Eduardo Nava Hernández
QUERIDOS ESTUDIANTES.
ESTIMADOS EMPLEADOS ADMINISTRATIVOS Y COMPAÑEROS PROFESORES.
HONORABLES MIEMBROS DEL PRESIDIUM.
Permitan que se dirija a ustedes alguien que, no siendo economista, ha sido conducido por la vida no sólo a convivir cotidianamente con quienes por decisión personal eligieron esa profesión sino también a compenetrarse en alguna medida de los temas y los problemas que la enseñanza y el estudio de las disciplinas económicas implican. La verdad es que siempre consideré que la Economía tendría que ser un complemento necesario de mi formación; y aunque no decidí elegirla como mi principal oficio, mucho me ha aportado para comprender una realidad social que sin ella es, en mucho, inexplicable.
Hace treinta años que se instituyó en Michoacán la carrera de Economía, aunque ya tres décadas antes, desde 1935, los conductores de esta Universidad, en particular el rector Enrique Arreguín, y sus estudiantes habían percibido la necesidad de introducir esta disciplina y habían luchado por incluirla en la oferta educativa como una parte importante del compromiso de la institución con el pueblo de Michoacán. Vale destacarlo porque los estudios económicos eran muy jóvenes en el país, y sólo tenían unos meses de haberse creado la carrera de Economía en la Universidad Nacional, lo que quiere decir que los nicolaitas, inmersos plenamente en la reforma social propuesta por el gobierno cardenista, se ubicaban en la vanguardia educativa nacional, aunque a la postre sus propósitos se vieran frustrados por las circunstancias del país, del Estado y de la propia institución.
Muchas razones había para crearla, pero sólo en un momento en que la política de Michoacán era conducida por un gobernador con la profesión de economista se logró finalmente, en 1976, fundar la Escuela de Economía. Si bien fue ese un factor desencadenante, la inquietud por la disciplina económica existía en muchos jóvenes que fueron quienes le dieron sustancia y vida a un proyecto académico necesario y aun urgente.
El nacimiento de la Escuela de Economía coincidió, no por casualidad, con el agotamiento del esquema del desarrollo estabilizador y el estallido de la primera de al menos cuatro crisis catastróficas que ha sufrido la economía mexicana a lo largo de treinta años. La devaluación del peso y los desequilibrios del último cuatrimestre de 1976 y sus secuelas en los años subsiguientes planteaban un desafío, apenas nacida la enseñanza económica en la Universidad Michoacana, a su capacidad de análisis y de explicación de lo que era ya el hundimiento del tipo de acumulación del capital ensayado con éxito durante veintidós años por el Estado mexicano, y que tocaba a su fin en medio del empobrecimiento generalizado de la población, el desempleo, la quiebra de múltiples empresas, los desequilibrios macroeconómicos, la ruina del campo, el colapso de las finanzas públicas, la inflación desatada y el explosivo crecimiento de la deuda externa. La trágica experiencia se habría de repetir para el país en 1981–1982, en 1987–1988 y en 1994–1995, marcando el fracaso de la administración de la abundancia, los pactos sociales con aroma neoliberal y la modernización autoritaria etiquetada como liberalismo social. Un prolongado estancamiento ha sido la tónica desde entonces, en que el insuficiente crecimiento de la economía no logra sacar a ésta de su letargo, ni generar los empleos que la sociedad nacional requiere, ni rescatar de su debacle al campo ni impedir que crezca sin freno el número de mexicanos que cada año cruza la frontera norte con riesgo de su vida para perseguir ya no el ilusorio sueño americano sino la simple sobrevivencia que su país no les garantiza. Paralelamente, la narcoproducción y el narcotráfico se adueñan paulatinamente del escenario carcomiendo sin freno las normas de convivencia social. Las generaciones jóvenes nacidas en México después de 1976 no han conocido un periodo de crecimiento sostenido ni perciben que la situación económica les ofrezca certidumbre para el porvenir.
Dos años antes de aquella primera crisis, el Foro de Transformación Académica realizado en la Facultad de Economía de la UNAM con el aliento de la renovación cultural impulsada por la experiencia del 68 había señalado derroteros a la enseñanza de la Economía. Se planteó el objetivo de un economista crítico, con alto nivel académico y con una formación técnica superior, que desarrollara su actividad profesional a partir de una explicación científica de las contradicciones de la sociedad capitalista. Se expandió la enseñanza del marxismo y se convirtió a la investigación en una de las prioridades de la formación académica de los futuros economistas. Ese influjo llegó a la joven escuela de Economía de la Universidad Michoacana, que también adoptó como una prioridad la crítica y no la justificación de la realidad social existente.
