CRÓNICAS DE LA RECONVERSION OBRERA*

Eduardo Nava Hernández

CRÓNICAS DE LA RECONVERSION OBRERA

                                    Eduardo Nava Hernández

                          I

Si se tratara de un proceso meramente técnico, de renovación del equipo obsoleto, elevación de la productividad y mejoramiento tecnológico, la llamada reconversión industrial tendría poco que hacer en la Siderúrgica Lázaro Cárdenas-Las Truchas (Sicartsa).

     Con poco más de una década de haber iniciado su etapa de producción y a pesar de un cierto rezago tecnológico y de necesidades reales de inversión para su expansión, es una empresa entable, que ha operado normalmente con números negros, exporta y compite internacionalmente en su ramo, genera divisas al país y se ubica a la vanguardia en el mercado interno, cumpliendo un importante papel como infraestructura de un sinnúmero de ramas industriales. Se cuenta entre las firmas más grandes de la economía nacional y era considerada hasta hace muy poco (antes de anunciarse su desincorporación) como un pilar estratégico del sector paraestatal.

     Es decir, no obstante sobrellevar graves vicios administrativos (contratismo, privilegios ostentosos al cuerpo directivo, excesivo personal de confianza) y haber sufrido prolongadas huelgas –sobre todo las de 1985 y 1989–, año con año ha mantenido altos volúmenes de producción y elevados niveles de ganancia. Se apoya para ello en una planta productiva eficiente, el fácil acceso a los enormes yacimientos de hierro de la región y, como tantas otras empresas de todo el país, en la ventaja comparativa de los bajos salarios que paga a sus cuatro mil trabajadores.

     Desde el sexenio pasado, sin embargo, al elaborarse el Programa de Reconversión Industrial del Sector Paraestatal, fue clara la intención de modernizar Sicartsa para mantener y elevar sus niveles de competitividad frente a las nuevas situaciones del mercado mundial (se soñaba en los círculos oficiales con acceder a la Cuenca del Pacífico) y de la demanda nacional. Al efecto, se previeron cuantiosas inversiones que, para el sector siderúrgico en su conjunto, ascenderían a casi un billón de pesos en el periodo 1987-1990. De ellas, a los proyectos Sicartsa I y sobre todo Sicartsa II les correspondería el 86 por ciento.

     De que tales inversiones no se realizaron en su totalidad da cuenta el hecho de que la principal de las razones esgrimidas al anunciarse la privatización de la empresa en 1990 fue, precisamente, la necesidad de capitalizarla en una magnitud que desborda la capacidad financiera del Estado. Pero hay que tomar en cuenta que, de los recursos necesarios, la mayor parte irían no a modernizar la fase I, ya en producción, sino a terminar la construcción de la fase II, ya muy avanzada en la actualidad.

     La voluntad de reconvertir o de modernizar la planta se expresó sobre todo en las revisiones contractuales de 1989 y 1991. La empresa tomó la iniciativa tratando de extirpar del Contrato Colectivo diversas prestaciones, sobre todo de carácter social, lo que obligó a los trabajadores agrupados en la sección 271 del Sindicato Minero a estallar en 1989 una huelga defensiva que duró dos meses. La lucha se dio en torno a algunas cláusulas centrales del Contrato Colectivo: la semana de 40 horas para los trabajadores de minas (la entonces cláusula 33, conocida como “tiempo de arrastre”); la conservación de diversas actividades de mantenimiento y complementarias al proceso productivo como propias de la empresa y asignadas a los trabajadores sindicalizados; la propuesta patronal de recortar alrededor del 20 por ciento del personal en esas y otras áreas. Finalmente, la huelga se resolvió a través de una negociación: el Sindicato aceptó el reajuste y el ingreso de las empresas contratistas y subsidiarias, y se conservó formalmente la cláusula de las 40 horas, la que la Empresa había puesto más empeño en liquidar. Unos meses después, la prenda fue entregada a la patronal por la dirección sindical sin que mediara revisión del CCT o movimiento laboral alguno.

