Eduardo Nava Hernández
Una vez pasado el estupor de los primeros momentos, serenados los ánimos y devuelta la lucidez a las ciudadanas mentes, habrá que enfrentar nuestra nueva realidad como país. El dato más relevante del 21 de agosto no fue, aunque lo hubo, el fraude electoral, sino el notorio viraje del país hacia la derecha y el conservadurismo. El Partido de la Revolución Democrática sólo no alcanzó la Presidencia de la República, sino que fue desplazado, con un porcentaje de votación muy alejado de sus expectativas, a un tercer lugar por el panismo en ascenso. El Partido del Trabajo, si bien incrementó sustancialmente su presencia nacional, sufrió también en varias de sus plazas fuertes los efectos de la polarización PRI-PAN.
Aunque el anunciado —y de todos tan temido— “choque de trenes” no se dio en el país el 21 de agosto, el resultado de la elección que se esperaba como la más disputada de la historia está muy lejos de llamar al optimismo acerca del futuro próximo. El triunfo priísta no fue el dechado de limpieza que se nos había prometido y que después del 21 el gobierno y el PRI han tratado de festinar; pero tampoco es demostrable que los resultados sean producto del fraude “descomunal” que algunos exaltados denuncian.
Las cifras tan ampliamente favorables al Partido Revolucionario Institucional y por lo tanto al gobierno, empiezan a ser matizadas al aparecer denuncias acerca de los elementos de fraude ya de todos conocidos desde tiempos inmemoriales: acarreo corporativo de ciudadanos, coacción al voto, violación al secreto del sufragio, “carruseles”, etcétera, que dieron testimonio, una vez más, del genio y figura del partido oficial durante la jornada electoral. El viejo PRI corporativo sigue entre nosotros con una capacidad de sobrevivencia que hasta las cucarachas y los más antediluvianos lagartos del reino animal envidiarían.
Por otro lado están la manipulación de la información a través de los medios, el uso de recursos públicos para favorecer —como siempre— al oficialismo, el amedrentamiento y las contracampañas contra los partidos de oposición, y la llamada “ingeniería electoral”, tácticas que desde meses (o años) antes de la jornada electoral preparan un resultado propicio al partido gubernamental.
Pero el resultado, aun tomando en cuenta la distorsión estadística que pueden producir esas prácticas, es suficientemente contundente como para ser negado: lo más significativo de esta elección es la innegable recuperación del PRI y la polarización del voto ciudadano hacia las dos grandes formaciones políticas de la burguesía: el PRI y, desde luego, el PAN. Las tres cuartas partes de los votantes, aunque no lo hayan hecho consciente de esa manera, han dado, con su voto, su respaldo a una salida por la derecha a la crisis política y social en el país. Implícitamente, se ha otorgado un voto de confianza a la propuesta de reestructuración social del gran capital, el verdadero triunfador en este proceso. Además de la reafirmación priísta en el poder, el avance de Acción Nacional es un dato que no puede ser menospreciado para analizar la correlación de fuerzas en el país.
El fenómeno no es nuevo, ni desconocido, pero no ha sido suficientemente explicado: en situaciones de crisis nacional (¿alguien duda que un levantamiento armado indígena, el asesinato no esclarecido del candidato oficial, el notorio avance de la narcodelincuencia organizada lo son?), los ciudadanos optan no por los que en la contienda electoral aparezcan como los mejores candidatos o programas, sino por los que ofrezcan más seguridad. Después de diez años de guerra intestina en El Salvador, con un ejército popular fuertemente arraigado en diversas zonas rurales y organizaciones urbanas, el electorado se volcó en apoyo de la alternativa ultraderechista vinculada a los escuadrones de la muerte. Es también conocida la derrota electoral de los sandinistas en 1990: un retroceso social, pero un voto contra la guerra de desgaste impuesta por los Estados Unidos durante toda una década.
Ahora, después de 12 años de reestructuración salvaje del capitalismo en México, la elección ha dado un espaldarazo al grupo gobernante y, al dar el segundo lugar al PAN, ha fortalecido su incorporación al bloque de poder. Más que un contrapeso, dada la convergencia natural entre su proyecto y el del PRI, jugará un papel complementario en el Congreso (ya lo ha hecho) y en las posiciones de poder que ocupe.
Por eso es relativo que el 21 de agosto fue un voto de no al cambio. Algo cambió, pero no fue para avanzar. La votación consolidará y acelerará —aunque estas hayan aparecido como consideraciones secundarias para los electores, que privilegiaron una salida de corto plazo— los cambios iniciados en el presente sexenio, y que apuntan hacia una sociedad más privatizada, desigual, con mayor concentración de la riqueza. El centro-izquierda ha dejado de ser no solamente una amenaza sino ni siquiera un contrapeso o un interlocutor fundamental en el proceso político del país, por ejemplo para realizar cambios constitucionales o pactar los términos de las leyes. ¿Agenda probable? El artículo 123 y la Ley Federal del Trabajo.
El porqué ocurrió el no tan imprevisible y más bien anunciado revés al cardenismo sería tema para otro artículo. Lo que interesa ahora es registrar el hecho social. La necesaria denuncia del fraude oficial no debiera obnubilar para la izquierda la revisión lúcida y autocrítica de nuestra nueva realidad nacional. Que se limpie en los comicios lo que sea necesario y desaseado; pero ahora, para la izquierda sobre todo, la tarea más urgente es repensar la realidad y repensarse en términos estratégicos. Su apuesta no podrá ser ya caudillista ni catastrofista, sino de construcción de nuevas propuestas y alianzas en un medio político (aunque no necesariamente social) desfavorable. El 21 de agosto es una derrota tan sólo para quienes apostaron todo, sin términos medios, al triunfo electoral; en la sociedad ha quedado, no obstante, una importante experiencia de lucha y movilización que no debemos derrochar sino conservar y acrecentar en espera de nuevas batallas. Más que nunca, será necesario aprender a resistir, conservar y acumular fuerzas sociales, a convertir derrotas en triunfos y a sobrellevar la adversidad de los tiempos políticos que se anuncian.
Morelia, Mich., 29 de agosto de 1994.
*Artículo publicado en el diario Cambio de Michoacán, 1 de septiembre de 1994.

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