SERGIO FIGUEROA MARTÍNEZ*

Eduardo Nava Hernández

Sergio nació hace 32 años, y ahí, donde la explotación, la marginación y la pobreza reinan sobre la cotidianidad y vence a la esperanza. Santa Cruz Tanaco, es una de las comunidades indígenas más olvidadas de la agreste Meseta Tarasca; para sobrevivir, sus habitantes tienen que agotar irracionalmente sus pocos recursos naturales, o migrar hasta regiones muy lejanas en busca de otras formas de sustento que le hacen perder el amigo, pero no las raíces ni la identidad. Campesinos y leñadores hechos al rigor de un clima apenas menos duro que la lucha contra la ancestral carencia de todo lo que modernidad o progreso puedan, si algo, significar.

Para vencer el hambre, de esa realidad hay que salir: salir a recorrer otros caminos no menos azarosos, como los que condujeron a Sergio a incorporarse a la milicia con el grado de soldado raso, y a buscar después en la vida escolar una esperanza, una posibilidad de cambio. Su empeño personal, su paso por la Universidad Michoacana, su integración a las casas estudiantiles Emiliano Zapata de Uruapan y Camilo Torres de Morelia, le permitieron vencer un sinnúmero de adversidades para, finalmente, concluir la carrera de Economía, y también para forjar una conciencia combativa y definir un carácter disciplinado, recio y autoexigente, pero al mismo tiempo tolerante y comprensivo hacia los demás.

De abajo y con los de abajo, siempre con los de abajo, Sergio Figueroa llegaría a ser uso de los más destacados miembros de una generación de activistas y dirigentes estudiantiles universitarios, especialmente a través de la Coordinadora de Universitarios en Lucha, pero irrenunciablemente comprometido también con muchas otras causas del pueblo michoacano y mexicano.

Esa inquietud y esa combatida conciencia lo condujeron, hace cerca de dos años, a ser uno de los muy pocos que en Michoacán creyeron desde un principio en la necesidad de construir una organización política, amplia y surgida del seno de los movimientos sociales autónomos. Participó en la fundación estatal del Partido del Trabajo, en donde militó y con el que mostró compromiso hasta el último de sus días.

Al terminar su carrera, su incorporación como profesor de telesecundaria le permitió estabilizar su vida, formar una familia con la que, estoy seguro, fue feliz. A su lado, encontró la serenidad que le permitió trastocar el juvenil ímpetu en maduración y desarrollo de la crítica reflexiva y profunda. Le permitió también encontrar en el movimiento Democrático del Magisterio, un espacio natural de desenvolvimiento; ahí, llegaría a ser uno de los dirigentes más representativos de la región de La Piedad y a ocupar diversos niveles de responsabilidad, incluido el integrar el Comité Ejecutivo Estatal en dos ocasiones, la última de ellas, en el reciente Congreso de Magisterio Democrático, apenas una semana antes de los fatídicos hechos que lo llevaron a la muerte.

En la madrugada del 5 de diciembre, Sergio Figueroa, fue brutalmente golpeado, en circunstancias aún no clarificadas y abandonado a la orilla de una carretera en las afueras de La Piedad. A consecuencia de ello, sufrió la fractura de un brazo y en la mesa de operaciones, la pérdida de un riñón; no se recuperaría: el 20 de diciembre dejó de existir. Su desaparición no puede, por todo ello, sino ser un hecho político que corresponde a las autoridades investigar hasta su total esclarecimiento y el castigo al o a los culpables.

Finalmente, Sergio ha regresado a reposar a Tanaco; siempre tuvo la intención de volver para organizar la inconformidad y contribuir a sacar a los suyos de la miseria y el atraso. No podrá hacerlo ya; pero ha dejado a su esposa Ana Rosa y a su pequeño hijo de tres años, a los que profesó siempre un gran amor, a sus padres y a sus hermanos menores, de los que siempre se sintió responsable, y a todos nosotros, un ejemplo de perseverancia y consecuencia entre la ideología y la práctica, hoy bastante difícil de encontrar entre los intelectuales.

Adiós Sergio. El infortunio de tu partida nos confronta brutalmente con el hecho, no por conocido, menos inaceptable, de que la irracionalidad es parte inseparable de nuestra existencia.

Adiós, compañero. Tu trayectoria breve, intensa y fructífera, nos demuestra que, a pesar de todo, la vida puede tener un sentido y que vale la pena, en todas las circunstancias, vivirla.

  • Publicado en el diario Cambio de Michoacán, 22 de diciembre de 1992.


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