Francisco González Gómez
Eduardo Nava Hernández
Joaquín Vela González
El derrumbe del llamado bloque socialista entre 1989 y 1991 fue un hecho inesperado y un viraje histórico de gran alcance. Para muchos comunistas críticos, el tipo de desarrollo adoptado por el bloque soviético mostraba desde un inicio terribles distorsiones y en la última etapa era evidente la existencia de una crisis profunda en estos países; pero muy pocos pensaban que podría conducir al colapso del sistema en su conjunto. El desmembramiento que siguió a la caída ha desembocado por doquier en la triunfal -aunque no necesariamente duradera- restauración del capitalismo por diversas vías aun en las naciones donde el régimen político no ha sido desmantelado, y ha cerrado una etapa del socialismo como concepción y como movimiento.
Después de varias décadas de experimentación, la ruta inaugurada en la Unión Soviética en los años veinte y treinta para transitar hacia el socialismo se demostró inviable y se desplomó espectacularmente, no como resultado de una agresión externa de grandes dimensiones, sino como efecto, fundamentalmente, de sus contradicciones internas.
El derrumbe ha cancelado definitivamente el camino del llamado “socialismo real” como alternativa política, social, económica y cultural al mundo capitalista, tanto para los países más industrializados como para las regiones semindustriales y atrasadas que, al romper con el régimen colonial, cayeron ideológica y políticamente en el área de influencia soviética. También ha desarticulado orgánicamente y desarmado en lo ideológico a una vasta corriente de la izquierda socialista que, organizada o no en los partidos comunistas, durante décadas hizo de ese socialismo real su modelo de sociedad e identificó los ideales del socialismo con la doctrina del comunismo oficial en cualquiera de sus vertientes. Para las grandes masas de trabajadores, la debacle parece no haber dejado más opción que el resignarse a vivir en el mundo “unipolar” y globalizado del capitalismo que se afirma y reestructura, al predominio absoluto de las leyes del mercado con sus secuelas de explotación, competencia exacerbada, desigualdad y acumulación excluyente, y a una versión restringida y manipulada de la democracia. Es en el ánimo de las masas y en los proyectos revolucionarios donde la ruina del “socialismo real” ha dejado un inmenso vacío y la legitimación del socialismo como programa liberador ha sufrido un rudo golpe.
Es indiscutible entonces que la derrota de los regímenes del autodenominado socialismo real ha afectado a la lucha de los socialistas de todo el mundo, tanto de los que se inscribían en el llamado movimiento comunista internacional como la de quienes buscaban construir una alternativa distinta desde perspectivas críticas y autónomas. La consolidación del capitalismo y la conformación unipolar del mundo han ampliado enormemente los márgenes de acción internacional de los gobiernos imperialistas, en particular del de los Estados Unidos; se han impuesto, en la lógica de la lucha por los mercados locales y regionales, las ideologías y expresiones políticas nacionalistas; han resurgido los fundamentalismos religiosos como opciones de afirmación de las identidades comunitarias y como instrumentos de lucha por el poder; se ha anulado un modelo económico de desarrollo sin que, hasta el momento, se haya configurado una vía alternativa más próxima a los ideales igualitarios del socialismo, y se ha generado entre las masas un gran desprestigio o al menos escepticismo hacia la posibilidad de una transformación en ese sentido. Todo cuanto significó el ideal socialista y comunista parece hoy estar anulado o al menos relegado al mundo de las utopías.
Por ello, este hecho histórico sin precedentes obliga a los militantes y simpatizantes de la causa socialista, en todas sus tendencias, a revisar con detenimiento las raíces de esa malograda experiencia y a replantear sobre otras bases el proyecto socialista. Ante todo, debemos analizar crítica y autocríticamente el proceso que se vivió en los países que intentaron a lo largo de este siglo la transición al socialismo. No basta con remontarnos a la última etapa de reformas sociales y económicas, iniciada por Mijail Gorbachov en la Unión Soviética y cancelada con el ascenso de Borís Yeltsin al poder. El análisis marxista nos obliga a examinar críticamente las experiencias de construcción del socialismo con una visión de largo plazo.
