La Sala de Ex Rectores: ¿Museo Universitario Nicolaita?*

Eduardo Nava Hernández

En todo tiempo y lugar, la recuperación del pasado, antes que científica, ha sido primordialmente política: una incorporación intencionada y selectiva del pasado lejano e inmediato, adecuada a los intereses del presente para juntos modelarlo y obrar sobre el porvenir.

Enrique Florescano, 1980

Los orígenes de los museos acaso puedan rastrearse en la simple y modesta pretensión de los hombres de conservar y compartir con sus contemporáneos las huellas que el pasado próximo o remoto ha dejado y en las que creemos reconocer algo valioso y útil para reconstruir en la imaginación los tiempos idos. Por ello las colecciones museográficas constituyen una ventana por la que podemos asomarnos al pasado, un túnel del tiempo en el que esa visión, siempre fragmentaria, puede concretarse en la mente de los espectadores y despertar en ellos una reacción, una emoción de asombro, admiración, identificación, o sus contrarios, la indignación y la repulsa. Conforme a una acepción del diccionario, un museo es un recinto o institución “cuya finalidad consiste en la adquisición, conservación, estudio y exposición de los objetos que mejor ilustran las actividades del hombre, o culturalmente importantes para el desarrollo de los conocimientos humanos”. De ellos, como de otros testimonios históricos, pueden, en consecuencia, derivarse también enseñanzas. Hacen parte importante, por su fácil acceso y visibilidad, de la cultura y el imaginario colectivo de una nación, de un pueblo, de una región.

La museografía refleja, entonces, una forma de apropiarse del pasado y de cultivar esa memoria colectiva, una expresión de la historia misma, entendida (Chesneaux) como una relación activa con el pasado.

De ahí la relevancia que puede adquirir el pretensiosamente llamado Museo Universitario y Nicolaita (sic), mejor conocido como Sala de Ex Rectores, que se encuentra en la segunda planta del Centro Cultural Universitario, inaugurado en 1992. Se trata de un salón que, sin embargo, ofrece una visión muy restringida de la Universidad y que por su contenido dista mucho de cumplir con el objetivo que de él podría esperarse: el de —además de preservar documentos y objetos que cuenten con una significación histórica— proporcionar al visitante una información suficiente de la historia de la institución y destacar su relevancia regional y aun nacional.

            El contenido de la Sala no es, en ningún sentido, irrelevante. En ella se alberga nada menos que el mayor tesoro pictórico de la Universidad Michoacana: el monumental cuadro de dimensiones murales “Excomunión y fusilamiento de Hidalgo”, de David Alfaro Siqueiros, además de otros tres retratos del Padre de la Patria: el famoso Hidalgo agricultor” de Alfredo Zalce, un óleo sobre tela de J. E. Domínguez, fechado en 1910, y una obra modernista, el “Hidalgo Luciferino o Trilogía de la Independencia”, del pintor Alfredo Arreguín Mendoza. Además están ahí una reproducción del retrato de Pascual Ortiz Rubio y los retratos de casi todos los rectores de la Universidad Michoacana, desde 1917 a la actualidad.

Pintada por David Alfaro Siqueiros en 1953, la “Excomunión” fue develada el 8 de mayo de ese año, al cumplirse dos siglos del nacimiento del padre de la Independencia mexicana. Representa al padre Hidalgo en al paredón de fusilamiento, en el momento de ser alcanzado por las balas que, sin embargo, no le producen la muerte. Su pecho y su mano derecha, atravesados por los proyectiles, sangran; pero él se mantiene en pie, con la mano izquierda —exagerada en su tamaño— empuñada. A un lado y por delante de él, un obispo (acaso como representación de Manuel Abad y Queipo, el obispo de Michoacán que expidió la excomunión contra el insurgente), que ase una cruz que en su extremo inferior atraviesa un gorro frigio, que simboliza los ideales libertarios de la Revolución Francesa, y que en su asta tiene una inscripción que representa la sentencia de muerte de Hidalgo: “Por profesar y divulgar ideas exóticas partiendo de la Revolución democrática francesa” y “Por disolución social”, dos conceptos adoptados por los gobiernos mexicanos a partir del periodo de Miguel Alemán Valdés para descalificar y juzgar a sus opositores. El propio Sequeiros, no hay que olvidarlo, sería encarcelado más delante y estaría sujeto a juicio bajo acusaciones semejantes.

Otro cuadro extraordinario es el “Hidalgo agricultor” de Alfredo Zalce. Representa al héroe no con su tradicional vestimenta sacerdotal sino en mangas de camisa, como un artesano, y como un promotor de los oficios; continuador por tanto de la visión utópica de Vasco de Quiroga. A sus espaldas, escenas del maltrato de los españoles a los indios. Hidalgo, con las manos en puño y con una mirada al mismo tiempo clara y decidida, parece confiar en la futura redención del pueblo oprimido a través del trabajo consciente y el conocimiento.

El Hidalgo Luciferino de Alfredo Arreguín está inspirado, según Juan Hernández Luna, en el diseño de los diablos de Ocumicho. La figura del libertador aparece fundida con la de la Virgen de Guadalupe y con la del demonio. Expresa la imagen satanizada que los españoles quisieron difundir del cura de Dolores, como un Luzbel, el arcángel que se rebeló contra la autoridad de Dios. Hidalgo es representado aquí como un demonio para la autoridad del Rey y de la Iglesia, que se ha rebelado bajo el simbolismo de la imagen de la Virgen de Guadalupe, el estandarte que el insurgente eligiera para convocar al pueblo y conducirlo en la lucha.

