A 150 años del nacimiento de Martí y 50 del Moncada
Eduardo Nava Hernández
La Revolución Cubana ha sido, sin duda, uno de los grandes acontecimientos de la historia latinoamericana. Su impacto, a lo largo de las décadas de los sesenta y los setenta sacudió las estructuras sociales del subcontinente entero y alentó por doquier el surgimiento de nuevas izquierdas y nuevos proyectos de transformación social. Su derrotero ulterior, a partir de los años ochenta, ha sido motivo de agudas polémicas intelectuales que pasan por la soberanía, las libertades políticas y los derechos humanos, todo ello en el marco del férreo embargo comercial al que los gobiernos de los Estados Unidos la han tenido sometida. Símbolo de la resistencia antiimperialista o expresión de una prolongada decadencia, Cuba sigue en el ojo del huracán y de pie frente a las embestidas del inmenso poder imperial. No se trata aquí de la situación actual de la isla caribeña, sino de las raíces de su brioso movimiento revolucionario, que ahora cumple medio siglo de enérgica presencia en el escenario latinoamericano y mundial.
El asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 fue el heroico acto con que se inició la primera revolución antineocolonial con perspectiva socialista del hemisferio, la cubana, y también una acción que abriría toda una etapa de lucha por la liberación de los pueblos de América Latina. Los propios dirigentes del Movimiento 26 de Julio en su momento y también diversos autores establecieron la continuidad existente entre ese primer acto revolucionario fallido, el desembarco del Granma en 1956 y la lucha revolucionaria que culminó el 1 de enero de 1959, así como el proceso de socialización de la economía cubana a partir de entonces. Fidel Castro mismo dijo que “sin el Moncada no habría existido el Granma, la lucha de la Sierra Maestra y la victoria extraordinaria del 1º de enero de 1959”[1].
Sin embargo, tomando aisladamente estos hechos resulta difícil explicar un proceso que, iniciándose con una estrategia insurreccional de asalto al poder gubernamental y con una ideología democrático–burguesa, culminó en el ascenso al poder de un movimiento de base ampliamente popular y una revolución que llega a proclamarse socialista. El camino recorrido entre 1953 y 1959 por las fuerzas revolucionarias, con el Movimiento 26 de Julio a la cabeza, puede parecer cronológicamente breve, pero desde el punto de vista histórico representó un gran salto cualitativo en la conciencia y en la práctica revolucionaria del pueblo cubano. Correspondió a un periodo de gran ascenso de la lucha de clases, hasta el punto de una situación revolucionaria que implicara el rompimiento del antiguo aparato de Estado y el desmembramiento de sus bases sociales. Implicó por una parte la profundización de la crisis económica y social y por la otra la radicalización del bloque de fuerzas revolucionarias.
Más allá del punto de vista simplificador que durante cierto periodo quiso ver en el ataque al Moncada y en la Revolución Cubana el resultado de la acción de un grupo de hombres decididos y valerosos, capaces de impulsar ellos solos la lucha contra el régimen hasta su derrocamiento, hay que buscar en las contradicciones fundamentales de la sociedad y de la dictadura las causas del éxito de los revolucionarios. La evolución del grupo dirigente del 26 de Julio no puede ir separada de la evolución general de la ideología y la práctica del proletariado y el campesinado cubanos que lo apoyaron y convirtieron en su vanguardia. Sin dejar de reconocer el enorme mérito y la visión histórica de este grupo encabezado por Fidel Castro, es necesario, pues, rastrear las condiciones particulares en las que se insertó la acción de la vanguardia revolucionaria.