Caracterización del “socialismo real”
El sistema implantado en la URSS se concretó, a través de décadas, en un modelo basado en la estatización prácticamente total de la economía y la política, la burocratización y militarización de la vida social y la anulación de las libertades democráticas de la población. En su momento fue un modelo útil y eficiente para promover hasta cierto nivel la industrialización de los países en los que se implantó, para conducir la modernización de sociedades agrarias, y reafirmar el Estado nacional de diversos países recién salidos de una situación colonial o semicolonial. Subsistió en tanto existieron en el mercado mundial las condiciones que hacían viable la permanencia de algunos espacios de autarquía y desarrollo sobre bases nacionales, y ha tendido a desaparecer -sin haber llegado jamás a implantar relaciones sociales auténticamente socialistas- en tanto ese mercado se extiende y profundiza obligando a las economías nacionales a competir en el terreno de la productividad del trabajo. Con tales características nos parece que el nombre más adecuado para dicho modelo debe ser el de Socialismo de Estado.
Conforme a la teoria original de Marx y Engels, el socialismo es la asociación libre y consciente de los productores directos, que sustituye o tiende a sustituir a la relación de trabajo asalariado y las formas de cooperación laboral impuestas por la organización capitalista del trabajo. El socialismo es inseparable de la autogestión de los trabajadores en el proceso productivo, elimina el despotismo del capital, y abre el paso a una nueva y más extensa forma de democracia, que exprese la supremacía social de la clase trabajadora. Lo que hizo diferente a la teoría marxista a las distintas variantes de socialismo que aparecieron en el siglo XIX fueron los siguientes aspectos:
a). La clase obrera como el núcleo social capaz de construir una nueva forma de organización social. Ello supone un desarrollo social suficiente de la clase trabajadora, en extensión e identificación como clase, que sólo se gesta y madura a través de un proceso prolongado de organización y luchas económicas, ideológicas y políticas contra el capital y sus manifestaciones concretas.
b). Es el desarrollo del capitalismo el que propicia la aparición de las condiciones materiales que permiten la construcción de esa nueva sociedad. Este aspecto establece una diferencia fundamental con cualquier tendencia voluntarista o romántica. Sólo en ese sentido es que el comunismo puede llegar a ser un “movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual”, y cuyas condiciones “se desprenden de la premisa actualmente existente” (Marx, La ideología alemana), es decir de la sociedad capitalista.
c). La transición al socialismo debería pasar por una etapa de “dictadura del proletariado”, entendida ésta como la más amplia democracia política para los trabajadores y la represión a los sectores del viejo régimen. Ejemplo de ello fueron las afirmaciones de Marx y Engels en relación con la experiencia histórica de la Comuna de París.
Los fundadores del materialismo histórico veían el socialismo no como una mera idea sino como “una fase necesaria del desarrollo de la humanidad hacia la cual la historia tiende” en tanto existan “ya visiblemente gérmenes de esa nueva formación en la historia transcurrida hasta el momento y en sus tendencias evolutivas”. Por ello, cuando Marx y Engels postulaban la necesidad del socialismo, tomaban fundamentalmente en cuenta la situación de los países más avanzados de su época; sólo en estas sociedades se habían desplegado en un grado suficiente de desarrollo de los medios de producción, la socialización del trabajo, una experiencia de lucha y una cultura democrática de los trabajadores, la prevalencia de la relación salarial sobre todas las anteriores formas de propiedad basadas en la subordinación personal e integración del mercado interno y de las economías nacionales al mercado mundial.
Pero la experiencia histórica mostró que las rupturas del sistema capitalista mundial se produjeron no en los centros de mayor desarrollo sino en las regiones periféricas y atrasadas del mundo. En 1917, al producirse el ascenso del Partido Bolchevique al poder, Rusia era un país que había iniciado ya su desarrollo capitalista y había alcanzado el nivel de una potencia media, con algunos polos de desarrollo industrial y capacidad de expansión colonial sobre los pueblos más próximos a sus fronteras. Sin embargo, su sector industrializado no ocupaba sino una porción muy pequeña de la población y se ubicaba geográficamente en unas pocas ciudades. Las relaciones de producción predominantes para el conjunto de la nación estaban sustentadas en la pequeña producción agrícola y en la existencia de latifundios, en su mayor parte, sustentados en el trabajo servil.