Varias actualizaciones ha tenido desde entonces la enseñanza de la Economía en Michoacán, pero sin abandonar nunca el propósito de comprender, explicar y criticar las paradojas de la sociedad nacional e internacional y del entorno inmediato en que el profesional de la Economía ha de desempeñarse. A nadie debió extrañar, así, que la Escuela y luego Facultad de Economía se colocara a la vanguardia de las luchas universitarias, sindicales y políticas o que sus egresados se insertaran no pocas veces no sólo en las posiciones decisivas de las instancias de gobierno y de la empresa sino en el medio político, sindical, partidista o social, actuando con un criterio propio y sólidamente fundamentado. No cabe duda de que la administración pública, las empresas privadas y sociales, el sector financiero, los organismos no gubernamentales, el comercio exterior y la vida académica, entre otros sectores de Michoacán y del país, se han nutrido desde hace al menos cinco lustros con las aportaciones intelectuales de nuestros graduados. Muchos de ellos han podido hacer con éxito posgrados en diversas instituciones del país y del extranjero, alcanzando niveles de excelencia en su formación. Sin vanagloriarnos, nos enorgullecen muchos de los logros alcanzados por la Facultad de Economía y por sus egresados.
Persistimos en dar a nuestros alumnos una formación integral en la teoría económica y en los aspectos instrumentales, así como una visión crítica a la que no se puede renunciar bajo las circunstancias del mundo actual y de la situación nacional. Muchos desafíos se siguen presentando a nuestra capacidad de análisis y a nuestra imaginación. La forma actual de la internacionalización, conocida también como globalización y entendida como la expansión del capital por encima de las regulaciones nacionales, muestra ya, desde hace tiempo, sus efectos de empobrecimiento y exclusión sobre la mayoría de la población mundial, concentración y centralización de la riqueza, profundización de las desigualdades y predominio del capital especulativo sobre el capital productivo. Las experiencias internacionales, tanto como la nacional, ponen de manifiesto la aspiración legítima de los trabajadores y las capas más amplias de la sociedad a explorar formas alternativas de gestión que reivindiquen la soberanía de las naciones y de los pueblos y la autonomía de los grupos populares. En América latina, desde Venezuela y Bolivia, pasando por la persistencia de la Revolución Cubana, se buscan senderos que permitan avanzar en ese sentido. En México, el alzamiento neozapatista de Chiapas, con sus municipios autónomos y sus juntas de buen gobierno, el nuevo movimiento por un gobierno legítimo y de resistencia ante el fraude electoral, y la conformación ahora de un poder popular en Oaxaca constituyen una vasta experiencia acumulada de tenacidad frente al autoritarismo y la injusticia social.
En nuestro medio inmediato, nos encontramos en proceso para la designación del nuevo rector de nuestra universidad. Hace veinte años ya que el espíritu democrático con que se discutió y elaboró la Ley Orgánica fue desnaturalizado con la creación de la Comisión de Rectoría, un órgano perteneciente al antiguo sistema de partido de Estado cuya función es mantener secuestrada la autonomía para ponerla a disposición del poder gubernamental. La Comisión de Rectoría debe desaparecer ya para que no se repita nunca más el penoso espectáculo al que hoy asistimos de un conjunto de aspirantes que, de espaldas a la comunidad universitaria, desfilan ante la Comisión y envían señales a los gobernantes con el fin de ganar el puesto de rector. La Comisión de Rectoría debe desaparecer porque es una instancia que no ve ni oye a los universitarios, no rinde cuentas de ningún modo a la comunidad y se encuentra blindada frente a la crítica. Y los universitarios sabemos que a un cuerpo antidemocrático no se le pueden pedir compromisos democráticos.
Pero, en espera de una reforma universitaria digna de ese nombre a la que no renunciamos y en el marco de la Ley Orgánica vigente, sí podemos hacernos oír en el proceso de designación de rector exigiendo a quienes nos representan en el Consejo Universitario que realicen una auscultación real a la comunidad de su respectiva dependencias y que hagan públicos los resultados, esto con el fin de evitar la formación de grupos o bloques que, al interior del Consejo y de manera oculta, brinden su apoyo a determinados aspirantes, y de medir la presencia que cada uno de éstos tiene en la comunidad universitaria. Así podremos apreciar en qué medida la decisión de la Comisión de Rectoría se apegará o se alejará del sentir de los directamente interesados: estudiantes, trabajadores académicos y empleados.
Nuestra Facultad de Economía cumple felizmente tres décadas de fructuosa existencia. Convirtamos la ocasión también en momento propicio para la revisión de nuestros resultados y celebrémoslo como un verdadero acontecimiento, sin hacer omisión de nuestras imperfecciones y carencias. Hay responsabilidades que cumplir frente a nuestros educandos y frente a la población. Hagamos votos porque estemos contribuyendo efectivamente a una más clara comprensión de nuestra realidad social y a la formación de mejores seres humanos.
*Discurso en el XXX Aniversario de la Facultad de Economía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Michoacán, 25 de octubre de 2006.

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