Natalio Vázquez Pallares: destello y constancia de un proyecto nacional*

Eduardo Nava Hernández

Cuando Natalio Vázquez Pallares nació, en el pequeño poblado de Coalcomán que desde 1981 lo evoca llevando su nombre, aún gobernaba el país el presidente Francisco I. Madero y había concluido la primera etapa de la Revolución. Era el 6 de enero de 1913.  Unas semanas después, el cuartelazo de Victoriano Huerta pondría violento fin al experimento maderista de una transición política pactada con el viejo régimen y abriría paso a la más feroz y sangrienta guerra civil de cuantas el país habría de vivir. No tendría Natalio ni tres meses de edad cuando, el 26 de marzo, el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza encabezara la resistencia armada contra la usurpación huertista emitiendo en la hacienda de Guadalupe el Plan del mismo nombre y se comenzara a formar el Ejército Constitucionalista. Para entonces, ya estaba insurrecto en el Estado de Morelos Emiliano Zapata, quien había proclamado su Plan de Ayala en reclamo de tierra, libertad, justicia y ley. En Europa estaba a punto de estallar la gran guerra que vendría a desarticular el orden político forjado por el colonialismo del siglo XIX.

            Los años de formación y juventud del futuro nicolaita, así, se ubicarían en los años más agitados de la Revolución Mexicana y en la peculiar etapa de entreguerras en que el mundo vivió la desarticulación del sistema internacional, la oleada mundial de los nacionalismos, el ascenso del fascismo y el nazismo y la gran crisis financiera del capitalismo.

            Por razones de época, no le tocaría a Vázquez Pallares participar directamente en la etapa armada de la Revolución, pero sí en la fase de la reconstrucción del país y del esfuerzo de modernización social que aquélla entrañaba. Y habría de hacerlo con sorprendente convicción y con entusiasmo excepcional. No perteneció a la generación de quienes destruyeron el antiguo orden porfirista, ni a la de quienes introdujeron las reformas sociales posrevolucionarias, sino a la de quienes las interpretaron y buscaron llevarlas más lejos. Contemporáneo de Alfonso García Robles, Octavio Paz, José Revueltas y Juan Rulfo, su generación estaba separada entre quince y veinte años de la de Lázaro Cárdenas del Río, Daniel Cosío Villegas, Manuel Gómez Morín y Vicente Lombardo Toledano, y alrededor de treinta de la de quienes iniciaron la revolución.

            No disponemos de muchos datos que aporten luz acerca de cómo se formó la conciencia de don Natalio en sus días de infancia y primera juventud. Acunado en una familia acomodada, su hija nos dice que desde los diez años de edad, siendo monaguillo en su pueblo natal, formó un círculo de estudios para discutir si Dios existía o no, y que durante una inundación se lanzó a las aguas del río para salvar una bandera nacional que había caído a la corriente[1]. No son elementos suficientes para interpretar desde nuestros días el proceso de integración de un pensamiento coherente como el que siempre lo caracterizó. En ello tiene que haber influido el ambiente general de la fase posrevolucionaria, en que se debatían la reforma agraria, las relaciones entre el Estado y la Iglesia, los derechos del trabajo, la educación, la potestad de la nación sobre sus recursos naturales. El vendaval de la revolución no terminaba y, para los jóvenes impetuosos que la habían sufrido pero no protagonizado era imperioso profundizar su acción y concluir las tareas sociales que los revolucionarios se habían trazado.

            Es probable que en esa formación del intelectual nicolaita haya incidido el breve pero intenso periodo de gobierno radical del general Francisco J. Múgica en Michoacán y su defenestración por la voluntad presidencial de Álvaro Obregón; y más adelante, el reencauzamiento reformador del joven gobernador Lázaro Cárdenas. Cuando éste pasó a ocupar la gubernatura michoacana, Vázquez Pallares se adentraba en la adolescencia y se disponía a estudiar el bachillerato en el Colegio de San Nicolás, forjador de hombres ilustres y de un pensamiento crítico radical. Probablemente lo más decisivo de su formación se dio sobre esos dos ejes: la experiencia local cardenista y la pertenencia a la comunidad Nícolaita.

            Sólo así se explica que a tan temprana edad las inquietudes del joven Natalio se concretaran en un activismo desbordado y en una gran capacidad de organización. Al concluir la preparatoria, se trasladó a Guadalajara a estudiar Medicina, aunque posteriormente modificó su decisión y estudió Derecho. Como dirigente estudiantil de la Universidad de Guadalajara, participa en el Primer Congreso Nacional de Estudiantes Socialistas, que se celebra en Tabasco, bajo los auspicios del feroz jacobinismo del gobernador Tomás Garrido Canabal.