El proletariado ruso, joven y combativo, era minoritario frente a la gran masa campesina que representaba alrededor del 80% de la población, que vivía en condiciones de atraso comparables a la Francia prerrevolucionaria, con una cultura religiosa muy arraigada y sin ningun tipo de experiencia política democrática. Fue la derrota de Rusia en la guerra con Alemania y la profunda crisis económica que el conflicto bélico provocó, lo que precipitó el agotamiento del régimen zarista y de las alternativas burguesas de gobierno, colocando a los soviets, y en particular al de Petrogrado -ya dirigido por los bolcheviques-, en situación de hacerse del poder político, en las difíciles condiciones de desastre económico nacional y aislamiento internacional.
Hasta 1920-21, Lenin y su partido justificaron la construcción del poder bolchevique sobre la base de considerar a la revolución rusa como el detonante de la revolución social en Europa, que permitiría avanzar al socialismo en aquellos países con una base industrial desarrollada. Pero la derrota de los revolucionarios alemanes y el consiguiente aislamiento de la revolución rusa colocaron al régimen ruso en una situación que nunca habían esperado. La polémica teórica se dio en medio de una cruenta guerra civil que hizo desaparecer una parte sustancial de la clase obrera revolucionaria y afectó profundamente la base social del gobierno bolchevique. Del “comunismo de guerra” surgió un régimen burocrático-militar que adoptó como su doctrina oficial la tesis de la construcción del socialismo en un solo país.
El régimen burocrático instaurado en la URSS no eliminó la relación de trabajo asalariado ni la enajenación del trabajo, reforzó una dirección despótica de los procesos de producción agrícola y fabril y despojó al pueblo ruso de sus derechos democráticos. En los hechos, las funciones realizadas por el capital privado se transfirieron al Estado sin destruir el núcleo de las relaciones de producción .
El Estado se convirtió de capitalista colectivo en idea que era -según Engels-, en el capitalista universal real y actuante, propietario monopólico de los medios de producción, organizador del proceso de trabajo social -por medio de la planificación centralizada- y déspota colectivo sobre la sociedad.
Las tareas emprendidas por el régimen soviético -y por los países de su área de influencia después de la Segunda Guerra Mundial- estuvieron desde entonces marcadas por la lógica de la competencia con el sistema capitalista, por el productivismo y el desarrollo económico en términos nacionales (que muchas veces determinó una política exterior adecuada a criterios nacionalistas y no de clase). Son indiscutibles los éxitos económicos y militares que el régimen soviético tuvo hasta los años sesenta; pero la industrialización a marchas forzadas, la colectivización forzosa del campo, la eliminación de la pequeña producción agrícola, artesanal y manufacturera, el fortalecimiento del Estado nacional y el desarrollo militar, además de haberse cimentado en una alta cuota de sufrimiento humano a través de guerras civiles, hambrunas y la heroica resistencia contra el nazismo, no fueron estrictamente tareas socialistas, sino metas que el capitalismo no había podido desarrollar en la URSS y otros países, y que los partidos comunistas en el poder tuvieron que asumir repitiendo, bajo otra lógica, la experiencia del capitalismo occidental.
La misión histórica del capitalismo consiste, precisamente, en desarrollar como nunca antes la fuerza productiva del trabajo, en socializar la producción, en crear y madurar el proletariado como fuerza social, desarrollar el mercado mundial y superar las formas precapitalistas de producción. En ausencia de un suficiente desarrollo del mercado y el capitalismo, a los gobiernos del llamado bloque socialista les correspondió llevar adelante la industrialización, la acumulación acelerada, el control estatizado de la producción y la defensa nacional frente a las potencias capitalistas.
En particular, la estrategia internacional del bloque soviético se desarrolló desde la segunda posguerra sobre la base de la coexistencia pacífica con las potencias capitalistas, que suponía que el desarrollo de la URSS en condiciones de paz y sin guerra nuclear sería superior al del mundo capitalista y que eso atraería a su campo a los países dependientes. Otra estrategia formulada a partir de esas premisas fue la que sostenía que el derrumbe del capitalismo sería provocado por las revoluciones nacionales y socialistas de la periferia capitalista, que privaría al capitalismo de las enormes riquezas obtenidas por la explotación de los países subordinados.
