Eduardo Nava Hernández
¿Dónde está hoy por hoy el centro?
Aunque no se puede afirmar categóricamente que no exista, el centro político (sobre todo si se pretende como un centro puro, es decir, no centro-derecha ni centro-izquierda) es casi siempre, y más aún en una situación como la actual, una posición evasiva, sin ubicación precisa y difícil de definir. Por su naturaleza, y en condiciones de polarización entre dos posiciones fuertemente encontradas, se desliza con facilidad hacia alguna de ellas y tiende a ubicarse como una variante matizada o moderada de la derecha o de la izquierda. De ahí su carácter huidizo, jabonoso.
El centrismo puede definirse en la política contemporánea conforme a dos criterios: o bien se lo identifica con una posición dentro del espectro político, como un espacio que se ubica en situación intermedia entre dos fuerzas políticamente contrapuestas, o bien se define ideológicamente como una tercera vía entre la izquierda identificada con el progresismo y el cambio y la derecha conservadora y defensora del orden vigente. Según las condiciones concretas, el espacio que el centro puede ocupar puede ser más o menos amplio.
Idealmente, al centro aspira siempre a colocarse en medio o, mejor aún, más allá de las contraposiciones entre la izquierda y la derecha, a constituir una “tercera opción” que no se deje encasillar en los términos de la contradicción principal. Pero al mismo tiempo, apuesta a sacar partido de esa posición privilegiada que le permite, en determinadas circunstancias, jugar como fiel de la balanza del sistema político. En un sistema parlamentario y pluralista donde no exista clara hegemonía de la derecha ni de la izquierda (una situación que Giovani Sartori llama de multipartidismo extremo), el centrismo constituido por uno o por varios partidos puede jugar un papel importante: los partidos mayores y contrapuestos necesitan de él; con sus alianzas para formar gobierno o con sus definiciones en torno a puntos particulares, el centro contribuye a la estabilidad y funcionamiento del sistema en su conjunto y a desentrampar los debates y producir resoluciones. En cambio, en un sistema bipartidista donde priva la alternación entre dos grandes partidos, ya sean éstos ideológicamente polarizados o complementarios, el espacio de centro es prácticamente inexistente o se desarrolla sólo como sector moderado dentro uno de ellos o de ambos (caso de los Estados Unidos). Nuevamente Sartori: en un sistema de partido hegemónico –sobre todo si éste es prágmático, es decir sin una definición ideológica precisa, como en el caso del PRI en México– su lugar es indeterminado y volátil: el partido hegemónico puede moverse a conveniencia hacia la derecha, el centro o la izquierda, según se lo dicten las circunstancias.
En el terreno de la ideología, el centro es todavía más difícil de aprehender. Algunos autores, como Alfio Mastropaolo, llegan a considerarlo un tanto peyorativamente. Frente a los grandes dilemas de conservación o cambio, el centro estaría conformado por “los que prefieren perseguir soluciones de compromiso o de plano no efectuar ninguna elección”. Más benévolo e iluminador, Norberto Bobbio, en su reciente pero ya consagrada obra Derecha e izquierda, señala cómo, en los momentos de crisis del pensamiento de derecha o de izquierda aparecen opciones ideológicas que intentan sintetizar o incluir a ambas para ir más allá de ellas, para superarlas. Constituyen estas posiciones no un “tercero incluido” que simplemente se ubica en medio, sino un “tercero incluyente”. Si “el Tercero incluido se presenta sobre todo como praxis sin doctrina”, explica Bobbio, “el Tercero incluyente sobre todo como doctrina en busca de una praxis, que en el momento en que se pone en práctica, se realiza como posición centrista”. El liberal-socialismo sería un ejemplo típico de estas aspiraciones de síntesis.
Vistas así las cosas, ¿a qué centrismo se puede aspirar hoy en México? ¿Qué puede significar el que un partido -obviamente el PAN, en esta caso- quiera redefinirse como de centro?
No siendo parlamentario, el sistema mexicano se sustenta en el predominio de un solo partido, tanto en la Presidencia como en el Congreso; así ha sido y será si la reforma política en curso no elimina las “cláusulas de gobernabilidad” en la Constitución general y en las de muchos de los estados. Para gobernar, el partido hegemónico no requiere en lo general de alianzas políticas; lo que puede suceder es, en todo caso, que la mayoría parlamentaria cambie de manos en las próximas elecciones y que sea una nueva configuración la que hegemonice la acción legislativa. No se ha dado, por tanto, el cuadro de una polarización o empate entre posiciones excluyentes entre sí, que requiera del “colchón” del centro para evitar situaciones catastróficas o irresolubles. El partido hegemónico ha ocupado por sí mismo no sólo el gobierno sino también casi todos los espacios legislativos. No es ahí, entonces, donde podamos ubicar un centro funcional ni, hasta ahora, el sistema evoluciona en ese sentido.