Cuba se encontraba en el momento del asalto (1953) en una situación especialmente crítica tanto en el campo de la economía cuanto en el de la política, por el deterioro del régimen batistiano que había venido a romper al frágil régimen constitucional. De todo el continente. Cuba era el país en el que las contradicciones de clase se agudizaban más y era también uno de los que contaban con más larga tradición de lucha antiimperialista y proletaria. Su dominación directa por parte del capitalismo norteamericano a partir del momento de su independencia del poder colonial español, convirtieron a la isla en un caso típico del así llamado neocolonialismo, con aparente independencia política pero firmemente sujeta por la vía económica al centro hegemónico imperialista. La presencia del capital foráneo deformó y ahogó al aparato económico, con un sector agroexportador hipertrofiado y un mercado interno débil y sin posibilidades de expansión.
A partir de la década de los veinte la economía cubana entra en un periodo largo de estancamiento que Pierre–Charles, siguiendo a Le Riverend, denomina de “crisis permanente”.
La crisis permanente es de carácter estructural. Es la crisis entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el carácter monoproductor y extrovertido de la estructura, así como de su modo de articulación con el centro imperialista en un momento determinado de la configuración y expansión tecnológica y financiera de la economía mundial capitalista. Por lo tanto, esa crisis señala el comienzo de un periodo de transición[2].
En la década de los veinte se produce una caída en el precio del azúcar en el mercado mundial, con lo que se inicia el estancamiento económico de Cuba. La producción se reduce notablemente después de 1925 y no alcanza su nivel anterior sino en 1947. La situación se agrava con la crisis mundial de 1929 y el cierre del mercado norteamericano en 1934, y permanece en un estado de depresión aún cuando en otros países se iniciaba ya la recuperación. El grado de sujeción económica al imperialismo, así como la insuficiente acumulación de capital, impidió que se operara en Cuba un proceso de industrialización por sustitución de importaciones como el que tuvo lugar en diversos países de América Latina en la década de los treinta.
Gerard Pierre–Charles caracteriza esta etapa de crisis estructural, que se alarga hasta la caída de Batista, por cuatro rasgos fundamentales:
a) El bloqueo a las exportaciones por los Estados Unidos, que buscaban estimular la producción de azúcar en otras regiones y establecer por tanto un sistema de cuotas basado en el promedio de producción de 1929 y 1930, que habían sido para Cuba los peores años. El Tratado de Reciprocidad Comercial, que concedía amplias preferencias a los productos yanquis, vino a empeorar la situación, pues resultaba un obstáculo insuperable a la diversificación del aparato productivo de la isla, ya no se diga en lo referente a la industria, sino aun a la agricultura. De este modo se consolidó la dominación económica sobre Cuba.
b) La caída de las inversiones. Durante todo el periodo disminuyen drásticamente las inversiones directas. Aun en la fase que siguió a la Segunda Guerra Mundial, que se caracterizó por la entrada masiva de capitales norteamericanos a América Latina, Cuba sólo recibió una mínima parte de ese flujo. Además, de las escasas inversiones, la mayor parte se canalizó hacia el turismo, el comercio y otros servicios.
c) El deterioro de la producción, que significó un bajísimo aprovechamiento de los recursos agrícolas y del “factor trabajo”. A pesar de seguir en constante aumento las áreas abiertas al cultivo de la caña, la producción no crecía en términos absolutos, lo que implicaba el deterioro del rendimiento por hectárea cultivada. Si antes de la depresión Cuba había tenido incluso la necesidad de importar braceros, ahora éstos eran repatriados y comenzaba a aumentar alarmantemente el ejército de desocupados.
d) El agravamiento de las condiciones de vida. Como consecuencia del altísimo desempleo, las condiciones de salud, vivienda y educación caían bruscamente para la mayor parte de los obreros de Cuba. La tercera parte de los trabajadores agrícolas laboraba sólo unos cien días al año. Las enfermedades tales como tuberculosis, tifoidea y parasitosis proliferaban entre los sectores obreros y campesinos, aunadas a problemas de desnutrición que eran padecidos por la mayor parte de la población[3].