En los hechos, sin embargo, la consolidación del régimen burocrático-autoritario y su incapacidad para transitar a una forma más democrática de gestión social sentaron a la larga las bases para el deterioro profundo de su legitimidad política, lo cual, aunado a la pérdida de competitividad económica, condujo a su crisis final y a su derrota frente al sistema capitalista. Desde inicios de los sesenta el llamado mundo socialista se dividió políticamente por cuestiones de estrategia internacional. El sistema, hegemonizado por la URSS, no toleraba la existencia de vías alternativas como las intentadas por China, Yugoslavia o Albania. Las confrontaciones políticas condujeron a episodios de expansionismo e intervenciones -como ya antes, desde los años treinta, se habían dado en los países bálticos, Polonia y las naciones adheridas a la URSS- en Hungría, Checoslovaquia, Alemania y Afganistán; de lucha armada entre Vietnam y China y de confrontaciones de baja intensidad en otras regiones periféricas.
Aunque las condiciones de vida de la población bajo ese régimen registraron durante una etapa mejorías, tanto por la elevación en las percepciones salariales como en las prestaciones, tendieron a estancarse al llegar a cierto nivel a consecuencia de la paralización de la productividad e implicaron una casi total marginación de los trabajadores de la vida política y de la participación en la administración del proceso productivo. Otro tanto sucedió con la mujer, que vio reconocidos muchos de sus derechos a pesar de que de manera general persistió el régimen patriarcal en la familia. Así, los Estados del autoproclamado “socialismo real” no sólo entraron a competir con el mundo capitalista en el terreno de la productividad del trabajo que produce mercancías; también tuvieron que cotejarse en el mercado mundial en cuanto a las condiciones de reproducción de la mercancía fuerza de trabajo. Como no eliminaron la relación salarial ni el despotismo del capital sobre el trabajo, y no ofrecieron una alternativa política más democrática, no lograron competir efectivamente en el mercado mundial de fuerza de trabajo. Los flujos migratorios o intentos de escape hacia los mercados laborales de Europa occidental o los Estados Unidos -por lo demás idealizados por la propaganda como el reino de la libertad y de las oportunidades- fueron por ello el primer gran síntoma de la descomposición de ese sistema.
La Unión Soviética representa el ejemplo más clásico del modo de producción burocrático, por las razones arriba señaladas, pero en general sus rasgos centrales fueron compartidos (con algunas variantes) por el conjunto de países no capitalistas: Europa del Este, China, Corea, Albania, Vietnam, Cuba, etcétera.
El balance objetivo nos muestra que, frente a ese proceso de burocratización, no bastó con la abnegación, entrega y heroísmo que los pueblos de muchos de esos países mostraron en luchas revolucionarias anticapitalistas, anticolonialistas y antifascistas para construir verdaderas sociedades socialistas, porque el socialismo no es resultado de la sola voluntad sino del desarrollo social y de las contradicciones objetivas del capitalismo. Tampoco fueron suficientes el estímulo moral y la mística revolucionaria con la que ciertos procesos se revistieron, sobre todo en su periodo de juventud, para impedir que, a la larga, cristalizaran en nuevas estructuras dominantes, centralizadas y burocráticas, que arrebataron a las masas su capacidad de iniciativa y frustraron la posibilidad del socialismo.
El derrocamiento de los regímenes del socialismo real ha dado lugar, por ahora, a una etapa de consolidación del capitalismo y a su reestructuración mundial. Pero ésta no hace sino consagrar un orden mundial de grandes desigualdades y contradicciones que excluye a la mayoría de la población de las regiones periféricas, y aun a grandes sectores de la de los países desarrollados, de la posibilidad de trabajo y salario dignos, vivienda, seguridad social, tierra, educación y cultura, y por tanto de la participación democrática y la capacidad de intervenir conscientemente en su propio destino. Las aspiraciones universales de igualdad y fraternidad que en el siglo XIX dieron lugar al surgimiento del ideal socialista siguen vivas y vigentes.