En general, puede decirse, la presentación museográfica de estas pinturas no se corresponde con la calidad e importancia histórica de las obras. El visitante no encuentra en la exposición una explicación que le permita enriquecer su apreciación de estos cuadros.

Pero es en la otra parte de la sala, la que corresponde a la galería de rectores, donde puede encontrarse el mayor número de desaciertos y la ausencia de un criterio museográfico coherente y a la altura de la historia nicolaita. Se trata de un conjunto de retratos, muy desigual en cuanto a su calidad pictórica, de los distintos rectores universitarios desde 1917 a la etapa reciente y obra de diversos pintores como Odilón Ríos, Gilberto Ramírez Z. y Torre C. Los cuadros simplemente aportan como dato adicional los nombres de los rectores, sin hacer referencia a su biografía, su época o su obra al frente de la Universidad. Una sola placa da cuenta de la secuencia, de los periodos en que estos personajes ocuparon la rectoría, pero sin proporcionar al observador ninguna información adicional, ni indicaciones del orden en que los cuadros se encuentran acomodados. El retrato del Lic. Marco Antonio Aguilar Cortés —el más reciente de los inventariados— ni siquiera tiene una placa con su nombre.

Pero, además, la colección adolece de graves anacronismos —es decir, que los retratos con frecuencia no corresponden a la etapa en que los personajes ocuparon la Rectoría— y, lo que es peor, graves omisiones. Natalio Vázquez Pallares, el rector más joven en la historia de la Universidad —26 años al asumir el cargo, en 1939— es presentado al visitante con un retrato tomado de su etapa de vejez. Lo mismo ocurre con don Jesús Romero Flores, quien fuera el más longevo de los diputados al Congreso Constituyente de 1916-1917, pero que no era tan viejo al asumir la Rectoría (en abril de 1943, cuando tenía 58 años) como nos lo presenta su retrato, seguramente copiado de alguna fotografía de su senectud. El caso contrario es el de la imagen del historiador Raúl Arreola Cortés, quien llegó a la rectoría en diciembre de 1985 siendo un hombre bastante mayor que el que aparece retratado en la galería.

“El deber de respeto a los hechos que recae sobre el historiador”, apunta E. H. Carr, “no termina en la obligación de verificar su exactitud. Tiene que verificar que no falte en su cuadro ninguno de los datos conocidos o susceptibles de serlo que sean relevantes en un sentido u otro para el tema que le ocupa o para la interpretación propuesta”. La situación que resulta verdaderamente bochornosa en la colección de Ex Rectores es la omisión del Dr. Moisés García López, que ocupó la Rectoría de la Universidad Michoacana entre el 27 de junio y el 18 de septiembre de 1986, designado por la Comisión de Rectoría del Consejo Universitario. Cierto es que a esa designación se contrapuso un juicio de amparo interpuesto por el rector interino, Dr. Arreola Cortés, quien se resistía a dejar la Rectoría, dando lugar al periodo de casi tres meses conocido como “el conflicto de los dos rectores”; pero cierto es también que el Dr. García López ejerció efectivamente la Rectoría, incluido el manejo de los subsidios otorgados por los gobiernos estatal y federal, y que ignorarlo representa no sólo una grave omisión sino un absurdo sólo explicable por la mala fe de quienes diseñaron la galería.

La Universidad Michoacana merece un museo que recoja y transmita a los integrantes de su comunidad y a los visitantes externos su rica historia, estrechamente vinculada no sólo a la de Michoacán sino a la de la patria. Vanguardia del pensamiento crítico, humanista, liberal y revolucionario en distintas etapas de su prolongada trayectoria, el Colegio de San Nicolás y la Universidad Michoacana forman parte sustancial de las etapas más trascendentes de la evolución social y política de la nación desde su fundación en el siglo XVI hasta el siglo XX.  Y esa fructuosa historia no se reduce al inventario de los personajes que han ocupado los cargos de autoridad, por más que éstos hayan tenido méritos relevantes. No un tributo más a la historia anticuaria (Luis González), de bronce o reverencial (Nietzche), sino un espacio para la historia viva, propia de los muchos hombres y mujeres que, con sus gestas y su quehacer cotidiano han construido una sólida institución, reconocida y admirada en muchos sentidos.

Se requiere de un recinto que dé cuenta de los movimientos intelectuales, políticos y sociales en los que la Universidad Michoacana ha estado inmersa, desde la utopía quiroguiana hasta los movimientos estudiantiles de los años sesenta del siglo XX, pasando por el pensamiento ilustrado del siglo XVIII, la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana. Algo de esa historia universitaria, nicolaita, se nos escamotea cuando los seres humanos que la protagonizaron —sujetos reales, individuales y colectivos— se esfuman o se hacen invisibles a nuestros ojos. Sin embargo, a ellos, a los anónimos y a los modestos, los olvidados y los oprimidos, ha estado dedicada desde su fundación en el siglo XVI la noble institución nicolaita, y son ellos los que mayormente han hecho su historia.

Morelia, Michoacán, abril de 2007

*Artículo publicado en la revista en Cronopios No. 3. Morelia, Facultad de Economía de la UMSNH, junio de 2007.


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