Ante el cadáver de un líder. Reflexiones sobre el futuro del sindicalismo mexicano

Eduardo Nava Hernández

La muerte de Fidel Velázquez Sánchez el sábado 21 escribió el punto final a una agonía de varias semanas para la que difícilmente se esperaba otro desenlace; pero también a su mucho más prolongada y parsimoniosa declinación como factor relevante del sistema político mexicano, que se remontaba a casi quince años.

     No cabe duda de que Velázquez fue hasta el último día un símbolo viviente del sistema corporativo y charril que durante cinco décadas se ha impuesto al sindicalismo mexicano. El envejecimiento del jerarca —no único sino acompañado del de la mayoría de los miembros del virtualmente inamovible Comité Ejecutivo de la CTM— fue por mucho tiempo emblemático de la decadencia de ese modelo sindical, como su muerte es al anuncio del ocaso y la inevitable desaparición de éste, que no lo sobrevivirá mucho tiempo.

     El ciclo vital de Velázquez se identifica con la permanencia de un modelo de control burocrático-sindical que él contribuyó a inaugurar y llegó a representar mejor que nadie. Ese modelo fue hasta los años setenta un componente fundamental del sistema político; se fue divorciando de él en la medida en que éste era reconvertido por el arribo al poder de la tecnoburocracia, una categoría sin vínculos con el aparato político-sindical o político-partidario, y que expresa de manera más directa el dominio del capital financiero maduro.

     El binomio tecnocrático-capitalista ha logrado prescindir casi por completo del aparato burocrático sindical para tomar decisiones e imponer sus proyectos económicos. Por eso, el triste papel de éste en los últimos diez años no ha sido otro que mascullar entre dientes su impotente sumisión, expresada en la reiterada firma de los pactos con que periódicamente se sella el sacrificio de los trabajadores del país. Pero no ha logrado madurar un modelo alternativo de mediación y control sobre las masas trabajadoras que no pase por las burocracias sindicales, por lo que nunca pudo —ni siquiera en la era salinista, la de mayor audacia en las reformas estructurales del sistema— desprenderse por completo del viejo corporativismo que Velázquez, la CTM y el también agonizante Congreso del Trabajo han representado.

     Con la desaparición física del jerarca, lo que está en duda es precisamente la capacidad del sistema para continuar apoyándose en la burocracia sindical. Por eso, la cabeza del régimen tecnocrático, Ernesto Zedillo, se apresuró no bien se había enfriado los restos del jerarca, a demandar de los herederos de Velázquez unidad y continuidad en la mal llamada alianza histórica de la clase obrera y el gobierno. Y el hecho más significativo de las exequias del pretendido dirigente de los trabajadores fue la ausencia de los obreros de los homenajes que le rindieron las élites política, sindical y empresarial y del funeral al que casi sólo asistieron sus familiares y amigos. La magnitud de esa ausencia es la de su alejamiento de los trabajadores.

     La desaparición física del senil usurpador de la representación obrera plantea tres posibles escenarios, pero no entre ellos el de una continuación sin cambios del modelo charril:

     1) El nuevo liderazgo recae en un miembro más de la gerontocracia sindical (Leonardo Rodríguez Alcaine, receptor de la mayor rechifla de los obreros en el acto del pasado 1º de mayo, o cualquier otro) que intenta, sin lograrlo, conservar intacto el poder personal del desaparecido FVS, consiguiendo sólo prolongar indefinidamente el debilitamiento de la CTM-CT hasta su agotamiento final.

     2) El poder del aparato sindical se reforma y tiende a distribuirse, a través de formas colegiadas dentro del aparato sindical o de la rotación en la dirigencia, con lo que también se diluye la capacidad de control sobre los trabajadores que el modelo centralizado representaba.

     3) El nuevo liderazgo queda en manos de un miembro más joven de la dirección cetemista, que inicia una reforma interna y un proceso de dinamización y modernización del modelo de control sindical, a lo Gorbachov, con grandes riesgos de ser rebasado por impulsos provenientes de la base del sindicalismo.

     En cualquiera de los tres casos, resulta imprevisible un mantenimiento del modelo vigente de control sindical.

     Pero el verdadero desafío a la CTM y el Congreso del Trabajo no proviene de la desaparición del conferenciante de los lunes o de los problemas en su sucesión, sino de la caducidad de su modelo de sindicalismo frente a las nuevas necesidades de la economía.

     Hoy por hoy, la base social de la CTM-CT se ubica en el sector menos dinámico de la fuerza laboral, el proletariado manufacturero tradicional de las industrias y ramas más afectadas por la crisis. Por fuera de ese aparato sindical, hemos visto madurar paulatinamente a nuevas organizaciones gremiales, ubicadas en los sectores de punta en el proceso de acumulación, donde predominan los trabajadores del conocimiento: telecomunicaciones, aeronáutica civil, sector salud, universitarios y corrientes magisteriales, representados principalmente en la Fesebes (Federación de Sindicatos de Empresas de Bienes y Servicios), y que encuentran fácilmente puntos de convergencia con el sindicalismo independiente.

     Se trata de una escisión real de la clase trabajadora mexicana, producida por el propio desarrollo del capitalismo, entre el sector tradicional, vinculado estructuralmente a la industria manufacturera, del transporte y de la construcción, y los nuevos segmentos del trabajo, con un nivel mucho más elevado de calificación profesional y que se desenvuelven en lo que los futurólogos llaman la sociedad del conocimiento. Estos sectores son irrecuperables para el sindicalismo charro y el control caciquil tradicionales, pero cuentan con un peso creciente en el proceso de acumulación del capital.

     La muerte de Velázquez Sánchez hace previsible la crisis del sindicalismo que representó, y podría también acelerar el fraguado de esas nuevas formas de sindicalismo, que privilegian la negociación de salarios y prestaciones atados a incrementos en la productividad, o, por un efecto en la subjetividad de las masas, el fortalecimiento del sindicalismo independiente. Pero nada trascendente podrá hacerse ya a espaldas de los trabajadores; ahora, la pelota está en la cancha de éstos.

Coyoacán, D. F., 23 de junio de 1997.


Publicado

en

,

por

Etiquetas:

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *