El liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas*

Eduardo Nava Hernández

El martes 4 de abril se presentó en la ciudad de México ¡Vamos a ganar! La pugna de Cuauhtémoc Cárdenas por el poder: un libro de Adolfo Aguilar Zínser que viene a abrir un necesario debate y que, por ello mismo, desde antes de aparecer en el mercado, le ha granjeado a su autor enconos y condenas.

     Aguilar Zínser, no es miembro del Partido de la Revolución Democrática, pero se desempeñó como vocero de Cuauhtémoc Cárdenas durante la campaña presidencial de 1994 y ocupa ahora una diputación federal por ese partido, incorporado a través de su política de alianzas con personajes de la vida política y social del país. Ahora, se ha atrevido a hacer un balance de esa campaña y a plantear sus puntos de vista acerca de la derrota electoral del cardenismo. Como él mismo lo comentó al periódico Reforma, “sacó un esqueleto del clóset y lo puso sobre la mesa”, desafiando las resistencias —y aun las consignas— del PRD a hacer ese análisis y a practicar la autocrítica.

     Dos de las tesis de Aguilar llaman particularmente la atención: primero, que la derrota electoral de Cárdenas y el PRD fue precisamente eso, una derrota, y no meramente el efecto del fraude orquestado por el gobierno federal y el partido de Estado (la tesis oficial perredista en este punto es que por los artificios “no se puede saber” quién ganó la elección). La segunda tesis consiste en que esa derrota se explica, de manera relevante, por la política del PRD y de su candidato presidencial, y que es necesario distinguir entre el liderazgo moral de Cárdenas —que para Aguilar Zínser está aún vigente— y su eficacia política como dirigente. El mérito del autor en este punto es fundamental: por primera vez lleva la figura de Cárdenas al terreno de la discusión propiamente política (donde, como se sabe, pesan los aciertos y los errores) y la saca de la posición moralista con la que preferentemente la han evaluado sus muchos seguidores.

     En este terreno, el tema de la declinación y derrota del cardenismo en los años recientes desborda al PRD y al movimiento cardenista, porque es una experiencia que se ha incorporado ya a la historia de los movimientos populares y democráticos, y debe ser discutida, por tanto, en los términos más amplios por la izquierda política y social de nuestro país.

     El balance me parece inocultable: a más de ocho años del surgimiento de la corriente democratizadora del PRI y del movimiento cardenista, no se alcanzó lo que parecía asequible en 1988; no se ha completado en México una transición a la democracia digna de tal nombre, Cuauhtémoc Cárdenas no llegó a la presidencia de la República y el PRD, su partido, no se ha consolidado como una alternativa nacional clara de poder, retrocediendo más bien frente al PAN en términos electorales. El partido oficial continúa en su proceso irreversible de descomposición y desprestigio ante el conjunto de la sociedad, no se resuelve el conflicto de Chiapas y la crisis azota despiadadamente a la población, pero todo ello no ha sido suficiente para que emerja la alternativa cardenista, lo que en la práctica significa que el PRI sigue en el poder, continúa manejando con una lógica de hierro (la lógica despótica del capital en momentos de crisis y reestructuración) al país, al gobierno y al Congreso, y sacando adelante sus políticas de dominación, por más impopulares que sean. Ni la vía electoral ni la (limitada) movilización han sido suficientes hasta ahora para generar el cambio del sistema hacia la izquierda.

     El gran mérito de Aguilar Zínser es haber abierto un ejercicio de autocrítica (repito: de toda la izquierda, y no sólo del movimiento cardenista) ante ese panorama. Me parece, sin embargo, que el riesgo de la explicación de Aguilar es el de trasladar esa necesaria revisión hacia un terreno técnico, el del marketing político. Es decir, suponer que la derrota de Cárdenas y el PRD se debió a sus errores en el manejo de los medios de comunicación masiva o, más concretamente aún, en la preparación y desarrollo del debate televisado del 12 de mayo. Aguilar refuerza la idea de que con una mayor atención a este aspecto, así como a las encuestas, y no a la táctica de “pueblear” y de denunciar por anticipado el fraude optada por Cárdenas, hubiera sido posible otro resultado.

     No lo creo. Nuestro balance debe ser más amplio y más profundo. Es claro que la gran batalla por el poder y la democratización política del país no fue la de 1994, sino la de 1988, cuando el régimen priísta estaba virtualmente arrinconado y era muy claro de qué lado estaba la fuerza popular movilizada. Creo que, en consecuencia, la evaluación del liderazgo de Cárdenas debe hacerse tomando en cuenta todo el período, y no sólo la coyuntura de 1994.

     En 1988 Cuauhtémoc Cárdenas logró desatar una movilización política sin precedentes y canalizar como nunca antes el descontento social por la vía electoral. Quedó seriamente cuestionada la legitimidad del triunfo atribuido a Carlos Salinas de Gortari, que se instaló como un presidente débil, aislado salvo de su propio partido. Desde el primer momento, la noche del 6 de julio, había olor a triunfo popular en el ambiente, y el liderazgo de Cárdenas se mostró en su cenit en la madrugada del 7 de julio al hacerse acompañar de Manuel Clouthier y de Rosario Ibarra a las instalaciones de la Comisión Electoral para exigir información precisa de los resultados, mientras el sistema “se caía” y desaparecían 25 mil actas de escrutinio en todo el país. Ese acto mostró la potencialidad de Cárdenas de encabezar un frente muy amplio por la democracia político-electoral, al atraer a las opciones independientes de derecha y de izquierda (ya lo había hecho antes con la que representaban Heberto Castillo y el PMS).

