La guerra priísta: Una defensa fallida del salinismo

Eduardo Nava Hernández

La historia del salinismo no está aún escrita; o por lo menos no se conocen todavía muchas de sus páginas, ocultas intencional o circunstancialmente por el fragor inusitado con que se ha manifestado la lucha política en el último periodo, el calor de los resentimientos sociales que convoca y la densidad de la red de intereses que en sí mismo significa. Nadie dudaría, sin embargo, que el grupo forjado desde la Presidencia a lo largo del sexenio pasado sigue siendo uno de los polos de poder político y económico más fuertes del país, aunque haya sufrido golpes políticos que le han restado espacios de maniobra y lo han desprestigiado ante la opinión pública nacional e internacional.

     Al cumplirse un aniversario más del PRI en el poder y dos del encarcelamiento de Raúl Salinas, se publica en México “La guerra interna”, de John Womack Jr. (Enfoque, suplemento del diario Reforma, 2 de marzo de 1997): un ensayo notable y provocador que propone una revisión de esa historia abierta y constituye un intento, hoy por hoy inusual, de reivindicar sin tapujos (¿y acaso para la historia?) el papel de Carlos Salinas y su grupo en la política mexicana reciente y actual.

     Es conocida la antigua relación personal entre el profesor Womack y Carlos Salinas, que data de los inicios de los años setenta, cuando este último era alumno de la Universidad de Harvard; la misma época en que Womack alcanzaba notoriedad publicando su Zapata y la Revolución Mexicana, la mejor biografía conocida hasta ahora del caudillo campesino del sur. Por ello no es esta tampoco la primera vez que el maestro sale en defensa de su discípulo. Como con muchos de los temas de los que ha escrito, Womack se compromete y toma partido, y ahora lo hace ofreciendo su interpretación de la agitada coyuntura mexicana de los últimos ocho años.

     El núcleo de la argumentación de Womack es que la política mexicana habría estado regida a lo largo de ese periodo por la pugna entre los grupos políticos profesionales que controlan al PRI y la corriente renovadora encabezada por Salinas. De esos grupos toma como el más representativo al de Carlos Hank, Ignacio Pichardo Pagaza y Alfredo del Mazo, sin duda uno de los que detentan un mayor poder político real, más allá de cualquier pugna entre el PRI y la oposición. Ante esa fuerza, Salinas habría intentado a lo largo de su sexenio crear desde las bases un poder alternativo al tiempo que se enfrentaba y negociaba con los más importantes jefes políticos, apoyándose en operadores de su mayor confianza como Luis Donaldo Colosio, su hermano Raúl y José Francisco Ruiz Massieu.

     Con su política, Salinas habría desafiado tanto a la Nomenklatura priista como el poder de los cárteles de la droga, vinculados por la corrupción a los cuerpos policiacos. Ese desafío trasladó la lucha política a otros espacios y complicó la proyectada reforma. La determinación “apresurada” de designar a Colosio su sucesor era el anuncio de que esa reforma se profundizaría, forzando a los poderosos jefes del PRI a renegociar su adhesión o arriesgarse a ser desplazados. Womack considera fundada la hipótesis de que tras el asesinato de Colosio en Tijuana existe una conspiración de los jefes priistas y los cárteles de las drogas.

     Meses después, el asesinato de Francisco Ruiz Massieu habría permitido que su hermano Mario, en funciones de fiscal especial, según Womack, pusiera al descubierto más vinculaciones entre los cárteles y sus encubridores en los grupos políticos del PRI; pero no pudo llevar más allá sus investigaciones y tuvo que renunciar.

     A pesar de todo ello, Zedillo inició su sexenio con un amplio respaldo y confianza pública y mostrando habilidad para incorporar a los jefes priistas, a algunos hombres de Salinas y Colosio y a un miembro del PAN en la Procuraduría. Pero casi inmediatamente habría cometido tres grandes errores. Primero, nombrar a Pablo Chapa Bezanilla, un hombre vinculado a los grupos duros de poder, como investigador especial para los casos Posadas, Colosio y Ruiz Massieu. Segundo, anticipar a los altos representantes empresariales que el peso se pondría en flotación, ocasionando con ello la fuga de capitales y una violenta devaluación. Y tercero, ante la catástrofe, culpó o permitió que se culpara a Salinas y dejó a Chapa Bezanilla el campo abierto para actuar en contra del grupo de éste encarcelando a su hermano Raúl. Desechó los avances en las investigaciones logrados por Mario Ruiz Massieu y se labró un poder enorme y amenazador que podría enderezarse contra muchos funcionarios y empresarios en un momento dado.

     Para Womack, los errores de Zedillo aislaron a su gobierno de su aliado natural, el salinismo, y dieron el triunfo a los duros del sistema, que ahora estarían en condiciones de restaurar su poder y de hacer fracasar el intento de reforma iniciado en el sexenio anterior.

