PARTIDOS POLÍTICOS Y SOCIEDAD: TENDENCIAS Y PROBLEMAS ACTUALES*

José Narro Céspedes

Eduardo Nava Hernández

I. Introducción

Si se revisa, así sea someramente, la historia de los partidos políticos y de los sistemas políticos a los que han dado lugar, se podrá percibir de inmediato los notables cambios que esas agrupaciones han sufrido y producido a lo largo de casi dos siglos en la organización de la dominación y el consenso en las sociedades modernas.

     Es prácticamente imposible concebir la política contemporánea sin la existencia de partidos, pero también es cierto que el papel de éstos, que ocuparon durante un largo período prácticamente todos los espacios de la lucha política y social, es cada vez más relativizado por la presencia de otras formas de organización y movilización de los grupos sociales. Los partidos siguen siendo la forma de organización apta por excelencia para la disputa del poder, pero en muchos sentidos no son ya la única forma de mediación entre el Estado y la sociedad. Sin haber desaparecido, el concepto de una democracia de partidos le queda chico a las necesidades de expresión de las sociedades modernas, cada vez más plurales y sectorializadas.

     Y no sólo ha cambiado la función social de los partidos políticos sino, con ella, se han transformado también la forma de vinculación con sus adherentes y simpatizantes y con el resto de los ciudadanos, y sus estructuras internas. La relación de los partidos políticos con los grandes sectores sociales se encuentra mediada y se ha visto modificada, entre otros factores, por la presencia de los nuevos movimientos sociales, por la expansión vertiginosa de los medios de comunicación y por el desarrollo de las tendencias del mercado y sus expresiones asociadas (mercadotecnia). Se ha llegado a hablar —sobre todo en los países más desarrollados, donde la democracia parlamentaria alcanzó hace décadas su consolidación y hoy se percibe como insuficiente— de una crisis de los partidos, sin que se haya podido, sin embargo, plantear un modelo alternativo que prescinda de esa forma de agrupamiento. Al mismo tiempo, los países atrasados —México entre ellos— muestran simultáneamente procesos de constitución y consolidación de sus sistemas de partidos, impulsados por la “oleada democratizadora” internacional, y de cuestionamiento a los organismos partidarios que son percibidos como aparatos burocráticos que refuerzan y consolidan la dominación estatal y comparten sus tendencias a la corrupción.

     Internamente, la gran mayoría de los partidos políticos ha ido abandonando la lógica cerrada de los organismos típicamente de cuadros, las estructuras verticales y centralizadas inspiradas en la organización militar y las definiciones ideológicas rígidas, en aras de adoptar formas organizativas capaces de aproximarlos más a las grandes masas. La mayoría, pues, se constituye o aspira a constituirse como partidos de masas, no de notables.

     El hecho histórico de que hasta el pasado reciente los partidos hayan jugado un papel central en la estructuración del tejido social de las democracias modernas no es por sí solo una garantía ni una justificación para que puedan seguir desempeñándolo. El desafío que enfrentan los partidos es el de sufrir nuevas modificaciones estructurales, ideológicas y funcionales que les permitan adaptarse con éxito a los nuevos esquemas.

II. Modelos clásicos de partido

     Los primeros partidos políticos, en el sentido actual del concepto, no fueron una expresión de la democracia participativa o del avance de las luchas populares, sino de la reafirmación de las nuevas formas de dominación compartidas entre las antiguas aristocracias y la burguesía industrial emergente. Surgen en la primera mitad del siglo XIX en el seno de los parlamentos europeos como agrupamientos de diputados que establecen formas de coordinación permanentes y desde la cúpula con sus comités electorales (OPPO, 1184; DUVERGER, 16-21).

     Según Duverger, basta con que se dé esa coordinación permanente entre grupo parlamentario y comités electorales para que surja un verdadero partido. En Inglaterra, éstos surgen propiamente después de la Ley de Reforma de 1832 que amplió el derecho de sufragio e hizo posible a la burguesía industrial participar por primera vez en el gobierno parlamentario al lado de la aristocracia terrateniente. Los primeros partidos aparecen propiamente como estructuras locales agrupadas en torno a un candidato o un pequeño grupo de notables. Toda su actividad giraba en torno a la lucha electoral y parlamentaria y eran sostenidos financieramente por las personalidades aristocráticas o capitalistas que se servían de ellos para llegar al Parlamento.