     Por esta vía, la modernización se ha impuesto dentro de la hoy fraccionada Sicartsa: el contratismo se adueñó de grandes áreas y fases del proceso productivo; el reajuste afectó inicialmente a 1200 obreros y hoy amenaza a muchos más; a través de una maniobra se arrebató a los trabajadores del área de minas la semana de 40 horas y el gobierno anunció la división de Sicartsa en cuatro nuevas empresas para facilitar su privatización. En la revisión del Contrato en 1991, la Sección 271 terminó de perder las últimas cláusulas que representaban conquistas para los trabajadores. Un sindicato debilitado por los recortes y por la pérdida de sus cuadros más decididos y experimentados no pudo oponerse ni a la desincorporación de la paraestatal ni a la fragmentación de la planta que atenta también contra su propia unidad.

     Más que propiamente tecnológico, entonces, a la reconversión se le ha dado aquí un contenido sociopolítico que busca desgastar la fuerza obrero-sindical y reorganizar el proceso laboral venciendo cualquier resistencia de los trabajadores. La capacidad de lucha de éstos es, indudablemente, mucho menor que en 1989, pero su descontento no ha desaparecido ni podrá desaparecer súbitamente. De manera inevitable, la reconversión ha tenido efectos sobre las condiciones de trabajo y la vida cotidiana de quienes, semiimpotentes, expresan informalmente su rebeldía mientras encuentran nuevos senderos para su reorganización. Ya no en las grandes huelgas y movilizaciones históricas, sino en la cotidianidad, se libran los combates en que individual o grupalmente los obreros resisten, intentan preservar sus espacios de trabajo, de vida y de solidaridad, o simplemente se desquitan de las afrentas recibidas. Para ellos, el costo de la reconversión es enorme.

                          II

Aunque con varios años de retraso, la construcción de la imponente Segunda Etapa o Sicartsa-II se encuentra en sus últimas fases, ya próxima a entrar en operación total. Aunque está ya en producción parcialmente, no arroja productos terminados; cuando trabaje a toda su capacidad deberá eleborar un millón 200 mil toneladas de productos planos, lo que permitirá, por su escala de producción, abatir costos y mejorar la competitividad de los aceros mexicanos.

     Sicartsa II compendia lo más avanzado de la tecnología siderúrgica alemana, japonesa, canadiense y mexicana, con niveles de automatización muy superiores a los de la primera etapa, ya en operaciones. La instalación del moderno equipo mecánico y electrónico es un portento, así sea por la novedad.

     Diseminados estratégicamente en la inmensidad de las nuevas instalaciones, los equipos de intercomunicación constituyen la trama del complejo aparato de mando de la empresa. Una red de interfonos y altavoces es la condición indispensable para que ingenieros, supervisores y sobrestantes puedan controlar los procesos de trabajo en la construcción y la producción en una factoría de tales dimensiones. La técnica más evolucionada puesta al servicio, una vez más, del mando del capital sobre el trabajo, el vehículo para la transmisión de órdenes sin las cuales aquél, el capital, no logra organizar el sistema de producción.

     Pero el trabajo, la astucia del trabajo, logra siempre subvertir las cosas. En sus manos, hasta los sofisticados aparatos diseñados para la transmisión de ese mando se convierten en elementos de rebeldía.

     Constantemente, a cualquier hora de la continua jornada, suena el teléfono y, desde algún punto no localizado de la red de intercomunicación, los directivos e ingenieros, sobre todo los más aborrecidos por el obrero-raza, reciben insultos, burlas, mentadas.

     –Ven a decírmelo en mi cara, si eres tan hombrecito, güey– reta el funcionario siempre escudado en el poder de la empresa.

     –Sí, cómo no, ahorita voy. ¡Ja, ja, ja!

