El PRD y la izquierda

Eduardo Nava Hernández

Es indiscutible que las recientes elecciones federales representaron un avance trascendente en la consolidación de la democracia electoral en México. Los avances opositores, la independencia de los órganos electorales y la mejoría relativa en materia de equidad en recursos propagandísticos apuntan hacia una tendencial superación del régimen de partido de Estado, ya sólo precariamente apuntalado por el aún subsistente presidencialismo. Pero, ¿puede hablarse del mismo avance en la perspectiva de la también necesaria edificación de una opción alternativa, de izquierda, contrapuesta a las premisas del sistema económico y social vigente?

     La respuesta más convencional tiende a señalar que los triunfos logrados por el PRD expresan el avance de la izquierda en la sociedad mexicana; y ello es cierto en un sentido muy general, si lo comparamos con la situación inmediata anterior que mostraba una tendencia al bipartidismo de dos opciones claramente neoliberales, el PRI y el PAN, y en la apertura de un flanco de centro-izquierda en el sistema, con arraigo real en el centro y sur del país. No obstante, sin demeritar los logros perredistas, es necesario no perder la objetividad y relativizar la percepción que identifica esos avances con la consolidación electoral de la izquierda sin más. Veamos algunos elementos.

     1. No hay que perder de vista que, tomada en su conjunto, la votación continúa inclinada hacia las fuerzas conservadoras, PRI y PAN, que siguen teniendo una holgada mayoría electoral. Ello habla de la amplia aceptación social lograda por algunos preceptos de la ideología neoliberal, de las inercias conservadoras y el temor subsistente a un cambio aún percibido como amenaza incluso personal. Nos apunta también hacia la persistencia, durante algunos años, del sistema económico vigente inspirado en el neoliberalismo. Ya se verán, al discutirse los temas económicos en el Congreso de la Unión, las coincidencias y en la toma de posiciones de los diversos grupos parlamentarios.

     2. Si algo mostró el notable crecimiento del PRD en las recientes elecciones fue que este partido logró más que ninguno otro encauzar el descontento social contra el gobierno, el PRI y todo lo que hoy significan: crisis económica, inseguridad social, neoliberalismo depredador, corrupción, crímenes políticos y escándalos sin fin. Es decir, en gran medida, ese avance fue impulsado por los votos de castigo con que los ciudadanos manifestaron su inconformidad con la situación actual del país y del gobierno. Pero los logros perredistas van acompañados de una gran volatilidad del sufragio que habla más bien del avance hacia un sistema pluralista, cambiante y nada consolidado (piénsese en el inesperado y aun inexplicable avance del PVEM y en la persistencia del PT como fuerza en algunas regiones) más que de la consolidación de un sistema tripartidista puro.

     Si lo anteriormente dicho es verdad, muchos de quienes votaron por la opción perredista no lo hicieron tanto por una plataforma o programa de gobierno sino en contra del PRI; de otro modo, no se explica el viraje del electorado capitalino, que unos meses antes parecía orientarse en los sondeos a favorecer al PAN como opción de cambio, para abandonarlo al final en aras de la más viable candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas. Aunque es preciso reconocer que en ese terreno el PRD fue eficaz y ganó credibilidad, dicha volatilidad hace muy difícil predecir cuál será el comportamiento de los votantes en futuros comicios.

     3. Pero no sólo por ello resulta engañoso proclamar la consolidación electoral del PRD como un logro de la izquierda. No es en modo alguno indiferente preguntarse si este partido es realmente la expresión de la izquierda o cuál es el lugar que ocupa en el espectro político actual.

     De entrada, la definición de centro-izquierda que con frecuencia se ha adoptado por el propio PRD y por muchos de sus comentaristas parece más adecuada, en tanto que esta agrupación ha entrado, en gran medida, a disputar electoralmente el mismo espacio que el PRI y el PAN, más que a conformar un ala claramente diferenciada por sus posiciones sociales y políticas. Y si bien es cierto que dentro de ese partido se encuentran muchos militantes claramente identificados con los ideales socialistas, no son éstos los que definen la dinámica de conjunto del PRD.

     Quiero poner tres ejemplos de la distancia que separa al partido de Cuauhtémoc Cárdenas de una identidad izquierdista.

