Lo que hay que superar en el PT

Eduardo Nava Hernández

La renuncia del candidato del PT al gobierno del Distrito Federal, Francisco González Gómez, y su adhesión junto con otros militantes del Distrito Federal a la campaña de Cuauhtémoc Cárdenas representan la más severa crisis interna que ha enfrentado este partido. Como cualquier crisis política, puede conducir al estancamiento o contribuir a superar los problemas estructurales que yacen bajo las contradicciones manifiestas. Ello hace obligado examinarla con objetividad crítica.

     Los propios términos en que se dio la lucha interna pueden distorsionar y obstaculizar esa objetividad y generar versiones desviadas. Las críticas del candidato antes de su defección no sólo se centraron en denunciar las prácticas de la dirección nacional petista sino, en su última etapa, en un deslinde seudoideológico entre dos posiciones al interior del Partido: la de los “salinistas” y la de los opositores a esa supuesta tendencia, que él representaba. Como respuesta, fue acusado a su vez de estar manejado por los llamados “dinosaurios” de la política nacional, interesados en debilitar al PT a través de una campaña de descrédito.

     Es necesario rechazar con toda claridad que el debate que hoy más que nunca el PT necesita pueda darse en esos términos, no sólo por ser falsos sino porque desvían y oscurecen la posibilidad de discutir la salida a esta crisis y la democratización de su vida interna. Y aunque dé pena decirlo por obvio, es preciso subrayar que el debilitamiento del PT como una opción democrática y los problemas que ahora enfrenta no provienen de la existencia de una posición “salinista” en su interior, sino de factores que tienen otra explicación política e incluso cultural. Pero la disidencia dentro del Partido no puede ser tratada tampoco como efecto de una oculta manipulación sin negarse el aquél la posibilidad de discutir su propio desarrollo.

     Convertido el antisalinismo en la mercancía hoy por hoy más barata de la política mexicana, no hay recurso más fácil para la descalificación política que la acusación de ser o haber sido salinista. Igualmente fácil es el empleo de los fantasmagóricos “emisarios del pasado” para desechar cualquier argumentación proveniente de un adversario político. En nada ayudan esas recetas, sin embargo, para entender la naturaleza concreta de las contradicciones de un organismo como el PT, que tienen otra textura.

     Lo que está en crisis sin duda alguna al interior del partido son las prácticas y estilos de dirección, originados en la centralización antiestatutaria de funciones en algunos miembros de la Comisión Ejecutiva Nacional, por encima del carácter colectivo de todos los órganos ejecutivos. En realidad, no es algo nuevo; esos estilos fueron consagrados durante el Congreso Nacional de 1996, cuando la negociación entre dirigentes frustró la posibilidad de que los delegados eligieran libre y efectivamente a la nueva dirigencia nacional e inclusive a los miembros de las instancias que deberían fungir como sus contrapesos: la Comisión de Finanzas, la de Controversias y Garantías y la de Contraloría. Hoy día, nuestra dirección partidaria es débil porque sus miembros no llegaron con el respaldo del órgano más representativo de la militancia, sino por medio de un acuerdo consensado en la cúpula de la anterior Comisión Política Nacional. De ese acuerdo también participó, por cierto, Francisco González, quien así contribuyó a la centralización que después lo sublevaba.

     Nuestra crisis política muestra también las límitaciones actuales del PT. Éste cuenta con una propuesta social y política no sólo válida sino necesaria, pero que no ha querido ser la alternativa de izquierda que la situación del país está reclamando, claramente comprometida con las luchas reivindicativas de las masas, generadora de opinión pública y ajena al corporativismo, el oportunismo y el sectarismo. El PT se ha alejado de las grandes movilizaciones sociales nacionales y ha tendido a reafirmarse como sólo un frente de organismos locales y regionales, que abarcan una gama ideológica y política muy amplia, muchas veces sin un perfil nacional único y reconocible para la población.      Para convertirse en la alternativa que debe ser, el PT tiene que emprender un proceso de reconstrucción, reorientación ideológica y democratización de su vida interna. Estructuralmente, superar el protagonismo individual, si queremos que la crisis actual del Partido del Trabajo sirva para reubicarlo dentro de la nueva situación nacional, que apunta hacia una competencia electoral mucho más fuerte.


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