Vasco, exentos del pago de impuestos y de diezmos, y no se sujetaban a la autoridad de los ayuntamientos. Cuando Juan José Moreno escribía acerca de los pueblos hospitales (1766), se refería a ellos como algo todavía vivo, presente. Y esa situación se mantuvo hasta 1872 —es decir, más de medio siglo después de la Independencia, extinto ya en el territorio mexicano el Santo Patronato del rey de España— cuando, a resultas de la desamortización de tierras emprendida por los gobiernos liberales en el país y en Michoacán, el Cabildo abdicó de su patronato sobre los pueblos de Santa Fe y terminó por aceptar el fraccionamiento de las tierras comunales[29].
Pero la huella cultural de don Vasco era aún más profunda. Un imaginario utópico, una recepción popular-indiana del evangelio que las aproximaba con los cristianos primitivos y una cultura de la resistencia hicieron de las comunidades quiroguianas los bastiones de un mundo prometido, ajeno a las tendencias que la modernidad y el siglo XIX imponían. Juan José Moreno testimoniaba que
en donde se ha conservado más fresca la memoria del Señor D. Vasco es en los Indios, a quienes se les asoma por el semblante, luego que oyen su nombre, el regocijo interior, y el amor cordial, que le profesan, llamándole siempre Padre Nuestro, porque este respeto, y no otro quiso tener para con ellos[30].
Y otro de los biógrafos del obispo, Nicolás León, escribía en 1903 en el mismo sentido:
Sabido es que entre los indígenas de la Arquidiócesis, y sobre todo entre los que ocupan las cercanías de Pátzcuaro, está vivo el recuerdo del ilustrísimo señor Quiroga, a quien dan todos el cariñoso nombre de Tata don Vasco; y que, para arrancarles ardientes manifestaciones de ternura, basta pronunciar ante ellos ese nombre legendario.[31]
Es decir que, pese a la ofensiva liberal a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX contra las comunidades indígenas, en los albores del XX consideraba León que estaba vigente el legado y la presencia de Quiroga entre los pueblos indios de Michoacán[32].
Un vínculo acaso oculto pero profundo relaciona el mundo utópico de don Vasco en el siglo XVI y el proyecto social que Lázaro Cárdenas plantea en el siglo XX. La utopía quiroguiana se conservó en el imaginario colectivo de las comunidades indígenas tarascas, no hay duda de ello, hasta muy avanzado el siglo XIX, aun después de disueltos formalmente los pueblos hospitrales y consumado el despojo de sus tierras. Instituciones como el Colegio de San Nicolás, legado por don Vasco, se vinculó históricamente con otro mito fundacional: el de la insurrección libertaria del padre Hidalgo, sus huestes plebeyas y su lucha vindicativa contra la opresión criolla y española. Es posible que esa doble utopía se reflejara, de diversas maneras, en la tenaz defensa de aquellas comunidades frente a la expropiación en sus diversas modalidades a lo largo del siglo XIX, así como en la peculiar conservación de la organización y división del trabajo de los pueblos artesanos de la región lacustre y la Meseta Tarasca. Mucho de ese ideal social y justiciero resurgió en la visión agraria radical de Miguel Regalado, Joaquín de la Cruz y Primo Tapia, en el periodo de lucha antioligárquica revolucionaria.
Por todo ello, no es descabellado pensar que dicha utopía quiroguiana alimentó también el proyecto social del joven general que en 1927 —apenas un año después del asesinato del líder naranjeño Primo Tapia— regresaba a su tierra natal para asumir el gobierno local. Las acciones reivindicatorias del gobernador, como la restitución de los bosques a las comunidades indígenas, se ubican en la misma línea de reconstitución de los pueblos indígenas, no por casualidad los mismos que Quiroga fundara y defendiera en el siglo XVI. Los momentos formadores de una nación —la reforma agraria y la reivindicación del petróleo sin duda lo son— convocan e involucran siempre utopías; y Cárdenas, gobernante o ex presidente, vinculó para siempre su nombre a ellas. El subconsciente colectivo indígena —lo que Lafaye llama la intrahistoria, el ámbito donde se edifican los mitos—[33] vinculó su imagen a la de don Vasco asignándole el mismo título con que a éste se nombra, Tata, y lo elevó a la misma categoría mítica.