Perspectivas
El propio desarrollo del capitalismo engendra, reproduce y profundiza las condiciones objetivas para la transformación social, aunque ésta aparezca hoy por hoy alejada del horizonte de expectativas de los trabajadores. La nueva etapa de expansión del capitalismo implica la destrucción de las sociedades campesinas y artesanales en todo el orbe, la incorporación creciente de las masas al trabajo asalariado y a la disciplina del capital bajo las nuevas formas de organización del proceso de trabajo, incluyendo a los trabajadores de los países del ex bloque socialista.
La expansión de las nuevas tecnologías basadas en las telecomunicaciones, la informática y la alta calificación de la fuerza de trabajo hacen de los trabajadores un sector más consciente de su potencial cognoscitivo y más apto para la autogestión del proceso productivo. Este factor, aunado paradójicamente a la expansión del trabajo domiciliario y del sector informal de la economía, tiende a reafirmar subjetivamente el potencial de autonomía de los trabajadores con respecto del capital. La internacionalización y globalización del capitalismo reafirma y profundiza la dependencia recíproca entre los mercados y pueblos más diversos y por tanto la identidad de los intereses de estos últimos frente a una misma clase monopólico-financiera internacional que los explota en común.
Por otra parte, se generan o agudizan nuevas contradicciones que en el pasado no representaban ejes cardinales de lucha del socialismo tradicional y que ahora tienen que ser incorporados a cualquier programa de transformación social: el deterioro del medio ambiente, la revitalización de los nacionalismos, el racismo y las luchas étnicas, la generalización del desempleo y la miseria, la profundización de la desigualdad social en las sociedades desarrolladas y, desde luego, en el capitalismo periférico, y de las diferencias entre países pobres y ricos en varias regiones del mundo, así como la lucha de las mujeres por sus reivindicaciones de género.
Frente a ello, el socialismo tiene que resurgir como alternativa; pero no puede hacerlo sin realizar una profunda autocrítica de las experiencias anteriores, y, sobre todo, sin mostrarse como una alternativa cualitativamente superior, no sólo en términos de justicia social sino también en el terreno de la eficiencia y racionalidad económica. Debe también afinar sensiblemente sus instrumentos de análisis teórico y su capacidad de entendimiento de las nuevas realidades, a fin de descubrir en ellas sus contradicciones y los gérmenes de su transformación. No hay duda que el marxismo clásico seguirá siendo un fundamento central en ese esfuerzo explicativo, pero tendrá que abandonarse cualquier dogmatismo o intento de constituirlo en ideología oficial o de Estado, y enriquecer su percepción con las nuevas aportaciones provenientes de otras vertientes del conocimiento.
Las estrategias de lucha se modifican también en la medida en que se diversifican los frentes de conflicto social y desbordan, sin eliminarlo, el ámbito de la fábrica o centro de trabajo. Las formas de incorporación de los sujetos a la movilización social comprenden ahora, también, la defensa de derechos humanos básicos, las reivindicaciones de género y las de los jóvenes y niños, la defensa del ambiente, etcétera. Hasta hoy, muchas de esas formas de lucha no aparecen articuladas con un programa de transformación de contenido socialista, y a veces hasta se le confrontan en la medida que se identifica al socialismo con las experiencias de estatización impuestas como un poder autocrático sobre los individuos y la naturaleza. Pero para restituirse, el proyecto socialista tendrá que incorporarlas al ir revelando, en el proceso, que sus raíces más profundas están en las formas de alienación de las relaciones sociales y del ambiente por el capital y sus necesidades de valorización. La lucha por el socialismo no se anula, entonces, sino se despliega en una multiplicidad de frentes en los que se requiere desarrollar la autonomía y organización autogestiva para disputar al capital y sus representantes la hegemonía sobre la sociedad e ir modificando, a través de un proceso quizás prolongado, las relaciones sociales de producción.
La reformulación del programa socialista para la nueva etapa que se abre tendrá que enfatizar en estos y otros temas que aquí no es posible sino bosquejar muy someramente.