Todo ello hacía que, en el terreno de lo social, la situación se volviera especialmente explosiva y resultara un excelente caldo de cultivo para las manifestaciones de descontento popular. El Movimiento 26 de Julio no era, en este ambiente, un grupo aislado, sino que se insertaba en la más o menos permanente efervescencia de obreros y campesinos como una de sus expresiones más orgánicas y avanzadas. El programa de los asaltantes del Moncada no era exclusivamente político sino que buscaba desde un principio dar respuesta desde una perspectiva eminentemente popular a los agudos problemas sociales en que se debatía la sociedad cubana. Este programa no fue explicitado antes sino después del ataque al Moncada, en el famoso discurso de autodefensa pronunciado por Fidel Castro ante los tribunales de Santiago de Cuba en octubre de 1953. Ahí, como ha dicho Vania Bambirra[4], destacan tres aspectos que conforman un “programa revolucionario que se mantiene aún en los límites democrático-burgueses”:
Primero, la definición del enemigo principal encarnado en la dictadura de Batista. Segundo, la definición de las clases y sectores de clase que integran las masas populares revolucionarias. Y tercero, la definición de las tareas inmediatas de la revolución, expresadas en “cinco leyes revolucionarias que serían proclamadas inmediatamente después de tomar el cuartel Moncada y divulgarlas por radio a la nación” [5]. La primera de esas leyes reinstauraba la vigencia de la Constitución de 1940 y disponía que el movimiento revolucionario asumiera el poder “como encarnación momentánea” de la soberanía del pueblo. La segunda concedía la propiedad de la tierra a los colonos[6], subcolonos, arrendatarios, aparceros y precaristas que estuvieran en posesión de parcelas de cinco o menos caballerías. La tercera ley otorgaba a los obreros y empleados “el derecho a participar del treinta por ciento de las utilidades en todas las grandes empresas industriales, mercantiles y mineras, incluyendo centrales azucareros”. La cuarta ley disponía para los colonos una participación del cincuenta y cinco por ciento del rendimiento de la caña, así como “una cuota mínima de cuarenta mil arrobas a todos los pequeños colonos que llevasen tres años o más establecidos”. La quinta disponía la confiscación de “todos los bienes a todos los malversadores de todos los gobiernos y a sus causahabientes y herederos en cuanto a bienes percibidos por testamento o abintestado de procedencia malhabida”[7].
Aunque estos planteamientos se encuentran todavía, como bien lo ha señalado Vania Bambirra, dentro de los marcos de la ideología liberal y democrática, por otro lado van más allá de la simple lucha política contra la tiranía. Constituyen el inicio de una transformación, así sea reformista, de la estructura de clases.
Pero la verdadera dificultad no estriba en identificar los puntos del programa de Moncada con la ideología democrática pequeño burguesa y compararlos después con los planteamientos en los cuales desembocó la revolución. La dificultad consiste en establecer las relaciones entre unos y otros y seguir la continuidad del proceso desde la etapa democrática del 26 de Julio hasta la fase de transición al socialismo. Hay que hacer notar que el programa de La Historia me absolverá continuó siendo la proposición fundamentan del movimiento hasta la toma del poder en 1959, y que todos sus puntos se cumplieron durante la primera fase democrática y nacionalista de la revolución. Como afirmaba Carlos Rafael Rodríguez, no atentaba teóricamente contra la subsistencia del capitalismo en Cuba[8]; sin embargo, en una formación social dominada y sujeta a la división internacional del trabajo, con un desarrollo incipiente de las fuerzas productivas y una burguesía débil y dependiente del poder imperial, el avance democrático y modernizador ocasionaba una serie de contradicciones insalvables para el sistema vigente. Contradicciones que podían demostrar, como lo hicieron, la fragilidad de ese capitalismo incapaz de dar solución a las demandas populares ni siquiera dentro de sus propios términos y de presentar un proyecto coherente de desarrollo independiente del capitalismo imperialista.