Porque no fueron, ciertamente, los grupos gobernantes —virreyes de los Habsburgo o de los Borbón, aristócratas criollos, liberales radicales u oligarcas modernizadores— quienes determinaron la permanencia de aquel proyecto de sociedad vinculado al nombre de Vasco de Quiroga. Fueron las comunidades indígenas mismas los sujetos de una trama social que, in actu o como parte del imaginario colectivo, conservaron y trasladaron desde el siglo XVI hasta el XX el modelo que pretendía realizar en el Nuevo Mundo la sociedad perfecta que el sheriff de Londres y canciller del reino de Inglaterra diseñara. Pero sólo el más sensible, el más perceptivo de los gobernantes michoacanos podía convertir esa utopía en un proyecto de gobierno. Es indudable que el general Cárdenas compartía con la mayoría de los michoacanos la admiración por la obra del obispo misionero, y mucho de su recuerdo y del imaginario utópico debe haberlo imbuido al recorrer las serranías y poblados que Quiroga fundara como congregaciones en el siglo XVI. Más allá de su amor a los indios y de su visión de una nación que los integrara como su sustancia, compartió Cárdenas con el primer obispo de Michoacán su persistencia en la entelequia social. Luchó por ella, como Quiroga, no sólo desde posiciones de poder sino también directamente al lado de los que podían realizarla, la gente sencilla, los oprimidos. Esa persistencia lo acompañó aun cuando, lejos del poder, estuvo más cerca y más dentro de la utopía: como vocal ejecutivo de las comisiones del Tepalcatepec y del Balsas. Para el pueblo pobre al que se acercó, para los campesinos de la Tierra Caliente y los indígenas de la Meseta y la región lacustre a los que se consagró, no fue un ex presidente más ni un funcionario de la racionalidad del Estado moderno, sino, como Quiroga, un misionero y un redentor social.
Y es en esa historia, profunda, acaso soterrada, donde habría que buscar la clave del cardenismo como prenda de identificación del pueblo de Michoacán. No en el mero paisanaje y en el orgullo local por la obra de quien fuera el mejor presidente de México durante el siglo XX sino porque éste personificó en su tiempo y en cierto modo llevó a la práctica ideales de justicia y libertad análogos a los que promoviera el primer obispo michoacano. Cárdenas revitalizó una utopía que estaba por siglos latente entre las clases subalternas, como componente de un ser social que se resistió a morir frente a los proyectos modernizadores de borbónicos y liberales en el pasado y del capitalismo neoliberal en el presente. A ella los michoacanos, con sus reiteradas manifestaciones de insurgencia e inconformidad social, han querido siempre manifestar que no renuncian.
Morelia, Michoacán, agosto de 2007
[1] Arnaldo Córdova, La política de masas del cardenismo. México, Eds. Era, 1974. Pág. 24.
[2] Ibíd. Págs. 34–35. Pablo Vargas, por su parte, aporta la siguiente, muy limitada, definición del cardenismo: “Por Cardenismo (sic) entendemos el proyecto programático y de política de masas presentado en la gubernatura del (sic) Lázaro Cárdenas y luego retomado y ampliado en su candidatura para Presidente de la República: 1) distribución de la tierra entre ejidatarios; 2) rescate de los recursos de manos extranjeras; 3) dique a la obra del clero; 4) ampliación y renovación del sistema de enseñanza; 5) hechura de presas y caminos carreteros, y 6) la extinción de bares y cervecerías. A estos se sumó la organización de los trabajadores y campesinos”. Pablo Vargas González, Lealtades de la sumisión. Caciquismo: poder local y regional en la Ciénega de Chapala, Michoacán. Zamora, Mich., El Colegio de Michoacán, 1993. Pág. 92n. Otros estudios, algunos de ellos clásicos, abundan sobre el periodo gubernamental del general Lázaro Cárdenas. Véase, entre otros, Anatoli Shulgovski, México en la encrucijada de su historia. México, Ediciones de Cultura Popular, 1968; Arturo Anguiano, El Estado y la política obrera del cardenismo. México, Ediciones Era, 1975; Octavio Ianni, El Estado capitalista en la época de Cárdenas. México, Ediciones Era, 1977. Nora Hamilton, México: los límites de la autonomía del Estado. México, Ediciones Era, 1983; Jorge Basurto, Cárdenas y el poder sindical. México, Eds. Era, 1983.