En primer lugar, la profundización y el perfeccionamiento de la democracia política representativa, con sus premisas de igualdad política y pluralismo, como el mejor marco posible dentro del capitalismo para la compraventa de la fuerza de trabajo y para la libre expresión de las diversas formas y niveles de conciencia que realmente existen al interior de las clases trabajadoras. Es preciso rechazar tajantemente las formas antidemocráticas y los regímenes de partido único o hegemónico y ampliar los cauces de participación de las masas tanto en la vida política como en la producción y distribución social.
Igualmente, el repudio activo a las nuevas manifestaciones de racismo y segregación, cuyas principales víctimas son los trabajadores migrantes, a las confrontaciones étnicas y religiosas y a los nacionalismos exacerbados es una tarea central para impedir que se profundicen y consagren las formas ideológicas con las que el capital segmenta a la clase trabajadora.
Se vuelve cada vez más importante la lucha por el empleo, tanto en las economías desarrolladas como en las atrasadas, no tan sólo como un medio de satisfacer las necesidades vitales e inmediatas del ser humano sino también, en una perspectiva revolucionaria, para generar efectivamente la identidad y asociación de la clase trabajadora en el proceso de producción.
Es preciso luchar, desde ahora, por reducir las diferencias salariales entre los diversos sectores de la clase trabajadora y ampliar la parte proporcional que representa el salario indirecto (seguridad y beneficios sociales), no porque sea posible realizar en la sociedad capitalista el ideal igualitario, sino para reafirmar en la conciencia de los sujetos productivos la unidad e identidad de sus intereses y superar la lógica perversa, impuesta por el mercado, de la competencia y el egoísmo.
La defensa del medio y la naturaleza se tiene que inscribir en un programa de transformación general que cuestione los modelos vigentes de desarrollo y el imperio de la valorización.
La demolición del Muro de Berlín, al final de cuentas, ha quedado ya inscrita en la historia de los grandes movimientos de liberación de la humanidad en el presente siglo. Porque no sólo ha anunciado el desplome de un régimen de opresión material sobre los hombres sino la bancarrota de la versión dogmática y petrificada del marxismo y el socialismo con la que ese régimen se revestía de legitimidad ideológica. No mueren con ella el espíritu libertario ni el ejemplo de dignidad y consecuencia que inspiraron a todos los hombres y mujeres que a lo largo de más de un siglo se entregaron a la lucha por una sociedad mejor y muchas veces perdieron en ella la vida o mucho de lo que ésta significa. Se han esfumado, sí, con este acto liberador, muchos de los espejismos y fantasmas que oprimían las cabezas de los hombres, desnudando sin mediaciones el mundo de explotación y desigualdad que el capitalismo les depara. A los socialistas consecuentes corresponde ahora, por difícil que la tarea se presente, recuperar en su integridad el nombre del socialismo y el comunismo para designar los ideales de liberación, igualitarismo y fraternización a los que esos conceptos nacieron asociados y que siempre fueron su verdadero significado.
La mayoría de quienes ahora militamos en el Partido del Trabajo de México hemos sostenido desde hace muchos años que no debíamos limitar el horizonte de lucha de nuestras clases explotadas a los esquemas propuestos por los regímenes burocráticos del llamado socialismo real, y mucho menos aceptar que nuestra perspectiva futura pudiera corresponder a la de un nuevo régimen de opresión gestado en las entrañas del atraso económico y político del proletariado.
La tarea actual de la clase trabajadora y sus aliados consiste en avanzar por vías democráticas hacia la construcción de un orden verdaderamente socialista, desarrollando lo más ampliamente posible y desde antes de la ruptura del capitalismo, la autonomía y organización de las masas, la democracia de base y la hegemonía de los trabajadores, integrándolos dentro del cuadro de contradicciones objetivas que, finalmente, hagan estallar este sistema de explotación y opresión para dar paso, por caminos aún inéditos, a la verdadera emancipación de la clase trabajadora y de los pueblos del mundo entero.
México, D. F., febrero de 1997
*Ponencia al Seminario Los Partidos y una Nueva Sociedad. México, D. F., Partido del Trabajo, febrero de 1997.

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