Eduardo Nava Hernández
Quien haya conocido, así haya sido brevemente, a Efrén Capiz, no podrá recordarlo, con toda seguridad, sino como el enérgico líder de los campesinos y comuneros de Michoacán que llegó a convertirse en símbolo de la lucha agraria y cultural de los pueblos indígenas de la región y que, sin cejar ni un día, dedicara su vida a promover la reivindicación de los explotados y los oprimidos, de los que él mismo fue uno de los mejores hijos.
Me tocó en suerte esa vivencia en 1983, pocos días después de haber llegado a residir en Morelia. Sólo algunas referencias tenía de él, a mis veinticinco años y después de haber participado en apoyo de algunas luchas obreras y en el sindicalismo universitario en el Valle de México, como un importante líder campesino de Michoacán que encabezaba la resistencia de comunidades como Santa Fe de la Laguna y otras al despojo y la privatización de la tierra. No imaginaba entonces la complejidad de las significaciones ni la profundidad de las raíces que esas luchas encerraban.
Nacido en la comunidad indígena de Nahuatzen el 9 de septiembre de 1924, Capiz tuvo en su infancia y juventud una vida semejante a la de tantos otros campesinos e indígenas. La pobreza y la falta de oportunidades lo llevaron a trabajar desde muy joven en diversos oficios. Sólo a los 20 años de edad pudo estudiar la primaria en la Escuela Técnica de Morelia, costeándose él mismo los estudios. Para entonces contaba ya con el ejemplo de su padre, luchador agrario y social de su comunidad. Por esa razón, al terminar su educación básica se matriculó en el Colegio de San Nicolás para estudiar la preparatoria. Terminó la licenciatura en Derecho y luego se inscribió en la Facultad de Altos Estudios para cursar la de Filosofía. Como abogado, ejerció tempranamente en la defensa de los pobladores de Ciudad Hidalgo enjuiciados por la muerte del aborrecido cacique Aquiles de la Peña. Identificado desde siempre con las causas sociales y con la lucha de los trabajadores, fue también defensor de los presos ferrocarrileros de 1959.
Dos veces sufrió prisión por defender a la Universidad Michoacana de sus agresores. En 1963, como presidente del Consejo Estudiantil Nicolaita, cayó víctima de las tropas movidas por la presidencia de la República y el gobierno local ultraconservador de Agustín Arriaga Rivera que, para deponer al rector Elí de Gortari, hollaron el Alma Mater de la Universidad Michoacana, dieron muerte al estudiante Manuel Oropeza García, hirieron otros alumnos y se ensañaron contra los mejores académicos de que disponía la Universidad Michoacana. En 1966 cayó preso nuevamente a raíz del movimiento estudiantil de ese año y de la represión armada a los nicolaitas. Esta vez fueron cinco años los que pasó tras las rejas pagando la culpa de oponerse a la grotesca intervención gubernamental en la Universidad.
Pero, heredero directo de la estirpe indígena de Miguel Regalado, Joaquín de la Cruz y Primo Tapia, habría de hacer de la lucha agraria el motivo principal de su vida. La obra más importante de Efrén Capiz fue, sin duda, la fundación, el 7 de octubre de 1979, de la Unión de Comuneros Emiliano Zapata. Ninguna otra organización campesina e indígena de Michoacán, y probablemente del país, logró expresar con profundidad y coherencia semejantes el ideario de la lucha comunal indígena de los años 80 y 90 del siglo veinte. Fue una de las organizaciones que expresó la autonomía de los movimientos campesinos regionales del país frente al Estado nacional y sus aparatos de control, y actualizó la lucha por la tierra de Emiliano Zapata. Comunidades como Santa Fe de al Laguna, Zirahuén, San Felipe de los Alzati, Aquila y muchas otras, agredidas no sólo por caciques y terratenientes sino por el muy superior poder del gran capital, encontraron en la UCEZ el medio de defensa más eficiente para conservar sus bienes y para expresarse como un movimiento autónomo en el plano local y nacional, no sin vínculos con las corrientes dinámicas del indigenismo latinoamericano.
Al estallar la insurrección neozapatista en Chiapas, el 1 de enero de 1994, y extenderse por el país el reclamo de justicia social de los pueblos indígenas, la UCEZ y Capiz pasaron a jugar un papel muy relevante. El nuevo torrente indigenista relanzó las ancestrales demandas de tierra, trabajo, justicia, libertad, techo y pan, y generó una nueva convergencia que desembocó en la formación del Congreso Nacional Indígena, sin duda la organización nacional más representativa de los pueblos indios de México. Desde entonces, reanudó el abogado michoacano su peregrinar por el país para fortalecer y coordinar la organización de los indios a escala nacional. No escapó jamás a su interés la internacionalización de esas luchas, condición actual para su desarrollo y su perspectiva única para triunfar.
