Chihuahua y Michoacán*

Eduardo Nava Hernández

Chihuahua y Michoacán, plenos de significados, señalan el rumbo del país. Así sea en las formas y en las circunstancias que acompañan a cada procese electoral, sigue con­trastando el tratamiento que el sistema po­lítico nacional ha dado a estas dos entida­des. En el estado del norte, dialogo con la oposición y reconocimiento pleno de sus triunfos; en Michoacán, una elección viciada, falta de credibilidad en los actores polí­ticos y movilizaciones y forcejeos poselectorales. En Chihuahua, todo apunta hacía un final feliz donde, de una u otra manera, los protagonistas fundamentales: PRI, PAN, los candidatos y la Presidencia de la República, se han puesto en lo esencial de acuerdo. Con gran facilidad, y hasta con apresuramiento, el oficialismo reconoce sus derrotas. En la tierra de Ocampo, en cambio, todo mancha hacia una segunda vuelta de confrontaciones y rupturas políticas. No hay lugar al optimismo.

Por eso se ha visto fuera de lugar el llamamiento de Cuauhtémoc Cárdenas y Cristóbal Arias en la madruga del l3 de julio para celebrar el supuesto triunfo del segun­do en la elección de gobernador, llama­miento que no se justifica en los resultados de la votación conocidos hasta ahora (los de la Comisión Estatal Electoral), ni se aviene con las graves denuncias de fraude que el mismo Partido de la Revolución Democrática, los grupos de observadores y los ciudadanos han hecho acerca de las irregularidades en el proceso de elección; utilización de recursos públicos en las campañas del Partido Revolucionario Institucional, exclusión de votantes, voto múltiple (carruseles), boletas insuficientes en las casillas normalmente ganadas por lo oposición, compra de votos, manipulación del padrón y un elevado número de credenciales no repartidas, entre otras Y como, en espera del cada vez mas aplazado cotejo de actas, el PRD no ha exhibido tampoco suficientes elementos de su pretendida victoria, subsisten entre los ciudadanos las dudas y el escepticismo.

Las evidencias hasta hoy han permitido constatar,  sí, la retiración de numerosas prácticas viciadas en el proceso de elección, semejantes a las que caracterizaron a otros comicios en el pasado. Se ha percibido también la decisión de los organismos electorales y hasta del Presidente de la República de sostener a Eduardo Villaseñor y a la gran mayoría de los aspirantes priistas al Congreso como candidatos triunfantes en esta elección. No está claro, en cambio, en qué se funda la proclamación del triunfo de Cristóbal Arias, no sustentada hasta hoy más que verbalmente en las declaraciones de los dirigentes perredistas.

No parece que haya aquí nada que celebrar. Si en verdad se consuma la derrota del PRD, estaremos ante un nuevo retroceso en la vida política no sólo de nuestro estado sino del país entero. Michoacán y Chihua­hua son movimientos simultáneos.

El reconocimiento al triunfo panista en el norte no sólo deja más aislada la impug­nación perredista y concede al gobierno un mayor margen de acción en Michoacán. Al conceder a Acción Nacional su tercera gu­bernatura quizás para este partido la más estratégica en el actual periodo, esta vez sin movilizaciones poselectorales ni intentos de escamoteo, se ha sellado el pacto tácito de respeto entre el gobierno y su principal oposición política. Pero, más allá de ello, se ha consolidado firmemente el bloqueo de poder encabezado por Salinas de Gortari, al cual ahora, con Francisco Barrio, se incorpora por primera vez la fracción disidente de la burguesía norteña. Se ha llegado a niveles de coincidencia entre los proyectos sociales y económicos del PAN y el Estado que permiten integrar paulatinamente a la “oposición leal” a com­partir el gobierno.

En ese pacto de poder participan también el grupo tecnoburocrático que controla el aparato de Estado, la gran oligarquía financiera, que ha logrado colocar ya a siete de sus miembros en el selecto club de los hombres más ricos del mundo, con fortunas superiores a los mil millones de dólares, y los crecientes intereses del capital trasnacional y el imperialismo.

En vísperas de la firma del Tratado de Libre Comercio, el gobierno de Salinas de Gortari ha logrado, al parecer, un doble golpe político: allanar, por una parte, la imposición de política que se presentaba como la mayor de las diferencias que se paraban al oficialismo tradicional de la oposición panista; por otra parte, frenar en Michoacán el ascenso electoral de la oposición de centro­-izquierda representada por el PRD, el mayor de los escollos a la consolidación de ese bloque de poder. Esa y no otra es la lógica de la llamada “democracia selectiva” practicada dentro de este sexenio.

La eventual derrota del PRD, explicable en parte por sus propios errores, indefiniciones y contradicciones internas, que ahora han empezado a aparecer públicamente y en parte por el descomunal esfuerzo económico y `político realizado por el PRI y el gobierno para debilitarlo particularmente en esta elección, marcaria la caída de los últimos diques de contención a la oleada conservadora y neoliberal en ascenso. Es decir a la total derechización del país.

Poco lugar hay, entonces, a la esperanza y el optimismo realmente fundados entre las grandes masas del pueblo. Más que proclamaciones de victoria y triunfalismos inciertos, éstas necesitan claridad.

  • Artículo publicado en el diario Cambio de Michoacán, 28 de julio de 1992.

Publicado

en

por

Etiquetas:

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *