La sociedad enemiga*

Eduardo Nava Hernández

A Carlos Monsiváis, laureado cronista

y revelador crítico de la trama del poder

Los sucesos del vado de Aguas Blancas, en la Costa Grande de Guerrero, representan para la sociedad una doble afrenta con una misma raíz: el desprecio existente en sectores importantes de la élite gobernante, de los que Rubén Figueroa, Roberto Madrazo o Manuel Bartlett, cada uno en sus propios estilos, son representantes, hacia los segmentos sociales que deben gobernar y hacia la sociedad nacional.

     Al ya de por sí serio agravio que representan acontecimientos como la matanza de campesinos el 28 de junio del año pasado, hoy ya públicamente documentada con la difusión del video correspondiente por la televisión, se ha venido a agregar, como contundente ratificación de esa vocación por el desdén a los gobernados, el tardío pero al mismo tiempo apresurado dictamen emitido por el fiscal especial designado para el caso, para exonerar a las autoridades estatales de Guerrero de cualquier responsabilidad en la masacre. ¿Puede pensarse en una expresión más clara de cinismo que las conclusiones a las que arriba el investigador Alejandro Varela Vidales, justamente cuando la opinión pública se encuentra sensibilizada por el documento televisado de la matanza? ¿Se puede aspirar a un monumento más tangible a la insensibilidad de los gobernantes y sus paniaguados frente a los reclamos sociales?

     Tiene razón Carlos Monsiváis cuando señala la asimetría existente entre el actual desarrollo de la opinión pública y la ausencia de respuestas por los gobernantes. Hoy tenemos una sociedad civil más receptiva, opinante y crítica que, por ejemplo, antes de 1968; pero aun en casos graves como la matanza de Aguas Blancas, la violación documentada de la ley en los exorbitantes gastos de campaña por el PRI en Tabasco o el despojo electoral en el municipio de Huejotzingo, no pasa nada. Si en estos casos donde hay evidencias públicas subsiste la impunidad, ¿qué podremos esperar en cuanto a problemas menos claros? ¿Se resolverá algún día la investigación del asesinato de Colosio? ¿Podrá irse a fondo en los fraudes contra la Conasupo? ¿Se investigan realmente los nexos entre las mafias del narcotráfico y los grupos políticos? ¿No habrá jamás responsables del manejo de la política económica que tiene al país sumido en la peor crisis desde la Revolución?

     Planteadas así las cosas, Rubén Figueroa o Madrazo no son sino exponentes radicales de una cultura del poder que viene de lejos y que aún permea a grandes sectores de la vida política mexicana. Es una cultura de intolerancia que percibe utilitariamente a la sociedad como una masa susceptible de ser usada y manipulada con el fin de alcanzar o mantener el poder mismo, pero que desconfía de las manifestaciones de heterogeneidad y de oposición. Es la misma cultura que se expresa en la política económica impuesta por la tecnoburocracia en el gobierno y que es consagrada como “el único camino” posible, que no acepta alternativas. Es la cultura que se refleja en las palabras del presidente Zedillo cuando éste pontifica contra quienes no comparten sus ideas económicas y anuncia que “los reprobaría” si fueran sus alumnos.

     Aguas Blancas actualiza en los noventa a Tlaltelolco y al 10 de junio de 1971, y coloca frente a la conciencia de la nación los efectos más extremosos y dramáticos de esa intolerancia criminal que, en formas menos drásticas está sin embargo tan extendida entre la sociedad política mexicana. Manifestación suma de la razón de Estado, el autoritarismo conduce a la masacre y la impunidad si desde la sociedad misma no se logra poner cotos eficaces al ejercicio del poder.

     El despliegue de la creciente contraposición entre los grupos gobernantes y la sociedad mexicana, tan palmaria en el manejo de la economía, es una faceta más de la crisis del régimen político. Más que gobernar para las mayorías, algunos de sus exponentes se comportan como si estuvieran en una fortaleza asediada, y reaccionan con salvajismo frente a lo que sienten como amenazas, por mínimas que sean, a su autoridad. Sucesos como los de Aguas Blancas o los de Tabasco, evidencian con brutalidad la distancia existente entre ciertos grupos que se mantienen vigentes en el poder y el trabajoso proceso de construcción de una sociedad civil moderna, a la que ven como enemiga de sus particulares intereses.

Coyoacán, D.F, 2 de marzo de 1996

*Artículo publicado en el diario Cambio de Michoacán, 4 de marzo de 1996.


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