     El mismo autor considera también como típicas a otras agrupaciones que, desde inicios del siglo XX, surgen externamente al órgano legislativo. No nacen desde las posiciones de poder, sino con el objetivo de alcanzar esas posiciones. Son promovidos por grupos de lo más diverso: sindicatos (Partido Laborista británico), cooperativas y grupos campesinos, sociedades de pensamiento, grupos intelectuales y sociedades estudiantiles (Sociedad Fabiana inglesa o diversos partidos de izquierda en América Latina), iglesias, sectas o grupos de inspiración religiosa (partidos demócrata-cristianos; conservadurismo católico, etcétera), agrupaciones de excombatientes y veteranos de guerra (influyentes en el Partido Nazi y en el fascismo italiano), ligas radicales, grupos empresariales y sociedades secretas y agrupamientos clandestinos. Lo que todos estos tienen en común es el asumir la forma de partido como un instrumento en la lucha por el poder (DUVERGER, 22-26).

     El surgimiento de los partidos socialistas de masas, paralelamente a la conquista del sufragio universal a finales del siglo XIX, introdujo cambios sustanciales a la lucha político-partidaria. Los partidos dejan de ser un asunto de los cuadros o notables que cobraban vida sólo en los procesos electorales; ahora se vinculan de manera permanente con sindicatos, cooperativas, asociaciones agrarias, etcétera; su organización se expande nacionalmente a través de organismos de base o células, y se dotan de programas e ideologías definidas y de un cuerpo estable de dirigentes-funcionarios profesionales dedicados de tiempo completo a la actividad partidaria. A este modelo se le conoce como partido de aparato o partido organizativo de masas, cuyo prototipo son los partidos socialdemócratas de finales de siglo (OPPO, 1185).

     El partido de aparato se distingue en varios aspectos de los partidos de comité electoral. Su estructura es más centralizada y adopta una forma piramidal, organizada a partir de círculos o secciones locales sobre los cuales se conforman federaciones como órganos intermedios y dirigidos por un órgano central. Las decisiones fundamentales se toman en congresos nacionales de delegados y deben ser asumidas por principios de disciplina por todos los militantes del partido. Paralelamente a esta estructura existen las organizaciones sociales adheridas al partido, así como sus órganos de prensa y culturales.

     A diferencia del partido de notables, en el modelo de aparato la política no gira sólo en torno a la actividad parlamentaria. El partido busca controlar a su fracción parlamentaria, y no ser dirigido por ésta. La lucha electoral es valorada como tan sólo un aspecto de la actividad partidaria, pero no ya como su única razón de ser (OPPO, 1186; DUVERGER, 26-29).

     El modelo leninista de partido, adoptado luego por todos los partidos comunistas, tiene más en común con el partido de aparato de lo que a veces se reconoce. Recupera muchos de los rasgos que los partidos socialdemócratas habían abandonado al adaptarse al parlamentarismo, pero enfatizando la necesidad de una estructura de cuadros revolucionarios vinculados a la lucha social y la actividad clandestina. La propuesta de Lenin fue hecha en 1902, en ¿Qué hacer?, en el contexto de represión y persecución del zarismo contra las organizaciones obreras y opositoras. Se impuso luego como modelo, en 1921, a todos los partidos comunistas para poder adherirse a al III Internacional, aunque el propio Lenin llegó a considerar esto como un error:

      En 1921 aprobamos en el III Congreso (de la Internacional Comunista) una resolución sobre la estructura orgánica de los partidos comunistas y los métodos y el contenido de su labor. La resolución es rusa hasta la médula; es decir, se basa en las condiciones rusas. Ese es su aspecto bueno, pero también su punto flaco. (…) Tengo la impresión de que hemos cometido un gran error con esta resolución, es decir, que nosotros mismos hemos levantado una barrera en el camino de nuestro éxito futuro. (…) la resolución está excelentemente redactada y yo suscribo todos sus cincuenta o más puntos. Pero no hemos comprendido cómo se debe llevar nuestra experiencia rusa a los extranjeros. (LENIN, 340)

