Los nudos del Informe*

Eduardo Nava Hernández

Resulta difícil discernir si resultó positivo o decepcionante que el 1º de septiembre el Presidente Ernesto Zedillo abandonara explícitamente la intención de dar lectura a su Informe de Gobierno o a un resumen de éste y optara más bien por pronunciar un simple discurso con carácter de mensaje a la Nación. Conocimos los mexicanos no el Informe del estado que guarda la administración del Gobierno Federal sino la versión que el Presidente de la República tiene o quiere dar acerca de algunos de los problemas del país. Y lo lamentable no es que se nos evitara a los oyentes la fatiga del cúmulo de cifras y datos que otrora solían caracterizar a los informes presidenciales, sino el que, en el otro extremo, Zedillo ofreciera un discurso pobre y vacío de contenido, como no se recuerda desde los tiempos de Miguel de la Madrid.

     La simplificación del protocolo, la casi eliminación del día feriado y de las ceremonias de salutación y el besamanos, no obedecen simplemente a que el espíritu republicano se impusiera por fin, sino al bajo perfil del propio mensaje presidencial, a lo magro de sus propuestas, a su notable falta de iniciativas ante los grandes problemas del país. Mas no por ello deja de ser importante la versión zedillista de nuestra situación, tan notable por lo que afirma como por lo que oculta o elude decir.

     La crisis, afirma, “se fue gestando durante mucho tiempo. Su naturaleza y su magnitud no pueden ser atribuidas a un solo hecho o a una determinada decisión de política económica”. Y a continuación pasa a exponer su punto de vista al respecto. Ahora, Zedillo nos brinda una explicación de la crisis que difiere sensiblemente de la que exponía a inicios del año. La crisis económica no es ya el efecto del déficit de la cuenta corriente (pues ese déficit se ha revertido en el curso de los últimos meses y la crisis sigue tan campante), sino la falta de ahorro interno. “La caída del ahorro interno”, sentenció el Presidente, “explica en última instancia el bajo crecimiento económico”.

     Esta última aseveración resulta una verdadera falacia. Una cosa es que el incentivar el ahorro interno pueda contribuir a la reactivación económica y muy otra que en aquél esté la clave de toda una economía. El ahorro interno no es una variable independiente sino que, a su vez, puede reconocer diversas causas. La baja del ahorro no es un factor causal que explique en su conjunto el funcionamiento de una economía; tiene que ser explicada, más bien, por el bajo crecimiento económico, por los bajos rendimientos para el capital, por la fuga de capitales, o hasta por el propio déficit externo. Lo que no aclara el mensaje presidencial es, precisamente, cuáles fueron las causas que a lo largo del sexenio salinista desincentivaron el ahorro interno. Internamente, Zedillo se ahorra con eso discutir el tema de la política económica y endosa a la sociedad mexicana, por no ser ahorrativa, toda la responsabilidad de la crisis.

     De la misma manera, sólo generalidades nos dijo el Presidente acerca del endeudamiento de casi 51 mil millones de dólares contratado hace unos meses con el gobierno estadounidense, el Fondo Monetario Internacional y la banca privada internacional y que ha servido sólo para pagar 18 mil millones de deuda externa y 17 mil de deuda interna (Tesobonos). Es decir, para que los mexicanos hayamos pagado en el presente año más de 35 mil millones de dólares y, sin embargo, estemos igual o más de endeudados. Omitió explicar a los mexicanos que los ingresos por la venta de petróleo al exterior no llegan realmente al país sino que están depositados en el Banco de Nueva York de la Reserva Federal estadounidense, como garantía de pago de ese endeudamiento sin precedentes en la historia bancaria mundial. Tampoco informó por qué tiene que invertir el gobierno nacional 20 mil millones de nuevos pesos de los escasos recursos públicos para subsidiar y mantener las elevadas ganancias de los bancos durante el tiempo que dure el llamado Acuerdo para el Apoyo a los Deudores de la Banca, y que en realidad apoyará a la propia banca, antes que a los deudores.

     Hay también en el mensaje presidencial una total falta de iniciativas para romper con la parálisis que traba las relaciones entre las fuerzas políticas. La oferta de diálogo que el Presidente reitera a la oposición sigue limitada a los aspectos de reforma electoral y reforma del Estado, mientras que se mantiene a lo largo del discurso la tesis de que en política económica y social no hay otra ruta más que la que hasta ahora ha venido sosteniendo el gobierno. Ya en ocasión de la aprobación del paquete de endeudamiento y de la modificación de la Ley del IVA, en marzo pasado, el gobierno y su partido dieron muestras de en qué medida están dispuestos a escuchar y tomar en cuenta las opiniones de la oposición, aun cuando formalmente tenga ésta un peso específico en las instancias legislativas. Por eso tiene resonancias de ultimatum la postura de Zedillo de trasladar al Congreso el debate acerca de la reforma política si no se instala pronto la mesa de discusión entre las dirigencias de los partidos políticos nacionales.

     No hay tampoco, en las palabras de Zedillo, ni una explicación de la falta de solución al conflicto en Chiapas ni propuesta alguna para avanzar en el diálogo, más allá de las iniciativas ya asumidas que conocemos hasta ahora. Esto implica proseguir con la militarización, mantener replegado el Ejército Zapatista e introducir paulatina y lentamente diversos servicios de atención social y equipamiento a través del propio Ejército Nacional o de otras dependencias, como se ha venido haciendo, pero sin buscar salidas integrales a la problemática social y política del estado.

     El discurso de Zedillo tiene también propuestas particulares que resultan progresistas como la de crear una Auditoría dependiente del Poder Legislativo que probablemente sustituiría a la actual Contraloría como órgano del Ejecutivo (¿y de paso también a la Contaduría Mayor de Hacienda de la Cámara de Diputados? Zedillo no lo explicitó), o la de descentralizar hacia los estados y municipios la educación media y superior, los servicios de salud, de fomento agropecuario y algunas funciones de la Secretaría de Comunicaciones, además de la mayor parte de los recursos del Ramo 26 del Presupuesto de Egresos Federal, que hasta ahora maneja la Secretaría de Desarrollo Social.

     Pero estas medidas son insuficientes para remover el contexto general de país, porque no tocan los nudos que hoy por hoy bloquean las relaciones políticas entre Estado y sociedad: solución democrática y participativa a conflictos como los de Chiapas, Tabasco y Guerrero; efectiva protección de la planta productiva y el empleo y una política económica y social que priorice el bienestar del pueblo por sobre los intereses de los magnates financieros; investigación hasta sus últimas consecuencias de los crímenes políticos. De todo ello muy poco, casi nada, encontramos en lo dicho por el presidente Zedillo. Sus propuestas, aun las más positivas, aparecen así, en el propio discurso y en la práctica como iniciativas de un gobierno aislado, que no logra restablecer una vinculación estable con las fuerzas de oposición ni, lo que es más importante, con el resto de la sociedad, porque ha privilegiado su alianza con el capital financiero nacional e internacional, y ha dado la espalda a los sentimientos nacionales.

Coyoacán, D.F., 1 de septiembre de 1995.

*Artículo publicado en el diario Cambio de Michoacán, 3 de septiembre de 1995.


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