En lo ideológico, el partido oficial solía desempeñar antaño esa función centrista. No sólo era capaz de engendrar gobiernos de izquierda (Cárdenas) o de derecha (Ávila Camacho, Alemán, Díaz Ordaz), sino también de asimilar y sintetizar posiciones no extremistas emanadas de una o de otra ala, ya se desarrollaran éstas dentro o fuera del mismo PRI, combinando arteramente el conservadurismo con el cambio. Era el “tercero incluyente” del sistema mexicano.
Era, vale decir, porque desde hace algunos sexenios es cada vez más clara su definición por la derecha. Hoy por hoy, una posición centrista tendría que ubicarse a la izquierda del PRI, deslindándose, para decirlo muy sintéticamente, de las políticas neoliberales e impulsando una política económica y social con enfoque redistribuitivo, opuesta a la concentración de la riqueza. Tendría que aproximarse, entonces, a las posiciones que sustenta la izquierda, y no parece que sea ese el caso de Acción Nacional.
La disputa por el centro parece tener más bien otro sentido para el nuevo dirigente panista, Felipe Calderón Hinojosa. No es, ¡vive Dios!, el abandono del conservadurismo ni de la doctrina tradicional de su partido. Aunque joven, él mismo es un conspicuo representante de la corriente doctrinaria en la que se formó desde su más tierna infancia. Tampoco es, en rigor, un esfuerzo por alejarse del PRI y el PRD, partidos que, él mismo ha dicho, están también en la pugna por ocupar ese espacio. La definición centrista significa, para Calderón y para sus seguidores, un deslinde con respecto de las fuerzas conservadoras más extremistas que, al interior del propio PAN, amenazan con coparlo o por lo menos usarlo como plataforma de posiciones fundamentalistas. El caso más significativo es, seguramente, el del panismo jalisciense, hoy en manos de grupos integristas como los que representan el alcalde de Guadalajara, César Coll y el de Zapopan, Daniel Ituarte, dignos exponentes ambos de la derecha profascista y apoyadores principales del gobernador Alberto Cárdenas. Tras de ellos, una pléyade de grupos radicales como Desarrollo Humano Integral (DHIAC), la Asociación Nacional Cívica Femenina (Ancifem), la Unión Nacional de Padres de Familia, Pro-Vida y el Opus Dei. “Por conducto de los gobiernos panistas”, declaraba hace poco el presidente nacional de Pro-Vida, Jorge Serrano Limón, “hemos podido difundir los valores morales y sociales, y llegar a un mayor número de escuelas. (…) junto con el PAN acabamos de abrir otro CAM (Centro de Apoyo a la Mujer) en la colonia Vértiz Narvarte de la ciudad de México. Y trabajamos en otros proyectos comunes como la edición de folletos, videos y otros materiales” (Proceso 1002, 15 de enero de 1996). Es claro que, con aliados como estos, difícilmente podría Acción Nacional o cualquier otro partido presentarse como una opción de centro democrático a la medida del país.
La apuesta de Calderón no es, en realidad, a conquistar el centro, sino a transformar al PAN en una expresión de la derecha moderada. Cuando afirma que el electorado rechaza los extremismos y opta por las posiciones moderadas tiene razón, pero con ello no da una definición ideológica. La contraposición entre extremismo y moderación es de otra naturaleza que la diferenciación entre derecha, izquierda y centro; y aquí, Bobbio vuelve a ser de una gran utilidad: “En la contraposición entre extremismo y moderación se plantea sobre todo la cuestión del método, en la antítesis entre derecha e izquierda se plantea sobre todo la cuestión de los fines”. De las dos oposiciones, la de los valores es más fuerte que la de los métodos. La derecha moderada no es el “centro”. Para transformar al PAN en un partido de centro, éste tendría que renunciar a los valores que lo sustentan, lo que no parece estar en la agenda de Calderón. Sus posiciones prácticas en torno a la política social, las privatizaciones del sector público, etcétera, no lo alejan un ápice de la derecha que siempre ha representado. A lo más que puede aspirar el joven dirigente es a refrenar las posturas más beligerantes e integristas de su partido que, aunque hasta hoy han impulsado su crecimiento electoral, lo pueden frenar en la pugna por el poder nacional y le dan una imagen de atraso y conservadurismo. El PAN puede pretender ubicarse en el centro-derecha (no sin romper algunas alianzas, por cierto), pero no en el centro. No sin renegar de lo que hasta hoy ha sido.
Coyoacán, D.F., 21 de marzo de 1996.
*Artículo publicado en el diario Reforma, con el título “El PAN y el centro”, 6 de abril de 996.

Deja un comentario