     Lo que caracterizaba a los partidos obreros, ya fueran socialdemócratas o comunistas, era su carácter de clase. Aspiraban a representar a una clase determinada y, a través de ella, a realizar la transformación de toda la sociedad. Del mismo modo, los partidos conservadores, católicos, etcétera, se definían ideológicamente con claridad y se dirigían a sectores bien determinados de la sociedad que se constituían en sus clientelas electorales. Es este aspecto el que se irá modificando en los sistemas de partidos después de la Segunda Guerra Mundial, alterando la estructura interna de los partidos mismos.

III. El partido electoral competitivo

El cambio más importante en la política a lo largo de este siglo es su transformación de una política de clases en una política de partidos, y la de éstos en organizaciones de masas. El partido socialista centralizado con base social de masas evolucionó fácilmente, en el contexto de la generalización del sufragio universal en casi todos los países, hacia conformarse como una organización meramente electoral orientada a ocupar posiciones parlamentarias y ya no a la transformación social. Al mismo tiempo, los partidos de comité tuvieron que adaptarse a las nuevas condiciones de la lucha electoral, dirigiéndose a sectores más amplios de ciudadanos y adoptando aparatos burocráticos más complejos. Ambos modelos convergen en un solo tipo que puede ser llamado partido electoral de masas (Oppo) o partido competitivo (Offe).

     Los efectos principales de estas transformaciones en los partidos obreros son, según Claus Offe, tres:

     a) la pérdida del radicalismo en la ideología del partido y su reorientación en función de las exigencias de un mercado político. Esto significa, por un lado, un discurso atractivo al mayor número posible de votantes potenciales y, por otro, la negociación de coaliciones y alianzas con otros partidos en función de reivindicaciones programáticas, no de definiciones ideológicas;

     b) la desactivación de las bases del partido: cuanto más se dirige éste hacia un electorado difuso y voluble, menos espacio existe a su interior para que los militantes determinen la política de la organización. Dada la necesidad de dar hacia el exterior una imagen de unidad y consenso, el partido electoral limita el debate interno manteniéndolo “bajo estrecho control o, por lo menos, escondidos fuera de la vista del público”. En la actualidad es común la práctica de que las encuestas de opinión pública “que encargan hoy rutinariamente las direcciones de los partidos, sugieren posicionamientos y estrategias en conflicto con la voluntad manifiesta de miembros del partido, a quienes se les presiona para que admitan los condicionantes de la `realidad’ política en interés de `la victoria en las próximas elecciones’”; y

     c) la heterogeneidad cultural y social de las clientelas electorales. El partido intenta atraer a la mayor cantidad de sectores sociales, de venderse como un producto, configurándose como lo que se ha llamado “partido-asume-todo” (catch-all party). Offe comenta que “Son muy evidentes las ventajas de esta estrategia, pero no lo son menos sus efectos al disolver un sentido de identidad colectiva que, en las primeras fases tanto de los partidos socialistas, como católicos, se fundamentaba en un ámbito cultural de valores y actitudes compartidos” (OFFE, 62-65; véase también OPPO, 1187-1189)

     Los tres efectos mencionados han contribuido a limitar el alcance y los objetivos de las luchas políticas y a refuncionalizar a los partidos. En vez de convertirse en un instrumento de emancipación como Marx lo esperaba y los liberales del siglo XIX lo temían, el sufragio universal ha pasado, gracias a este sistema de competencia electoral, a jugar un papel análogo al de las reglas del mercado: crear una igualdad aparente para consagrar el mantenimiento de una sociedad de desigualdades.