            En realidad, la primera participación relevante de Natalio Vázquez Pallares en la política nacional puede haber sido en esa etapa, en que se discutía en el país el proyecto de la Educación Socialista. La trascendencia de su trabajo puede verse reflejada en el hecho de que, más allá del paisanaje con Natalio, el general Lázaro Cárdenas haya invitado a los estudiantes socialistas de Guadalajara, cuya institución se encontraba clausurada por un conflicto con motivo de la educación socialista, a su toma de posesión como presidente de la República. Después de ese acontecimiento, Natalio Vázquez Pallares encabezó la comisión que permaneció en la ciudad de México para discutir con el presidente la reapertura de la Universidad de Guadalajara, bajo los lineamientos de la propia educación socialista. El 16 de diciembre de 1934 se fundó así el Frente de Estudiantes Socialistas de Occidente, donde Vázquez Pallares ocupó la secretaría general[2]. De entonces puede provenir también la relación con el general Cárdenas, que perduraría no sólo como amistad hasta la muerte de éste sino también como una estrecha colaboración política y como un legado ideológico.

            Al concluir su tarea al frente de la organización estudiantil retornó a Morelia en el momento en que se agitaba en la Universidad Michoacana el debate acerca de la Ley Orgánica y la educación socialista. Los estudiantes y los profesores jóvenes buscaban renovar la institución superando la Ley de 1933 que había sido impuesta por el gobernador anticardenista Benigno Serrato. Vázquez Pallares se integró como representante de las Juventudes Socialistas Unificadas a la comisión para la elaboración de la nueva ley, que habría de actualizar la educación socialista para Michoacán. La ideología de Vázquez Pallares, a quien se atribuye una influencia decisiva en el proyecto de nueva Ley, puede percibirse en el documento que la comisión publicó el 3 de septiembre de 1938 acerca de los fines y las funciones de la Universidad:

La Universidad debe sostener una ideología determinada, en lo que concierne al aspecto filosófico, el materialismo monista y, en lo que concierne al aspecto histórico, el materialismo histórico; en el plano ético está determinada por el principio de la solidaridad con los trabajadores y la lucha por una sociedad que no se funde en la explotación del hombre por el hombre.[3]

            El gobernador Gildardo Magaña aceptó finalmente el proyecto de Ley socialista y lo envió al Congreso. El 4 de febrero de 1939 entregó simbólicamente la Universidad a una comisión de estudiantes y profesores; el rector José Gallegos renunció y Vázquez pallares, a los 26 años de edad, fue nombrado rector. Su primera acción fue dirigirse al general Cárdenas solicitando su apoyo para culminar la reforma socialista de la Universidad. Se emprendió así la promoción del proyecto de nueva Ley Orgánica, promulgada finalmente el 13 de marzo por el Congreso del Estado y cuyo principal ideólogo y redactor era el propio Vázquez Pallares.

Éste expresaba con total transparencia su rechazo a la demanda de autonomía universitaria, que justificaba a partir de una implícita caracterización del régimen posrevolucionario: “Nosotros, los socialistas, defendemos y luchamos por la autonomía universitaria cuando ésta significa baluarte y trinchera que se opone a las fuerzas de la reacción que gobiernan algunos países; pero, cuando significa trinchera para combatir, desde ese reducto, a las fuerzas populares que pugnan por su liberación, estamos resueltamente en su contra. LA AUTONOMÍA EN NUESTRO PAÍS SIGNIFICA BANDERA DE LA REACCIÓN”[4].

            La nueva Ley Orgánica subrayaba el apego de la Universidad a los principios de la Constitución de la República en materia educativa, a la sazón los de la educación socialista. Suprimía el concepto de autonomía y prescribía un gobierno paritario de estudiantes y autoridades en el Consejo Universitario, excluyendo la representación de los maestros en las facultades y escuelas ante ese órgano.

Se promovía que, además de la enseñanza, la Universidad impulsara la investigación de la realidad social y la difusión de la cultura y se eliminaba la libertad de cátedra —reivindicada en la UNAM— por ser contraria a la orientación educativa postulada por el Estado de la Revolución. Conforme a la Ley Orgánica socialista, el Consejo Universitario participaba en la designación del rector elaborando una terna de la que el gobernador tendría que hacer la designación. Para llegar a esa posición o a la de director de una escuela o facultad era requisito contar, además de antecedentes y prestigio académico, con una “reconocida ideología socialista”. Esta ley era, en palabras de Vázquez Pallares, la contribución de los michoacanos “a un hecho trascendental: la creación de la Universidad Socialista, como un tributo a la Revolución Social de México”.