     Con la solemne proclamación de su triunfo en la elección, nunca demostrado, dos días después, la irruptiva fuerza popular que acompañaba a Cárdenas se planteó así dos grandes metas: la conquista del sufragio efectivo y el reconocimiento de ese triunfo en la elección. De antemano estaba excluida la vía histórica a la que habían apelado los grandes caudillos frente a un mal gobierno (Hidalgo), un gobierno ilegítimo (Juárez ante Maximiliano), un gran fraude electoral (Madero frente a Díaz) o una usurpación (Carranza contra Huerta), es decir, la vía armada. Pero la proclamación unilateral quedaba también cancelada la otra vía de transición hacia un régimen legítimo y democrático: el pacto entre gobierno y oposición. Cárdenas no optó ni por llamar a la insurrección contra un gobierno al que caracterizó de ilegítimo y usurpador, ni por pactar con él desde la posición de fuerza que indiscutiblemente tenía los términos de una verdadera democracia. Optó por una tercera vía: la de resistir a ese nuevo gobierno y, simbólicamente, pedirle al presidente Salinas que renunciara. Pocas declaraciones políticas de esa magnitud han sido en la historia tan inútiles como esa del 9 de julio de 1988.

     El frente apenas esbozado el 7 de julio se rompió con la fuerza que resultaba significativa: la del panismo democrático representado por Clouthier. Al asumir el poder, Salinas pudo atraerse al panismo institucional y convertirlo en su aliado más próximo, consolidándose uno de los proyectos político-sociales más reaccionarios de los que se tenga memoria en nuestra historia. Cárdenas asumió una posición moral, más que política, cuando se negó a entrevistarse con Salinas para “no tomarse la foto”, y exigir una agenda de discusión que el mismo Cárdenas debió poner frente a la opinión pública de la nación y del mundo cuando tenía la fuerza para hacerlo. Su vacío fue llenado por el PAN como interlocutor privilegiado, lo que dio a la lucha política un carácter abiertamente conservador y gradualista. Como se sabe, el PRD pide diálogo ahora, cuando ya no tiene peso para ser la corriente decisiva en la conquista de la democracia.

     El asentamiento del salinismo, ante la falta de iniciativa del movimiento cardenista tuvo consecuencias graves para la nación: un gobierno autocrático y de corrupción que sólo benefició a la oligarquía financiera nacional y extranjera y un bloque de poder totalmente orientado hacia el capital. La transición democrática, frustrada, como se evidenció desde 1991 y se corroboró en 1994, además de muchas otras elecciones locales durante el salinato. Del lado de la oposición, casi trescientos muertos, cuyos crímenes permanecen en gran número impunes.

     La recuperación social del gobierno de Salinas de Gortari, con todas sus implicaciones, colocó la contienda electoral de 1994 en condiciones de antemano tan desfavorables que la sola figura de Cuauhtémoc Cárdenas no podía ya revertir, menos aún después de un sexenio de desgaste y acoso y, sobre todo, de oposición errática y moral. La emergencia del EZLN en enero (con un discurso muy semejante al del perredismo, pero con una política que tácticamente se colocaba en los antípodas, pues demostró rápidamente tanto su disposición para enfrentar al gobierno salinista en el plano de las armas como para dialogar desde una posición de dignidad, es decir, las dos tácticas que no quiso jamás asumir el cardenismo) rebasó al cardenismo desde la izquierda y aun logró confluir programáticamente con él, pero no le sumó fuerza electoral y muy probablemente sí se la restó. Nuevamente, algunas ambigüedades (o lo que así fue percibido por la opinión pública) en la definición de Cárdenas frente al movimiento armado, contribuyó a inmovilizarlo coyunturalmente y a alejar sus posibilidades de triunfo. Mucho tiempo antes del 21 de agosto, el resultado de la elección estaba virtualmente definido.

     Al evaluar el liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas pienso no en los errores de mayo ni en los de julio de 1994, sino en la ambigüedad con que ha conducido durante ya siete años uno de los movimientos más significativos por el cambio democrático. Pienso en otras transiciones más difíciles, como la de Sudáfrica (donde la democracia política tiende a estabilizarse y Mandela es ya presidente, a pesar de haber arrancado de una situación de virtual guerra civil y riesgos de desmembramiento nacional, que nunca se dieron en México) y, no en términos morales sino de eficacia política, en la urgencia de revisar con seriedad las estructuras y liderazgos que el movimiento popular necesita para arribar a otro puerto.

     La izquierda debe aprender de todas sus experiencias y de sus derrotas, y el primer paso es asumirlas como tales. Bienvenido el debate, si no ha de quedarse en la autoflagelación ni en la autocrítica “técnica”, sino en la revisión seria de la opción que esa ala política —donde el PRD y el cardenismo ocupan un espacio muy amplio— puede ofrecer al país.

Coyoacán, D.F., 6 de abril de 1995.

*Artículo publicado en el diario Cambio de Michoacán el 9 de abril de 1995.


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