En el caso cubano son muchos los factores que inciden en el proceso de transformación socialista de la sociedad. No se analizan aquí todos ellos, por más que algunos puedan ser decisivos. Dejo de lado la acción exterior del imperialismo, hostil desde el primer momento a la revolución y que tanto contribuyó a la radicalización del nuevo poder. Tampoco profundizo en los aspectos estructurales de la crisis del antiguo régimen que determinaron la coyuntura revolucionaria. Igualmente, la debilidad intrínseca de la burguesía no sólo en Cuba sino en general en las sociedades neo-coloniales, merecerían un estudio aparte más pormenorizado.
Me interesa especialmente el examen histórico de los así llamados “factores subjetivos” que, en el caso del capitalismo cubano, tienen una larga trayectoria.
Los asaltantes del Moncada se declaran desde el principio herederos de esa tradición de lucha democrático–popular que se inicia con los héroes de la guerra de los diez años y con Martí, y a la que buscan revivir. Fidel Castro, en uno de los pasajes más dramáticos de su alegato justifica el ataque afirmando que el autor intelectual de éste fue el propio José Martí, y también, que la acción se realizó “para que el Apóstol siga viviendo”.
Parecía que el apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre […] Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde, su pueblo es digno, su pueblo es fiel a su recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el alma de la patria. ¡Cuba, qué sería de ti si hubieras dejado morir a tu apóstol![9]
Pero esta reivindicación de Martí por los revolucionarios no corresponde exclusivamente a la primera fase del movimiento, caracterizada como democrático–burguesa, sino que se conserva hasta la actualidad. Haydeé, Santamaría, por ejemplo, escribió:
No vamos a decir que fuimos al Moncada a hacer una revolución socialista […] fuimos siendo martianos. Hoy somos marxistas y no hemos dejado de ser martianos, porque no hay contradicción en esto, por lo menos para nosotros.[10]
Tanto en los fines perseguidos como en la concepción revolucionaria, Martí era una figura presente en el pensamiento de Fidel y su grupo. Si la lucha iniciada en 1895 había sido frustrada por la intervención del imperialismo y además no se había completado la revolución democrático–burguesa, manteniéndose vigentes las condiciones de dominación foránea y de deterioro social, es natural que la doctrina de Martí fuera rescatable en gran medida por el movimiento revolucionario de los años cincuenta.
Lo que priva en el pensamiento de Martí es el amor a la patria y el sentimiento anticolonial y antiimperialista, el humanismo justiciero, la rebelión ante el despotismo, el espíritu de lucha libertaria, la concepción de la resistencia como parte del deber. Políticamente, Martí se inscribe en los marcos de la ideología liberal democrática, pero con la particularidad de ubicarse en la lucha anticolonial y antioligárquica. Es claro que conocía el marxismo e inclusive lo admiraba, pero lo consideraba inadecuado para la realidad cubana en la que la contradicción principal era la lucha contra el coloniaje español y no la lucha de clases. Rechaza explícitamente la lucha de clases como medio de liberación, y propone en cambio una república democrática organizada “con todos y para el bien de todos”[11].
O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás: la pasión, en fin, por el decoro del hombre, o la república no vale una lagrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros brazos […].
¡De todos los cubanos! ¡Yo no sé qué misterio de ternura tiene esta dulcísima palabra ni que sabor tan puro sobre la palabra misma del hombre, que es ya tan bella que si se pronuncia como se debe, parece que es el aire como nimbo de oro y es trono o cumbre de monte la naturaleza![12].
Por otro lado, destaca la gran visión que llegó a tener Martí respecto del problema del imperialismo, a consecuencia de la temprana ocupación de la isla por los capitales norteamericanos. La lucha consecuente contra el colonialismo español tenía que complementarse con la resistencia al embate del imperialismo, que se presentaba no sólo como una amenaza sino casi como una realidad tangible. Como lo hace notar Armando Hart, si la intervención norteamericana en Cuba fue la primera guerra imperialista del mundo moderno (Lenin), es natural que la primera guerra antiimperialista fuera la que desarrolló el pueblo cubano a partir de 1895[13]. Son conocidos los textos en los que Martí se refiera a este problema, contra el panamericanismo primero y después llamando directamente al imperialismo por su nombre.