     El obrero-masa, producto neto de las modernas relaciones industriales, se convierte, en su anonimato, en vindicatoria fuenteovejuna: de algún modo hay que desquitar las humillaciones y afrentas con que los técnicos y administradores sienten necesidad de hacer sentir su investida autoridad a una masa a la que en realidad temen.

     Algún ingeniero o funcionario ofrece on banquete o recepción en su casa. ¿Para qué pagar servicio si dispone gratis o por una compensación simbólica de la fuerza laboral de sus subordinados? Mesas, sillas y cajas de refrescos son llevadas a su domicilio en vehículos de la empresa y transportadas y descargadas por los trabajadores siderúrgicos o de la construcción. Al día siguiente, empero, la distinguida asistencia, las anécdotas reales o inventadas y las indiscreciones de la fiesta o comilona son difundidos urbi et orbi anónimamente por todos los altavoces de la planta, para escarnio del esmerado anfitrión y de sus selectos invitados. Radio Bemba, como le llaman los cubanos, pero perfeccionada por la tecnología que el capital diseñó para sí y que los trabajadores hacen suya, tomándola sin pedir permiso.

     ¿Qué hacer frente a estos imprevistos? Desconectar los aparatos, imposible, pues sin ellos se interrumpen o entorpecen las líneas de mando que conducen la empresa. La vigilancia es insuficiente y constantemente burlada por los zorrunos y anónimos delatores, ante los cuales poco pueden hacer los bisoños e insuficientes guardianes de la disciplina.

     Más que ser anécdotas episódicas de la picaresca laboral, este uso “no capitalista” (e incluso anticapitalista) de los avances técnicos revela la sorda pugna al interior de la fábrica por los espacios del proceso de trabajo. Reconversión es la modificación violenta y agresiva de las condiciones laborales por el capital, la imposición brutal con la que cíclicamente –sobre todo en las fases de crisis– el capital divorcia y contrapone sus fuerzas productivas fundamentales: la técnica y la fuerza humana de trabajo. Contra ella emerge el instinto obrero que, una vez más, sin grandes erupciones, viene simplemente a contradecir la vieja sentencia de Andrew Ure: “Cuando el capital enrola la ciencia a su servicio, la mano rebelde del trabajo aprende siempre a ser dócil”.

                         III

Lo habían visto desde temprano en las cercanías de la escuela de la colonia Melchor Ocampo, cuando los niños iniciaban sus clases. Nadie lo conocía por ahí, a pesar de ser una zona netamente proletaria, pero no faltó quien se fijara en él, sobre todo porque, en su aparente tranquilidad, delataba su nerviosismo en el modo de jugar con una cuerda entre las manos.

     Las terregosas calles sin pavimentar no suelen estar solas, por más temprano que sea. Los hombres marchan apresuradamente a la fábrica, y las mujeres salen a hacer sus compras a los estanquillos o regresan de dejar a su prole en la escuela. Pero nadie vio con exactitud en qué momento ni nadie pudo impedir que, en un instante, apareciera ese hombre colgado de la rama de un árbol, debatiéndose en los últimos estertores mientras la vida se le iba. Nadie pudo auxiliarlo, acompañarlo ni reconfortarlo en ese dramático momento que habría de prolongarse por varias horas después, hasta que una ambulancia con el emblema de Sicartsa vino a recoger su cadáver.

     ¿Por qué elegir la muerte y porqué buscarla de esa manera? Siempre hay más preguntas que respuestas en situaciones como esta donde sólo la más íntima conciencia subjetiva conoce. Lo único de lo que todos se dieron cuenta fue de que quiso morir a la luz del día y con la camisola de obrero de la Siderúrgica puesta, como para que su anonimato no fuera total o para que el horror de su figura colgante alcanzara a estremecer a sus hermanos de clase y a la sociedad porteña entera.

                            Morelia, Mich., abril de 1991.


    * Artículo publicado en el semanario Opción de Michoacán. Morelia, Michoacán, abril de 1991.


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