[3] Victoriano Anguiano Equihua, Lázaro Cárdenas, su feudo y la política nacional. México, D. F., Ed. Eréndira, 1951. Luis González y González. Los artífices del cardenismo. Historia de la Revolución Mexicana, 1934–1940. Vol. 14. México, El Colegio de México, 1979.
[4] Adolfo Gilly: “Solidaridades” en Adolfo Gilly (Coord.): Cartas a Cuauhtémoc Cárdenas. México, Eds. Era, 1989. P. 64.
[5] Véase John M. Hart,Los anarquistas mexicanos, 1860–1900. México, SEP, 1974. (Col. Sepsetentas, 121), y de Gerardo Sánchez Díaz El suroeste de Michoacán: economía y sociedad 1852–1910. Morelia, Mich., UMSNH, 1988.
[6] Véase de Verónica Oikión “La cuestión agraria en el proyecto constitucionalista. El caso de Michoacán: 1914–1917”, en La Revolución en Michoacán 1900–1926. Morelia, Mich., UMSNH, 1987, y El Constitucionalismo en Michoacán. El período de los gobiernos militares (1914–1917). México, D. F., Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1985.
[7] Sobre la acción agraria del gobernador Lázaro Cárdenas se puede consultar: L. Cárdenas, Palabras y documentos públicos. 1928–1970. México, Siglo Veintiuno Edits. Vol. 2. Informes de gobierno y mensajes presidenciales de año nuevo, 1928–1940; Heriberto Moreno García, Guaracha. Tiempos viejos, tiempos nuevos. México, Fondo Nacional para Actividades Sociales/El Colegio de Michoacán, 1980; Jesús Múgica Martínez, La Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo. Apuntes acerca de la evolución social y política en Michoacán. México, s. e., 1982. 238 pp.; Alejo Maldonado Gallardo, La lucha por la tierra en Michoacán 1928–1932. Morelia, Secretaría de Educación en el Estado de Michoacán, 1985. (Colección Cultural, 3) 101 pp.; 1993: 60; Jorge Zepeda Patterson, “Los pasos de Cárdenas. La Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo”, en 75 años de sindicalismo mexicano. México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1985. Pp. 231–262; José Rivera Castro, “Política agraria, organizaciones, luchas y resistencias campesinas entre 1920 y 1928”, en Historia de la cuestión agraria mexicana. T.4. Modernización, lucha agraria y poder político 1920–1934. México, Siglo Veintiuno Edits. 1988, Pp. 21–149; y Adalberto Oseguera Lúa, Política agraria del gobernador Lázaro Cárdenas. 1928–1932. Tesis para obtener el grado de Licenciado en Historia. Morelia, Mich., Escuela de Historia, UMSNH, 1998.
[8] Lázaro Cárdenas, 1972. Obras. I. Apuntes 1913–1940. México, Ed. UNAM, 1972 T. I, págs. 182-183; Palabras y documentos públicos. 1928–1970. México, Siglo Veintiuno Edits., 1978. Vol. 1. Mensajes, discursos, declaraciones, entrevistas y otros documentos. 1928–1940. Págs. 25-26.
[9] Lázaro Cárdenas Palabras y documentos públicos. 1928–1970. México, Siglo Veintiuno Edits., 1978. Vol. 2. Informes de gobierno y mensajes presidenciales de año nuevo, 1928–1940. Pág. 32; Eitan GINZBERG, Lázaro Cárdenas Gobernador de Michoacán, 1928–1932. Zamora, Mich., El Colegio de Michoacán / UMSNH, 1999. Págs. 83 y ss.
[10] Manuel Diego Hernández, La Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo. Jiquilpan de Juárez, Centro de Estudios de la Revolución Mexicana “Lázaro Cárdenas”, A. C. 1982. Pág. 43.
[11] Acerca de la política educativa en ese periodo ha de consultarse a Luis González y González, Los artífices del cardenismo. 1a. reimpresión. México, El Colegio de México, 1981. (Historia de la Revolución Mexicana, 1934–1940, No. 14); Jesús Múgica Martínez, La Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo. Apuntes acerca de la evolución social y política en Michoacán. México, s. e.1982; Alejo Maldonado Gallardo, La lucha por la tierra en Michoacán 1928–1932. Morelia, Secretaría de Educación en el Estado de Michoacán, 1985 (Colección Cultural, 3); Alejo Maldonado, Agrarismo y poder político: 1917–1938. Cuatro ensayos sobre el problema de la tierra en Michoacán. Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Escuela de Historia. Secretaría de Difusión Cultural, 1993; Ma. Teresa Cortés Zavala, Lázaro Cárdenas y su proyecto cultural en Michoacán. 1930–1950. Morelia, Instituto de Investigaciones Históricas, UMSNH. 1995; y Manuel Diego Hernández, Op. Cit.