La debilidad y ausencia de desarrollo no sólo del proletariado sino también de la propia burguesía manufacturera cubana implican la imposibilidad de plantear, a fines del siglo XIX, una lucha abiertamente anticapitalista como complemento del antiimperialismo. La burguesía nacional cubana no había tenido tiempo de desarrollarse como tal bajo el yugo del coloniaje, y probablemente a la dominación neocolonial. En esas condiciones, el llamado de Martí a las clases populares (compuestas por campesinos por una parte y un proletariado aún no bien diferenciado del artesanado, por la otra) no es un simple recurso demagógico. Por el contrario, son estas clases las que, a sus ojos, se convierten en portadoras de un proyecto sociopolítico como el que se plantea. De hecho, este proyecto puede ser eminentemente democrático–burgués, pero su importancia consiste en que incorpora a la lucha a los sectores más consecuentemente revolucionarios e inicia una tradición de lucha antiimperialista que no desaparecerá de Cuba con el paso del tiempo.
Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores […].
¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada![14]
Qué placer será —después de conquistada la patria al fuego de los pechos poderosos, y por sobre la barrera de los pechos enclenques, cuando todas las vanidades y ambiciones servidas por la venganza y el interés se junten y triunfen, pasajeramente al menos, sobre los corazones equitativos y francos— entrarse, mano a mano, como único premio de la gran fatiga, por la casa pobre y la escuela, regar el arte y la esperanza por los rincones coléricos y desamparados, amar sin miedo la virtud aunque no tenga mantel para su mesa, levantar con los pechos hundidos toda el alma del hombre![15].
Martí organiza, para la lucha por la independencia de Cuba, el Partido Revolucionario Cubano, fundado en Cayo Hueso donde se concentraba el mayor número de obreros del tabaco que habían emigrado de la isla. En estos sectores Martí obtiene una gran respuesta. El partido centraliza los esfuerzos de diversos “clubes” de revolucionarios, muchos de ellos sobrevivientes de la guerra de 1868–78, y la presencia de Martí le imprime un acentuado carácter antiimperialista. En el proyecto del Apóstol, la independencia de Cuba y Puerto Rico habría de impedir el avance del imperialismo yanqui sobre los países de América Latina.
Sin embargo, este proyecto se ve frustrado con la intervención directa norteamericana sobre la isla y la imposición de la Enmienda Platt. En vez de detenerla, la guerra de Cuba da pretexto para la expansión yanqui sobre las Antillas. Las fuerzas revolucionarias cubanas se dispersan y debilitan cuando, a la muerte de Martí, Maceo y Gómez, queda al frente del PRC el débil Estrada Palma. La ocupación produjo, a pesar de la formal independencia, una situación típicamente neocolonial, donde los Estados Unidos imponían gobernantes para aplastar cualquier brote de descontento popular.
Sin embargo, la organización obrera echada a andar por Martí no fue derrotada por completo. Subsiste, sobre todo, a través de los obreros del tabaco procedentes de la emigración. Entre ellos resalta Carlos Baliño, quien permanece en la lucha hasta su muerte bajo la dictadura de Machado. Ya desde la etapa de la fundación del PRC participaban en él grupos de anarquistas y de marxistas que, a la muerte de Martí, se van diferenciando. Carlos Baliño es uno de los primeros en aportar su experiencia a la formación de cuadros marxistas durante los primeros años de la república.
Baliño, nacido en La Habana en 1848, realiza un notable trabajo periodístico. En 1868 se traslada a los Estados Unidos, donde colabora en los periódicos La Tribuna del Pueblo, Yara y, en Cayo Hueso, se convierte en redactor, junto con Pablo Rousseau, de La Nueva República. En 1892 participa con Martí en la fundación del PRC.