     Este sistema de partidos alcanza su mayor eficacia en el marco del Estado de bienestar o Estado benefactor de corte keynesiano que fue predominante durante toda la segunda posguerra. Éste aparece como un pacto o acuerdo entre las clases fundamentales y el Estado, donde las organizaciones de los trabajadores reducen sus demandas al ámbito de la distribución. No se cuestiona ya el régimen social capitalista, sino tan sólo la distribución del producto. El eje del conflicto se desplaza de la lucha de clases hacia la negociación con el Estado. En los partidos, el discurso del “interés nacional” sustituye al discurso de clase. En general, tanto los partidos de izquierda como los de derecha apuestan a la estabilidad del sistema y buscan evitar las posiciones extremistas y aun las definiciones claras, presentándose a la contienda electoral con programas y plataformas poco diferenciadas. La pugna por el “centro” implica, como dice Bobbio, una “praxis sin doctrina”, lo que se ha agravado en los años recientes con el derrumbe de los regímenes del bloque soviético y la consiguiente crisis de un amplio sector de la izquierda, el de los partidos comunistas.

     Pero la consolidación del capitalismo no regulado, neoliberal o salvaje ha tenido como efecto inmediato la ruptura del pacto que representaba el Estado de bienestar y, con él, la crisis del sistema de partidos competitivos, en particular los de corte socialdemócrata. Éstos han dejado de ser los interlocutores privilegiados del Estado en la negociación de un bienestar social que ya no está garantizado por acuerdo alguno. En consecuencia, sin embargo, el Estado y el capital han perdido o debilitado también instancias de mediación de los grupos sociales que durante décadas demostraron ser eficaces en la contención de los conflictos. La movilización social tiende ahora a abrir nuevos canales, al margen de las estructuras partidarias, y a conformar nuevos sujetos que los partidos no logran contener.

IV. Partidos y movimientos sociales

A partir de los años setenta y sobre todo en los años ochenta -la era del capitalismo salvaje y de la crisis del estatismo y los sistemas burocráticos-, el papel mediador de los partidos se ha visto severamente cuestionado por tendencias que parten de la estructura autoritaria del estado, el resurgimiento de las formas corporativas de negociación y las necesidades de representación de la propia sociedad. Los Estados neoliberales, por una parte, tienden a gobernar cada vez más sin los partidos, inclusive sin sus propios partidos, que cada vez más sirven tan sólo como aparatos electorales y se van alejando de otra de sus funciones centrales: la de constituirse como canales de transmisión de las demandas sociales y políticas de los gobernados.

     Por otro lado, se constituye, al margen de los partidos tradicionales, y de los parlamentos un sistema de representación de intereses basado en organizaciones jerárquicas, autorizadas y reconocidas por el poder público, que detentan un cierto monopolio de la representación a cambio de la observancia de ciertas reglas en las formas de promover sus intereses y en la selección de sus líderes (véase SCHMITTER). Los acuerdos corporativos cuestionan prácticamente al pluralismo, pero permiten al Estado autonomizarse con respecto de la representación formal parlamentaria y por tanto partidaria.

     Pero el aspecto más interesante de la crisis de los partidos es el surgimiento, desde el seno de la sociedad, de una diversidad de movimientos sociales que implican nuevas formas de participación y de representación y espacios de acción no institucional. En más de un sentido, estos movimientos surgen como producto del agotamiento de los partidos

electorales y su insuficiencia para canalizar las nuevas demandas ciudadanas.

     Los nuevos movimientos sociales son difíciles de asimilar a la lógica partidaria por distintas razones: en la mayoría de los casos, sus posiciones no se basan en reivindicaciones de carácter contractual, es decir, negociables en los mercados de bienes o de trabajo, sino en posiciones inscritas en una lógica radical, de principios y del todo o nada. No pueden negociar nada, porque no tienen nada qué ofrecer a cambio de sus demandas. Piénsese, por ejemplo, en los movimientos de defensa de los derechos humanos, étnicos, ecologistas o pacifistas, donde no hay espacios para el gradualismo (OFFE, 179-180). En segundo lugar, la mayoría de los movimientos se basan en sentimientos de identidad colectiva sobre bases no clasistas ni contractuales, que apelan a la condición humana, lo étnico, el género (movimiento feminista), la edad (jóvenes, ancianos) etcétera. Los nuevos movimientos sociales se conciben a sí mismos como de defensa de espacios físicos o morales frente a los poderes del capital y el Estado: el espacio natural-ambiental, el de la subjetividad, el de las identidades colectivas. Su visión de la política es negativa en la medida en que no reclaman el reconocimiento de una representación formal en el Estado, sino el de su autonomía (OFFE, 67-68; 176-180).

