Endeudamiento y soberanía*

Eduardo Nava Hernández

En esta ocasión no nos invitó a ponernos de pie y a entonar, unidos todos por las ondas televisivas, el Himno Nacional. No obstante, el semblante y las palabras del presidente de la República en su mensaje desde el salón Ávila Camacho de Los Pinos patentizaban el optimismo con que ahora puede ver hacia el futuro y que buscaba infundir a todo el pueblo de México. “¡Viva Clinton!”, encabezó un diario vespertino de la gran metrópoli, mientras otro mentía abiertamente: “Vienen dólares”. Por momentos pareció también que serían echadas las campanas de todos los templos a vuelo y que la fecha quedaría consagrada en el calendario cívico para recuerdo de las futuras generaciones.

     La apertura promovida por el presidente Clinton de los Estados Unidos, de un nuevo paquete internacional de créditos para México por un monto de hasta 50 mil 750 millones de dólares está siendo celebrada por nuestro gobierno y por los barones del dinero como si se tratara de una nueva liberación nacional, mientras la mayoría del pueblo nos preguntamos cómo habremos de recibir los beneficios que parecieran esperarse tras el anuncio publicitado el martes en Washington acerca del futuro de México.

     Y no es que con una pequeña dosis de ironía trate yo de minusvaluar la importancia del cuantioso monto concedido que viene en efecto a aliviar una urgente necesidad de liquidez del Banco de México, ni de subestimar la gravedad de la situación financiera que, en efecto, amenazó en días pasados de manera inminente la economía del país. Es claro que, una cantidad así, que con mucho supera la que con anterioridad se haya otorgado a ningún otro país en condiciones semejantes, pone de relieve la envergadura de la crisis y también la importancia creciente de México para el gobierno de los Estados Unidos y para la economía mundial.

     Sin embargo, el tono celebratorio con que se dio a la opinión pública la noticia tiende a ocultar o minimizar, ahí sí, muchos de los detalles del acuerdo que ha hecho posible este nuevo plan de rescate de la economía mexicana. Y es difícil creer que no exista acuerdo alguno cuando, si algo han hecho los altos funcionarios del gabinete económico y de relaciones exteriores mexicanos durante las últimas semanas es viajar a Washington y Nueva York. Si no estaban negociando las condiciones del ofrecido apoyo, ¿qué hicieron durante tanto tiempo por allá?

     El Secretario de Hacienda, Guillermo Ortiz, dejó en claro, en conferencia de prensa el propio martes 31 de enero, que sí han quedado empeñados, como garantía de los 20 mil millones de dólares aportados por el gobierno estadounidense al paquete, los ingresos de Pemex (El Financiero, 1 de febrero, pág. 5). Estos recursos quedarán depositados en bancos de los Estados Unidos y serán transferidos, en caso de incumplimiento por el Banco de México, a una cuenta especial del Banco de la Reserva Federal en Nueva York. Triunfalistamente, sin embargo, Ernesto Zedillo afirmó en su mensaje a la nación que la operación financiera no pone en riesgo la soberanía del país.

     El secretario Ortiz también sostuvo, por otra parte, que los únicos condicionamientos al macropréstamo son los autoimpuestos por México en el plan económico de emergencia, sin presiones extranjeras, si bien ese plan cuenta con el “aval” del Fondo Monetario Internacional, que aportará 17 mil 759 millones al paquete crediticio. A mayor abundamiento, el presidente Zedillo afirmó estar “perfectamente claro” de que es necesario mantener el rumbo económico del país, que implica, como es conocido, la restricción al gasto público, el impulso a las transformaciones estructurales, especialmente el fortalecimiento de la productividad, las privatizaciones, la apertura externa, la integración de México a la economía mundial.

     En síntesis, en la concepción neoliberal zedillista, consiste un logro soberano el que nuestro país ha aprendido el camino y, que después de firmar cartas de intención con el FMI tras de cada una de las innumerables crisis “de liquidez” que hemos padecido desde los setenta, los gobiernos mexicanos saben cómo aplicar por sí mismos, sin asesoría del extranjero, la autoflagelación de los programas de ajuste o, mejor dicho, la austeridad a las clases trabajadoras y al pueblo en general. Tanto va el cántaro al agua, hasta que se queda adentro, dice la sabiduría popular, a la que no le es difícil identificar la “nueva estrategia” como más de lo mismo.

     Así las cosas, es seguro que, a pesar de constituir el nuevo endeudamiento un hecho consumado, proseguirá el nada ocioso debate iniciado en las últimas semanas en México a propósito de la soberanía nacional, y en el que hasta ahora han predominado las voces representativas del nacionalismo más tradicional, el cual identifica como sujeto y aun reduce el problema de la soberanía al Estado propietario benefactor. Y para no faltar a su tradición, la fracción priísta en el Congreso de la Unión se ha cerrado a todo debate y se niega a que éste discuta en un período extraordinario de sesiones el nuevo paquete crediticio, asumiendo plenamente el papel decisorio que, apenas hace unos días, proclamaba tener en materia de endeudamiento externo.

     El debate, digo, sí es necesario. Se requiere replantear en su conjunto el tema de la soberanía nacional en el contexto de la nueva inserción nacional en la economía internacional y del grado de evolución propio de la sociedad mexicana. Ni nuestro concepto de soberanía puede quedarse anclado en las concepciones estatistas heredadas de los años cuarenta, ni las clases populares pueden permitir que hoy el bloque constituido por el gran capital monopólico internacional y el Estado neoliberal que lo representa se erija en sujeto de la soberanía de toda la nación. La gran lección política a extraer de la presente crisis es que el pueblo mexicano no puede continuar permitiendo que las decisiones económicas y sociales que afectan a toda la nación, y especialmente a las mayorías trabajadoras, sean tomadas en las solas sedes del poder político y de la oligarquía financiera, cada vez más identificados entre sí. Hoy, es indispensable luchar por una soberanía nacional entendida, ante todo, como soberanía del pueblo, y que vaya ligada al desarrollo y profundización de las formas de poder popular. Si queremos dejar atrás esta negra y repetida historia cíclica de devaluaciones, crisis, endeudamiento, ajustes y miseria, no parece haber otro camino.

Coyoacán, D.F. 2 de febrero de 1995.

*Artículo publicado en el diario Cambio de Michoacán, 4 de febrero de 1995.


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