[12] Adolfo Gilly, El cardenismo, una utopía mexicana. México, Cal y Arena, 1994, Pág. 405.
[13] Cit. en Alejo Maldonado Gallardo, La educación socialista en Michoacán. Historia de una experiencia pedagógica. Morelia, Mich., UMSNH. 1995, Pág. 86.
[14] Ibíd. Pág. 114.
[15] La ideología que inspiraba a la reforma universitaria cardenista se expresaba en un documento emitido por la Comisión para la reforma universitaria que redactó el proyecto de Ley Orgánica: “La Universidad debe sostener una ideología determinada, en lo que concierne al aspecto filosófico, el materialismo monista y, en lo que concierne al aspecto histórico, el materialismo histórico; en el plano ético, está determinada por el principio de la solidaridad con los trabajadores y la lucha por una sociedad que no se funde en la explotación del hombre por el hombre”. Cit. En Sylvie Didou, Les intellectuels du Michoacan et les formes de l’État au Mexique: de l’assentiment a celle de la marginalisation. Thèse de doctorat. (s. l.) Maison des Sciences de l’Homme. Centre d’Etudes du Mouvement Social, 1987. Págs. 212–213.
[16] David Barkin y Timothy King, Desarrollo económico regional. Enfoque por cuencas hidrológicas de México. Trad. de Roberto Reyes. 3a. edición en español. México, Siglo Veintiuno Edits, 1978.
[17] Eduardo Nava Hernández, El cardenismo en Michoacán, 1910-1990. Tesis de doctorado en Ciencia Política, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM, 2004.
[18] La más conocida de estas versiones es la de Victoriano Anguiano Equihua, Lázaro Cárdena, su feudo y la política nacional. México, D. F., Ed. Eréndira, 1951. Anguiano atribuye al general Cárdenas una magia sobrenatural que le permitió, primero, sobrevivir en la política en medio de la vorágine del maximato; después, ascender a la presidencia de la República; y finalmente entronizarse como gran cacique de la política michoacana. En su mayotr parte, el análisis de este autor se centra en la personalidad de Cárdenas y en la acción de su grupo más inmediato de colaboradores, y no en el contexto histórico social en el que se ha desarrollado la acción del cardenismo. Puede verse también la crítica de Jesús Bravo Baquero a la visión de Anguiano: El mito de Cárdenas. Morelia, Ed. Tariácuri, 1991. En esta última obra la desmitificación del cardenismo se emplea en su acepción corriente de desengaño o revelación de una falsedad. Aquí, el término mito se aproxima más a la concepción de Sorel, como construcción mental colectiva acerca de un porvenir indeterminado en el tiempo, y que deriva su eficacia política de su capacidad para expresar “las más fuertes tendencias de un pueblo, un partido o una clase”. Los mitos, consideraba el entonces aún socialista francés, se traducen en medios para actuar sobre el presente, sin que lo relevante sea su veracidad o no sino la capacidad que demuestren para movilizar a las masas. Véase Georges Sorel, Reflexiones sobre la violencia. Madrid, Alianza Editorial, 2005. Pp. 172 y ss.
[19] Véase, entre otros, Pascal Beltrán del Río, Michoacán, ni un paso atrás. La política como intransigencia. México, Libros de Proceso, 1993. 397 pp.; Jaime Hernández Díaz, Las elecciones del 2 de julio en Michoacán”. Cuadernos Políticos Nos. 57. México, jul.-sep. 1989 y 58. México, oct.-dic. 1989, además las notas periodísticas de Unomásuno, La Jornada, Proceso o La Voz de Michoacán en esas coyunturas.