En 1903, tras la muerte del Apóstol, Baliño funda el Club de Propaganda Socialista, la primera organización marxista de la isla, y en 1904 el Partido Obrero de Cuba, que un año después se adhiere a la Internacional Socialista y cambia su denominación a Partido Obrero Socialista, cuyo órgano era La voz obrera. En 1906, en rápida evolución, se fusiona con El Partido Socialista Internacional y nace el Partido Socialista de Cuba (PSC) como partido marxista único y cuya alma seguía siendo Carlos Baliño[16].
Tras esta experiencia, no obstante, el movimiento obrero sufre algunos periodos de retorno hacia posiciones anarquistas. El PSC no consigue liderar orgánicamente desde una perspectiva marxista a la clase obrera, y las principales huelgas de este periodo son dirigidas por líderes anarquistas. Destaca el movimiento conocido como “huelga de la moneda” en 1907, en el que los obreros torcedores de tabaco exigían el pago en dinero norteamericano en vez de moneda española, ya que ésta perdía más rápidamente su poder adquisitivo. En los siguientes años, las luchas obreras se esfuerzan por impedir el alza del costo de la vida y por reducir la jornada laboral.
Un paso más dará en el año 1915, cuando se celebra un Congreso Obrero en la Habana que reúne a delegados de toda la isla. Se inicia un salto cualitativo en el movimiento caracterizado por grandes contiendas de masas que profundizarán la conciencia y la organización proletaria. El pensamiento de Martí y toda la herencia ideológica revolucionaria de la historia cubana ilumina este proletariado que poco a poco viene recibiendo el flujo de las ideas marxistas[17].
El 18 de marzo de 1923 se funda la Agrupación Comunista de La habana, a la que siguen las de Guanabacoa, Manzanillo y San Antonio de los Baños. En 1925 (16 de agosto) se fundan, por fin, cabe la influencia ideológica de la Revolución de Octubre y la fundación (1919) de la Internacional Comunista, el Partido Comunista de Cuba y la Confederación Nacional Obrera de Cuba, que vienen a cristalizar la experiencia de las dos décadas pasadas para el movimiento obrero. Una pléyade de figuras destaca entre los revolucionarios de la época: además de Carlos Baliño, quien expresa la experiencia y veteranía del movimiento obrero y antiimperialista, Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena, que representan al pujante movimiento estudiantil que florece en la Universidad de la Habana, y Agustín Martínez Veloz. Al Congreso fundacional del PCC asiste, como delegado del Partido Comunista Mexicano, Enrique Flores Magón. Desde su nacimiento, el PCC se adhirió a la Internacional Comunista y resolvió formar un organismo campesino y otro para la organización de la juventud. José Miguel Pérez fue elegido como secretario general.
Con la fundación del PCC y la CNOC se abre una nueva etapa de lucha, a la que corresponde por otra parte la instauración de la sangrienta dictadura de Gerardo Machado, quien inicia su régimen declarando que no tolerará una huelga por más de 24 horas. La lucha de clases alcanza en este periodo un alto grado de exacerbación y violencia. Las fuerzas opositoras declaran huelgas constantemente hasta que, por fin, en 1933, una huelga general consigue derribar a Machado. Es notoria en este lapso la incorporación masiva del proletariado cañero a la lucha, así como la creciente influencia del Partido Comunista entre el movimiento obrero. En el ínterin, Julio Antonio Mella es asesinado en 1929 por esbirros del dictador en las calles de la ciudad de México. El dinámico periodista, organizador y dirigente universitario no alcanza a ver la caída del dictador.
La polarización de las fuerzas en pugna, el proletariado organizado y la pequeña burguesía e intelectualidad radicalizada por un lado, y la oligarquía aliada del imperialismo por el otro, es tan aguda que a las jornadas de 1933–35 se les ha caracterizado como una revolución frustrada[18]. La embajada norteamericana actúa directamente a través de sus servidores como Fulgencio Batista para reprimir sangrientamente al pueblo; además la división del movimiento contribuye a debilitarlo finalmente.