Con frecuencia Efrén Capiz fue víctima de la represión gubernamental. El gobierno de Víctor Manuel Tinoco Rubí ordenó su aprehensión en enero de 1997. La policía, con abuso de fuerza, le propinó fuertes golpes en diversas partes del cuerpo, entre otras en el abdomen, de donde se le generaron lesiones que a la postre lo llevarían a la muerte. Después de varios años de recaídas, que no anularon sus convicciones ni su inacabable activismo a lo largo y ancho del país, en la madrugada del 3 de mayo de 2005 dejó de existir.
Un año después, la oquedad dejada por su ausencia dista de haberse olvidado. Era su voz no tan sólo la de un rebelde ante la injusticia sino a el clamor acumulado del mundo indígena que, a través de decenas de generaciones oprimidas y acalladas, llega hasta nosotros de vez en vez para vincularse en la resistencia con los muchos despojados y explotados que el desarrollo del capitalismo va dejando. Como en Chiapas y como en tantas otras ocasiones, desde las insurrecciones indígenas del periodo colonial, pasando por los desafíos al proyecto liberal de disolución de las comunidades a lo largo de todo el siglo XIX y la guerra zapatista en la Revolución Mexicana, hasta los no menos numerosos movimientos agrarios del siglo XX.
Porque la lucha de Efrén Capiz no fue sólo la tan necesaria defensa de la tierra, los bosques, las aguas y los recursos del subsuelo que paulatinamente y con frecuencia a través de la violencia, van cayendo en manos del capital privado no tan sólo para expropiar a sus poseedores originales sino para afectar el presente y el futuro de la humanidad toda y postrarla ante el fetiche de la ganancia. Fue también la construcción de un proyecto de sociedad futura, que no ha de llegar sin luchas y sin haber anidado primero en la mente de quienes hoy padecen la explotación y la degradación, inmolados al interés supremo del beneficio privado. Ese proyecto encuentra su sustento no meramente en la necesidad de superar un orden social sufrido como injusticia, explotación y exclusión sino en la experiencia histórica de los pueblos y comunidades que, habiendo resistido más largamente el despojo y la opresión, han sabido mantener los trazos básicos de una sociedad basada no en el individualismo sino en la colectividad.
Si, como sostiene Karl Polanyi, la destrucción de la comunidad agraria no pudo ser culminada en la vieja Europa sino a lo largo de los siglos XVIII y XIX[1], y aquélla logró subsistir milenariamente a pesar de las diversas formas externas de dominación que la explotaban por medio del tributo pero no la disolvían —de lo que la propia historia colonial mexicana puede dar un muy buen testimonio—, y si la inmensa mayoría de las generaciones humanas que nos precedieron vivieron y se reprodujeron bajo modalidades de producción económica donde el interés privado y la ganancia individual no eran determinantes, las utopías que también por generaciones han poblado la mente de los seres humanos no surgieron nunca de la imaginación de un pensador individual, llámese éste Agustín de Hipona, Moro, Campanella, Quiroga, Owen o Marx, sino de la memoria profunda de los pueblos que en su propia experiencia han buscado la clave para superar la infelicidad. La sociedad fraterna, saben o intuyen los utopistas, no sólo es necesaria como preservación o reconstrucción de las relaciones que el capital disuelve o amenaza todos los días. Es posible, porque se corresponde con esa experiencia histórica siempre borrada o negada por el avasallante desarrollo del capitalismo[2].
Pero la nueva sociedad, como lo sabía Capiz, no es tan sólo la repetición del pasado o el rescate de un milenarismo en vías de extinción. Es la construcción de una trama de relaciones de nuevo tipo sustentada en ese pasado pero que lo supera incorporándolo. Su visión siempre fue moderna, pues trascendía el ámbito de la comunidad agraria en la que se basaba, para buscar la unidad de objetivos con las otras clases y grupos de la sociedad que padecen también la explotación por el capital, a escala no sólo local sino nacional e internacional.
Un año después de la partida de Capiz, las causas que siempre lo movieron subsisten y se desarrollan. El gobierno federal y el estatal ordenan reprimir a los trabajadores minerometalúrgicos para romper una huelga y conducen, en el extremo, a la muerte a dos de ellos, ponen en riesgo a muchos más y ocasionan graves daños a la sociedad y a la planta productiva. Con ello, congregan a miles en defensa de la autonomía sindical y el derecho a organizarse por sí mismos sin la injerencia de los patronos o del gobierno. Y en el corazón del imperio global, los trabajadores migratorios, ilegales o legales y sus aliados reivindican, frente a la explotación global que arruina a los productores y trabajadores en sus comarcas de origen, sus derechos universales como trabajadores migratorios, es decir, como ciudadanos de la globalización.
Él ya no está aquí para verlo. Los avances que esas luchas representan en términos de la formación de la nueva conciencia laboral los hubiera celebrado con nosotros. Y no estaría sólo celebrando. No hay duda: sería un activo participante.
[1] Karl Polanyi, La gran transformación. México, Juan Pablos Editor, 2000.
[2] Es imprescindible consultar al respecto el ya clásico ensayo de Adolfo Sánchez Vázquez Del socialismo científico al socialismo utópico, México, Eds. Era.
*Artículo publicado en el diario La Jornada Michoacán, 4 de mayo de 2006.

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