[20] El historiador michoacano Luis González escribe a propósito del proyecto civilizatorio de Cárdenas en las comisiones del Tepalcatepec y el Balsas: “Lo que pretendía hacer de aquel mundo inhóspito era muy claro: integrarlo al territorio de la república, poblarlo debidamente, desinfectarlo, darle agua, barrerle espinas y piedras, cubrirlo de plantas de consumo nacional e internacional, hacerlo un pastizal de toda clase de vacunos y equinos, introducirle maquinaria de punta, obligarlo a producir riqueza y comida llenadora y sana. Quería dar a cada trabajador el vestido adecuado al horno terracalenteño, chalet rebosante de niños, puercos y gallinas, medios de transporte rápido, médico, hospitales, escuelas, educación para el trabajo, diversiones sencillas, estadios. Buscaba para todos los habitantes de aquel infierno una vida edénica, cómoda, ‘con el confort y sin los vicios de la ciudad, con las virtudes y sin los apuros del campo; una utopía como la puesta en marcha en el siglo XVI por Vasco de Quiroga’”. Luis González, “Una visión pueblerina de Lázaro Cárdenas”. XVII Jornadas de Historia de Occidente. Lázaro Cárdenas en las regiones. Jiquilpan, Centro de Estudios de la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas, A. C. 1996 P. 43. Véase también de Ángel Palerm, “Ensayo de crítica al desarrollo regional en México”, en David Barkin (comp.), Los beneficiarios del desarrollo regional. México, SEP, 1972 (Col. Sepsetentas, 52). Pp. 13-62. También de Fernando Benítez Lázaro Cárdenas y la Revolución Mexicana. Vol. III, El Cardenismo. Primera reimpresión. México, Fondo de Cultura Económica, 1980. P. 238.
[21] Las Ordenanzas fueron publicadas por primera vez por el biógrafo de Vasco de Quiroga Juan José Moreno en 1766: Fragmentos de la vida y virtudes de don Vasco de Quiroga. Reeditado con un estudio introductorio de Ricardo León Alanís. Morelia, Mich., Centro de Estudios sobre la Cultura Nicolaita-Instituto de Investigaciones Históricas, UMSNH, 1998.
[22] Felipe Tena Ramírez: Vasco de Quiroga y sus pueblos de Santa Fe en los siglos XVIII y XIX. México, Ed. Porrúa, 1990. P. 84.
[23] Ibid., Particularmente el capítulo VII.
[24] Juan José Moreno, Op. Cit., pp. 137–138; 72-73.
[25] Ibid., p. 140; Nicolás León, Don Vasco de Quiroga. Grandeza de su persona y de su obra. Morelia, Mich., Centro de Estudios sobre la Cultura Nicolaita-UMSNH (Biblioteca de Nicolaitas Notables, 24)1984. P. 166; Ángel Palerm, Op. Cit.; Luis González, La querencia. México, Clío/El Colegio Nacional 1997 (Obras Completas de Luis González y González, T. X).Pp. 101-103.
[26] Luis González, Op. Cit.; Ángel Palerm, Op. Cit., Pp. 37-38; Paz Serrano, Vasco de Quiroga. Utopía y derecho en la conquista de América. Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia / Fondo de Cultura Económica de España. 2001. P. 146.
[27] Juan José Moreno, Op. Cit., pp. 141-142.
[28] Juan José Moreno, Op. Cit. Pp. 140–141; Cfr. También Luis Vázquez León, Antropología política de la comunidad indígena en Michoacán. Morelia, Michoacán, Ed. SEP Michoacán 1986, Pp.24-25.
[29] Felipe Tena Ramírez, Op. Cit., Cap. VIII.
[30] Op. Cit., p. 161.
[31] Nicolás León, 1984. Don Vasco de Quiroga. Grandeza de su persona y de su obra. Morelia, Mich., Centro de Estudios sobre la Cultura Nicolaita-UMSNH (Biblioteca de Nicolaitas Notables, 24). P. 236.
[32] “El pueblo–hospital de Santa Fe de la Laguna, así como los otros hospitales que en casi cada pueblo de indios fundó o mandó establecer, se mantienen con las ordenanzas que él les diera, y los indios cumplen con casi todos los preceptos de religión y beneficencia que en ellas se les marcan […] Los pueblos indios ejercitan todavía las industrias que el ilustrísimo señor Quiroga les señalara, sin excluir por eso alguna o algunas otras que les ayuden en la lucha por la vida” Ibid., pp. 250–251.
[33] Cfr. Jacques Lafaye, Mesías, cruzadas, utopías. El judeo-cristianismo en las sociedades iberoamericanas. Trad. de Juan José Utrilla. Segunda edición. México, FCE. 1997. Pp. 85 y ss.
*Ponencia al Coloquio Movimientos Sociales en la Historia de México, organizado por la Dirección de Estudios Históricos del INAH. Tlalpan, D. F., 12-16 de noviembre de 2012.

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