     En cuanto a sus sujetos, los nuevos movimientos se componen no por las clases obrera y campesina tradicionales (beneficiarias en cierto sentido del pacto del Estado benefactor), sino por otras categorías sociales: las viejas clases medias en proceso de marginación de los mercados, las nuevas clases medias compuestas por trabajadores intelectuales o calificados y ubicados en el sector de servicios, la cultura, etcétera, y los grupos marginales excluidos del mercado de trabajo, los oprimidos sin esperanza: minorías étnicas, los sin techo, trabajadores migrantes. Su denominador común es el cuestionar y desenmascarar desde sus respectivos enfoques y demandas la visión optimista del desarrollo difundida por el capitalismo de la segunda posguerra, poniendo al desnudo sus lacras: el belicismo, la destrucción de la naturaleza, el racismo y la discriminación.

     Por ello concluye Claus Offe que

      el esquema de conflicto social y político que se expresa con los nuevos movimientos sociales es el contrapolo opuesto al modelo de conflicto de clase. En primer lugar, el conflicto no es escenificado por una clase, sino por una alianza social compuesta por elementos que vienen, en distintas proporciones, de diferentes clases y “no-clases”. En segundo lugar, no se trata de un conflicto entre los agentes económicos principales del modo de producción, sino de una alianza que engloba virtualmente a cualquier elemento menos a estas clases principales. En tercer lugar, las exigencias no son algo específico de una clase, sino que tienen un fuerte tinte universalista o, al contrario, muy particularista (…) (OFFE, 196-197)

     La emergencia irruptiva de los nuevos movimientos es un signo muy claro del agotamiento del Estado de bienestar, es decir de un sistema político y social que, si bien fue eficaz en frenar el conflicto social y dar estabilidad al capitalismo, no alcanzó a llevar sus beneficios a todos los grupos sociales y mucho menos a eliminar las contradicciones estructurales del capitalismo. Éstas han resurgido bajo nuevas formas y generado los nuevos sujetos de la protesta social. Junto con ese pacto, declinan hoy los partidos y organizaciones tradicionales que participaron en él enfocados al tema del crecimiento económico y la distribución, y aparecen los nuevos movimientos sociales aspirando a construirse nuevas formas de representación y reivindicación. Lo que se ha agotado es una política dirigida a ciudadanos abstractos, desvinculados de sus condiciones concretas de clase, comunidad, grupo étnico o religioso. Pero esta crisis de los partidos ocasiona al mismo tiempo un vacío que, pese a todo, no se ha podido llenar, en la construcción de un proyecto general de transformación social.

V. Partido, ¿para qué?

La pregunta, a la luz de lo antes dicho, sigue siendo vigente. La propia crisis económica y social del capitalismo, la ruptura de los pactos sociales por las tendencias neoliberales y el advenimiento de un capitalismo salvaje, no regulado, que es por tanto empobrecedor, depredaror, excluyente y que no se puede imponer sino por medios autoritarios, actualizan en las nuevas condiciones la urgencia de buscar o construir alternativas más humanas de sociedad.

     Cuando se habla de crisis de los partidos, como ha quedado explicado, se trata ante todo de la crisis de un modelo de sistema político que hizo posible la coexistencia de las relaciones de explotación y desigualdad con un canal -las elecciones y la alternación en el poder- de participación y competencia entre diversas corrientes políticas. Al lado de, y en sustitución de esas cuestionadas formas, la sociedad civil busca expresarse de manera autónoma generando demandas y modalidades de organización inéditas y para las cuales el sistema vigente no tiene respuestas inmediatas.

     La actualidad del partido bajo las nuevas circunstancias proviene de las mismas necesidades sociales que le dieron origen en el despuntar del capitalismo industrial: el convertir o integrar el interés de las partes de la propia sociedad en alternativa general para toda ella. Pero, más que nunca, el problema del partido tiene que plantearse en forma histórico-concreta. Tiene que ser un partido estrechamente vinculado a los movimientos y las nuevas alternativas de participación, que los respete y apoye pero no intente suplantarlos, manipularlos o corporativizarlos. Que entienda y asuma que en la pluralidad e innovación de las formas de organización y manifestación radica el ejercicio de la autonomía, la libertad y los derechos colectivos.