            Como rector, Natalio Vázquez Pallares impulsó una reforma universitaria que buscaba expresar una ideología socialista no inspirada en el marxismo soviético ni en otras corrientes internacionales, sino que se concebía a sí misma como la tendencia más radical de la Revolución Mexicana.  Al mismo tiempo que allegaba la enseñanza y la investigación a las clases populares, intentó elevar los niveles académicos y el esplendor de la institución invitando a los más distinguidos intelectuales nacionales y extranjeros de la época para impartir cursos y pláticas. Cerró la Escuela de Comercio, que carecía de suficientes alumnos, por ineficiencia; desapareció el Centro Cultural Obrero por no contar con las condiciones adecuadas para la enseñanza de oficios a los trabajadores; también el Departamento de Cultura Estética, que no tenía vida efectiva, y reorganizó el funcionamiento de las casas del estudiante subsidiadas por la Universidad, que absorbían alrededor de la sexta parte de su presupuesto.

            A lo largo de 1940 con diversos motivos, la Universidad Nicolaita adquirió una proyección nacional. Acogió el VI Congreso Mexicano de Historia, organizó la celebración del IV Centenario del Colegio de San Nicolás y dio inicio a la llamada Universidad de Primavera “Vasco de Quiroga”, consistente en ciclos de conferencias abiertos a los estudiantes de Michoacán y de otras instituciones de educación superior, a cargo de investigadores y escritores invitados del más alto nivel, que fue inaugurada el 9 de mayo de 1940 por el presidente Lázaro Cárdenas.

            Sin embargo, apenas un mes más tarde se organizaba un plebiscito para pedir la renuncia del rector, y en agosto se declaró la huelga estudiantil para exigir su salida acusándolo de ser instigador de un zafarrancho sangriento, con saldo de tres estudiantes heridos. Un nuevo gobernador, el general Félix Ireta Viveros, nombró a Vázquez Pallares procurador de justicia en el Estado (aunque siempre se presumió que ocuparía la secretaría de Gobierno). Su salida de la rectoría fue sin embargo un triunfo de los opositores a la educación socialista en la Universidad. Fue sustituido por Victoriano Anguiano, un político que sostenía ya en ese momento posiciones abiertamente anticardenistas.

            A partir de entonces, la actividad política de Vázquez Pallares se desarrollaría primordialmente en el ámbito del servicio público y el parlamentarismo. Fue abogado de Petróleos Mexicanos en Coatzacoalcos, Veracruz; diputado a la XLI Legislatura del Congreso de la Unión, entre 1949 y 1952; secretario particular del Lic. Javier Rojo Gómez en la secretaría general de la CNC; senador de la República de 1958 a 1964; embajador de México en Yugoslavia (1965–1968), director gerente del Banco Nacional de Crédito Agrícola (1969-1970), consejero agrario del Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización (1971–1972), oficial mayor de la CNC (1973), subdirector general del Fondo Nacional de Fomento Ejidal (1973–1975), coordinador del Cuerpo Consultivo Agrario de la Secretaría de la Reforma Agraria (1977–1978), asesor de la Comisión Coordinadora para el Desarrollo Agropecuario del Distrito Federal y director del Centro de Estudios Históricos del Agrarismo en México (1980). Como activista y político militante, fue también editorialista de diversos periódicos, participante en la Conferencia Latinoamericana por la Soberanía Nacional, la Emancipación Económica y la Paz —que dio lugar a la fundación del Movimiento de Liberación Nacional— y presidente del Movimiento Mexicano por la Paz, el Antiimperialismo y la Solidaridad entre los Pueblos y del Consejo Mundial por la Paz[5].

            Destaca de su etapa como legislador la defensa que hizo en una serie de artículos periodísticos de la industria petrolera nacional, amenazada por los llamados contratos de riesgo con los que el gobierno de Miguel Alemán promovía la participación del capital extranjero en el sector.

            El propósito evidente de Petróleos Mexicanos —denunció— de enajenar nuestra riqueza petrolera, entregándola paulatinamente en manos extranjeras se revela, sin lugar a dudas, en el trato que da a compañías mexicanas perforadoras, a las que sí se hace cumplir con la Ley pagándoles por metro perforado o por pozo terminado, en tanto que a las compañías norteamericanas se les entregan estructuras perfectamente localizadas y probadas, se les paga con petróleo el capital invertido y se les regala el quince por ciento de la producción total del pozo por un periodo de 25 años. […] La producción total de petróleo extraído por los contratistas norteamericanos, hasta la fecha, ha quedado en manos de éstos. Ni un barril ha recibido Petróleos Mexicanos.[6]

            La crítica pública de la inconstitucionalidad y apatriotismo de la principal empresa publica del país, que provenía nada menos que del presidente de la Comisión de Petróleo de la Cámara de Diputados y que se acompañó de una denuncia ante la Procuraduría General de la República, surtió el efecto de frenar los contratos de riesgo, de los que no se volvió afirmar ni uno más. Se acortó el plazo de su vigencia y no sólo no fueron renovados, sino que se introdujo una modificación al artículo 27 constitucional prohibiendo expresamente su existencia[7].