     La versión ofrecida por el historiador de lo que llama la guerra interna del PRI tiene elementos verdaderos, que corresponden a la dinámica real de la política mexicana reciente; pero su coherencia sólo se logra a costa de menospreciar o de plano ignorar muchos otros datos que apuntan hacia una caracterización bastante menos heroica del salinismo que la que aquí se presenta. Más allá de algunas imprecisiones difíciles de entender en un conocedor serio de la política mexicana como Womack (como señalar que Salinas destituyó a Humberto Benítez Treviño de la Procuraduría y nombró a Mario Ruiz Massieu en su lugar; que Muñoz Rocha habría declarado por teléfono y vía fax que él se oponía a las reformas impulsadas por Francisco Ruiz Massieu y habría señalado a Abraham Rubio Canales como instigador del crimen; o dar 1993 como la fecha de un bombazo en apoyo a la rebelión de Chiapas), parece necesario contrastar sus asertos fundamentales con el cuadro pintado hasta ahora por la realidad.

     Son notorias las omisiones que se traslucen en el análisis. Por ejemplo, Mario Ruiz Massieu es investigado por la justicia estadounidense por la cuantiosa y nunca explicada fortuna que llegó a manejar en el sistema financiero de ese país. Raúl Salinas de Gortari también está sujeto a investigación en Suiza y los Estados Unidos por razones análogas, sospechándose en ambos casos una probable vinculación con operaciones de narcotráfico o su encubrimiento. Esas sospechas se han reforzado en las últimas semanas con la difusión de nuevos testimonios provenientes de los tribunales norteamericanos. Han aflorado también las pecaminosas relaciones de Raúl con los grandes empresarios como Peralta y Salinas Pliego. Sin embargo, para Womack, el que Raúl Salinas sea señalado como un pillo y estafador no tiene otro fundamento que las “insinuaciones” de la prensa y la mala fe de Chapa Bezanilla.

     Womack sobreestima el poder que llegó a tener el Fiscal Especial durante los dos primeros años de este sexenio. Una parte de su señalamiento es atinada: Chapa —ahora lo sabemos— desarrolló una peculiar habilidad para inventar o acomodar pruebas; pero de ello no se desprende que no existan elementos suficientes para documentar la corrupción del clan salinista.

     Del mismo modo, es parcial (aunque no del todo falso) señalar como un error de Zedillo la detonación de la crisis económica, y dejar de lado el enorme endeudamiento en bonos de corto plazo tasados en dólares y la insostenible paridad cambiaria que Salinas heredó a su sucesor. La forma en que estalló la catástrofe financiera de diciembre puede ser endosada al nuevo gobierno; pero ésta era inminente desde el gobierno salinista

     En su tesis central, igualmente, Womack acierta parcialmente al resaltar el papel que en la coyuntura han jugado -un tanto desde las sombras- los grupos políticos tradicionales y su extraordinaria capacidad de maniobra. Pero uno de los puntos más oscuros de su ensayo es el que se refiere a la relación entre éstos y Salinas. A lo largo de su gobierno, esta relación no fue una alianza casual o superficial, sino un componente estratégico que permitió a Salinas consolidarse en el poder, tanto como la misma tecnocracia o el capital financiero. Aun hoy, estando a la vista la crudeza con que se ha desarrollado la disputa interna en el PRI, no es sino extravagante la identificación del salinismo con el polo reformista, al margen de intereses tan particulares e ilegítimos como los de la propia nomenklatura.

     Si, como Womack lo ubica, en el grupo Hank-Pichardo Pagaza se encuentra el núcleo de la resistencia al cambio, ¿por qué, en cambio, Salinas sólo ha señalado repetidamente al expresidente Luis Echeverría como factor de presión en las crisis de su gobierno, y concretamente, tras el asesinato de Colosio? ¿Dónde está la verdadera guerra? Si Womack tiene razón, Salinas miente o al menos oculta información; pero el prestigiado historiador no llega a preguntarse por qué.

     Hay, en fin, un ocultamiento que difícilmente puede ser desinteresado en la argumentación del prestigioso investigador de Harvard. Fue en el sexenio de Salinas que se pactaron o renegociaron las relaciones entre la presidencia y los grupos de poder, se generó una red de complicidades en torno a la corrupción en gran escala y se inició el ocultamiento de pruebas y culpas en cuanto a los crímenes políticos.

     De ahí lo fallido del ensayo del profesor Womack. No modificará la percepción generalizada que mexicanos y extranjeros han desarrollado en los últimos dos años acerca de lo que fue el sexenio anterior. El salinismo, fase superior del autoritarismo presidencial mexicano, está irremediablemente condenado en la conciencia pública como una etapa de manipulación e inmoralidad que ahora arrastra, en su descomposición, a todo el sistema de corrupción y corporativismo. A pesar de todas sus oficiosas exculpaciones, que así sea.

Coyoacán, D.F., 3 de marzo de 1997


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