     El primero es ya un clásico. Para la izquierda social o política, y no sólo nacional sino en las más variadas latitudes del mundo, Chiapas ha sido desde 1994, un baluarte de la lucha social y popular y un símbolo de la rebeldía creadora cuyo protagonista principal han sido las masas campesinas e indígenas. Sin embargo, cuando el PRD tuvo que elegir una candidatura por ese estado para el Senado de la República, no encontró a nadie mejor para representarlo que a la señora Irma Serrano, un subproducto residual del diazordacismo con filiaciones nazi-fascistas y antisemitas, sin un solo antecedente, desde luego, de ideología (es un decir) progresista, ya no digamos izquierdista.

     Otro caso es el del acercamiento y casi asimilación del grupo proveniente del PAN, que al escindirse de éste se constituyó con el nombre, no por casualidad, de Foro Doctrinario y cuyos líderes como Jesús González Schmall y Bernardo Bátiz han figurado por segunda vez consecutiva como aliados relevantes del PRD hasta el punto de ser mencionados para ocupar cargos de primerísimo nivel en la próxima administración cardenista en la capital. Si bien la trayectoria personal y política de estos personajes es intachable, se trata, precisamente, de la corriente más fiel y apegada a los principios tradicionales del PAN, que salió de éste denunciando a las tendencias neopanistas, pragmáticas, que ese partido asumió desde los años ochenta. No deja de ser paradójica la identificación entre los herederos del nacionalismo revolucionario cardenista y los de la tradición más opuesta a las reformas que éste representó en los años treinta y después; una curiosa unidad de contrarios en otros tiempos inexplicable.

     El tercer ejemplo es reciente e igualmente asombroso para cualquier perspectiva que se asuma de izquierda, ya sea tradicional o moderna, nacionalista o comunista. Es la imagen de Amalia García y la candidata perredista al gobierno de Campeche, Layda Sansores, acudiendo a la Embajada de los Estados Unidos a presentar ante el gobierno norteamericano -colocado así en calidad de árbitro- pruebas del fraude denunciado en las elecciones locales en ese estado del sureste. El partido que se nutrió de, y sintetizó la tradición del comunismo prosoviético y del nacionalismo más activo de este siglo en México, el cardenismo, toca hoy a las puertas de sus antiguos enemigos ¿Culpas son de los tiempos posmodernos, no del PRD, podrían alegar?

     Pero si el PRD es capaz de acercarse a los remanentes del diazordacismo, al ala tradicional del panismo y al gobierno yanqui, lo mismo que se apoya en legítimos movimientos sociales y corrientes progresistas u ofrece a los financieros de Nueva York aplicar desde el gobierno el modelo chileno es por una misma razón: su pragmatismo electoral. Más que como un partido de izquierda en el sentido tradicional de la palabra, el PRD se encuadra en lo que Giovanni Sartori ha llamado partidos pragmáticos, aquellos en los que las definiciones ideológicas (a diferencias de los antiguos partidos comunistas o católicos) no tiene un peso relevante. No en balde Sartori ponía —varios años antes de que surgiera el PRD— como ejemplo por excelencia de esta categoría de organizaciones al PRI mexicano, que históricamente ha mostrado una sorprendente capacidad de adaptarse al son que le toque el presidente en turno.

     El pragmatismo es una parte esencial de la herencia priista en el PRD. Para éste, la suma de grupos y corrientes de lo más variado es una necesidad en aras de mejorar su competitividad electoral o neutralizar a posibles adversarios. Pero esa táctica puede llevar, como muchas veces se ha demostrado, a desnaturalizar el contenido social y económico de un proyecto determinado. Paradójicamente, sus recientes avances pueden empujar al PRD a proseguir por el camino de aproximarse a clientelas electorales más moderadas, y abandonar paulatinamente los aspectos más izquierdistas de su ambiguo programa. La práctica del gobierno, sobre todo en el Distrito Federal, lo obligará más temprano que tarde a definirse en uno u otro sentido.

     La centrificación de la lucha política es, sin embargo, sólo aparente. El sistema en su conjunto se ha venido deslizando paulatinamente hacia la derecha, generando en al polo izquierdo un vacío que, al parecer, nadie aspira a llenar. La nueva vocación perredista por la moderación parece alejarlo de ese espacio, mientras que el PT no ha logrado, por razones análogas de inconsecuencia y ambigüedad, ocuparlo y otras expresiones tradicionales del socialismo han quedado superadas históricamente. Una izquierda socialista consecuente es el gran ausente de nuestra flamante configuración democrática. ¿Quién se anima?

Coyoacán, D.F., 5 de agosto de 1997.


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