            En el periodo en que Vázquez Pallares fue senador de la República asumió otro compromiso con México al presentar una iniciativa de reforma a la ley forestal para permitir que las comunidades agrarias, propietarias de los bosques, participaran en la explotación de los mismos con el apoyo financiero de las instituciones oficiales de crédito. “Se trata —manifestaba en la exposición de motivos— de que, en forma definitiva, los dueños de la tierra boscosa concurran crecientemente al proceso productivo. Esta será la forma más segura de preservar la riqueza forestal; la elevación de los niveles de vida de sus propietarios, la manera menos onerosa de cuidarla y acrecerla”[8].

            Era el periodo en que el general Lázaro Cárdenas encabezaba la formación del Movimiento de Liberación Nacional, que agrupaba a diversos sectores de la izquierda del país y retomaba una serie de tareas de emancipación y reivindicación nacional. En particular en Michoacán, a iniciativa de Vázquez Pallares que se convirtió en uno de sus más activos militantes, el MLN emprendió la organización de resineras ejidales. Fue uno de sus proyectos más ambiciosos; estableciendo ocho resineras en distintas regiones del Estado se pensaba dar ocupación a 4 000 ejidatarios con ingresos anuales de $ 4 000 más dividendos y utilidades[9]. Algunas de esas empresas, como las de Charo y Ciudad Hidalgo, se establecieron exitosamente en beneficio de las comunidades locales de campesinos, propiciando una forma racional de explotación del recurso forestal.

            La obra política toda de Natalio Vázquez Pallares muestra una particular congruencia, que obedece a su inscripción dentro de un proyecto de nación claramente definido. Muchos lo han llamado nacionalismo revolucionario. El general Cárdenas prefería denominarlo “el proyecto social de la Revolución Mexicana”, del que, sin vacilación, él mismo llegó a convertirse en el máximo exponente. Fue un proyecto nunca cabalmente realizado a pesar de encontrarse enraizado en las diversas luchas sostenidas a lo largo de varios siglos por las masas populares de México, pero que tuvo su momento de mayor vigencia durante el periodo presidencial del propio Cárdenas, el periodo en que Vázquez Pallares ingresó de lleno a la política, primero local de Michoacán y ulteriormente nacional.

            El cardenismo concibió y puso fugazmente en práctica un desarrollo nacional, inspirado en la Constitución de 1917, sobre la base de la autonomía económica, el rescate y reivindicación de sus recursos naturales para la Nación, la extensión de la educación a las masas trabajadoras, la reivindicación de la tierra para sus legítimos y ancestrales propietarios, que la trabajan como decía Zapata, “con sus propias manos”; la acción justiciera del Estado como representante de las mayorías trabajadoras y garante de sus derechos, y un papel activo de la nación en la construcción de un orden nuevo en las relaciones internacionales.

            No entro aquí a discutir la naturaleza política del socialismo denotado en el proyecto social de la Revolución Mexicana, que en distintos momentos Cárdenas, Alvarado, Múgica, Jara y otros ideólogos subrayaron. Destacaré tan sólo que ese proyecto nacional tenía raíces profundas en nuestra historia. Era heredero de las contiendas comunales contra la privatización de la tierra; de las huelgas de mineros y trabajadores fabriles que dieron raigambre y un perfil propio al proletariado mexicano; de las luchas contra las intervenciones extranjeras en el siglo XIX y durante la Revolución. Más allá, era descendiente de la utopía fundada en el siglo XVI en Michoacán por el obispo Vasco de Quiroga, que el cardenismo asumió como inspiración social y raíz profunda para un proyecto autónomo de nación.