     A la pregunta: partido ¿para qué?, respondemos de manera inmediata: para dar coherencia, unidad y amplitud a lo que ahora son expresiones sectoriales y dispersas; para integrarlas, es decir, en una alternativa global de transformación social. En esa medida, tiene que ser un partido distinto, de nuevo tipo, que no repita las experiencias del viejo esquema de representación y competencia electoral, que no busque encuadrar a los movimientos en esquemas corporativos sino retomar sus demandas y contenidos para incorporarlos en proyectos más amplios y comprensivos de la realidad social.

     Partido, sí, para, más que nunca, trascender de la lucha social a la lucha por el poder, no posponer la construcción de alternativas generales para un futuro indeterminado sino asumir el reto de hacerla desde hoy. Porque el poder del Estado y el capital, más allá de sus diversos partidos, es un poder unificado al que no se puede vencer desde perspectivas parciales y sectoriales.

     Un partido político para recoger las nuevas demandas de participación directa y las nuevas formas de organización de los grupos sociales; para conquistar una democracia más que representativa participativa con múltiples canales para la expresión popular: el plebiscito y el referéndum, la iniciativa popular, la revocación del mandato de los gobernantes y representantes, la afirmativa ficta, etcétera.

     Un partido para responder a la vía por la que ha optado la sociedad mexicana, democrática y pacífica, pero con una clara voluntad de cambio, de transformación. Que sea capaz de engendrar, en diálogo con la sociedad, un proyecto de nación, para la nación y que trascienda más allá de la nación. Un partido para, en los términos de Gramsci, generar una voluntad colectiva nacional popular, y por tanto arraigado en la historia del país.

     Requerimos un partido-escuela, formador de los cuadros políticos e intelectuales, hombres de Estado y dirigentes de la sociedad, de la vida política y de la cultura.

     La forma partido, pues, no está marchita no es obsoleta o inútil. Con más razón en México, donde no ha llegado a madurar, menos aún a agotarse, un sistema plural y representativo de partidos, donde las luchas por la hegemonía no alcanzan aún a plantearse entre proyectos alternativos de sociedad o de nación y donde la población sigue en busca de opciones que enriquezcan su vida material, moral e intelectual.

                      BIBLIOGRAFÍA

BOBBIO, Norberto, Derecha e izquierda. Razones y significados de una distinción política. Quinta edición. Madrid, Ed. Taurus, 1995.

DUVERGER, Maurice, Los partidos políticos. 14a. reimpresión. México, Fondo de Cultura Económica, 1994.

LENIN, V. I., “Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial”. Obras escogidas en doce tomos. Tomo XII. Moscú, Ed. Progreso, 1977. Págs. 327-342.

OFFE, Claus, Partidos políticos y nuevos movimientos sociales. Madrid, Ed. Sistema, 1988.

OPPO, Anna, “Partidos políticos”, en Norberto Bobbio y Nicola Matteucci, Diccionario de política. Tomo II. Tercera edición. México, Siglo Veintiuno Edits., 1985. Págs. 1183-1192.

PANEBIANCO, Angelo, Modelos de partido. Organización y poder en los partidos políticos. México, Alianza Editorial, 1993.

PIÑÓN, Francisco, “Gramsci y el partido político como problema”, en José María Martinelli (Compilador), La actualidad de Gramsci: poder, democracia y mundo moderno. México, Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa, 1995. Págs. 79-95.

SARTORI, Giovanni, Partidos y sistemas de partidos. Marco para un análisis. Segunda edición ampliada. Madrid, Alianza Editorial, 1992 (Alianza Universidad, No. 267).

SCHMITTER, Philippe C., Teoría del neocorporativismo. Compilación de Rigoberto Ocampo Alcántar. Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1992.

*Ponencia presentada a la Segunda Escuela Nacional de Formación Política del Partido del Trabajo, efectuada en Morelos, Zacatecas, el 22 y 23 de junio de 1996.


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