A pesar de la derrota obrera, empero, se realizan logros considerables, como la abolición de la Enmienda Platt, la reducción de la jornada de trabajo, la ocupación de tierras y avances en la lucha contra la discriminación racial. Años más tarde, también fructificará el movimiento popular en la avanzada Constitución de 1940. El Partido Comunista, por su parte, evidenciará su profunda ligazón con el movimiento obrero y popular, y se fortalecerá considerablemente al aliarse con el Partido Unión Revolucionaria, leninista, dirigido por Juan Marinello, y que, teniendo existencia legal, abre al PCC el acceso a la Asamblea Constituyente de 1940. Ambos partidos se unifican más tarde en el Partido Revolucionario Cubano que después se transforma en Partido Socialista Popular.
Cuando Batista da el sangriento golpe del 10 de marzo de 1952, el pueblo de Cuba cuenta ya con una larga experiencia de lucha. La acción armada del Moncada no fue sino un intento por apoyarse en esa experiencia e iniciar una insurrección que vendría a continuar las luchas de 1933-1940.
1 Citado por Alonso Aguilar H. “Significación del asalto al Moncada” Estrategia No. 17, septiembre–octubre de 1977, p. 85.
[2] Pierre–Charles, Gerard: Génesis de la revolución cubana. Segunda edición corregida y aumentada, México, Siglo XXI, 1978, p. 60.
[3] Ibíd., p.64 ss.
[4] Bambirria, Vania, La revolución Cubana. Una reinterpretación Tercera edición, México, Ed. Nuestro Tiempo, 1978, pp. 28–29.
[5] Castro Ruz, Fidel “La historia me absolverá” Voz e imagen de la revolución Cubana. México, Ediciones del Instituto Mexicano–Cubano de Relaciones Culturales “José Martí”, 1965, p. 30.
[6] “El sistema de colonato, difundido especialmente después de la abolición de la esclavitud en 1868, es un sistema en el que el colono carga con el costo total de la siembra, cultivo, zafra y transporte de la caña, y el central compra de caña según se estipula en el contrato. En este sistema el azucarero podía no solamente economizar capital sino también transferir peligros por sequía, fuego y ciclón al colono” Harada, Kinichiro “El desarrollo del capitalismo en Cuba: el caso de la industria azucarera” Historia y Sociedad No. 11 Segunda época, México, 1977, p. 63.
[7] Castro Ruz, Fidel Op. Cit.
[8] Rodríguez, Carlos Rafael: Cuba en el tránsito al socialismo México, Siglo XXI, 1978 pp. 132 y ss.
[9] Castro Ruz, Fidel Op. Cit. p. 68.
[10] Citado por Alonso Aguilar M. Op. Cit. P. 87
[11] Martí escribió sobre Marx que “no fue sólo un movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor profundo de la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido por el ansia de hacer”. Y también que “Marx estudió los modos de asentar el mundo sobre nuevas bases y despertar a los dormidos, y les enseñó a echar a tierra los puntales rotos” Citado por Armando Hart Dávalos. “Discurso en Dos Ríos” Historia y Sociedad Segunda época, No. 3. México, 1975. p. 94.
[12] Martí, José “Con todos y para el bien de todos” Antología Mínima. La Habana, Eds. de Ciencias Sociales. Instituto Cubano del Libro, 1972. Tomo I p. 91.
[13] Hart Dávalos, A. Op. Cit. p. 86
[14] Martí, José, “Nuestra América” Op. Cit. P. 245.
[15] Martí, José, “Los pobres de la tierra” Op. Cit. P. 177.
[16] Pierre-Charles, Gerard Op. Cit. P. 100-101.
[17] Ídem p. 101.
[18] Rodríguez, Carlos Rafael, Op. Cit.
*Artículo publicado como suplemento del periódico mensual Proyección SPUM No. 119. Morelia, Michoacán, julio de 2003.

Deja un comentario