            La impronta que ese programa de lucha social dejó en varios de los mejores exponentes de su generación parece haber sido una marca a fuego en la piel de quienes vivieron esa etapa como días de vértigo y de tempestad[10]. Pero las condiciones que habían hecho posible el florecimiento del cardenismo desaparecieron con el nuevo orden mundial de la posguerra, dominado por la reafirmación de la hegemonía de los Estados Unidos y la guerra fría. La internacionalización del capital recuperó los bríos que había perdido entre la Gran Crisis y la Segunda Guerra Mundial, y se impuso por doquier  como proyecto único y excluyente, con la complacencia de burguesías criollas y gobiernos cipayos. Nunca más un proyecto auténticamente nacional volvería a desplegarse en México, aunque por varias décadas aquél, el cardenismo, siguió presente y batiéndose en defensa de sus principios fundamentales. Ahí estuvo siempre Natalio Vázquez Pallares, uno entre varios de los destellos —ciertamente, de los más brillantes— con que ese proyecto se resistía a desaparecer ante el empuje del imperialismo rampante.

El 26 de marzo de 1981, aniversario del Plan de Guadalupe del mismo año en que nació, hospitalizado ya por una grave afección, don Natalio Vázquez Pallares falleció. Unos meses antes, en los comicios por el gobierno estatal, el voto personal del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas fue a su favor. Si bien nunca llegó a la gubernatura de su estado, a la que siempre aspiró, era sin duda uno de los políticos michoacanos más destacados y uno de los baluartes de la política cardenista en el país. El último de sus mensajes, ya en estado grave de salud, tenía como destinatario inequívoco al pueblo de México y al de Michoacán, y constituía al mismo tiempo una profesión de fe que lo vinculaba a su trayectoria toda y una frase de aliento para que ese pueblo no dejara de confiar en un mejor futuro: “avisen”, dijo a sus allegados, “que nunca me rajé”.


[1] Xuchitl Vázquez Pallares, “Natalio”. Cambio de Michoacán, 9 de enero de 2005.

[2] Ibidem.

[3] Cit. por Sylvie Didou, Les intellectuels du Michoacan et les formes de l’Etat au Mexique: de l’assentiment a celle de la marginalisation. Thèse de doctorat. S. L., Maison des Sciences de l’Homme. Centre d’Etudes du Mouvement Social, 1987. Fotocopiado. Hh. 212-213.

[4] Cit. en Jesús Bravo Vaquero, El movimiento latinoamericano de reforma universitaria en Michoacán. Segunda edición. Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 1978. Pág. 49.

[5] Beatriz Paredes, semblanza en El proyecto agrario de Natalio Vázquez Pallares. México, Centro de Estudios Históricos del Agrarismo en México, 1983. Págs. 6–8.

[6] Natalio Vázquez Pallares, En defensa de nuestro petróleo. Artículos periodísticos de 1952 denunciando una conducta antimexicana. Segunda edición. Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 1994. Págs. 25, 28. (La primera edición apareció en 1979 publicada por la Editorial Solidaridad.)

[7] Antonio Gershenson, “Prólogo” a Ibidem.

[8] Cit. por Xuchitl Vázquez Pallares, “Natalio: un revolucionario”. Cambio de Michoacán, 26 de marzo de 2005.

[9] Entrevista del periodista Gilberto Chávez Valencia, militante del MLN, con el autor. Morelia, 12 de julio de 2000.

[10] En un artículo periodístico de 1976, Vázquez Pallares se definía a sí mismo y a los de su progenie por su proximidad con los ideales y la persona del general Lázaro Cárdenas: “Fuimos y somos discípulos de Lázaro Cárdenas, fuimos y somos partidarios de su pensamiento revolucionario; fuimos y somos leales a su doctrina en lo que tiene de vigente y universal. Por lo mismo estamos dispuestos a propagarla, a defenderla y actuar, social y políticamente de conformidad con sus principios rectores. Repetimos: no formamos ni una facción política ni un ‘ismo’, ni una secta. Simplemente somos revolucionarios […] gente que piensa y siente como lo sintió y pensó Lázaro Cárdenas, que es urgente, en México, un cambio estructural profundo en los ámbitos económico, social, cultural y político que, determinando los objetivos, los límites y los medios de una serie de etapas consecutivas e intermedias, nos conduzcan a establecer una nueva sociedad donde se elimine, definitivamente, la explotación del hombre por el hombre; una sociedad donde un sector social no explote al otro sector social; una sociedad donde impere la igualdad, la libertad y la justicia. Y una nación dueña de su destino”. Cit. por  Xuchitl Vázquez Pallares, “Natalio: un revolucionario”. Loc. Cit.

*Capítulo de libro en Mario Alberto Nájera Espinoza, Verónica Oikión Solano y Gerardo Sánchez Díaz (Coords.) La Nación dueña de su destino. Vida y obra de Natalio Vázquez Pallares. Guadalajara, Universidad de Guadalajara/El Colegio de Michoacán/UMSNH, 2007.


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